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Del orden de las verduras

28 03 2006 - 21:26

Se me ocurrió ir a comprar pan negro, queso blanco y bolsas de residuos al Dia. Ya era de noche. Al llegar a la puerta pensé que habían cerrado; a pesar de ver todo lleno de gente por dentro, el guardia operaba la traba de la puerta como si fuera un cargador. Miraba a los que iban a salir como si estuviera atajando pelotazos: los veía venir embalados y rápidamente destrababa, calculaba la apertura de la puerta para dejar salir y sin interrumpir el movimiento la volvía a cerrar y trabar. Como un bandoneonista, abriendo y cerrando, y con un rictus de estar llevando a cabo un operativo muy delicado, algo que se puede arruinar ante el menor descuido.

Había un par de señoras de este lado. Una me dice está esperando que salga un poco de gente, está muy lleno adentro. Suponemos (las señoras y yo) que si salen un par más nos dejará entrar, por esa cuestión del equilibrio de las cuentas, pero los compradores se van de a uno o de a dos, ya son varios los que salieron, y el guardia siempre hace el movimiento con una presteza que uno ni siquiera alcanza a asomar la nariz para averiguar cómo es la mecánica del asunto.

Enseguida me acuerdo de Munro, cuando empezaban los 80. Los chicos de clase media queríamos comprar Ufo, Wrangler o Fiorucci, y los locales que vendían de segunda se habían empezado a instalar ahí. Los dispositivos de seguridad prendidos a la ropa ya empezaban a verse y se utilizaban mucho en ese Munro fundacional. Yo no entendía por qué había que hacer esas colas en la puerta estando los prendedores esos que chillan cuando uno se los lleva puestos. Más adelante, creyendo en una especie de anarquismo en contra de las corporaciones, supuse que habría una forma de inhibir el funcionamiento de esos pendorchos e incluso llegué a averiguar que aislándolos con una lámina de aluminio (aunque fuera finita como el papel dorado de la rhodesia), el mecanismo se anularía. Mi cuñado el físico llegó a explicarme los principios de los campos que se activaban y desactivaban de esa manera pero, aún así, jamás me atreví a hacer la prueba. Ni siquiera con libros, que muchos consideran lícito robar. Por el contrario, muchas veces me vi obligado a justificar la posesión de libros que había comprado con anterioridad y cuyo mecanismo de seguridad no había sido correctamente desactivado por el empleado a cargo en el momento de la compra. Un tema de sensibilidad de los detectores, me decían, y también disculpe, pase nomás.

Cuando ya había salido bastante gente del Dia, éramos también unos cuantos los que nos amontonábamos del lado de afuera, y en un descuido del guardia nos colamos todos por una hendija bastante angosta que dejó en la puerta. Todos finitos, de costado entramos. Yo encabezaba la fila como una especie de vanguardista, diciéndole al guardia supongo que ya habrá salido suficiente cantidad de gente, mientras él me miraba sin entender lo que yo le quería decir y yo pensaba una vez más lo inútil que es siempre la ironía, por exceso o por defecto.

Hay algo especial en los centros de abastecimiento donde se hace cola para entrar. Uno podría decir “locales comerciales” o “centros de consumo”, pero más allá del lugar común que podría formular cualquiera de las señoras que están esperando afuera (“parece que te hicieran el favor de venderte”) hay algo que suena apropiado al decir “centro de abastecimiento”. Dependiendo de la hora a la que uno llegue, puede encontrar las góndolas vacías, y enseguida aparece la imagen del estereotipo de película crítica del régimen soviético o sus satélites. Las cajas de cartón donde vienen embalados los productos y que se usan de exhibidores, vacías, dan un aspecto de vaciamiento mucho más sórdido, de lugar en el que aún la plata carece de valor.

En el pasillo de las verduras (vacío exceptuando bananas podridas, papas y cebollas) escucho un diálogo:

– Como todavía no sé el orden de las verduras…

– No te preocupes, yo ahora quiero que agarres un trapito y limpies acá. Después lo vemos a eso…

Algunas personas en el Dia pagan con Vale Ciudad, que es algo así como presentar un carnet de pobre. La ciudad les da subsidios a algunos, en forma de unas cuponeras que parecen Luncheon Tickets, pero que tienen los colores del gobierno de la ciudad, con valores que (hasta donde yo pude ver) oscilan entre los cinco y los diez pesos. La diferencia con los luncheon es que a estos los acepta el Dia y no sé quién más, y también que los que compran con Vale Ciudad no tienen un mango para agregar si se pasan de la cuenta. Por lo general entonces, compran bastante menos que lo que indica el cupón, y se enteran de que les sobran tres pesos (de diez) al abonar la compra. Atrás hay una cola que no deja mucho que pensar en ir a buscar otra cosa, de manera que el cajero tiene a mano una solución que va más allá de la compra inducida del Eki:

– ¿Le completo con jugos?

