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En la Sucá

26 03 2006 - 22:05

En 1995 yo estaba medio deprimida. Mi primo M.E. también. Una noche de Rosh Hashaná, M.E. me contó sobre su método para lograr salir de la cama por las mañanas, cosa muy dificultosa para todo deprimido que se precie de tal.

Al principio, lo admito, me pareció un desquicio, pero luego de un tiempo lo implementé y realmente funcionó. La tesis nuclear de mi primo era que había que encontrar algo que a uno lo hiciera saltar de la cama de indignación. M.E. encontró esa instancia en los comentarios que hacía Jorge Jacobson en su programa de por entonces, “Tiempos Modernos” por Radio Continental, secundado por “El Cholo” Gómez Castañón y Luis Majul de columnista. El programa empezaba a las 9 de la mañana; si uno empezaba a indignarse a esa hora posiblemente pudiera comenzar a despegarse de las sábanas entre las 9:30 ó 9:45 (como mucho, a las 10).

Los arriesgadísimos comentarios de Jacobson y Castañón ante una noticia (política o de las otras) eran siempre de este tenor:

¡Pero, qué barbaridad! ¡Cómo es posible! ¡Esto es increíble! ¡Qué injusticia! ¡No puede ser, hay que tomar alguna medida ya!

En resumen, todos comentarios que podría formular tranquilamente cualquier vieja quejosa de barrio, sólo que ellos lo hacían en una radio líder, en horario central y por un toco de guita. Pero lo que realmente daba mucha, mucha indignación era el momento en que Luisito Majul –así le decían– se despedía antes de que terminara el programa diciendo “Chau gente, me voy volando porque en un ratito tengo que estar dando clases en la facu”. Ahí M.E. y yo, sí o sí, nos incorporábamos violentamente. ¿Majul? ¿Dando clases? ¿En una Facultad? ¿Clases de qué? ¿Periodismo Incisivo I, Periodismo Incisivo II, o Periodismo Incisivo III? ¡Qué vida puta! ¡Qué lo parió! Encima debía ganar otro montón de plata por eso también. Lo que es salir en la televisión…

En fin, hoy les doy gracias a los tres: a Jacobson, a Castañón y a Majul, pues gracias a ellos me recuperé. M.E. nunca quedó bien del todo. Ahora sintoniza a otros para indignarse. Yo ya no recurro más al método, para mí es etapa superada. Eso sí, quedamos muy amigos. No es que antes no lo fuéramos, pero la diferencia de edad entre ambos se hizo menos notable por entonces.

Para cuando salimos a flote, M.E. y yo habíamos pasado tanto tiempo recluidos que queríamos empezar a salir. La verdad, no teníamos a donde ir. Se nos ocurrió empezar a ir los viernes a la noche al templo para la ceremonia de shabat. No es que fuera una diversión bárbara, pero la pasábamos bien. Era un templo reformista y había una rabina que usaba minifalda, se pintarrajeaba de lo lindo, tenía una melena leonina de rulos dorados –tipo Shakira– y a M.E… le gustaba. A mí no me gustaba nadie, aunque el que tocaba el órgano estaba bueno, pero era el novio de la rabina.

La señorita obviamente no podía oficiar, pero la admitieron para estudiar en el seminario rabínico, lo cual nos pareció de muy amplio criterio. ¿Se vestiría y se pintaría así para ir a estudiar? ¿Y los chiquitos que preparaba para el Bar-Mitzvá se podrían concentrar bien? Misterios del señor…

Pasaron varias semanas y ya habíamos deformado los estribillos de todas las canciones que se cantan (en hebreo) para la ceremonia: por ejemplo hay una que decía algo así como “alma-a-im, alma-a-im, alma-a-im, rabim” y M.E, y yo cantábamos: “arma-a-ni, versa-a-ce, cha-nel y chris-tian-dior”. Una vez lo cantamos medio fuerte y los de la fila de adelante se dieron vuelta y nos lanzaron una mirada cuasi-venenosa. No lo hicimos nunca más. Pero entablamos amistad con un viejo lituano que tenía 96 años y se llamaba Shmil.

Shmil también se desubicaba en las ceremonias. Pero él lo hacía porque había sido toda la vida comunista y le daba náuseas la religión. Cuando el rabino hacía el comentario de la semana, Shmil le gritaba cosas desde su asiento contrariándolo. Cuando el buen hombre ya no daba más y le pedía que se callara, Shmil siempre mascullaba algo entre dientes, tipo “¿Y si me callo, cuando me muera voy a ir al cielo?”. Con M.E. nos preguntábamos por qué el viejo venía al templo si le repugnaba tanto. La verdad, a mi primo y a mí no nos disgustaba menos y sin embargo estábamos ahí. Quizá el viejo también estaba solo (como nosotros) y tampoco tenía a dónde ir (como nosotros).

Un día, Shmil empezó a faltar. Se enfermó. A las dos semanas, llegamos un poco tarde al oficio y estaban rezando el Kadish por su alma. Había muerto ese mismo día. Pagaría por saber si fue al cielo o no. Después de eso, decidimos no ir más al templo, porque a decir verdad, lo que nos daba gracia era deformar las canciones y esperar los comentarios desubicados de Shmil, y ya no podíamos hacer ni escuchar ninguna de las dos cosas.

