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Destitutio

9 03 2006 - 21:22

No es felicidad: es satisfacción.
Un familiar a quien felicitaban
a la salida de la legislatura.

No tiene sentido inhabilitar a un muerto.
Otro familiar, a quien le comentaban
la no inhabilitación.

La vez anterior que estuve en la sala juzgadora fue cuando Ibarra se defendió. Me llamó la atención entonces, y así lo señalé acá, que el acusado aludiera en su defensa a alguna trama conspirativa, haciendo referencia a que desgracias comparables a la que desencadenó su juicio político habían ocurrido antes en nuestro país, sólo que en esos casos los presuntos responsables políticos estaban amparados por el PJ o por la UCR. Quizá se estuviera refiriendo a que otras responsabilidades debían haber sido sancionadas y no lo fueron, o quizá reclamaba para sí las prebendas de los aparatajes. En cualquier caso, yo no podía entenderlo como un argumento a favor. Algo así como que el profesor nos pesque copiándonos en un examen y nos defendamos diciendo que en realidad hay una tradición de copiazo consuetudinario que el cuerpo docente tolera o alienta.

Ibarra convencía un poco más cuando decía que la acusación había sido mal formulada, que se le achacaban actos anteriores a su reelección y que ese juicio había sido saldado ante los votantes que lo refrendaron en su cargo en el año 2003. Sin embargo, se percibía algo de rebusque leguleyo para zafar de un conflicto, ese tipo de argumentos que nos dejan un sabor amargo en cualquier proceso legal: que venció el plazo de la apelación, que las pruebas fueron obtenidas por medios ilegales, que los peritajes son impugnados porque se demostró la subjetividad del perito al analizar la prueba. Demasiada argucia tribunalicia cuando se trata de un juicio que no transcurre dentro del mundo jurídico.

Yo no sabía cómo iba a ser la votación. No me refiero al resultado, sino a la mecánica. Sólo sabía que la sesión empezaba a las 13, y no podía imaginarme las peleas, los cruces verbales. No podía ser que cada legislador enunciara su voto y nada más, o que pidieran a unos y a otros que alzaran sus manos. Tampoco sabía cuál sería la fórmula a invocar, porque seguro que no iban a decir “voto para que se quede” o “voto para que se vaya”, pero de todo esto uno se entera sobre la marcha. Cada legislador tendría diez minutos para justificar su voto, es decir, para crear un poco de suspenso con su relato, de manera que no cayera como algo tan brusco el decir ‘voto por la destitución’ o ‘voto por la absolución’, que esas eran las fórmulas a emplear. El presidente de la sala, al comenzar, aclaró que los votos debían ser bien claros, de manera que no hubiera dudas. También recordó parte del reglamento imperante en el recinto, cuya regla primordial respecto del comportamiento de las personas que asistían a la audiencia daba un poco de cuiqui:

–Podrán…er.. NO podrán llevar armas.

Ya le había consultado a Schmidt sobre la posibilidad de que hubiera piña en el recinto. La tranquilizadora respuesta fue que si estaban los familiares e Ibarra era confirmado en su puesto, podría ser. Y que fuera en zapatillas.

El otro tema que tiene que ver con los ceremoniales (y a mí me fascinan los ceremoniales) era el orden en que se iba a efectuar la votación. Ya se había especulado mucho con esto. Al lado mio estaba el locutor de TN. El tipo tenía entre las manos unos papelitos doblados, y una birome. Parecía estar desarrollando una martingala para ganar a la ruleta. Uno de los papeles era un cuadrito recortado de La Nación, con fotos de los legisladores en tres filas de cinco. Una vez que estuvo seguro del método alfabético, se puso a numerar las fotos de acuerdo al orden de votación. A lo largo de la audiencia lo ví anotando permanentemente en esos papelitos que tenía doblados, como un alumno aplicado que toma apuntes. Con cada legislador apuntaba algo y anotaba el total de votos a favor y en contra. Yo me lo imaginaba haciendo un análisis sesudo, pero cuando llega el momento en que Smith para de hablar y da su voto, caza el micrófono que salió no sé de dónde (sí se: yo mismo se lo había alcanzado segundos antes cuando un camarógrafo que estaba más lejos me lo pasó) y se pone él mismo en ON:

“Ya están los diez votos reunidos para destituir a Aníbal Ibarra. Se los ve a los familiares, si bien guardando silencio, abrazándose, con gestos de alivio. Algunos con gestos de satisfacción, otros llorando y todos, absolutamente TODOS, con la fotografía de sus hijos muertos bien en alto”

Y a lo mejor después, en su casa, transcriba las anotaciones que hacía en los papelitos y guarde esos análisis en la biblioteca.

