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Fiasco-chagui

24 02 2006 - 16:00

— Ilustración: Verónica Flores —

“¡Charyot!” Las dos chicas a enfrentarse se ponen bien firmes, haciendo un golpecito con las palmas de sus manos sobre el costado de sus muslos. Brazos tirantes y tobillos juntos.

“¡Kiun ne!” Se saludan con una reverencia rápida y nerviosa, como para acelerar esto del saludo oriental.

Y por último, “¡Chumbi!”, grita la jueza central (bah, la que dirige) y se ponen en posición de combate con un estridente “¡Iaaaaaaaaaa!”, que es como decir “Ya estoy lista”. Luego de los pocos minutos que se condensan en dos rounds, se sabrá si el estar lista significaba que se tenía confianza para moler a palos a la otra o para hacerse pis encima.

El domingo 12 hacía bastante calor, y mucho más, bajo el tinglado del estadio Eduardo Duhalde del Centro Polideportivo Municipal (Ce.De.M. N° 1; hay varios de éstos por la zona), en Caseros, Tres de Febrero. Es inmenso el “cedén”, como lo llama la gente que trabaja allí. Se puede hacer boxeo, atletismo, natación, entre otros deportes. La placa de bronce de su entrada lo define como un “lugar de encuentro y esparcimiento de niños, jóvenes, adultos y la tercera edad” (como si algunos abuelitos no fueran responsables de sí mismos y no hubiera jóvenes adultos), con los nombres del gobernador de la provincia de ese entonces y el del hasta ahora intendente de ese partido, “don Hugo Omar Curto”, sustentando tal afirmación el 25 de abril de 1997 y para siempre.

A las nueve de la mañana (hora en que empezaría el primer Open del oeste de tae-kwon-do W.T.F., conocido como “la mundial”), el estadio estaba prácticamente vacío; los asistentes cubrían más o menos un cuarto de su capacidad. Había competidores, instructores (que en el desarrollo del torneo harían las veces de juez y de coach: si luchaba su alumno, lo coucheaban desde uno de los laterales del cuadrilátero y sino, oficiaban de árbitro, de jueces de esquina, que son quienes contabilizan los puntos efectuados, o juez supremo, que recuenta y da a conocer el resultado al árbitro), y algunos pocos que fuimos a alentar. No había más y tampoco lo habría. Pero sobraba, eso sí, mucha energía, excitación: de la madre que se autoelogiaba por la confección del dobock de su hijito de seis años (sólo faltaba que hablara acerca de cómo aplica pitucones al trajecito de entrenamiento), a los chiquitos que jugaban en los escalones de los tribunas de material, pegándose, tirándose del traje o de la ropa. Entre tanto alarde violento, era difícil discernir quienes eran más taekwondistas que otros. Sobraba también ese regodeo que genera el incentivo al deporte: “Hugo Curto siempre junto al deporte” (en el piso), “Bienvenidos a Tres de Febrero, capital del deporte” (en las paredes), “No a la droga” (en el techo).

“¡Sichak!”, y tras la orden empieza una de las peleas más aburridas y faltas de contundencia de todo el Open. Lo único que diferenció a la ganadora de mi hermana Micaela, de 19 años, fue esa precisión para marcar los puntos suficientes como para triunfar con holgura. Pocos, pero ganó. Mica hizo uno o dos. Pero le pegó muchísimo. Lo que pasa es que la gracia es golpear en el chaleco (o en el cabezal, en el caso de los danes — cinturones negros) y que los puntos suenen y la tribuna se tape la cara diciendo “¡Uh, la mató!”, aunque no sea más que ruido de cuero y goma espuma. Por eso, la clave no es tirar ochocientas patadas, con giro y puño incluído, sino marcar y salir, algo así como el ring-raje. Mica se quedó re-caliente al darse cuenta que había peleado como una fofa desanimada. A los minutos reconoció haber estado más cerca del pis que de la provisión de palos.

