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Crónicas de JingAn Temple (II)

4 03 2006 - 06:52

— Ilustración: Verónica Flores —

—Los chinos tienen un amor mítico por la lucha, sabe. Si hay algo que no son es cínicos: ellos aman las revoluciones, y se cuidan mucho en ese aspecto. Ahora, no todos parecen ser igualmente impetuosos en su rebelión.

El viejo me sorprendió en el segundo vagón, el anterior al comedor. “Usted mira, lee los caracteres como un hispano, tal vez un latinoamericano” El tipo reconocía mis señas formales por mi mirada. O al menos eso quiso hacerme creer después de ver mi cuaderno, o mi diccionario. No importa. La cuestión es que unos minutos antes de llegar a Yuyao me invitó a compartir su mesa. Estaba con tres chinos norteños con bigotito. Yo acepté, por pasar el rato.

—Usted puede creer que estos señores son unos roñosos por bañarse una vez a la semana, pero la pura verdad no es esa, querido. La verdad es que su alma esta limpia como ninguno de nosotros puede soñar. –El viejo, que a esa altura de su discurso ya me había agarrado el brazo por sobre el codo, me lo apretujaba mirándome a los ojos– ¿Entiende joven lo que le digo?

Expliqué que mucho no entendía, porque seguro la conversación llevaba un rato y me había perdido algunos proemios indispensables. Los locales miraban al viejo y se reían. Sospecho que no entendían una palabra, ni de su español ni de su chino, que también era rudimentario. Me disculpé con un gesto tan pequeño en su especie, que no lo hay menor ni igual, y bajé del vagón. Mientras me alejaba vi cómo el viejo se despedía repartiendo cigarrillos Marlboro entre sus amigos

La estación de Yuyao es minúscula pero larga, irremediablemente helada. Una pared de varios cientos de metros de riguroso ladrillo separa el andén de la calle. Muchos de esos ladrillos, supe horas más tarde y comprobé días después, tienen grabado el nombre de la persona que los hizo. Se supone que tal gesto de apego es habitual en China.

Me escondí en mi trabajo hasta el atardecer y me olvidé de la conversación en el tren.

Pero el viejo no tardó en aparecer. Yuyao es una ciudad chica, y no hay occidentales. Era difícil simular no haberlo visto, sobre todo porque el hombre me seguía por el lobby del hotel.

—¿Gusta usted de los juegos? –preguntó con un tono de voz afectado, nada inocente.

—Depende, creo, del juego. En principio no: me aburro un poco —dije, haciendo un esfuerzo por no ser demasiado desagradable.

—Pues muy bien –se entusiasmó el tipo, confirmando que mis pruritos eran infundados –. Vamos entonces a visitar a unos amigos.

Accedí como quien acepta un papel en la calle: pensando en el volantero. Recordé con desagradable rigor la esquina de Corrientes y Callao, la de Zivals.

El frío invitaba a caminar. Yuyao está partido al medio por un riacho mugroso, lleno de algas y bolsas de plástico. Rodeamos el edificio del hotel bordeando la costanera, y nos metimos en una de las tantas calles retorcidas que surcan la fisonomía de estos pueblos. El tipo no hablaba, cosa que me sorprendió y llegó a preocuparme un rato después. El sol de la tarde, siempre velado por la bruma del invierno Chino, desapareció por completo. La calle se hacía más angosta, serpenteaba entre paredes de ladrillo musgoso y húmedo, y de las ventanas brotaba un vapor nervioso y blanco, afectado por la luz de los interiores. El paisaje me sugirió que aquel tipo me iba a dar una sorpresa, seguramente ingrata. Me asusté. Chinos entraban y salían de las casas, dejaban las bicicletas apoyadas contra la pared y subían las escaleras a los gritos. Era la hora de la cena de los trabajadores, por la ropa y los acentos casi todos llegados del interior.

—Aquí hombre, vamos. Entre

El viejo me invitó a entrar en un cuarto iluminado por dos luces moribundas, lleno de humo y plagado de chinos sentados en unas banquetas petisas que apenas les sostienen el culo cuando se acuclillan. Con tal mobiliario era natural que pudiera entrar toda esa gente.

—¿Qué hacemos acá? –pregunté.

—Nada, jugamos unas fichitas hombre, no sea pavo.

El viejo me estaba empezando a romper las pelotas. El sabía a dónde íbamos, quién estaba en ese lugar, y lo que el humo ocultaba. Y yo era el pavo. Colofón: le dí una palmada fuerte en el hombro, como para desquitarme, y con una sonrisa pelotuda le dije “güen”.

Adentro del boliche habría treinta tipos, sentados alrededor de tres o cuatro mesitas bajas, que tal vez fueran tablas sobre cajas, y nada más. Unos jugaban con cartas de poker, otros mahong y un par, en un rincón junto a la puerta, un go contradictorio: sólo tenían fichas negras. Sentí de inmediato un olor dulzón y penetrante, pero a quienes vivimos en China sin ser chinos los olores novedosos dejan de sorprendernos, porque toda China huele de un modo extraño, y el ejercicio nasal de olerlo todo con sorpresa pasa a ser una costumbre.

El viejo se me perdía en la multitud, y cada vez que lo veía se me hacía imposible hablarle. Aquellos chinos eran más altos de lo común, y hasta había un albino, con el pelo blanco y los ojos azules. Me acodé sobre un mueble de indescifrable lógica, sin puertas ni partes ni patas, y observé. El chino de esos tipos era mucho más cerrado que el mandarín de Shanghai, y no me animé a hablar con nadie. Creo que me adormilé y quise volver al hotel. Los chinos se pararon y gritaron no sé qué, algunas cartas volaron por el aire, y un par de fichas de aquel go imposible rodaron hasta mis pies. Entonces estaba sentado en el piso de tierra, junto a un chino que dormía boca abajo. Ví saliva mezclada con tierra.

—Oiga hombre, no me diga que ya le convidaron.

El viejo me despertó, y trató de decir algo más, pero yo no podía escucharlo. Clavé mi vista en la pared opuesta a la puerta, en un póster de Tupac Amaru. Lo que sucedió después es terreno de especulación.

Por la cuenta del hotel, me enteré de que había dormido tres días seguidos. Pregunté por el viejo, y me dijeron que había dejado el hotel esa mañana. Tardé unas horas más en darme cuenta que había estado en un fumadero de opio.


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