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1974

21 03 2006 - 07:32

Whirry-whirry goes the helicopter
“Out of my way! I got a president to dump in the void!”
Robyn Hitchcock, “1974”

El helicóptero lleva a Nixon. No a De la Rúa, porque Hitchcock no conoce a De la Rúa y porque 1974 es de 1998. Pero también podría llevar a Isabelita. Hay más de una foto inmortalizando ese momento; grupitos de militantes de espaldas a la cámara, a centímetros de la Casa Rosada, mirando el cielo. Whirry whirry.

En 1974, Miguel tenía seis años y los adultos en la tele hablaban todo el tiempo de las cintas de Watergate. Miguel pensaba que lo que Nixon había robado era cinta Scotch. Cuando se iba a dormir miraba por la ventana de su cuarto y se imaginaba a Nixon trepando por la pared como el Hombre Araña, metiéndose en el dormitorio de sus padres para afanarles la cinta Scotch.

Yo tenía un año más que Miguel, y lo único que leía del diario era el suplemento de espectáculos. Todos los jueves recortaba los avisos de las películas que quería ver, los pegaba en un cuadernito y perseguía a mi mamá o a mi papá (que no vivían juntos) durante horas imponiéndoles el menú de la semana hasta que se daban por vencidos, casi siempre el mismo jueves.

Todas las películas eran para adultos en 1974, y yo no estaba dispuesto a perderme ninguna. Lo cual limitaba nuestras opciones a dos por semana, como si viviéramos en un pueblo chico, o en una ciudad del futuro en la cual la gente jamás se baja del auto. De los tres autocines en funcionamiento, dos eran vunerables a mis estratagemas delictivas infantiles. La excepción (el autocine de la Ciudad Deportiva de la Boca, con sus empleados nazis) no importaba demasiado, porque casi siempre repetía la programación del Autocine Panamericano, que era tierra de nadie. Te hacías el dormido en el asiento de atrás y pasabas sin problemas. El “Aereo Todo”, en una terraza sórdida a tres cuadras de la Agronomía sí era un desafío, con ese nombre y la rampa más empinada de la tierra, suba en primera. No admitían nenes dormidos. Pero tampoco se fijaban mucho si uno se ponía una peluca y, arrodillado sobre el asiento, miraba para otro lado al pasar por la boletería. Si se dieron cuenta alguna vez de que mi silueta no era la de una mujer deforme, no dijeron nada.

De acuerdo al ánimo de la semana, mis viejos fingían hartazgo, preocupación o culpa por solventar estas actividades, pero yo me daba cuenta de que les gustaba. No sólo por la felicidad desproporcionada que me daban las películas, que —compruebo ahora— en esa época eran casi todas buenas. También porque los obligaba a una aventura menor, a una descarga de adrenalina ínfima pero saludable, a una transgresión que les hacía olvidar por un rato en qué se había convertido la vida que ellos imaginaban tan distinta y tanto mejor.

Así vi todo eso: Tarde de perros, Todos los hombres del presidente (whirry whirry), La Conversación, MASH. Todo menos las dos películas que me estaban vedadas por una autoridad mayor y más flexible que el Ente de Callificación Cinematográfica: Chinatown y Taxi Driver. Todo el mundo hablaba de esas dos, y mis viejos aprovechaban para verlas en compañía de alguna otra persona detestable mientras a mí me tocaba estar con el otro. Imposible. Esas no son para vos. Tardé diez años en enfrentarme a la revelación del final de Barrio Chino, she’s my sister AND my daughter, y otros diez en recorrer el circuito artificial del agua en Los Angeles y en enterarme de cómo una catástrofe tanto menos anunciada que la de Ibarra le destruyó injustamente la vida a Mulholland. Las hijas de Mullholland todavía esperan la reparación histórica.