Empezamos a buscar otra actividad para los fines de semana y se nos ocurrió empezar a frecuentar un templo ortodoxo. No duramos mucho, porque ahí separan a los hombres de las mujeres y no nos podíamos divertir con nada, porque los hombres se quedan abajo rezando y a las mujeres nos mandaban arriba a esperar.

Nos dimos cuenta de que lo de la religión ya no daba para más. Teníamos que buscar otra cosa.

Cuando salíamos del templo, se nos acercó un religioso relativamente joven y nos preguntó si éramos novios. Le dijimos que no, que éramos primos. Le pareció extraño, y nos preguntó por qué se nos dio por ir ahí. Le contestamos la pura verdad: estábamos tristes y solos y no teníamos a donde más ir, ni con quién. Se ve que le dimos pena y nos invitó a cenar a la casa. Su nombre en idish era Ioshu. Nos fuimos caminando porque en Shabat no se puede usar auto. Éramos 7 personas: Ioshu, la esposa, sus 3 hijos, M.E. y yo.

La familia vivía en el Once, en un departamento de 4 ambientes con patio. Era la festividad de Sucot, así que cenamos en la sucá, una especie de cabaña a la intemperie. En Sucot así está mandado. La sucá estaba montada con unas cañas que habían mandado traer de San Luis. Ahí se plantan y crecen supervisadas por rabinos para que sean aptas para construir la sucá. Conversamos mucho y, después de comer, los hijos que tenían 7, 5 y 4 años, se fueron a dormir.

Entonces fue cuando Ioshu realmente habló. Se hizo religioso de grande, a los 30, cuando conoció a Batia. Sentía que tenía que resolver “la cuestión” de su judaísmo y lo resolvió haciéndose religioso. M.E. le preguntó por qué su judaísmo era algo que tuviera que “resolver”. Ioshu se pasó la mano por la barba, bebió otro sorbo de vino y cambió los gestos de su cara, como dispuesto a relatar algo verdaderamente ingrato. Contó que en el ‘76 tenía 18 años y le tocó el servicio militar. Parece que en ese momento todos los padres de chicos judíos pagaban por exceptuarlos, pero el papá de Ioshu no pagó y él nunca supo si fue por decente o porque realmente le importó un carajo.

La cosa es que no la pasó nada bien. El ejército argentino siempre fue una institución filo nazi, y en ese momento más que nunca. Cuando formaban a la noche y a la mañana les hacían dar un paso al frente a los judíos y los humillaban. Con el tiempo se fueron yendo (no se sabe bien por qué) los pocos que había en la compañía de él y quedó solo. Continuamente lo amenazaban con convertirlo y bautizarlo. Lo atormentaban de día y de noche por su condición.

Una vez no sé de donde se afanaron un pollo; lo cocinaron y lo comieron mientras hacían guardia. Era Pascua. Cayó un capitán, los vio y se armó feo. Le empezó a decir que él era un judío que pervertía a sus buenos soldados cristianos haciéndoles comer carne en Pascuas y todo ese tipo de cosas. Su mejor amigo, Hernández (que hasta hoy lo sigue siendo) lo defendió: “Mi capitán, en Pascuas los cristianos tenemos prohibido comer carne de vaca, pero no de pollo”. Punto final de la discusión. Calabozo para Hernández y para Ioshu, sin comida, ni abrigo, ni nada.

Un día lo hicieron leer en la capilla, porque los soldados de su compañía venían mayormente de la villa o del interior y casi no sabían leer, y menos de corrido. Lo que Ioshu no nos contó y que M.E. y yo siempre sospechamos es que para entonces ya lo habían hecho convertirse, bautizarse y someterse a demás rituales. Todo el tiempo decía que esa gente daba miedo de verdad, que le hacían temblar las piernas y que un día, no sé por qué motivo, conoció a Camps.

En ese momento se levantó Taibe, la nena mayor; nos dijo que no podía dormir y como oyó algo, preguntó quién era Camps.

–Un nazi –le contestó Batia. M.E. y yo nos miramos.

Ioshu ya no quiso seguir hablando. Pero había contado mucho. Parece que lo sacaban a hacer operativos y todo. Entraban a casas y bueno, ya sabemos… Un día, ya alienado y en el medio de un operativo, Ioshu sacó un cigarrillo y se puso a fumar. Les dijo que se iba a su casa y que si querían, que lo mataran pero que él no iba a salir más a ningún operativo. Le advirtieron que si se iba le iban a disparar por desertor, pero se fue igual.

No le dispararon.

Taibe pidió manzana rallada y nos cantó un montón de canciones. Ioshu la miraba alegre: ella, el nene, el bebé y Batia eran su recompensa. Nos fuimos como a las 3 de la mañana con una promesa de volver a vernos y de cenar juntos. Ioshu se comprometió incluso a invitar a Hernández para la ocasión.

En la semana de “los 30 años”, “la memoria”, “la reflexión”, “la justicia”, “el feriado inamovible” y todo eso, conocimos finalmente a Hernández. Buen tipo.


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Sajurb Ed Azac
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