Cuando entramos y nos acomodamos en el corralito de la prensa, el mismo locutor de TN nos trajo la noticia del cambio de voto de Baltroc.

—También lo habrían comprado a Romagnoli –agregó.

A esa altura el panorama era desolador, sobre todo teniendo en cuenta el pronóstico Schmidt de la posible gresca ante la restitución del cargo.

Los chistes más recurrentes antes de que llegaran todos los jueces eran en torno a Florencia Polimeni. Que si tendría contracciones, que si habría roto bolsa o si acaso rompería en la sala. Momentos de desconcierto en los cuales cualquier escenario era posible, incluso las deserciones. Y es que durante los últimos días se había estado especulando sobre los tránsfugas eventuales, y todas las teorías conspirativas posibles estaban en plena ebullición.

Le tocó a Beatriz Baltroc (segunda en votar) tomar la posta de la conspiración. Muy extraño escuchar su tono sacado, con un ataque de histeria, presentando su justificación que comienza con un fallido notable dada su situación:

Estoy harta de los que no cumpl…eh…de los que no tienen…la tolerancia para evaluar las conductas personales de cada uno de nosotros.

En los demás votos fue (después) muy sencillo pronosticar escuchando las primeras palabras de cada discurso. Quizá fuera una gimnasia discursiva que se iba desarrollando en el interín. En el de Baltroc, sin embargo, todas las argumentaciones eran condenatorias o al menos ambiguas, salvo cuando dijo:

pero no voy a venir acá a hacer mi propia venganza, política o personal con el doctor Ibarra en este juicio

Baltroc trabajaba codo a codo con los familiares, al punto de ser considerada una especie de abanderada de su causa, tenía un cartel en su despacho con la leyenda los mató la corrupción y es autora según José Iglesias del amparo de boliches que tiene diez nulidades y está presentado como prueba en el juicio político. Pero a la hora de votar, desatendió sus propios argumentos por falta de pruebas. Las pruebas obtenidas en su actuación y sus propios argumentos en pos de su voto, que bien habrían servido para destituir.

Hay una constante en los votos a favor de la absolución, y es el discurso de la corrupción generalizada y disolvente de responsabilidades concretas: vida propia en el gobierno de la ciudad y terminales externas muy poderosas dice Baltroc, y Moresi dirá posteriormente cosas parecidas, pero seguramente ganará el premio a la defensa más desopilante:

¿Saben cuáles fueron nuestras alertas? Las alertas del fenómeno futbolero. La teoría del aguante. Los trapos o banderas, como les llaman en las canchas. Entonces nosotros tampoco, tampoco supimos darnos cuenta de este fenómeno.

Otra característica de quienes se jugaron por la absolución es el llamado a la posteridad. Moresi afirma:

Y traje mis fundamentos. Traje todos mis fundamentos por escrito. Con la esperanza de que algún día, con la serenidad suficiente, puedan ser leídos y entender el por qué de mi voto

Y posteriormente Gramajo:

Me comprometo a recibir en mi despacho a todo aquel ciudadano que quiera que le explique el porqué de mi decisión

Y ensaya otra defensa fenomenal:

Reconocemos la extrema gravedad de los hechos y la responsabilidad política general del enjuiciado en su carácter de Jefe de Gobierno, pero no surge de las probanzas concretas causas directamente imputables al enjuiciado que configuren un mal desempeño.

Pero lo mejor de Gramajo está en la carita de yo no estoy acá cuando más tarde aparece en segundo plano en las pantallas que lo enfocan a Helio Rebot, de su mismo bloque kirchnerista, que destituye con fervor y sin miramientos. Vale la pena buscarlo en los videos.

