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13 03 2006 - 16:45

Después de la caída de Ibarra, sólo un pequeño grupúsculo de frepasismo sentimental se mantiene en el poder: el que forman Juan Pablo Sorín y José Pekerman, la pareja de porteños judíos progresistas de clase media que, uno como capitán y el otro como técnico, llevarán a la selección argentina a la ruleta del Mundial de Alemania, en junio.

Al igual que el Frepaso, las ideas de Pekerman parecían mucho más claras en los noventa que ahora. Pekerman hizo fama ganando dos Mundiales Sub-20 con un estilo que fue bien recibido tanto por los tradicionalistas como por los modernistas: un equipo que “hacía la nuestra” (el concepto mítico fundacional del fútbol argentino: una mezcla variable de gambeta, viveza y patadas) al mismo tiempo que ganaba los premios “fair play” y sus éxitos parecían parte de una estudiada planificación de largo plazo. La primera cualidad hacía vibrar al nacionalismo mágico del paganismo clarinista; la segunda, a los cosmopolitas vagamente menemoides que piden (pedimos) “políticas de Estado” a los gobiernos. Así, en 1995 y 1997, dos años de elecciones clave para el nacimiento de la parábola frepasista, Pekerman ganó dos mundiales sentado en el espíritu de la época: sí a la globalización, pero con un toque de personalidad propia (o sensibilidad social, según los términos del momento). Los Pekerman-Boys salían campeones, costumbre cara al peronismo, y además leían libros, lo que entibiaba los corazones del electorado porteño.

Diez años más tarde, la maravillosa claridad ideológica del antimenemismo se ha partido en mil pedazos. El optimismo del Frepaso, esa sensación de que se podía “hacer la nuestra” con el capitalismo global, ya no existe, y las señales que emite la época son más bien de antiglobalización, de nostalgia por años pasados. La verdad está en el pasado, nos dice el folclore nac&pop, no en el futuro, y eso envalentona al nostalgismo futbolístico, cuyo buque insignia es la sección Deportes de Clarín y que, al igual que sus colegas políticos, considera a la década del ’40 como el paraíso perdido. Tras el fracaso socialdemócrata de Marcelo Bielsa, en el que una supuesta hidalguía espartana estaba por encima de los hombres (“los intérpretes individuales”, según Bielsa), Horacio Pagani, corazón moral de Clarín y versión futbolística de Oscar Cardoso, ha ganado impulso. Esta presión tiene confundido a Pekerman, quien, a menos de tres meses del Mundial, no ha definido aún ninguna personalidad para la selección argentina, una indecisión que parece catastrófica a priori pero que, siendo el fútbol un escenario de resultados muchos más concretos que la política, pasará al olvido si Argentina llega a las semifinales.

Toda la discusión se puede reducir prácticamente a un solo nombre: Juan Román Riquelme. Pagani glorifica a Riquelme porque cree en la santidad del “10”, ese hombre-apóstol sobre el que debería apoyarse el peso moral del equipo (y, además, como enemigo de la “velocidad europea”, Pagani, al encumbrar a Riquelme también está haciendo elogio de la lentitud, un mantra recurrente de la anti-globalización). El “10”, en la liturgia populista del nacionalismo futbolístico, es el alma y el cerebro del equipo: todos los demás deben jugar para el líder carismático. Ésa es la pregunta que Pekerman todavía no se anima a responderse: “¿Debo entregarle la selección a Riquelme y encomendarme a que su éxito sea también el mío y que su fracaso, lamentablemente, entierre al equipo entero?”

En sociedades más democráticas y/o menos presidencialistas, la figura del “10” nunca existió, o ha desaparecido. Especialmente en Europa, donde las responsabilidades están repartidas casi por igual entre todos los jugadores y donde el fútbol ofensivo está mucho más asociado a los “extremos”, cuya denominación de origen es el fútbol holandés, que al “10” pasador y cerebral típico de la mitología argentina. Tampoco en Brasil, cuyos dos media-puntas titulares actuales, Kaká y Ronaldinho, son más corredores-gambeteadores que estrategas; en Brasil, la respiración del equipo la manejan Emerson y Zé Roberto, mediocampistas de responsabilidades múltiples.

