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Crónicas de JingAn Temple (I)

21 02 2006 - 12:22

— Ilustración: Verónica Flores —

Salí de casa de madrugada. Los que tenemos mal gusto gozamos de mañanas como esa: la niebla, el frío, la lluvia y el viento, todo junto, o de a ratos, estimulan la sensación de irrealidad y cierta tendencia hacia la melancolía. Zaoshang hao (buen día), dice el tipo que cuida la entrada del edificio. Ni hao ma (¿cómo estás?), respondo batiendo la mano con la intención de parar un taxi en Zhenning lu, la calle donde vivo, en el centro de Shanghai. A la estación de tren. Dieciocho yuanes; algo así como seis pesos. El taxi es barato en China, y los taxistas son menos desconfiados que amables, aunque lo primero no lo descartan. Sobre todo los mayores, quienes —sospecho cada vez con mayor paranoia— no perdieron la memoria de las autodenominadas concesiones extranjeras. Pocos eufemismos son tan hipócritas como los referidos a la presencia extranjera en China a lo largo de la historia.

La estación de trenes de Shanghai es inmensa, brutal y cuadrada. Está estratégicamente rodeada de plazas en las que los miles de chinos del interior que por alguna razón tuvieron que venir a la ciudad esperan de madrugada la partida de su tren. Un día cualquiera, hasta medio millón de personas toma el tren. Los trenes y su materia: vagones, locomotoras, asientos y mozas, son proporcionales a la ciudad. De la calle al vagón hay un tramo difícil, plagado de alimañas urbanas: asesores informales que por unos pocos yuanes se ofrecen a llevarte hasta tu asiento en el tren, tres o cuatro puestos de guardia en los que piden pasajes para evitar que le explosión demográfica trate de refugiarse de la lluvia. Escaleras, pasillos y, al fin, el tren. Una especie de muralla china con ruedas, de dos pisos, tan larga que llega hasta donde la niebla no deja ver. Pasé las pruebas. Me senté. Cambia el tiempo. Ahora escribo. Veo por la ventana las locomotoras que van a arrastrar este cacho de mundo rodante. Una, dos. Tres: tres máquinas. Sacudón, chillido y golpe. Estamos listos y andando.

Los alrededores de Shanghai son algo decadente y hermoso. China tiene una sorprendente facilidad para el género de belleza que me cautiva: el encanto de lo roto, lo caído, la fractura y la decadencia. El crecimiento impropio y desigual de China en lo humano y lo económico genera unos márgenes que suceden sin pensar en ellos o sin esperarlos. Las afueras de las ciudades de la costa este son un espacio para este tipo de ensayos degenerados. Millones de chinos tratan de ingresar al mundo junto al mar, luminoso e industrializado, y llegan hasta el borde de ese mundo. Los latinoamericanos sabemos bien qué es eso. Acá también pasa. Solo que el mamzug, el mejunje humano tiene un poco de China, del Tibet, del Turkestán del Este, de Mongolia, de Kazajstán. Y, extraño mecanismo, un fondito de dignidad hace que los tipos floten. Son gente muy rara. Su ropa, su arquitectura, su comida. En todo, preservan algo de lo propio, de lo sanguíneo. Aun a pesar de la ciudad y su negrura, imperante y deseada.

Shanghai. Yuyao. Ningbo. Se suceden las estaciones, como es de esperar en un tren en movimiento. La moza —sí, en los trenes chinos hay moza— se pasea cada cinco minutos con un pava inmensa. “Debe ser de diez litros” calculo en voz-mental alta. Ofrece llenar los vasos. Nadie toma agua en botella, básicamente porque nadie toma agua fría. Noventa grados es la norma. Treinta, o algo así, se considera frío. Colofón: todos tienen unos vasitos transparentes con tapa, en los que llevan agua humeante. Toman, gritan, hablan por teléfono, y comen. Eso es el inventario de acciones chinas en el tren. Una, tres o quince horas, lo que dure el viaje.

Llego a Huangyan. Mi destino. La persona que tiene que venir a buscarme no está. En el fondo me alegro, así puedo dar una vuelta. Huangyan se considera un pueblo chico, y en general no figura en los mapas, a pesar de tener casi tres veces la población de Bariloche. No hay un solo occidental en ninguna parte. Mejor. Camino por una avenida que parece ser la principal. Entro en un piringundín, un localito de tres por tres con una olla gigante en el centro de la que sale un vapor blanquísmo. Pido un par de bollos chinos de cabra, yangroude baozi, y un vaso de leche de soja. Delicioso, como siempre, y todo por menos de un tercio de dólar. Salgo renovado. Ya no llueve y el viento sacude la tierra. Llamo a mi contacto en Huangyan. Se supone que estoy trabajando. Se olvidaron de mí, pero ya me van a buscar.

Sigue el trabajo del día. Doce horas, tal vez menos. A media tarde un banquete infame con aguardiente de arroz, como siempre. Serpiente, cangrejos y maní. Disfruto y me sorprendo. Ya comprendo a los chinos. Puedo hacerles chistes, y hasta me revolean cigarrillos por la cabeza durante la cena, lo cual constituye un signo de confianza muy notable. Sin embargo sus casas, su mundo, sus zapatos y sus dialectos me devuelven a mi centro, a mi ejercicio narcisista, y me inunda la adolescente y turística sensiblería de observar y comparar. Es imposible dejar de ser un idiota en China.


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