Debajo del mostrador de la caja hay pilas y pilas de jugos de naranja en sobre. La mujer que está delante mío, a la que le sobraban los tres pesos de diez, acepta que el cajero le complete la compra con sobrecitos, así que se lleva una bolsita con un pan, una leche y unas salchichas, en la cual el cajero no para de meterle sobres y sobres de jugo de naranja en polvo hasta completar 9.95. Cinco centavos le puedo dar, dice y me sonríe a mí.

– Esos dos están robando.

Es una nena chiquita la que le botonea a uno de los repositores-cajeros-encargados, como si le anunciara que se cayó una lata de tomates de la góndola. Se forma inmediatamente una cadena de anuncios que se parecen al lenguaje de señas de los sordomudos, y que terminan en el guardia de la puerta. El guardia apoya la mano sobre la traba.

Los que tratan de salir inadvertidos son dos chicos. Les interrumpe el paso el guardia, pero todo el mercado los está mirando. Las tres filas de personas y changuitos que están en las cajas se convirtieron en una platea, y el tiempo se detuvo. Los cajeros pararon de marcar. El piip de los scanners no se escucha más.

Una cajera rubia y gordita, estridente, con voz de mando, se les acerca. Yo la tengo entre ceja y ceja, porque cuando me acerqué a su caja (que estaba casi vacía) me dijo que la estaba cerrando y efectivamente la cerró por unos segundos, contó la plata y la volvió a abrir llamando a una señora que estaba detrás mío. Se parece a Lilita Carrió, la cajera.

Los increpa a los chicos. Que devuelvan todo. Uno saca de un bolsillo un frasco de champú. Hay otra cajera que arenga: llamá a la policía, llamá a la policía. En las filas se murmura, y tengo la sensación de que se ha formado un coro espontáneo, con movimientos precisos, ensayados, y la cajera que quiere llamar a la policía es el corifeo. Tiene que llamar a la policía, dice la antiestrofa.

No devolvieron todo, les insisten a los chicos. Uno de ellos es más tímido y parece esconderse, mira para abajo. El otro, más petisito y de pelo crespo, no tiene problemas en mirar de frente. Devuelven un paquete de naftalina. El corifeo dice revísenlos, revísenlos, tienen más cosas. Tienen más cosas, seguro, se escucha detrás. Pálpenlos. Quizá el guardia haya palpado a algún criminal en su vida, pero es claro que jamás palpó a unos chicos que se hayan robado champú y naftalina. Vacila la mano que estira, no sabe qué parte del cuerpo palparles. Hay un momento en que es claro que está simulando palparlos, y lo hace solamente para satisfacer al coro. Tienen algo escondido, tienen algo, le siguen indicando al guardia. El chico más tímido, bastante flaco, estira la cintura de su pantalón, dejándole ver al guardia la parte interior del calzoncillo. Es lo último que inspecciona el guardia. No quiere más. Por favor, déjennos salir, dice el más petisito. Ya devolvimos todo. Ya devolvieron todo y ahora se quieren ir, dice el coro, y hay risas de sorna. Lilita declama proyectando a todo el auditorio:

– Miren chicos, ¡Si al menos robaran para comer!

La corifea vuelve a la carga con lo de llamar a la policía. Después de su parlamento, Lilita se va hacia el fondo del local. El petisito mira con los ojos entrecerrados de incredulidad. Rubia, esperá, le dice y trata de seguirla por el hueco de la caja que quedó vacía, pero otro repositor-encargado le cierra el paso con una ristra de carritos.

Lilita vuelve como para un bis, ante los ruegos del petiso. El otro chico y el guardia están más atrás, inmóviles. Miran ambos hacia el suelo. El petiso dice que no van a volver nunca más. Lilita dice que conoce a la mamá del petiso y que la va a ir a buscar si los vuelve a ver por ahí. Yo en ese momento me acuerdo de la vez que robé un paquete de figuritas en un quiosco (que quedaba a veinte metros de mi casa) y me pescó la dueña. Me dijo que le iba a avisar a mi mamá y yo sentí que mi vida estaba perdida.

Los chicos desaparecieron en cuanto se abrió la puerta.

– Sí, conozco a la mamá. Compran siempre acá.– dijo Lilita. El coro repitió con sorpresa: ¡compran siempre acá!

Cuando ya nadie los esperaba, cayeron los policías. Uno se quedó afuera, y el otro charló unos segundos con el de seguridad, mientras recorría con la vista todo el local. Yo sentí que me miraba a mí.

Se fue antes de que me tocara pagar.


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