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23 02 2006 - 16:53

Espero no estar ofendiendo la sensibilidad de alguien si digo que fue Gabriel Puricelli quien me habló por primera y única vez de las pelotas de Mahoma. En 1986 había en el Parque Centenario muchas menos rejas que ahora. Puri estaba sentado debajo de un paraíso, tomando una Coca de litro. Alzó un racimo de esas bolitas pulposas que las Brigadas Podadoras dejan desparramadas por el piso, sonrió y dijo:

—¡Las pelotas de Mahoma!

Este tipo de exabrupto era lo suficientemente habitual en esa época como para constituir una categoría propia. “Una sutileza de Puri”, decíamos todos, y seguíamos hablando de cualquier otra cosa. Pero en este caso había que profundizar. ¿Qué pelotas? ¿De qué?

La madrina de Puricelli vivía en Castelar, y en el jardín de su casa tenía una planta —”otra planta”, me aclara Puri por teléfono cuando lo llamo veinte años después para corroborar los datos— de la cual brotaba “un fruto así, medio peludo”, como el de los paraísos. Cada tanto, Puri recolectaba estos frutos con la ayuda de sus primos Martín y Guillermo. Los rociaban con alcohol y les prendían fuego. Eran “las pelotas de Mahoma”, por algún motivo que nadie recuerda.

Desde que las viñetas danesas desataron el escándalo macabro en cuyo nombre sigue muriendo gente todos los días me pregunto si deberíamos mencionar el tema acá. Pero gracias a Puri, sólo puedo pensar en las pelotas de Mahoma, y me pareció que no se podía empezar por ahí. Hasta hoy, que pasó algo.

Mi casa alberga criaturas de todo tipo. Conspiran, roban lápices y comida. También me acompañan a buscar a mi hija al colegio y ahuyentan a las ancianas desagradables que viajan en colectivo. Entre ellos está el Ice Bat, un Uglydoll igual al que aletea sobre este párrafo.

El Ice Bat no habla castellano; se hace entender en una mezcla de sonidos guturales e inglés con acento rumano (I am Icevvat, vill suck the vlood of the innnnocent!), pasa temporadas enteras en el freezer y le enseña a volar a los demás. Les enseña mal, a propósito. Ayer mi hija recogió un par de semillas en el parque y se las trajo al Ice Bat diciendo que eran “huevitos de vampiro”. El Ice Bat no es de cuestionar mucho lo que uno le dice. Transgrediendo toda consistencia con su comportamiento anterior, el Ice Bat eligió un rinconcito cálido en la cocina, abajo de una lámpara, y se puso a empollar las semillas. Hoy voló al parque mientras nosotros dormíamos y trajo más huevitos. Entre ellos, este:

Una pelota de Mahoma. La reconocí enseguida.

El Ice Bat sigue empollando. La gestación, según entendemos, dura dos meses, durante los cuales no sé cómo voy a limpiar esa parte de la cocina.

Para el Ice Bat, las pelotas de Mahoma son sagradas; no te deja tocar el nido, y cuando te acercás gruñe amenazante. Tenemos la suerte de escribir en un idioma poco frecuentado por los fundamentalistas del Este y la ventaja de contar con un animalito de mentira, pero supongamos por un momento que los hábitos reproductivos de nuestro murciélago trascienden, la embajada de Canadá (donde trabaja Puricelli) amanece rodeada de devotos musulmanes y el Ice Bat ve amenazada su cría. Es un escenario algo trasnochado, pero no demasiado distinto del que venimos leyendo en los diarios. Me gustaría saber si Umberto Eco pensaría que lo de Puricelli-niño y el murciélago también es “maleducado, vulgar y prepotente”. Tantos años y tantos libros para terminar diciendo lo mismo que la gorda que hace las compras en el mercado de la esquina. “Ofendería la sensibilidad de muchas personas para las que estas cosas son sagradas.”

Ya hablamos de esto varias veces. Podríamos intentar encontrarle la vuelta para no repetirnos, pero intuyo relevante la constatación de que el Señor Poroto haga declaraciones públicas tanto más interesantes y sensatas que las del filósofo piamontés:

“All this points to the promotion of the idea that there should be a right not to be offended when in my view, the right to offend is far more important than any right not to be offended. The right to ridicule is far more important to society than any right not to be ridiculed simply because one represents openness, the other represents oppression, ” había dicho Rowan Atkinson hace un año. Entonces nos lamentábamos de que las opiniones de Mr. Bean nos representaran más que las de los funcionarios Ibarristas. Ahora nos encontramos con que Umberto Eco podría ser convocado por Telerman en cualquier momento. No es una buena noticia.

