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22 02 2006 - 14:54

Que Hamás haya ganado las elecciones palestinas no es lo mismo que si las hubiera ganado el IRA, la ETA, el ERP, las FARC o la CTA. Nada que ver.

Así como la cruz es un símbolo terrestre y la media luna uno metafísico, no existe posibilidad de comparación alguna entre los milicianos / guerrilleros / levantinos / terroristas (usando la primera sílaba de estos adjetivos se forma “mi.gue.le.te” y voy a llamarlos así para que haya pluralismo en la identificación y nadie me putee) y los ejércitos revolucionarios occidentales.

Si vos vas y matás a un tipo, viene otro y te dice asesino.

Si un Ejército baja a cinco tipos por día, el mundo occidental lo condena.

Si vos te subís a un bondi y reventás lo que hay arriba, el mundo occidental te llama asesino, pero el mundo islámico te condecora con honor y vírgenes y le asegura el bienestar a tu familia. O sea, mejor que una AFJP.

Son dos formas muy distintas de ver las cosas y por eso nunca va a haber entendimiento entre árabes e israelíes, árabes y europeos, árabes y yanquis y árabes y argentinos. Es una cuestión cultural en la que la naturaleza humana más nefasta hace todo más difícil, separándonos bajo dioses que de existir se ríen como nosotros del salame del grado.

Algunas claves:

En un escenario donde se espera que el reloj marque las doce para que se produzca un ataque furtivo a Irán con el fin de mermar su desarrollo nuclear, los de Hamás se alinean con Teherán y con el monigote que tiene de presidente el régimen persa.

Es decir que Hamás no sólo se pone en contra a Israel, al que en última instancia le convino su triunfo, sino a occidente, porque aliarse con un imberbe que niega el Holocausto le trae conflictos con Europa, el continente ciego, y obviamente con El Padrino I, II y III.

Hamás reclama algo justo: un estado palestino donde corresponde. Pero tiene unos antecedentes jodidos y tales dudas internas que parece que no le van a permitir subir un escalón y dejar de ser una milicia tercermundista para convertirse en un gobierno inteligente. Tal como ocurriera con Yaser Arafat —leí acá que un estudio de Alberto Amato reveló que alumnos de la UBA creen que está vivo y que gobierna Israel—, que no quiso quedar como “traidor a la causa” y murió siendo un guerrillero habiendo tenido la posibilidad de haberse podido convertir en estadista.

Hamás no es de izquierda. Es un grupo integrista que plantea la creación de un Estado teocrático más moderado que Irán pero bajo la supervisión de Alá.

Hamás no es Saddam Hussein ni Osama Bin Laden. No es Siria ni Arabia Saudita. Menos Kuwait o Marruecos. Son los “cabecitas” del Islam.

“Hago una sola llamada y obtengo 100 millones de dólares”, dijo el recientemente electo primer ministro palestino Ismael Haniye.

Pero el tema no es tan fácil.

Los palestinos, que tras la guerra de 1948 (que se produjo inmediatamente después de la declaración de independencia de Israel) huyeron o fueron forzados a irse, cruzaron fronteras y llegaron a Jordania (Transjordania). Allí, fueron no muy bien recibidos por el reino hashemita que culminó su bienvenida con la masacre llamada Septiembre Negro donde el ejército jordano eliminó a miles de la resistencia palestina. En Egipto no les fue mejor y fueron expulsados incluso cuando entre 1948 y 1967 la Franja de Gaza estuvo bajo ocupación egipcia. Se mandaron al Líbano y entre Siria por un lado e Israel por el otro —con la complicidad de Sabra y Chatila— tuvieron que levantar sus campos de refugiados. Finalmente, se mudaron a Túnez. Nada bueno tampoco y varios intentos israelíes de bajar a Arafat.

Mientras estos movimientos telúricos se producían, en Cisjordania y Gaza se iba armando un lindo tuco que tenía como caldo de cultivo a aquellos que había nacido allí bajo la ocupación israelí. En 1987 la primera Intifada, en 2000 la segunda y van.

Es la hora de los migueletes. Tienen el legítimo poder entre su pueblo pero no la autonomía total de sus tierras y para lograrlo deberán bajarse aún más los pantalones. Porque acá, en Israel, nadie te regala nada.

Los migueletes están entre la espada y la pared y al final del misterio se develará si consideran que les conviene hacer concesiones como reconocer la existencia de Israel y deponer las armas —no les queda otra— y ascender a primera o ser como Atlanta que repetía que no le servía subir a primera porque perdía plata.

Elige tu propia aventura, miguelete. Y sabé que vas perdiendo porque occidente no cree en vírgenes divinas salvo la de Luján y sus veinte nombres. A todos ya nos rompieron el culo y allá en el horno nos vamo’ a encontrar.


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Del mismo autor:
Creer o reventar
La Muerte y la Brújula
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Paraguas Asesinos
Requiem que no soñó serlo