Laporta habla de la participación ciudadana. Habla de Juan B. Justo y Mario Bravo en 1924. De Alfredo Palacios en 1947. De Carlos Sanchez Viamonte en su ya célebre Manual de derecho constitucional. De Joaquín V. González. De la discrecionalidad y despojarse de las pasiones político partidarias. Del cono de sombras respecto de qué actitudes pueden ser reprochadas y peligro institucional. Y cita una vez más a Alfredo Palacios (nunca se cansará de citarlo, dice) en otro juicio político:

“Pero lo curioso es que la acusación se ha considerado eximida del deber de formular separadamente los cargos.”

Habla de la violación al principio de cosa juzgada al incluir cargos anteriores al período en que ocurrió el hecho que se está juzgando como si el voto soberano del pueblo no importara, y del derecho de ser juzgado por la misma conformación legislativa que estaba vigente al momento del episodio juzgado.

Es evidente que en este caso se corre el riesgo de un enfrentamiento de consecuencias imprevisibles en el orden constitucional, entre el fallo de la justicia ordinaria y el de la justicia política.

Y lo ilustra con un dicho popular:

– Se ha puesto el caballo….er…el carro delante del caballo.

Terminando por enunciar sus temores a largo plazo:

Estamos frente al riesgo de que pueda ser sentado un gravísimo precedente con relación al futuro. Cualquier mayoría circunstancial, por contradictoria que sea su integración, amparándose en la difusa figura del mal desempeño, podrá intentar violentar la voluntad popular.

El cual, en sí mismo, es un argumento de gran solidez, sólo que no tiene en cuenta el hecho de que el presente de hoy es el futuro de tantos precedentes gravísimos en los cuales mayorías ocasionales violentaron la voluntad popular amparándose en otras tantas figuras difusas, y que dificilmente haya habido alguna oportunidad en que ese tipo de pronunciamientos torcieran el rumbo. Algo así como cuando un viejo horrorizado por ver a unos hippies decía: “Esto es el acabóse” y entonces Mafalda le contestaba: “No exagere. Apenas es el continuóse del empezóse de ustedes”.

Y así nos despedimos por el momento de los restitutores. En un rato más, algunos comentarios sobre los destituyentes.

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Mientras presenciaba a los legisladores que iban votando después de leer sus discursos, yo pensaba que la suerte estaba echada, que no importaba cuán provocadores o imprevistos fueran los votos y las palabras de los que iban cantando, el resultado estaba escrito de antemano en esos folios que cada uno tenía previsto leer. Los votos no se podrían cambiar sobre la marcha porque estaban los papelitos escritos que supuestamente los amparaban. Sin embargo, los discursos siempre pueden ser lo suficientemente ambiguos como para justificar una u otra decisión, que en última instancia sería: “...por lo tanto, voto tal cosa”. O incluso, que algún legislador tuviera dos juegos de papelitos con justificativos diferentes para una u otra posición. ¿Cabía tal posibilidad? Todavía no pude averiguar si tenían que entregar copia de los papelitos al presidente por anticipado o no. Me parece que no. Tampoco tiene mucho sentido, en todo caso. Sólo concebía el doble juego de papelitos en el caso de Helio Rebot, llegado el caso de que el desarrollo del juego no lo hubiera puesto en su situación crucial.

En esa especie de casuística de apuestas deportivas, en los diarios de los días previos se barajó la hipótesis del cambio de voto sobre la marcha, sin embargo. Qué pasaba si se daba vuelta alguien, como efectivamente pasó con Baltroc. El as en la manga de Romagnoli, que era de los últimos en votar y tenía bien claros los votos de los dos que votaban después de él. A la luz de su discurso, abstencionista hasta que canta su voto, bien podría haber sido éste el caso: de no haberse dado vuelta Baltroc, sigo pensando que Romagnoli se abstenía.

Cabía esperar algún tipo de gresca que ni siquiera se insinuó. Es lo más extraño de todo el proceso, siendo que el resultado fue siempre incierto, que no haya asomado la posibilidad de embarrar la cancha por ninguna parte. Nadie interrumpió a nadie. Se podría volver a la cuestión de que la suerte estaba echada, pero muchas veces que todo parece estar definido hacia un lado pueden (suelen) aparecer escándalos imprevistos. Sin embargo, en la sala el clima fue siempre de aceptación de los acontecimientos dentro del juego. Eso es atribuible sobre todo a los padres de las víctimas, que cerraron filas en pos de un objetivo concreto y por lo tanto modesto: cargarse al jefe de gobierno. Tras ese objetivo mantuvieron toda la presencia de ánimo que necesitaban. Ellos eran el factor de mayor presión, y para seguir siéndolo necesitaban solamente llegar hasta el final con calma.

