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Conmemoración Fashion

23 03 2006 - 23:43

La semana pasada me enteré en un taxi sobre el proyecto de feriado para el viernes 24 de marzo. Mi primera reacción fue de felicidad. Qué bien, dije. Para mí un feriado es un feriado. No matter what. Después hablé por teléfono con una amiga, a la que llamaremos “la amiga informada”. Mencioné al pasar la palabra feriado y el qué bien. Ella, indignada, me transmitió su frustración respecto de la medida: que porqué no ponían feriado el 30 de octubre, que va a terminar siendo un feriado turístico y otras frases dichas en los últimos días por miles de personas. Un poco me dejó pensando. Le conté una anécdota en la que un orador en una conferencia de la que yo acababa de participar había dicho que en celebración del 24 de marzo se emitiría tal y tal programa. Celebrar no es festejar, es conmemorar, pero suena a pitos y flautas más que a órgano y laud. Eso, me dijo ella, eso es lo que no me gusta. Y me acordé de cuando en el Catecismo insistían con que el viernes santo era un día de recogimiento y abstinencia porque ese día Cristo había muerto en la cruz.

En el subte identifiqué otros feriados conflictivos: el 12 de octubre y el dos de abril, por ejemplo, que este año cae domingo. Me acuerdo bien del 1ro de abril de 1982. En la terraza estaba Horacio, uno de los siete hermanos propietarios del taller mecánico de la esquina, contándole a mi mamá, (él siempre venía y contaba cosas, me acuerdo de cuando contó Kramer vs. Kramer entera) los sucesos del día anterior. El 31 de marzo había habido una marcha multitudinaria a la que él había ido. Un poco exagerado, Horacio, contaba que “estuvimos a punto de entrar a la casa rosada. No entramos porque no quisimos” (ese nosotros que te envolvía) Al día siguiente fue dos de abril de 1982. Yo pegué todo, la marcha del 31, con la plaza del 2. Había buen clima en el barrio. La guerra era como un gran campeonato: ¡Vamos ganando!. ¡Hundimos otro barco! Uy, nos dieron., etc. Se acercaba el Mundial y a la escuela llevábamos tabletas de Aguila con cartitas para los soldados. Todo un momentum la guerra. Mi hermano, un clase 59 que se había salvado de la colimba, era nuestra única preocupación ¿Y si lo llaman? Por suerte, justo enfrente de casa vivía un Teniente Coronel que sin duda iba a ser nuestra salvación a la hora de salvar una vez más, a mi hermano, de la milicia. El Teniente era bueno, me dijeron mis padres cuando terminó todo. El no sabía nada, y si sabía no estaba en nada malo. El teniente era un señor encantador, alcohólico recuperado, padre de cinco hijos preciosos que usaba su bigotazo, sus RayBan y su saco de terciopelo bordó. Para mí era como un tío, la esposa estaba visiblemente loca. Era psicóloga, provinciana, y ahora con el tiempo deduzco cosas: que él le pegaba, que ella se acostaba con los soldados que el teniente traía a la casa como personal de servicio y que la mucama con cama que tenían en la casa sufría también de algún tipo de abuso. Me acuerdo que un día en una especie de día de campo en una casa con pileta esa mucama casi se ahoga porque uno de los chicos mayores la empujó y la piba no sabía nadar. Tardaron un rato, un rato largo, en sacarla del agua. Otra gente, tíos, abuelos, primos, mis padres le daban asilo a esta familia sin cuestionarles nada. Sería 1979 o tal vez si enfoco creo ver que es el 1 de enero de 1980, llueve pero hace calor. Los chicos, muchos, estamos en la pileta. El agua me parece que está medio verde.

Volvamos a hoy, volvamos, que ese pasado no me hace justicia. O no es consistente con mi manera de hablar de hoy, con mis ideas, ni con las ideas de hoy de los mayores que entonces me estaban enseñando a pensar. O tal vez sí eran consistentes con la mentira que se contaban a sí mismos sobre cómo eran las cosas.

Otra amiga en el teléfono. A ella vamos a llamarla “la amiga a la moda”. Ella también está informada, pero informada de lo que hay que usar, lo que hay que comer, lo que hay que decir para participar del segmento Manu Chao. Yo trataba de planificar una reunión para el día viernes, con madres e hijos, aprovechando que no hay trabajo, ni escuela:

–No, el viernes, no. Está la marcha el viernes. ¿Vos no vas a ir?