Pero entonces, en 1974, yo acariciaba las fotos pegadas en la puerta del cine Metro, sobre todo una en la que se lo veía a Polanski blandiendo un cuchillo. You know what happens to nosy fellas, huh? Mi viejo celebraba el hecho de que Nicholson se pasara toda la película con una curita en la nariz como si se tratara de una excentricidad genial, y a mí me parecía todo lo contrario: sentido común. Si te cortan la nariz te ponés una curita hasta que cicatrice. Yo no sabía que Chinatown terminaba mal, ni siquiera intuía que las películas o las cosas pudieran terminar tan mal. Robert Towne, que la escribió, tampoco. La primera versión de Chinatown terminaba bien. Pero Polanski había pasado por Manson. La misma noche en que columnas adversas entre sí se preparaban para Ezeiza, Towne y Polanski se cagaban a puteadas en West Hollywood. No, termina así: la matan.

En 1989, Bono se paró ante un micrófono y setenta mil personas antes de tocar Helter Skelter. “Esta canción se la robó Manson a los Beatles, ahora nosotros se la robamos a él.” No conozco a nadie que diga “U2” si le preguntás qué le sugiere Helter Skelter.

Había una película pésima sobre el crimen de Sharon Tate. La estrenaron por esa época y la vi en el autocine (un error de cálculo de mis padres). Jugué a Charles Manson durante una semana, inquietando maestras. Pero no estaba viendo eso sino El Joven Frankenstein cuando me dieron ganas de hacer pis. ¿Qué hacer? Aguantáte. No puedo. Si vas al baño vamos en cana o nos echan. Hacé pis ahí. No puedo hacer pis ahí, me salpica, me da miedo, ¿y si me ve alguien? Bueno, nos vamos. Ni en pedo me voy, quiero ver la película. En la camioneta de mi viejo siempre había frasquitos y bidones. Hacé pis en el frasquito. Un frío tremendo afuera, meando en el frasquito, haciendo todo lo posible por acelerar un procedimiento que lleva su tiempo y no se deja apurar. Aliviadísimo, me subí el cierre demasiado rápido.

Grité como un condenado. Apareció un tipo, de la nada, con una linterna. Un acomodador. ¿Para qué querés un acomodador en un autocine? Hacían señas como si los autos fueran aviones. No servían para nada. No te avisaban de que te estabas olvidando el parlante de metal enganchado en la ventanilla. Nos pasó dos veces: una el vidrio estalló en mil pedazos y el parlante esférico cayó al piso sin rebotar. PLOC. La otra vez nos dimos cuenta en la Panamericana de que nos habíamos llevado puesto un parlante.

Al acomodador le dio pena o vergüenza, y no nos dijo nada.

Ahí estaba yo. Siete años, con el pito enganchado en el cierre, perdiéndome El Joven Frankenstein Mi idea del crimen era Borsalino y mi idea de la muerte La Aventura del Poseidón. No entendía nada, o entendía bastante poco. Y sin embargo me daba cuenta perfectamente de que matar gente estaba mal.

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En 1975 se murió Franco, y mi papá estaba contentísimo. En la tapa de uno de esos diarios que duraban poco —no La Opinión; otro, con tapa a dos colores y logo moderno para la época— había una foto del generalísimo con dibujitos y anotaciones que señalaban, con un deleite obsesivo, la suma de enfermedades que lo habían llevado a la muerte. No le funcionaban los riñones, cosas así. Tanta crueldad me hizo resignificar en un segundo las canciones de la guerra civil española que mi viejo me cantaba mientras volvíamos a casa y yo aprendía con entusiasmo, recostado en el asiento de la camioneta, mirando las copas de los árboles por la ventanilla. No me hice franquista; me hice escéptico.

Ofelia tenía cinco años en 1975, y creía que lo que borrabas con la goma de la parte de atrás de un lápiz quedaba adentro del lápiz para siempre. Y si rompías el lápiz, el dibujo cobraba vida. Cada vez que le daban un lápiz, Ofelia dibujaba una persona, la borraba bien bien bien y rompía el lápiz en dos.

En 1975 mi papá decidió adoptar un perro que encontró perdido en la calle. Era un galgo atigrado, cariñoso, que dormía todo el día y al atardecer empezaba a dar saltitos por el minúsculo departamento de dos ambientes para que lo sacáramos a correr. La hipótesis era que Dino había sido criado como un perro de carreras o de caza; como no teníamos liebres naturales ni mecánicas, lo sacábamos a correr gatos a la noche, tarde, por las calles desiertas de Belgrano. Era emocionante ver correr a Dino. Por su velocidad inaudita pero también, en gran medida, por la perspectiva morbosa de que eventualmente alcanzara a un gato. (Los gatos eran más lentos que él, pero mucho más inteligentes, y se escapaban siempre.)