A pesar de formar parte de quienes votaron previsiblemente, el personaje de la jornada fue Florencia Polimeni. En el programa de Enrique Vazquez, su columnista Patricia Carini tiene al día de hoy argumentos insólitos: es cierto que hubo buenos discursos, pero la gente no sabe que esos discursos los escribieron los asesores y no los legisladores, dice Patricia. Que en el caso de Polimeni, el discurso fue escrito por no sé quien relacionado con Cecilia Felgueras. El caso es que la propaganda instaló la idea de que el proceso era una payasada de tal magnitud, que resultaban impensables las argumentaciones atendibles. Y hubo argumentaciones razonables, lo cual no se puede esconder con excusas, aunque se manifiesten desde la Radio Pública de la Ciudad.

Florencia Polimeni apareció en la sala toda panza y tetas, ella. Desde el principio su discurso tuvo la intensidad de sentirse plena porque lleva el embarazo bien, esa convicción de mujer que está esperando un hijo y tiene tanto a su favor que actúa con el arrojo de quien se siente inmune. Esa sensación la imagino como una especie de embriaguez que permite lanzarse al vacío sin titubear, una cosa primaria de hembra que por llevar a su cría encima se vuelve temible.

A pesar de los golpes bajos de las referencias a El Padrino y la cita de Bertolt Brecht sobre los hombres que luchan un día y son buenos y los hombres que luchan un año y son mejores, el discurso de Polimeni es impactante. No voy a citarla textualmente: se puede leer en su página de internet. Podría agregar el audio Florencia, porque su interpretación es mucho mejor.

Durante los primeros instantes, el locutor de TN se pone a hacer cálculo de probabilidades con su asistente, porque aún faltan votar Rebot y Romagnoli. Evalúa las sumas alternativas con fruición y alguien lo codea para que deje escuchar.

Argumenta Polimeni aludiendo a teorías de Claus Roxin, que llama “el hombre de arriba” a quien tiene el poder y la legitimidad en cualquier organización para dar órdenes, que si un ejecutor no respeta esa legitimidad, es intercambiado por otro. Que esa idea se refuerza con 200 años de teoría política sobre presidencialismo, representada en autores como Lowenstein, los federalistas, Alberdi, Montesquieu, Tocqueville y Duverger.

Y que la teoría de Roxin a la que hace referencia es base y fundamento de la sentencia en la causa 13/84 en el Juicio a las cúpulas militares.

Eso le dijo, a Ibarra. Y a Strassera. No es extraño entonces que Strassera se refiriera explícitamente a ella en las declaraciones posteriores:

Un voto que a mí me causó repugnancia, el de la señora Florencia Polimeni. Una mujer presuntamente venida de la democracia, militante de Franja Morada, que se animó hoy a votar junto al fascismo. Habló de Don Corleone y de Mario Puzo. Alguien le va a tener que pedir cuentas

Todavía no se aquietaron las aguas como para pensar en la situación de Strassera. El suyo es un patetismo que provoca tristeza. Ojalá que ahora pueda descansar un poco.

A Helio Rebot (que es correntino) le escucho acento de entrerriano. Será el promedio de nacer en Corrientes y vivir en Buenos Aires. Un acento que yo identifico con la dualidad de lo próximo (que no está lejos como Tucumán) y al mismo tiempo insular, apartado por los puentes. Dificilísimo de imitar ese acento, inmediatamente sugiere simpleza y nunca medias tintas.

Va a decir unas cuantas frases hechas para apoyarse, Rebot. El mayor beneficio de decir la verdad es que uno no tiene que andar acordándose de lo que dijo, dice Rebot que dicen los ingleses. Y también que el que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla, según Isabel Allende. Que los cobardes mueren mil veces antes de morir, y los valientes una sola vez. Ahora que lo repaso, es una especie de Sancho Panza con sus refranes, Helio. También habrá cita de Perón y evocación de Evita, porque su voto es una pieza dramática que apela a la mística y a lo sentimental, luego de hacer su síntesis de la ciencia política.

