Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







La Más Mínima Sospecha

16 03 2006 - 16:37

El 24 de marzo de 1976 yo sentía en casa ese clima de algarabía que tienen los días especiales, aquellos en que un episodio extraordinario justifica faltar a clase.

La escuela José María Bustillo quedaba en un terreno miserable sobre la parte de la calle Serrano que hoy se llama Borges, y parecía una barraca: aunque tuviera baldosas, yo recuerdo el patio como si fuera de tierra pelada. En aquel tiempo, esa calle estaba lejos de ser cool. En la esquina de la escuela había una fábrica de queso fresco, y la placita que hoy es el epicentro del design era una especie de isla a la cual resultaba muy peligroso llegar, porque los autos venían como locos bajando hacia Santa Fe o doblando por Honduras. Tampoco es que fuera gran cosa, la placita. Consistía en un arenero (que no tenía drenaje y estaba siempre inundado), donde vi por primera vez en mi vida esos tambores de combustible acostados y colgados con cadenas de unos postes, emulando caballos para que los chicos se subieran. Los movimientos de esos tachos fueron siempre tan trabados, que la sensación al montarlos era más de impedimento que de cabalgata. A mi hermano le gustaban un poco, pero él era chiquito y después se le pasó.

Ese año fue la única vez en mi vida que tuve un maestro hombre, el único que había entre todas las autoridades de la escuela. Ni siquiera existía el marido de la portera, cuyo hijo iba a sexto grado conmigo y se llamaba El Gordo Benítez. El maestro era simpático y me inspiraba confianza, pero en determinado momento cayó en desgracia ante el resto de las autoridades por hablar mal de la maestra de quinto, que había muerto en un episodio confuso. Por asfixia al inhalar gas proveniente de una hornalla descuidada, decía la versión oficial, aunque el hermetismo imperante permitía fantasear con motivos pasionales o algún otro tipo de ajuste de cuentas.

No sé muy bien en base a qué mecanismo, este maestro fue expulsado del establecimiento, quizá forzado a renunciar. Se había hecho compinche de algunos de nosotros, e incluso alguna vez después de su expulsión volvió de visita, aunque manteniéndose siempre más allá del cordón que formaban los de séptimo cuando nos íbamos a casa. Algo así como un padre divorciado con una relación de ex pareja conflictiva, sin permiso para pisar su antiguo hogar. Después de alguna de esas visitas, la vicedirectora, que era la regente a cargo del poder efectivo ante la monarquía nominal de la verdadera directora (a quien ni siquiera puedo recordar) venía a increpar públicamente a nuestro grado en pleno, intentando averiguar quiénes eran los sediciosos que se habían entrevistado con el señor ex maestro del establecimiento. Que a “ese señor” se lo consideraba un traidor y quien se le acercara sería considerado su cómplice. Creo que se refería esclusivamente a los varones y no a las chicas, a las que suponía incondicionalmente de su lado, quizá por razones de género. Entre ellas, la maestra sustituta: una chica joven de pelo corto que, mientras la regente nos increpaba, mantuvo la mirada fija en la lista de asistencia como si estuviera controlando algo, pero yo pude darme cuenta de que miraba el papel sin leer nada.

Con tanto sobreentendido, yo creía ser el único caído del catre que no se había enterado de qué había hecho concretamente este señor, por qué se había tenido que ir. Una indagación un poco más profunda entre mis compañeros me llevó a la conclusión de que nadie sabía nada concreto. El estado inabordable de la regente al tratar el tema indicaba que, mientras ella ocupara su cargo, el misterio no podría ser develado.

Creo que alrededor de esa época, poco antes del golpe, había escuchado a unas visitas en casa comentar el caso de la televisión en Misiones. Que a unos chicos en una escuela se les había hecho una encuesta. No se le decía encuesta en esa época, porque el interrogatorio estaba a cargo de un inspector de escuela, que reunía a los alumnos y les hacía preguntas, para evaluar así lo que habían aprendido con fines estadísticos tendientes a vigilar a la docencia. Muchas veces, a lo largo de la primaria, las maestras nos mencionaron la posibilidad de tales evaluaciones con la expresión de horror de quien corre peligro de ser trasladado a un campo de concentración, pero que sin embargo puede mantener el equilibrio de su integridad si las cosas no se van de su carril. En ese caso, mantener las cosas en su carril equivalía a que nosotros sostuviéramos que las invasiones inglesas nos hicieron caer en la cuenta de la autonomía que da la posibilidad de tener ollas grandes y aceite para hervir en cantidad, que mientras tuviéramos ese ingenio popular no habría enemigo, grande o pequeño, que pudiera con nosotros. Que todas esas cosas habíamos aprendido como pueblo y fue así que nos avivamos de que podíamos dejar de ser colonia.

