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28 02 2006 - 13:49

Me gusta mucho la serie Grey’s Anatomy. No sé bien por qué. Es una serie de hora donde un grupo de internos de un hospital de Seattle se relacionan entre ellos profesional y emocionalmente. Hay varias historias de amor que se están tejiendo y que hacen que la serie se parezca más a una telenovela que a un drama médico. Las vicisitudes de los pacientes que llegan al hospital de alguna manera dan el tema de cada uno de los capítulos y completan las historias de los protagonistas. Hay partes muy cursis, hay textos en off imperdonables, a veces el desarrollo de la historia se vuelve predecible, pero nada de eso me importa. La serie me gusta igual. Me encantan George y Meredith. Me provocan ese amor de fantasía que no había vuelto a sentir por un personaje desde que era chica.

Especulo que tal vez me gusten algunos de los médicos porque soy la hija de uno, y me atraigan las médicas porque en algún lugar a mí me hubiera gustado ser una. Pero me gustaría tener argumentos más consistentes para validar este gusto, me gustaría poder escribir una crítica (positiva en este caso), pero una vez más vuelve a pasarme aquello de no saber cómo argumentar por qué algo me gusta.

Puedo sí, argumentar con mucha más soltura respecto de las series (y otras cosas en general) que no me gustan, pero que consumo igual. Esta vez me gustaría hacer el ejercicio de sostener argumentos a favor sobre cosas tan variadas como un programa de televisión o una persona. Hasta hace poco decía (un poco para hacerme la graciosa, pero también porque lo pensaba) que mis temas de conversación favoritos eran: hablar de mí misma y hablar mal de los demás. Los libros y las películas venían después, especialmente si eran una buena excusa para continuar con la autoreferencia laudatoria y la displicencia para con otros.

Argumentar a favor de Grey’s Anatomy es además otra forma de cumplir con el trabajo que me pagan por hacer. ¿Hay acaso algo más dulce que cumplir con el trabajo que nos pagan por hacer mientras hacemos –gratis- otra cosa que nos gusta más?

El domingo me enteré de forma casual que Kirschbaum y Kirchner no eran la misma persona. Esto podría declararme como la persona peor informada del país, pero lo cierto es que las veces que había leído el nombre Kirschbaum, en tp por ejemplo, pensaba que era una manera graciosa de llamar a Kirchner, más aún cuando la mención de Kirschbaum era a propósito de su posición como el mandamás de Clarín. La eficiencia con la que este gobierno maneja las relaciones con la prensa, o para decirlo en términos de resultados, la excelente respuesta cuali-cuantitativa que el diario Clarín da a los comunicados oficiales abonaba mi suposición. Cuando me enteré de que eran dos personas distintas pensé varias cosas: por un lado pensé en las casualidades, en lo que pensaría la persona más paranoica que la media al respecto, después pensé que probablemente habría más personas instaladas en este equívoco. O tal vez no, tal vez no haya gente tan distraída, ni tan preocupada por la similaridad de los nombres propios de los personajes públicos. También pensé en el tópico romántico del doble, en la palabra kirsch que en alemán quiere decir cereza o cerezo. Detalles, cosas sin importancia. Me llevé prestada de la casa de mi amiga la novela El Pasado, de Alan Pauls, que empecé a leer ayer.

¿Qué pasa entonces cuando a alguien a quien le pagan por hablar bien de algo ese algo le gusta? ¿Y si esa persona a quien le pagan por difundir información y persuadir al público o a los opinadores sobre las bondades de su producto se dedica a hablar mal del producto en forma pública?

No pasa nada si se trata de una serie de televisión. Así y todo me abstengo de decir lo que pienso sobre Desperate Housewives, porque eso no sería cumplir con el trabajo que me pagan por hacer.

La verdad que las primeras veinte páginas de El Pasado me dieron ganas de empezar a preguntarle a supuestos aliados ¿Leiste tal libro? ¿Por qué dicen que es bueno?, etc. Voy a leerlo hasta el final. Lo reconozco. Me da cierta satisfacción morbosa leer el libro y pensar a la vez argumentos para sustentar una afirmación que lo descalifica. Pensé que en general me gusta mucho leer críticas de cine o de libros cuando son negativas (despiadadas, diría un periodista) y que en cambio suelo pasarles por alto a las positivas. Como si lo que está bien no necesitara palabras y sólo el desprecio mereciera la pena.

En el Clarín de hoy hay dos notas relacionadas con la medicina que me gustaría mencionar:

Al Ginecóloco van sólo el 60% de las mujeres.

Los argumentos: tienen miedo de sentir dolor en el examen, tienen fiaca y sobre todo tienen pudor. Es lógico. La última vez que fui (yo pertenezco al 60% que sí va) se trataba de un médico al que nunca había ido. El Doctor Guerrieri. Lo elegí porque su consultorio quedaba a 6 cuadras de mi casa. Me pasó esto: él tenía que decirme que salía del consultorio para que yo me preparara para el examen quitándome la ropa interior, acostándome en la camilla con las piernas en alto y cubriéndome con una sábana que estaba allí ad hoc, pero en lugar de eso me dijo:

-Voy a salir para que te saques la bombachota, el vestidito también así revisamos los pechotes. Tenés una sábana para taparte.

El tipo salió, yo lo esperé muerta de vergüenza. Fui examinada sin problemas. Pero lo de la bombachota y los pechotes me dejó sin habla. Decidí cambiar de médico y no volver más a lo de Guerrieri, que además se quedó con mi Pap porque dijo: “Los estudios los guardamos nosotros”

La otra noticia es la confirmación de que el laboratorio GlaxoSmith&Kline lanzó su vacuna Rotarix contra el rotavirus. La vacuna está disponible en América Latina y ya se vendieron millones de dosis en México. Ahora sólo falta que los lobistas, digo los Responsables de Comunicación y Relaciones Públicas del laboratorio empiecen a distribuir comunicados sobre los peligros del Rotavirus (un virus que provoca diarrea) para más luego convencer a las autoridades sanitarias sobre la conveniencia de incluir la vacuna en los calendarios oficiales. No me sorprende que el diario no publique la información a propósito de que en USA, en 1998, la agencia que controla las drogas y los alimentos haya sacado del mercado la vacuna contra el rotavirus (Rotashield) por los nefastos efectos secundarios que tuvo en los intestinos de algunos de los recipientes.

Pero bueno, como decía antes, si el lobista de Glaxo Smith & Klyne cree de veras que la vacuna Rotarix va a salvar la vida de miles y miles de lactantes él simplemente tiene que hablar de eso en lo que cree y de esa manera hará su trabajo casi sin darse cuenta.


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