Una noche, Dino se encontró con un gato que, por enfermedad o depresión, se dio por vencido enseguida: corrió a desgano un par de cuadras y después se sentó en la vereda, con los ojos cerrados y las orejas para atrás. Coméme, hacé lo que quieras. Dino nos miró un segundo y después hizo lo que tenía que hacer. Empezó a darle empujoncitos al gato con el hocico, para que siguiera corriendo. El gato le pegó un par de arañazos, dio media vuelta y se fue sin darse cuenta de la suerte que había tenido. Dino volvió a buscarnos trotando, con cara de “yo ya no entiendo más nada”. El perro tampoco era sensible al clima de la época.

Las columnas de Lomas de Zamora, lideradas por Eduardo Duhalde, cantaban entrando a la plaza poco antes de que hablara Isabel:

“¡A la lata, al latero, queremos las cabezas de los jefes montoneros!”

Otras columnas le respondían:

“¡No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de FAR y montoneros!”

Esto era cuatro años después de Ziggy Stardust. Tres años después de Artaud. Ahora que esta de moda el disclaimer (a menudo un lamento) acerca de las limitaciones del arte para transformar la sociedad, no viene mal sugerir que lo limitado tal vez no sea el arte, sino la sociedad. Que está compuesta por personas. Que cantan esas cosas de a muchos, mientras de a uno cantan Moonage Daydream.

En 1975, Pablo creía que las personas se morían en orden alfabético, porque en los obituarios aparecían así. Lamentaba llamarse Acevedo, y a menudo imaginaba apellidos más desables cuando se aburría en el colegio. Zamora, Zebedí. Silvia se aburría mucho más que Pablo, en el colegio. Y entonces hablaba con sus zapatos. La luz de las once de la mañana se reflejaba en la punta de sus botines lustrados, y ella (que era lo suficientemente grande como para saber que los zapatos no hablan) agradecía que esas criaturas incorpóreas llegaran todas las mañanas con el sol, a alegrarle la vida.

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No era todo inocencia. Gracias al Auditorio San Roberto, administrado por un cura demente en el límite entre Floresta y la Paternal, veíamos las películas de la Hammer. Vampiros y chicas en tetas, la tortura como primera manifestación erótica, en el peor momento, pero en la Hammer no consideraban a las dictaduras latinoamericanas dentro de su esquema de márketing. En casa el Libro de Manuel, de Cortázar, estaba guardado bajo llave. Y yo lo fui a buscar cuando me terminé de leer todo el resto (salvo Rayuela). Como mi mamá no me dejaba, lo leí con más ganas. Y no entendí nada. El libro es de cuarta, pero eso lo sé ahora. Entonces no entendí lo que sentía, esa mezcla de horror y ficción y sexo y realidad, todo tan perturbador y tan aburrido al mismo tiempo. Pensaba: ¿Por qué no debería leer esto? ¿Tendrán miedo de que me parezca bien? A mí me gustaban los monstruos, y el Dr. Jekyll (durante un año, por lo menos, fue mi personaje favorito), y en mi dormitorio tenía fotos de amazonas-vampiro encadenadas a una pared y dominadas por Peter Cushing. Pero sabía que no era lo mismo. Sabía qué estaba bien y qué estaba mal, básicamente porque todo me parecía más o menos bien, salvo matar o lastimar personas de verdad. Y en realidad es lo mismo que pienso ahora. Es básico, te das cuenta solo. Para cualquier otra cosa hay que dar un rodeo infernal.