Aunque supiéramos intuitivamente que las inspecciones no podían afectar nuestra propia integridad en lo más mínimo, las maestras lograban trasladarnos el terror de aquella amenaza.

El inspector en la escuela misionera, contaban las visitas en casa, les había preguntado a los chicos si sabían quién era Presidente de la Nación en ese momento, y los chicos que sí, claro, que lo veían siempre en la televisión y era un señor pelado de bigotes finitos. El inspector sabía qué preguntar, porque aparentemente la señal que mejor se captaba en esa zona de Misiones era paraguaya, y el hecho de los chicos atribuyéndole la presidencia a un señor extranjero denotaba una confusión por partida doble, de nacionalidad y de género del presidente, lo cual era sin duda una señal de alarma en muchas direcciones: faltaba señal televisiva y presencia presidencial por esas latitudes, concluirían entonces los inspectores, y junto con ellos las visitas en casa y todos nosotros y quién sabe cuántos más.

No recuerdo que en esa época se debatiera la instauración de un feriado, aunque en la escuela el concepto de día no laborable se mezcla con las festividades patrióticas en las que no hay clases. Acude en mi ayuda Terragno, que maneja la data precisa de la ley de feriados y, no sin chicanas, comparó en el senado a Kirchner con Videla, que en la ley 21329 incluyó como días no laborables los aniversarios de San Martín y Belgrano, que al día de hoy están naturalizados y los asumimos como lo más normal del mundo.

Con el correr del tiempo se han perdido y recuperado distintos días no laborables, pero siempre en el marco de episodios históricos diversos consagrados con anterioridad (con la sola excepción de Malvinas, sobre lo cual me gustaría volver, pero seguramente quedará para otra oportunidad). Aún cuando antes de Videla los aniversarios de San Martín y Belgrano no fueran feriados, se trata siempre de próceres que, en virtud del patriotismo, a nadie se le hubiera ocurrido discutir, más allá de los matices respecto de si cabe o no celebrar sus fallecimientos, o si en cambio se debe usar la palabra “conmemoración”.

Al día de la fecha somos un pueblo con más feriados que algunos (Estados Unidos, me parece) y menos que otros (España seguro). Sin embargo, cuando se traslada algún feriado, en el cotorreo de las oficinas se alude a una especie de vagancia institucionalizada, que acá nadie quiere trabajar y cualquier motivo es una buena excusa para el alboroto y la jarana, que así nunca vamos a salir adelante y cómo queremos después que anden bien las cosas. Así, parece haber una especie de correlación entre la cantidad de feriados o la disposición de trasladarlos y la seriedad o falta de la misma en cada caso.

En torno a su traslación hipotética parece girar el debate respecto del feriado que se acaba de instaurar para el 24 de marzo por medio de una ley. “Confusión generalizada entre los organismos de derechos humanos” dice Clarín. Aparentemente, Madres-Hebe dio su aprobación de inmediato, agradeciendo “la iniciativa del presidente de declarar feriado nacional el 24 de marzo”, mientras que Madres-línea fundadora estaba en desacuerdo y pedía que el proyecto no se trate, argumentando que “un feriado significa día de descanso y recreación. El 24 de marzo es día de dolor, reflexión y lucha”, aunque el presidente de la comisión de legislación general recibió posteriormente un mail proveniente de Madres-LF que lo llenó de satisfacción:

“por un error de interpretación hemos creído que este feriado estaría dentro de los móviles”

aclaraban desde la organización y la forma de expresarlo da lugar a pensar que se habla de otro tipo de móviles.

Lo que no se discute, ni se menciona en parte alguna, es que la consagración de un feriado correspondiente a una “fecha patria” es algo inédito desde tiempos inmemoriales (o casi, teniendo en cuenta los feriados instituidos por Videla, que sin embargo se refieren a figuras ya de bronce), que al mismo tiempo de fijar un hito en la historia, cristaliza el mito de todo el ideario que gire en torno al mismo y lo vuelve incuestionable e indeleble en determinados aspectos. ¿Cuáles son esos aspectos? No está del todo claro, pero si hasta ahora el discurso de los derechos humanos hablaba de búsqueda de la verdad y la justicia, la sanción de un feriado alusivo parece determinar que han sido definitivamente encontradas. ¿Cómo se llamará el feriado alusivo? Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, título que ya fuera consagrado en 2002.

