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Todo será como en Cambalache

27 03 2006 - 08:59

En respuesta a este artículo

La verdad es que todo resulta muy extraño. Cómo uno, estando de acuerdo en lo central de lo dicho por Tommy –respecto de lo frívolo y venal de nuestra trama política, ideológica e institucional–, entiende que poco sirve un análisis de tamaña frontalidad. Sin mediaciones. Sin procurar comprender qué calidad de dirigencia posee nuestro país. Que ella no nace de la nada, nace de su profunda condición crítica, de vuelo de perdiz y confrontacionismo egoísta de por décadas. Que desde los orígenes de nuestro país, no sólo los 60 años de pauta del modelo “vale todo” de la cultura peronista (y si siguen ganando elecciones es porque existe una real vacancia de alternativas creíbles que exijan de replanteos y nueva síntesis). No se borrarán, sí 200 años, con una vuelta de página.

Nuestra realidad no es casual. Surge de un sinnúmero de razones: la constitución de su clase hacendada porteña (1806/1826), la reacción del interior frente al país que llevara a la anarquía (1820), la coalición de indiscriminación que conformara Caseros (1952/1860), las presiones inconfesables de Buenos Aires hasta someter al país a sus designios (1860/1880), hasta su coronación con el proceso de Organización Nacional con la Argentina Moderna que Roca le sonsacara a Mitre (1880/1916), lo fallutezco del doble discurso e impotencia radicales (1916/1930), el inicio de la restauración conservadora (1930/1943), la emergencia del nacionalismo reactivo autoritario conservador (1943), la consolidación del proyecto peronista –este sí el puntapié inicial de los 60 mentados años–. Pero en el contexto del ciclo de alternancias cívico/ militares nacidos en el 30, que constituyeron a una Argentina revanchista y polarizada.

Difícilmente este liviano relevamiento de una arbitraria cohorte de fases de la argentinidad pueda lograr la cabal comprensión que el país que se tiene no naciera de un repollo. Las marcas cínicas del manejo del poder bajo un doble discurso son ínsitas desde que el boliviano Saavedra, y su grupo, mandara matar a los protojacobinos de su secretario de la Junta, y podríamos agregar la misa de celebración de la llegada de los ingleses, cuando la primer invasión, Cabeza de Tigre, las presiones sobre San Martín, la lista es inmensa…

Si no se realiza el esfuerzo de ponderar cada período histórico a sus condiciones de posible reconocimiento, al marco sociocultural que esta sociedad, nacida con la señalada hipocresía de sus clases dominantes que la constituyeran, estaremos cayendo en un nuevo voluntarismo.

Nuestra cultura inmediatista y sesgada por la más visceral y cortoplacista concepción de la política, impide el aquí tan añorado componente ético político de un proyecto nítido, coherente, susceptible de sostenerse por su transparencia como para constituir una hegemonía sólida y compartible. Ello será el producto de una concepción de la política, todavía vacante. La crisis de representación de la política epocal, esto es que lo que pasa aquí con su debida medida ocurre en todo el mundo, sumada a esta inconfesable “historia de la argentinidad”, impiden la lucidez reclamada.

Sin embargo, pese a todo, en la actualidad existen algunas voces comprometidas con una lectura no disociada de la actividad intelectual, asociable al reclamado componente ético (no moralino ni moralista), con algún obligado y certero componente autocrítico. Y a pesar de todo ello, éste, hoy, es un día para celebrar.