El problema no es fácil de resolver. Riquelme ha brillado especialmente —y casi únicamente— cuando cuatro defensores y tres mediocampistas de contención le han protegido las espaldas. En el Boca de Bianchi y en el Villarreal de Pellegrini, ocho futbolistas detrás de la pelota han aportado la estabilidad necesaria para que Riquelme pueda elegir en cada jugada lo que mejor le parece, y los resultados han sido espectaculares. En el Boca pre-Bianchi y en el Barcelona, Riquelme, sin los superpoderes, tuvo dificultades. Es sensato que clubes se encomienden a un jugador; tiene menos sentido que lo haga una selección, a menos que ese jugador se llame Maradona o Zidane. Pero, al mismo tiempo, Riquelme es el jugador argentino más en forma del último año y medio.

El vendaval anti-modernista, que incluye a Clarín pero también al presidente de la AFA, Julio Grondona, le está pidiendo a Pekerman, además, que juegue con cuatro defensores. Argentina no ha tenido una defensa seria en un Mundial desde 1986 (en 1990 cambiaba todos los partidos; en 1994, la única en la que jugamos con cuatro en el fondo, los laterales eran dos centrales, Sensini y Chamot; en 1998 la situación mejoró un poco, pero Owen y Bergkamp nos dejaron pagando, y en 2002, otra vez con tres en el fondo pero sin Ayala, un gol de penal y otro de tiro libre nos impidieron clasificar a la segunda ronda), y el coro entonces pide otra vez cuatro defensores, en sintonía con la disposición tradicional del fútbol argentino. Una dificultad es que no sobran laterales y, otra, que sobran medias puntas. A Pekerman le tira el 3-3-2-2, porque puede poner a Tévez, Messi, Crespo y Riquelme juntos y colar a Aimar apenas tenga una excusa. Esto nos lleva otra vez a Riquelme: Román es un jugador de personalidad peculiar, que necesita que lo mimen y lo protejan y le den libertad y responsabilidad: compartir línea o méritos creativos con otros no le sale bien, y empeora su rendimiento.

La dudas de Pekerman quedaron reflejadas en el último amistoso, contra Croacia, para el que había planeado un muy brasileño 4-2-2-2, aplaudido en la previa por el sindicato de comentaristas deportivos. La lesión de Sorín en el calentamiento impidió el esquema, que, dos minutos antes de empezar el partido, pasó a un 3-3-2-2 o 3-3-1-3, según uno ubique como media-punta o delantero a la hiperactividad incontrolable de Messi. No fue un buen partido de Riquelme, y la electricidad inicial se transformó pronto en una situación esponjosa, en la que Argentina no parecía tener autoridad sobre ningún sector del terreno.

La presión por el 4-3-1-2 que empujan Clarín y los demás sectores antes llamados “menottistas” se produce, curiosamente, en un momento en el que el fútbol argentino, después de 15 años de reinado absoluto del 4-3-1-2, está probando nuevos esquemas, especialmente el (muy europeo) 4-4-2 con “doble cinco” y dos jugadores algo más ofensivos por los costados. [Para mí, la mejor noticia táctica de los últimos años es el regreso del 4-3-3 que practican, con similar brillantez y espíritus opuestos, el Chelsea y el Barcelona, y otros de los mejores equipos de Europa, como el Lyon. Basile lo usó con Boca en dos partidos este campeonato, y ganó los dos. No se puede hacer con cualquier tipo de jugadores, pero si uno tiene a Lampard, a Xavi o a (esto es una debilidad personal) Battaglia no hay esquema mejor para ellos.]

Así marcha entonces, amorfa en su espíritu, tironeada por extremos ideológicos (especialmente por uno), la selección hacia el Mundial. Con el nacionalismo pidiendo recetas caseras y tradicionales y el modernismo “científico”, aún humillado por la eliminación temprana de 2002, sin fuerzas para pedirle a Pekerman que trabaje duro y mire videos. Siempre es bueno que los equipos tengan una personalidad, pero puede no ser una desgracia que no la tengan: Lavagna, por ejemplo, no la tenía, y depués terminaron casi todos subidos a su caballo. La inanidad lavagnista, descomprometida y algo cínica, desoyó el griterío desde las orillas opuestas y se quedó en un término medio que, insólitamente, terminó moderadamente bien. No se me ocurre un lavagnista futbolístico mayor que Carlos Bianchi, apóstol del día a día, de la intervención gradual, de la ausencia de dogmas, del “todo depende”. A veces sale bien (Boca) y otras sale mal (Atlético de Madrid). Por eso suena descorazonador, para una Argentina que se pasa cuatro años esperando el Mundial siguiente, saber que el Mundial será finalmente una ruleta, que “si nos levantamos derechos” ganamos y que, si no, no habrá nada que hacerle.


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