Entre la ética del poder de Maquiavelo y la ética del deber de Kant, la ética de la responsabilidad de Max Weber. Deben necesariamente combinarse los medios con los fines, las intenciones con las consecuencias de adoptar una determinada decisión, dice Rebot revelándole al futuro muerto político parte de los secretos peronistas de cómo gobernar. Como en una película en la que el asesino se da a conocer al protagonista (que jamás hubiera sospechado de él) y le confiesa su modus operandi antes de decirle y ahora, te voy a matar. Y lo mata.

Prácticamente no hubo votante, propio o ajeno, que no se refiriera al focazo de corrupción denunciado por Ibarra en 2003 y a su decisión de terminar con esa situación disolviendo organismos de control para reemplazarlos por otros organismos de control puestos en manos de gente de su palo, con la suposición de que bastaba la buena voluntad para resolver un problema estructural, desatendiendo los alcances del término estructural. En el juicio final se cosecha lo sembrado, y si sembraste la idea del focazo, ahora bancatelá.

La decisión personal y exclusiva de hacer tabla rasa con todos los inspectores fue un salto sin red, doctor Ibarra.

La decisión de borrar de un plumazo toda el área de inspecciones sin un sistema en reemplazo fue su exclusiva responsabilidad. No fue razonable ni prudente. Todo lo contrario, más allá de sus intenciones.

Esto equivaldría a sostener que porque en la policía federal hay corrupción estructural en algunas zonas, tenemos que sacar a doce o quince mil agentes y mandarlos a cobrar el sueldo a sus casas y poner a mil doscientos, que es el diez por ciento de esa fuerza, con cuatro meses de cursos, a cuidar nuestros bienes y nuestra seguridad, sin hacerse responsable de las consecuencias.

Muchos han opinado en estos días sobre lo que yo debo hacer con mi voto, dice Rebot. En los discursos de quienes tenían mayor capital de suspenso sobre sí mismos, fue una constante el relato de cómo habían sorteado los escollos para tomar su decisión. Esa incorporación de lo mediático en sus discursos es algo que no me imaginaba encontrar en los pronunciamientos de votos. Si existió alguna vez una negación de los rumores conspirativos mediante discursos asépticos, ahora la conspiración es incorporada como un elemento que favorece el desarrollo de la trama del discurso. De una manera parecida, Polimeni hizo referencias a su embarazo (que hubiera servido como atenuante para no presentarse) y Baltroc al atentado que sufrió el día anterior a la votación (que podría haber sido una presión para no cambiar su voto tal como los hechos precedentes hacían sospecharlo y su mismo voto permitió confirmar.) Aquí Rebot utiliza este recurso de humanización, como demostrando que no es una fría máquina de matar, antes de volver a la carga:

Todas las personas responsables del área eran personas escogidas por usted dentro de su círculo íntimo de amigos y compañeros de militancia política. Nadie puede suponer que ellos no sabían lo que usted pensara ni que usted no tenía conocimiento de lo que ellos hacían

El general Perón, en una de tantas frases, solía decir: “el que no tiene cabeza para prever, tiene que tener espalda para aprender”

Rebot es el perfecto malo de aspecto bonachón. El que te mata por el dolor que siente, porque no puede soportarlo, porque le causaste un daño que él no podía tolerar, que le hace evocar los mayores daños que sufrió cuando era niño. Y se toma el trabajo de explicarle a su presa paso a paso, buenamente, por qué no le deja otro camino que aniquilarla:

Señor Aníbal Ibarra: me ha dolido profundamente su actitud. No su derecho a defenderse. Su actitud de instalar la idea de que estábamos frente a golpistas o demócratas. Yo he puesto el cuero, desde muy chico, para que los golpistas de hoy no tengan posibilidad de regresar a la Argentina. Muchos de mis amigos, de los que ya no están lucharon conmigo para que no subieran. Otros tuvieron que irse de este país para luchar contra el enemigo. ¿Y sabe qué? Una de las mayores emociones que experimenté en mi vida fue aquel día en que con mi presidente entré con la compañera que tengo aquí al lado, con Florencia Polimeni a la ESMA a devolverle algunos instantes, algunos momentos a los sobrevivientes de aquella época del terrorismo de estado.

Si usted denuncia el canibalismo no se puede comportar como un caníbal para rechazarlo.