Por supuesto que, posiblemente, haya algo parecido a un “patoteo de la historia”. Pero en una Argentina amnésica, guiada por un pírrico concepto del poder iluminado sólo por el corto plazo, para su reversión, todo será poco. Pero las cosas, bajo tal complejidad, se van resolviendo de menor a mayor, en un proceso. Caso contrario, todo es un eterno presente sin perspectivas ni posibles soluciones. Decía recientemente un urbanista catalán que “el olvido no es lo contrario de la memoria, sino de la verdad, porque al no recordar se falsifica la historia…”. Y la verdad se elabora. Se mancomuna de la voluntad de quitarle el velo a las hipocresías. Mas nadie me habrá de quitar el placer de celebrar el cierre del más nefasto período de la historia argentina. Claro, puedo llegar a ser un futuro abuelo. Pero esta democracia de claroscuros malolientes ha puesto, en menos de tres años, reconociendo el antecedente del Juicio a las Juntas como un valiosísimo pero inconsecuente antecedente sobre este tema, con sus también sospechas e intuiciones de instrumentaciones subalternas, mucho más logros que los supuestos de la inmensa mayoría, si no de la totalidad, de los países “civilizados”. Esto es Europa y los EE.UU. Ya no deberemos celebrar al ritmo de las demandas del juez Garzón. Es más, España se está cuestionando, a partir de este ejemplo, sobre qué fuera para ellos el franquismo, frente al sindrome Le Pen a retaguardia. Con los nacientes revisionismos producto del reconocimiento cada vez mayor sobre qué resultara ser el flagelo del racismo, el nazismo y el Holocausto, amén de lo hecho en la materia por ellos ha sido muchísimo menos que este paisucho imposible, les queda mucho por aclarar acerca de una verdad sin falsas hipocresías. Y ni qué hablar sobre cómo también ellos tuvieron su propia “guerra sucia” que permanece acallada bajo siete llaves (España, Italia, Alemania, Inglaterra).
Conciliar con la truculenta trama de nuestra política es verdaderamente criminal. Pero se lo debe ver al paquete con suma sinceridad. Nadie sacará una paloma de una piedra. Si se mira bien quiénes son las espadas de los actuales protagonistas, así se obtendrá la más nítida de las respuestas. De allí el infinito margen que posee el restringido oficialismo de la Rosada, con la mejor imagen política positiva de los gobiernos de toda América. Es que todo lo demás es, para decirlo suave, inexistente, o mejor dicho, otra vez una serie de macabros lugares especulativos inconfesables, algunos de una pacatez y tiliguería, más propios de la Argentina pre-’45 que a un mundo signado por la precipitación del ritmo vertiginoso del siglo XXI.

Todo lo dicho por quien patea el tablero es cierto. Pero en la realidad de su reclamo de discriminación que el país es el producto de ese pasado. Y que nada ni nadie me habrá de robar, con compartibles objetivos finalistas, realizar la debida celebración del fin del terror. Del comienzo del fin de la amnesia, que los sobrevivientes del usufructo de la masacre, serán debidamente juzgados. Si no veamos qué margen les brinda los acontecimientos de Trelew –con las acciones de la Armada– y el mantenimiento todavía de una Argentina de las sombras que se niega a tener un principio de realidad sobre su actual relación de fuerzas.

Está clarísimo que la conducción, por lo menos de la mentada más grande organización político militar de América Latina, está plena de sospechas. Pero se cae justamente tanto en la fantasía por ambos necesitada de que aquí hubo una “guerra civil”, que justificara una “guerra sucia”, y de allí a la facilonga “teoría de los dos demonios” hay menos que un paso. Los que hoy no están, poseían una base ideológica, una condición subjetiva, una disposición a la generosidad, que en el presente está mucho más que ausente, con todas las lógicas excepciones. No eran empleados políticos. Respondían a convicciones unilaterales, pero bajo precisas circunstancias históricas que permiten al menos entender sus raptos militaristas y su ingenuo maximalismo insoslayables.

Si no se logra realizar una básica discriminación, que cargue debidamente las cargas de las responsabilidades que le caben a cada uno en esta larga lucha, todo será como en Cambalache. Y se retroalimentará, justamente, aquello que se pretende condenar. Esto ha de ser un proceso, el producto de un nuevo compromiso que exige de la intelectualidad que se aleje de cierta conformidad de crítica sin salpicarse y aportar racionalidad a un estamento político signado por la miserabilidad y el sesgo de una pequeñez incomparable para la confrontación estéril y el desencuentro.

Pablo Martínez Sameck


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