Cierta tensión, cagazo, si se quiere, es habitual por más que tengas tres repisas llenas de trofeos de primeros puestos. Pero, ¿por qué había peleado tan mal? Varios factores le jugaron en contra:

Y había otro motivo menos evidente pero igual de importante. Como eran pocos los competidores, sino se “unificaba” gran parte de las categorías, muchos no hubieran tenido contrincante (con lo de categorías me refiero al género, en primer lugar y sobre todo, al peso y altura, y al cinturón). De ahí que no vimos pelear a los nenes con los nenes y las nenas con las nenas: hubo una pelea, por ejemplo, en la que se enfrentaron una chica de unos doce años y cinturón azul, flaca, desgarbada y más alta que el chico, que era notablemente menor que ella, regordete y verde. Ganó la piba. De ahí, a su vez, que se enfrentaran los cinturones inferiores (del blanco al verde) con los superiores (del verde al rojo), siendo el verde el cinturón de la de la frontera en litigio.

El tema es que el color del cinturón tiene un poder semántico increíble. Ves a un verde y decís “Ah, está en la mitad”, un blanco te da penita y un negro un respeto envidiable. Sin embargo, dado como están las cosas en el mundo del tae-kwon-do, digo, lo comercial del asunto, la cuestión del cinturón se vuelve totalmente relativa, ya que no refleja el estado en que se encuentra el practicante. Los exámenes para pasar de cinturón oscilan (variando según el grado del que se trate) los cincuenta y pico de pesos, de los cuales un porcentaje menor es para el instructor y el resto para la asociación a la que se representa. Muchas veces rinden chicos que no están en condiciones ni físicas ni técnicas para portar tal o cual cinturón. Por eso hay muchos que siendo verdes o azules, no saben dar la patada básica, el bandal, que se logra al girar la cadera hacia la dirección del golpe, estirando la pierna y golpeando con el empeine el estómago contrario. Si no sabés tirar un bandal, ¿qué hacés en el tae-kwon-do?. Obvio, también están los danes que te pueden cagar a palos con sutileza y hasta con gracia.

Un fuerte olor a milanesa nos recordó que teníamos hambre y, a las dos de la tarde, pensamos que la del buffet sabía lo que es hacer clientela. Pero el olor venía de un Tupper muy cercano, el de la mamá modista. Otra vez.

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— Ilustración: Verónica Flores —

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Cuando ya todos estaban podridos de tanta pelea fea, hubo una bastante llamativa, de cinturones rojos, varones grandes y corpulentos, que casi parecía un combate de full contact, porque sus rodillas y codos también querían meterse, y no sólo a cubrir golpes. Los dos tenían hinchadas femeninas desaforadas que instauraban una lucha paralela con una abundancia de “¡Dale Matíaaaass!” y “¡Vamos Nicooo!”. Antes de que terminara el primer round, Matías cae y queda tendido en el suelo, tomándose la pierna derecha y llevando su rodilla al pecho, como los jugadores de fútbol, aunque con dolor real. Entonces, su hinchada, al grito de “¡Ma-tí-as, Ma-tí-as!” logra que éste se levante, se gane un aplauso generalizado y continúe el combate. Pese al cliché alentador, no tuvo la suerte de Daniel Larusso.

Mica mide un metro sesenta y pesa 52 kilos. Es rubia por elección y usa un flequillo como copete de chajá pero al costado. Las tediosas horas dedicadas a la física y el análisis matemático, en el marco del C.B.C. de Ciencias de la Computación, están liquidando una afición que trae de muy chica, de los 8 o 9 años. Vamos para el baño, porque se quiere cambiar la venda que cubre el piercing, mientras oímos el espectáculo gutural de los que siguen luchando: “¡Za!”, para los amagues, “¡Hei!” o “¡Guachiooo!”, para asustar al rival cuando se lo golpea y ya que estamos, llamar la atención del juez de esquina que anota sus puntos. A lo mejor, pasa.

—¡Nena, parece que venís de una cesárea, mirá la venda que te pusiste!

—Sí, ¿no?, está muy gruesa.

—Dale, sacate el aro, haceme caso.

—¡No, que se me va a cerrar el agujerito!

Se mira al espejo salpicado. Péguenle y que suene y se hunda la pechera, rómpanle el dobock y que se quede en bolas, pero no hagan que se le corra el maquillaje porque eso sí que es lo peor que le pueden hacer.