Uno se identifica con un malo así en una película, sobre todo cuando está enfrentado con un tilingo.

Deliberadamente han usado los jueces más duros algunas de las armas emblemáticas de los derechos humanos que Ibarra embanderó no solamente a lo largo de su carrera, sino especialmente en la instancia de su propio juicio político, eligiendo como su defensor al fiscal del juicio a las juntas militares y como auspiciante a la presidenta de Abuelas de plaza de mayo, mientras que asociaba a cada instancia del juicio con un golpe institucional. En el mismo sentido resuena el latiguillo cuando el crescendo está llegando a su punto culminante:

Señor presidente, no quiero nunca más un cromagnon en la Argentina. Nunca más jefes de gobierno que creen que nos hacen un favor gobernándonos. ¿Cómo evitar que estos hechos se repitan si no aprendemos la lección?

Estas son las razones que me dicta mi corazón. No voy a ser yo el que eche la última palada de tierra sobre esas 194 tumbas. Si lo hiciera, tendría que empezar a cavar las tumbas, tal vez, de mis propios hijos. Evita no nos hubiera permitido como peronistas que olvidemos a los pibes de Cromagnon.

Y el climax que se resuelve de la manera más esperable en el desarrollo de la historia, aún después de haber mantenido en vilo al auditorio. La confesión final tiene el tono de un secreto que quienes no somos sus destinatarios directos tenemos el privilegio de escuchar y así sentir la emoción voyeurista de presenciar una pelea íntima, antes de la manifestación pública:

(No puedo abrir juicio sobre la culpabilidad en términos penales, y si es verdad lo que decía Juvenal de que el peor castigo que se le puede deparar a un culpable es no ser absuelto por el tribunal de su propia conciencia, yo le juro Doctor Ibarra que deseo fervientemente haberme equivocado y que su propio tribunal de conciencia lo absuelva por sus acciones.)

Yo voto libre y responsablemente a favor de la destitución del Doctor Ibarra.

Todo lo que fuera claridad –en diferentes tonos, calidades, estrategias– en Polimeni y Rebot, se convertirá en una masa turbia y farragosa en el caso de Romagnoli, que aprovechará un espacio en el que por fin nadie puede dejar de prestarle atención, para hacer una vez más el panegírico de la revolución trotskista. Su relato tendrá el mismo tono del principio al fin. Su forma de hablar se parece notablemente a la del portero de mi casa, solo que con mucho menos histrionismo. Sus titubeos al interpretar el texto que le ha tocado en suerte, deberían hacer sonar las alarmas en Autonomía y Libertad, ya sea respecto de los hombres, ya sea respecto de los textos. Porque es cierto que el texto en sí es bien difícil de interpretar (además de ser vago está muy mal escrito), pero no es menos cierto que no parece Romagnoli el relator que mejor se presta para sacar adelante un texto. Y sacar adelante un texto, cuando se lo está leyendo en voz alta, es mantener cierto interés en el auditorio.

Romagnoli logró mantener el interés en el auditorio, pero con la trampa de tener la sartén por el mango por motivos absolutamente ajenos a su relato. Esta podría convertirse en otra de las señales malinterpretadas por su agrupación, que bien puede concluir que se acerca el estado prerrevolucionario sólo porque logró la atención de un auditorio durante quince minutos (en realidad tampoco mantuvo la atención durante todo ese tiempo: muchos dejaron de prestársela cuando resultaba evidente que se abstendría; y mucho más tarde, digamos diez minutos después, sintieron el sacudón argumental de su voto inesperadísimo.)

Yo siento que en un país y en una ciudad lleno de potenciales cromagnones, esta institución con prácticas de corporación, no tiene la autoridad moral para intentar convencer a la sociedad de que solo sacándose a uno de ellos no se vaya a producir otro. Es mucho más profundo el problema.

Yo creo que dejarse convencer de esto, como sociedad, es lo peor que nos puede pasar. Estos pobres procedimientos, para mí, de juicio político, no son otra cosa que la búsqueda de embellecer, de puestas en escena para no llegar a la profundidad de los cambios que son necesarios. Nos quedamos centralmente en Boca-River, nos quedamos en las maniobras que es la parte central de este procedimiento y de los intereses políticos que permanentemente están en pugna y merodean esta institución.