Las más largas sobremesas eran en la casa de un escultor amigo de mi viejo, Antonio Gache. No sé qué habrá sido de él. Me lo encontré por última vez frente al teatro San Martín circa 1985, viejo y triste. En 1975 tenía una energía temible y una casa que era todo lo que yo me imaginaba debía ser la casa de alguien que se parece a uno, aunque yo no me pareciera en nada a él. Más importante: Gache tenía muchos discos, discos inimaginables en la colección clásica y más bien conservadora que había en mi casa. En esa casa me enteré de que la etiqueta roja del sello Trova trascendía a Les Luthiers, y vi dar vueltas por primera vez los primeros discos que me señalaron la existencia de un tercer planeta entre Bizet y los Beatles: el Mono Villegas, Bola de Nieve, Piazzolla y Mulligan. Yo los probaba todos mientras escuchaba de fondo las conversaciones de los adultos, aliviados por haberme encontrado una actividad silenciosa.

No sé con qué organización se alineaba el hijo de Antonio. Posiblemente “periferia” de algo; no recuerdo ahí situaciones tan urgentes como otras que después me tocaron más de cerca. Pero sí me acuerdo de las discusiones de los más adultos. Preocupados, tratando de predecir el futuro y consiguiéndolo con una facilidad asombrosa, esa facilidad que Feinmann ignora y Sarlo considera imposible.

—Nos van a hacer mierda a todos. Va a ser un baño de sangre.

¿Cómo no te vas a acordar de eso?

Mi papá y sus amigos no eran las personas más inteligentes del planeta. Más bien, me parece, estaban un poco por debajo de lo deseable. No era difícil ver el futuro.

En 1910, Antonio Gache era el seudónimo de Macagua, una mujer indígena que vestía a lo gaucho y se había enrolado en el Ejército Nacional. Se decía de ella que mataba, cocinaba y comía hombres, “conservando los genitales colgados del techo de su rancho porque los consideraba vigorizadores para su fuerza asesina”. La fuente es Las 12, pero no la podía obviar en este caso. En 1975 me habría convencido a mí mismo de que se trataba del mismo (la misma) Antonio Gache, posiblemente inmortal. Ahora no hace falta.

En 1979 Antonio Gache se mudó al Uruguay, con su segunda mujer y Geraldine, la hija de ambos, una nena de tres años con síndrome de down. Los fuimos a visitar varias veces y pasamos ahí veranos enteros. Antonio tenia un proyecto de agricultura orgánica que involucraba disciplinas de la época, como la geodesia. Ahí, nadando en el río Uruguay pre-papeleras, leyendo Arthur Gordon Pym al sol, aprendí a dejar de tenerle miedo al futuro y a los mogólicos (los mogólicos de verdad, no los mogólicos como Feinmann, que me siguen dando miedo). Jugábamos con Geraldine en la playa. Yo ponía en mi radiograbador lleno de barro un casette que había comprado en Montevideo y se escuchaba peor que cualquier otra cosa. Era See You Later, de Vangelis. Geraldine lo cantaba, aunque no hay mucho para cantar ahí. Muy lejos de la grasada de Carrozas de Fuego, See You Later es uno de esos discos adelantados a su tiempo, pero no por marcar una tendencia sino por permanecer únicos, parecidos a nada, después de décadas. Estábamos en el campo y viajábamos en una Citroneta que se caía a pedazos, pero See You Later transformaba la percepción de todo con su promesa de modernidad. El mundo iba a ser otro.

Memoria es esto.

Lo que uno se acuerda.

Me sirve a mí para saber quién soy, y a quienes leyeron hasta acá para bastante menos.

La Memoria Colectiva es fruta. Es como el héroe colectivo de Oesterheld, una justificación para la inmolación propia o ajena. No hay memoria colectiva. Hay memoria individual de hechos que recordamos todos, o algunos, o varios. La Verdad Total de La Nación es una quimera (sería una quimera incluso si ellos fueran honestamente en su búsqueda, que no es lo que hacen). La Verdad Parcial Pero Correcta de las instituciones (el gobierno, organizaciones de cualquier tipo) es a veces pobre y a menudo siniestra. Siempre inhumana.

No sé qué estamos discutiendo, la verdad.

Aliverti odia a Menem, con todo derecho. Lo llama “la rata”.

Daniel Link odia a Ibarra, con todo derecho. Lo llama “la rata”.

Dos ratas.

Empecemos a contar gente (despreciable o no) reducida por sus adversarios a la condición de plaga. Cuando llegamos a un determinado número (¿50? ¿100?) vuela todo en pedazos.


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