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Lo sagrado es difícil porque es arbitrario. No estamos hablando del color de las naranjas, ni del minuto y medio necesario para hacer un huevo pasado por agua, ni de que las nubes traen lluvia. Cada uno tiene sus sacralidades personales, y quien no las tiene suscribe a alguna de las prefabricadas, porque sin algo sagrado es muy difícil vivir. Pero este respeto desmesurado de gente como Eco (que, por lo menos en la versión de La Nación, escribe una C con puntos suspensivos donde cualquier ser humano normal pondría “cagar”) y la extraña civilidad repentina de medios como Clarín sólo tienen que ver con lo sagrado de una manera muy oblicua. No es curiosidad ni respeto por otras culturas sino pánico. Justificado, el pánico, en el caso específico del Islam y sus metodologías modernas, pero jodido en cuanto nadie se anima siquiera a nombrarlo.

Lo sagrado es lo que cada uno defiende con estas actitudes, y en más de un caso se trata de sacralidades que uno comparte — la paz, la vida de uno y de quienes le importan. No tendrán ningún problema los opresores de turno en aceptar nuestra declaración de que les tenemos miedo, supongo. Entonces, ¿por qué no decirlo? Porque somos todos cancheros. Todos tenemos que tener razón, todos tenemos que hacer lo correcto, todos tenemos que saber lo que hay que hacer y lo que hay que decir en cada instancia que merezca un recuadrito en algún medio. Y de este modo se secuestra lo sagrado de los demás y se usa como bandera. La libertad de expresión. Mahoma. Los pajaritos. Algo de esto sugiere Eco también en la parte de su nota que no da vergüenza.

A Busti y a K les importan tres carajos Mahoma, los pajaritos y el río Uruguay. (A mí sí me importan los pajaritos y el río Uruguay, y a ellos no. Esto es demostrable, lo juro.) Pero en este momento conviene invocar a los pajaritos. Los pajaritos rinden. La papelera (que no es una papelera) se llama Botnia. Es como si se llamara Admaggeddon. No nos toquen lo sagrado. Sí a la vida, no a las papeleras.

“Sí a la vida, no a las papeleras” es una consigna que, de entrada, deja mucho que desear, pero se vuelve imperdonable cuando uno comprueba que el mismo, er, “colectivo” que la pergeñó tenía un racimo de propuestas superadoras y las sepultó ahí en una especie de podcast que tienen — una serie de MP3 sin locución ni separadores que reproducen, con cambios mínimos, un par de canciones de Protesta Ambientalista Coyuntural. Una, de Tarragó Ros o alguien que lo imita, declara: “una cosa es el progreso, otra, más alta, crecer” (¿?) Separado de estas canciones por unos segundos de silencio, está el hallazgo, el bonus track del que ofrezco un mirror acá, porque temo que nadie me crea si lo describo.

Es la Marcha Peronista, sí, y yo tampoco entiendo si es en joda o en serio, pero en el terreno de herir sensibilidades parece más efectiva que la historia de la caricatura en Dinamarca durante los últimos cinco siglos.

Las papeleras consumistas
el rio Uruguay contaminaremos
y a los pescados mataremos
volcando al rio fuel oil
qué malo soy
qué malo soy

Lo mejor de todo es el estribillo. Uno se va preparando, y se pregunta qué van a decir. ¿Viva qué? Viva nada. Dicen “qué papelón”. Ah, ¿lo ignoran por completo al General? Tampoco. Dicen:

Qué papelón, qué papelón
en general, qué papelón

En general. Me reía solo en el subte.

Escuchando de nuevo ahora, noto que existe la posibilidad de que digan “ey, General”, pero no tendría ningún sentido. ¿Qué General? “En general” es mucho mejor. En general, cuánto valés. En general, Perón.

Hace apenas 56 días, Schmidt se preguntaba por maneras (distintas, novedosas, espero) de decir “marchemos”. Yo me resistía como si hiciera falta aportar argumentos. No hace falta. Ibarra dice marchemos, K y Busti dicen marchemos, los sunnitas dicen marchemos y los shiítas también. Un método de probada eficacia. Aunque sea para variar un poco, ¿quién se suma a una serie de conversaciones en las cuales cuando uno pregunta el otro contesta lo que le preguntaron en vez de invocar valores y símbolos que cada vez quieren decir menos? Por ahora, muy poca gente. Yo estoy acá, siempre dispuesto, aunque cada vez menos convencido de que sea posible y cada vez más instalado en el mundo del Ice Bat y sus pelotas de Mahoma.


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