Y en la mayor parte del tiempo, ni siquiera existe un “yo”, aunque sea ficticio. Adopta directamente la enunciación del colectivo de la agrupación expresándose:

Desde el inicio hemos sostenido junto con la responsabilidad no exclusiva de Ibarra, la necesidad de esa investigación independiente de los poderes del Estado, que pudiera ir hasta lo más profundo del problema. Cromagnon como síntoma. Una expresión dramática. Los negocios de la noche. La reducción de los jóvenes a meros consumidores. La vinculación entre negocios grises o negros. Empresarios inescrupulosos. La institución policial. Sus castas y relaciones con el poder político. Una corrupción estructural, que sobrevive y no deja de reproducirse.

Es por estos ejemplos, por ejemplos como estos, que nosotros sostenemos y apostamos a quienes plantean el juicio político sería un primer paso para seguir avanzando, ya que desde esta dirigencia política sólo se puede esperar que en realidad este sea el último paso, y que absolutamente todo lo que se puede esperar de estas instituciones que enjuician hoy. La demostración de su fracaso es la enorme lista de cuestiones para seguir investigando que no se tocaron y que quedaron atravesadas por la especulación, la maniobra y el uso para conservar o ganar poder como motivo excluyente.

Vuelvo a mirar el párrafo anterior y me convenzo de que me comí cosas al desgrabar, que no puede ser que haya leído eso tal como está, de manera que vuelvo a la grabación y corroboro que es ese el texto. Sólo que intenté marcar la puntuación de la manera que sonara más coherente, eliminando pausas y tropiezos que lo harían muchísimo más ilegible si intentara reproducir el fraseo de Romagnoli.

Como suele ocurrir con los manifiestos troskos, el desarrollo suele llevar a diagnósticos en forma de preguntas retóricas que contestan a otras preguntas retóricas como si se estuviera preguntando algo con el afán de averiguarlo:

Por otra parte, a lo largo de todo este juicio no podemos dejar de preguntarnos por qué personas sensibles de la población dejaron de acercarse a los padres y familiares cuando en un primer momento lo hicieron y les demostraron cotidianamente su solidaridad. ¿Por qué se redujo la participación en las marchas? ¿No habrá sido por sentir un profundo rechazo a estar permanentemente en estos pasillos en los que todo el mundo piensa que sólo se lucra y se saca tajada? ¿Qué pasa con la población que se viene manteniendo indiferente? ¿No tendrá que ver, entre otras cosas, con este camino elegido? ¿No los alejó el saber que en verdad acá nada se decide, y que las grandes decisiones se toman en otros lugares donde los grandes dirigentes, empezando por el presidente, los dirigentes tradicionales definen lo que va a ocurrir?

En el final, insólito, Romagnoli alude a su (la de su agrupación) propia coherencia con lo que piensan del juicio y con lo que han evaluado acerca de Ibarra. En el sentido de solidarizarse con la lucha de los familiares y estimular la lucha contra la impunidad insoportable que se vive en este país es que vota (votamos) por la destitución de Ibarra, mientras se escucha una especie de grito ahogado en el auditorio ante esa sorpresa.

El de TN, que ahora está detrás mío, sentencia:

– Destitución.

Y anota en el papelito.

A la salida, en los pasillos, hay una señora con foto en la mano. Los camarógrafos formaron una especie de coraza alrededor de ella y los cables de goma tienen delimitado el terreno. La señora aferra la foto como si se la pudieran robar y está vociferando, demudada, fuera de sí. No puedo entender nada de lo que dice porque tiene la garganta quebrada, es como si hablara otro idioma. Entiendo solamente que repite una y otra vez: “...nuestros hijos, nuestros hijos…”. Ella grita y le contestan unos flashes, que en ese momento me dan una sensación espantosa: parecen escupitajos que le arrojan a esa mujer ahí. Ella vuelve a gritar “...nuestros hijos…” y click y flshhh le caen unos encima de otros, y con los gritos se los sacude, pero tiene que gritar cada vez más y se está desgañitando como si ellos hablaran otro idioma. A medida que me alejo puedo escucharla con un poco más de nitidez. “No se olviden de Callejeros, no se olviden de Chabán”, dice. Click. Flshhh.

Afuera está nublado. Refrescó un poco, también.


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Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
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Del orden de las verduras
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