Me puse guacha y le dije que no sabía que ella fuera siempre a la marcha del 24 de marzo.

–No. Pero como se cumplen treinta años.

Ah. Esa fascinación de la gente por los números redondos me desconcierta. ¿Y qué pasó cuándo se cumplieron 20 años? Claro, era el Uno a Uno, seguro que todos los que ahora van a ir a la marcha estábamos viajando por el mundo, gozando de nuestros dólares en pequeños países subdesarrollados, algunos de ellos, gobernados por dictaduras horribles en cuyos aeropuertos ves a los militares con armas largas ¡qué horror!. Bue ¿y los veinticinco años? No, era el 2001, dejate de joder, estaba a punto de ocurrir la debacle, había que aprovechar los últimos meses de dolarización. Además, estaba de la Rúa con esa esposa de derecha que tiene. No daba para marchar.

Por otro lado, por qué debería molestarme que aquellos que nunca antes se manifestaron se manifiesten ahora. Eh. ¿Por qué me molesta? Esa es la pregunta que me estoy haciendo desde ayer. Creo que lo que me molesta es la perpetuación del autoengaño. Y esto puede empezar a parecerse a un capítulo de Tus Zonas Erróneas, pero no me malentiendan, mentirse a uno mismo es lo más dañino que hay. Porque esa mentira es la que permite todo tipo de atrocidades. Pienso en El Señor Galíndez, esa obra de Tato Pavlosky, en la que el torturador (creo que lo hacía Arturo Maly) habla por teléfono con la esposa y su pequeña hija desde la sala de torturas y le dice cualquier cosa, le dice que está en la oficina. Nadie, salvo algún loco con una enfermedad muy rara, hace el mal consciente de que lo que está haciendo está mal. En general, se inventan toda clase de justificaciones, que creo yo son la base de la Historia, la Filosofía, la Religión y la Política. O tal vez sea al revés, tal vez todas estas cosas con mayúscula sean la base de aquellas justificaciones puestas para hacer daño a otras personas.

Pero no nos vayamos con los torturadores, ni con los jefes de los torturadores, quedémonos entre nosotros. Vuelvo para atrás, a mi barrio, a mi papá y a mi mamá y a mi hermano, esa pequeña incubadora social que me formó y que me hizo quien soy me guste o no. Mi papá un día vino con que le habían “afanado un enfermo”, por ejemplo. Vinieron los militares y se lo llevaron del quirófano. “Y al tipo había que operarlo”. “¿Pero yo qué iba a hacer?” Mi hermano salía de gira con su amigo que trabaja de camionero en Segba y que contaba, en mi casa contaba, cómo él cuando había tenido que ir a Campo de Mayo a hacer no sé qué instalación había visto (espiado) una sala de tortura con los cables preparados y agua en el piso, no sé, son imágenes que registré a los 7, 8 años y las mandé a los caños por lo horribles. Todo eso se hablaba en las casas. No creo que la mía fuera una excepción, pero cuando volvió la Constitución y se empezaron a excavar tumbas y empezó a salir el olor a muerto, esos padres les decían a estos hijos que ellos no sabían nada. Yo no estoy diciendo que mis padres tendrían que haber hecho algo diferente. Ellos eran (son) quienes eran, y les pasaría eso andá a saber por qué otras cuestiones. Pero cuando en 1987 se armó la rosca de Semana Santa yo no fui a la plaza, mis padres no fueron a la plaza, mis amigas no fueron a la plaza. Es más, recuerdo estar sentada en un sillón en la misma casa con la pileta verde, viendo la plaza, esperando a Alfonsín y escuchar a mi mamá o alguna tía diciendo “la verdad que tendríamos que estar ahí”. Pienso que deberíamos haber ido, pero que si no fuimos entonces, ni antes, ni después es porque somos eso. Pero ojo, tampoco somos de los que fueron a marchar por Axel Blumberg y la inseguridad o los que armaron el cacerolazo de 2001 y fueron a la plaza a romper todo (fíjense cómo ese nosotros que me complicaba la vida cuando era chica apareció solito ahora). La verdad que no sé si me gusta tanto ser eso. Pero menos me gusta inventarme un pasado.


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