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Producto Ficticio

26 02 2006 - 11:13

Cuando estaba en segundo grado y vivía cerca del Congreso, solía jugar en la plaza Primero de mayo. Siempre fue sórdida y peligrosa, pero en el año 72 y siendo un nene que había aprendido a cruzar la calle solo, bastaba apenas la recomendación de tener cuidado para que me dejaran ir acompañado de mi amigo Fabián. En nuestra zona era además la única plaza en la que se podía jugar a la pelota, porque la plaza del Congreso servía solamente para ir a darles de comer a las palomas, que también estaba bueno pero era un programa con abuelos.

En la plaza Primero de Mayo sufrí el horror y el despojo por primera vez en mi vida.

Con Fabián llevábamos esa vez una pelota inflable. Siendo solamente dos, lo inmediato era que se acercaran otros chicos para hacer un partido. Ellos eran tres.

Jugamos nosotros contra ellos. Yo a esta altura perdí la noción del tiempo, de cómo se desarrollaron los hechos, pero después de algunos instantes en que simplemente jugaban mejor que nosotros, la acción del encuentro empezó a cambiar: si antes nos metían goles, llegó un momento en que solamente se dedicaban a tener la pelota, a marearnos, y yo sentía que algo se estaba poniendo violento aunque no hubiera patadas. Hay un instante en que recibo el primer chorro de agua. Los pibes se habían llenado la boca en el bebedero, sin que nos diéramos cuenta, y mientras dos de ellos se van turnando en la tenencia de la pelota, el tercero repone la carga y se acerca y nos apunta directo a los ojos. Después de algunas descargas y cuando ya estamos bastante confundidos, los pibes cambian de rumbo con pases cortos. Corren hacia donde está la vereda y más allá la calle y el Spinetto, sin agarrar la pelota con la mano hasta que trasponen el límite del pasto, como ateniéndose a ciertas reglas de dignidad. Una vez que están en la otra punta, en el borde de Alsina, vemos desde lejos que levantan la pelota del suelo y cruzan la calle corriendo. Se pierden a la vuelta de la esquina.

Entonces no sabía que la plaza se había construido sobre un cementerio. Ya les tenía terror a los cementerios y a toda la simbología fúnebre, me arrepentía por las noches de haber leído historietas de terror durante el día y elaboraba teorías racionalistas que le contaba a mamá mientras tomaba la leche, como que era un gran desaprovechamiento de recursos el tener cementerios, que con toda esa madera y ese mármol y esos ladrillos y esos terrenos se podrían construir casas para los vivos y hacer alguna otra cosa con los muertos, como incinerarlos o abonar la tierra, que en ese sentido sí era bueno enterrarlos y podían ayudar a producir berro de buena calidad.

Todavía no había escuchado literalmente la expresión muertos vivos, pero algún concepto intuitivo del asunto ya tenía. ¿Qué era lo que me asustaba de los cementerios por la noche? Que los muertos se levantaran de sus tumbas y vinieran por mí.

Hace varios meses que se está refaccionando la plaza Primero de mayo, reformas de las cuales la más prominente es el enrejado que ahora se les pone de prepo a las plazas para que estén mejor cuidadas. En este caso se podría suponer además que el enrejado se planificó para evitar que se escapen los muertos vivos, pero aparentemente las autoridades que pusieron en marcha la reforma no sabían que debajo de la plaza había un cementerio, o no pensaban que los que cavaban las fosas para el drenaje del arenero se podrían encontrar con una lápida en forma de libro que corresponde a una beba alemana que murió en 1886.

Ya sea que los muertos vivos existan o no, es prácticamente imposible tocar el tema de los cementerios sin que pasen sobrevolando:

En la Buenos Aires de la Colonia, aquellos que no eran católicos tenían grandes dificultades para ser enterrados

dice la cronista sugiriendo que la problemática era incumbencia de los propios muertos y no de sus deudos.

Después aparece un tal Alfonsín (otro) que incluso escribió un libro sobre el tema y de a poco voy recordando que lo supe hace mucho, era vox populi que debajo de esa plaza estaba el Cementerio de Disidentes, donde iban a parar los primeros inmigrantes judíos o protestantes y que se mudó a la Chacarita en 1892.

La noticia es que hay cambio de planes. A raíz de los hallazgos arqueológicos se les pide paciencia a los vecinos porque se va a aprovechar para avanzar en la investigación y, si vale la pena, se va a instalar un Centro de Interpretación en lugar del patio de juegos. Es el tipo de novedades que parecen plantearse para que uno se manifieste a favor o en contra, y en todo caso si el bullicio lo amerita se puede llegar a incluir una infografía o incluso una encuesta.

José Luis Guerín hizo esa película que me emocionó tanto cuando se dio acá en el festival independiente. En construcción contaba lo que sucedía cuando en un proyecto de edificación en el barrio chino de Barcelona se descubría un cementerio romano y había que parar todo a la fuerza. En ese caso, la sorpresa del hallazgo tenía un justificativo de cientos de años y ausencia de documentación, mientras que acá es inexplicable que existiendo aparentemente documentación profusa, la dependencia de Infraestructura de la Ciudad se dé por enterada con la excavación y no antes, como si se hubiera tirado el lance de que no aparezca nada.

En fin, en un primer momento me tienta manifestarme, pero me quedé enganchado con los muertos vivos.

Permanentemente aparecen muertos vivos por todas partes. Estas últimas semanas, los más conspicuos son los nazis, desenterrados a través de David Irving, Ken Livingstone y hasta por los cascos nazis que fabrica una empresa de Holanda para alentar a su equipo en el próximo mundial. Distintas confederaciones de fútbol ya manifestaron su repudio a los cascos porque son cosas (las del fútbol) con las que no se jode.

Básicamente, el temor a los muertos vivos proviene de su poder contaminante. Algo así como que la exposición a su influencia podría convertirnos contra nuestra voluntad, porque la compulsión que encarnan los muertos vivos es la de los inmortales: la imposibilidad de acabar con algo por aniquilación, el poder de la trascendencia que viene a capturarnos para que seamos parte de una comunidad de rasgos comunes oprobiosos.

Algo relacionado con los muertos vivos motivó la visita que hice al Palais de Glace para ver La Normalidad, una muestra de arte que al menos en sus premisas y ante los tiempos que sobrevinieron a la crisis de 2001-2002, formula preguntas válidas e interesantes: ¿Está superada esa etapa? ¿Estamos en un momento de aparente normalidad?

Al acercarme a la muestra, en Callao entre Posadas y Libertador encontré una vinería super exclusiva que nunca había advertido. En una de sus vidrieras, una caja de madera con seis botellas envueltas en fundas de tela que solamente dejan a la vista las etiquetas y que en algún lugar están identificadas como “CATENA ZAPATA – COLECCIÓN VERTICAL”, a un precio de $ 7200 y que se entrega por pedido, tiene un cartel bastante grande que advierte:

ESTE ESTUCHE CONTIENE PRODUCTO FICTICIO

Y en esta circunstancia lo percibo como muy mal presagio.

Mis impresiones de esta visita, abrumadoras para ser procesadas aún al día siguiente, quedarán para mi próxima entrega.


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