Ya no salía agua de las canillas, tampoco de los depósitos. Volvimos a las tribuna. Unos escalones más arriba, unos nenitos ejercitaban pumses de su propia creación. Otros, al costado del cuadrilátero, intentaban dobles con una pelota imaginaria. A Mica le dolía un poco el anular izquierdo, y lo tenía morado.

El que conducía, nos sorprende por micrófono:

—Se preparan Micaela Sánchez con pechera roja y X con pechera azul.

—¡Peleo de nuevo, buenísimo! — me dijo feliz

—¡No, qué peleo de nuevo! ¡Con el dedo así! — y antes de terminar mi respuesta, Mica ya estaba buscando la pechera.

—¡Betty! — llamé a su instructora, que no me registraba.

—¡Sabon!, ¡Sabon! (que quiere decir maestro/a) — la llamé como lo hacía unos años atrás cuando era mi instructora también.

—¿Qué pasa? ¿Y Mica dónde está?

—Tiene un dedo hinchado, fue a que se lo vieran. No puede pelear así.

Para qué. A los minutos ya estaba en el campo de lucha de nuevo, con una actitud decididamente ofensiva, y con el aliciente de que ambas llevaban (como había sido en la primera lucha de Mica) un cinturón verde. Mica es verde—punta azul y con un examen más, dejará de arrimarse para ser azul por completo.

Dos nenes que venían de la pileta, con shorcitos y en cuero, miraban la pelea sentados dos escalones más arriba, maravillados. “¡Fuaaa, mirá qué patada!”, se decían. Mica no era la Mica del primer combate, ahora era una Mica enojadísima. A fin de reforzar tamaño despliegue físico (patada-puño, puño-patada, punto y kia, punto y ¡kiaaaaaa!), con Anahí, una amiga mía de la facu que vive en Caseros, nos dispusimos a organizar un aliento novato: esos niños, quemaditos y de pelo todavía húmedo, encerraban un potencial interesante.

—¿Quién les parece que pelea mejor?

—La rubiecita— contestó uno de ellos, vergonzoso, mientras tomaba una Ivess de cola.

—¿Quién es más linda?

—Y… la rubia — , ¿cómo se llama?

—Micaela, pero pueden decirle Mica.

No compramos hinchada: tratamos de vender bondades.

—Vieron que Mica pega mejor y hace más puntos. ¿Ven?, miren cómo apunta al círculo azul de la panza de la de rulos.

—Sí, además es más rápida.

—Van a hinchar por Mica, ¿no?

Asintieron con la cabeza.

Mica estaba tan compenetrada en la paliza, que ni escuchaba lo que le gritábamos: “¡Patada a la pechera, Mica, a la pechera!, “¡La pechera, dale!”. Tiraba patadas en todas sus variedades: dolliochagui, tichagui, iopchagui y hasta se animó a un anchigochagui, que es una que requiere suma elongación: sacás la pierna por el costado y como si fueras un compás humano, la elevás y depositás tu talón en la cabeza opuesta. Tantas chaguis, pero qué suene la pechera, please!.

Dicen que el tae-kwon-do surgió hace mucho (cerca de dos mil años), en Corea, de la necesidad de una técnica efectiva en la defensa y ataque sin armas, distinguiéndose de las otras artes marciales por brindar el mismo lugar a pies y manos. Acá, hay que aclarar que si “la mundial” es todo chagui, “la internacional” (tae-kwon-do I.T.F) es puro chumok (golpe de puño).

El nene, cuya cabeza parecía una cáscara de banana esférica, mal teñida, interrumpió mi atención preguntándome si el chico Down de la tribuna de enfrente había luchado. “No, no, hizo formas”. No entendió nada y no preguntó más.

En un torneo de exhibición, en el que, se gane o se pierda, se vuelve a casa con premio de todas formas, veinte mangos la participación y dos una Coca chiquita, hacen del negocio algo rentable. Máxime, si se realiza una vez por mes.

El árbitro hace una señas con las manos. Es el puntaje del segundo round: ocho puntos para X de chaleco azul y 6 para Mica de chaleco rojo. Bueno, digamos que Mica no pudo llevar a cabo las instrucciones que Betty le había dado en el entretiempo: “Puño, patada y salgo”. Patada y salgo, sí, sabon, pero el puño se lo va a deber: tiene el dedo fisurado.


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