¿Qué se conmemorará concretamente?

“No tuve ni la más mínima sospecha siquiera de que hombres de los partidos populares y democráticos en Argentina, pudieran oponerse a esto” dijo Cristina en el senado. Era algo que le parecía inconcebible porque ya su visión logró capturar la imagen congelada que se pondrá en el cuadro de la Memoria (Verdad, Justicia y Memoria se enumeran en mayúsculas en este contexto), y es una imagen pretendidamente unánime.

Erigir el 24/3 como el día de la Memoria parece algo tendiente a refundar nuestra civilización (¿Estado? ¿Nación? ¿Patria?) sobre una memoria selectiva y simplificadora, en la cual el mito fundador consiste en que había una banda de criminales que impusieron el terrorismo de estado, mientras que una juventud maravillosa e idealista dio su vida por vencer al estado terrorista y construir un mundo mejor para todos nosotros y, habiendo sido derrotada en un primer momento, su sacrificio no fue en vano; porque aquellos que sobrevivieron, con tesón y perseverancia pudieron al fin derrotar definitivamente a los tiranos haciendo Justicia en honor a la Verdad, que siempre triunfa.

Las cosas son bastante más complejas, como siempre.

Habiendo una crisis de los mitos fundacionales tradicionales, que tiene una relación directa con distintas visiones conspirativas y edulcoradas de la historia que siguen haciendo furor en Cúspide y Yenny, la mitología del Proceso y su consagración actual funcionan como una especie de fin de la historia, como si en la omnipresencia de sus emblemas hubiéramos alcanzado un estado de conciencia absoluto, el conjuro de todos los males posibles de nuestro destino y el cimiento de un futuro despejado merced a esa conciencia.

Quizá todo esto parezca turbio, descabellado y una exageración en términos especulativos, pero basta citar a Eduardo Luis Duhalde, secretario de Derechos Humanos, quien apoyó la medida para

hacer efectivo el nunca más y que la noche negra de la dictadura no se repita

El feriado se sanciona inamovible como garantía de seriedad, en oposición a la no seriedad de lo turístico. Porque todos sabemos que el 25 de mayo y el 9 de julio, al ser inamovibles y no promover el turismo, provocan automáticamente la reflexión de la ciudadanía sobre los aspectos fundacionales de la Patria.

Ya hace bastante opera cierta deificación de la memoria en una encarnación colectivizada: bajo el sello de memoria colectiva se van tapando las experiencias individuales, en un momento en que todavía habemos muchos que podemos contar lo que nos pasó, aun cuando fuéramos chicos. Experiencias de lo más diversas en el contexto sagrado de “la dictadura”. A esta altura, los “otros” horrores (o no) a partir de 1976 (individuales, específicos de cada persona que vivió sin sufrir directamente la muerte, la tortura o el exilio) parecen quedar sepultados por la letanía de los autos de fe en torno al no regreso de los tiempos míticos que, se sabe sin necesidad de invocaciones, no regresan.

Vivimos todos estos años tapados por un horror no demasiado advertido tras el horror más conocido de la muerte, la tortura y las desapariciones forzadas: el de una mitología que enmarca todos nuestros actos de aquella época convirtiendo a la narración de cualquier experiencia en estereotipo y golpe bajo. Hay que emprender otra lucha, ahora que todo está en orden y se consagró el feriado: la de poder contarnos lo que a cada uno le pasó sin pompa y circunstancia, o poder concebir que aquellos no fueron los tiempos más importantes de nuestras vidas e incluso enfrentar el escarnio y la vergüenza, y olvidarnos por un rato de todo el asunto.

Curiosamente, encuentro la consigna más sensata para estos días en la página de Madres de Plaza de Mayo, aunque referida a un contexto más restringido, que propongo ampliar:

abolición de las relaciones manicomiales

es lo que promueve el Tercer Encuentro de Desmanicomialización y Transformación Institucional en referencia a las diversas instituciones de salud mental, aparentemente sin sospechar que su campo de acción es mucho más amplio.


————————————

Del mismo autor:
Correspondencia Escolar (02)
Pagliaccio
Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
Rewind
Un final
Ceremonias de iniciación
Esclavos
Del orden de las verduras
Destitutio