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Esclavos

4 04 2006 - 23:41

Desde que conocí el escudo nacional (siendo chiquito), tuve la sensación de enfrentarme a un personaje de historieta bastante estrafalario. Surrealista si se quiere, a pesar de que en ese momento yo no manejaba el concepto. Un señor que es una inmensa barriga con levita, con cara de sol al que le falta el cuello, que esconde la cabeza un poco y mira como un bebé al que le crecieron las cejas. Con dos bracitos regordetes, aunque raquíticos en relación al cuerpo barrigoso, que sostienen una varilla para hacer malabares con un gorrito, entrecruzados y quietos como si al gordo lo hubieran interrumpido mientras hacía una rutina de circo para pedirle una foto.

La asamblea del año XIII adoptó el escudo como emblema nacional; pero además, nos decía la maestra desde tercer grado, abolió la esclavitud.

Ya un poco más adelante, nos señalaban algunos matices en la propia escuela: los esclavos prácticamente no existían en Nuestro País cuando se pronunció la Asamblea, así que el sentido de esa ley era más bien declamatorio, un gesto de bonhomía que sin embargo tuvo que ser modificado en pos del comercio y para no vernos perjudicados arruinándoles el estofado a otros: si bien no era significativa la cantidad de esclavos residentes, Buenos Aires era un puerto importante por el que sí pasaban esclavos en tránsito. Las fronteras del Territorio Nacional eran mucho más permeables. La ley, que promulgaba “la libertad de los esclavos que se introduzcan por el solo hecho de pisar territorio de las Provincias Unidas”, se alteró por decreto un poco más tarde para que de ninguna manera esa medida pudiera afectar a los pisadores ocasionales.

Enterarse de esas enmiendas era de lo más frustrante. Uno era chico y quería abolir la esclavitud con retroactividad, pero abolirla bien. Para todos mis compañeros. Si sos un país fuerte y promisorio, como nos decían que éramos, promulgás la libertad para todos los que pisen y te bancás las consecuencias. Yo me imaginaba al Señor Escudo enervándose, levantando la cara de sol fruncido, eructando a lo guaso, y corriendo a los bastonazos a todos los esclavistas que osaran acercarse. Es claro que después venían las negociaciones, pero en ese entonces éramos muy chicos para comprender que cualquier cosa se negocia, y que esa es la forma de vivir más o menos civilizadamente, o al menos todo lo posible.

Algo parecido viene sucediendo estos últimos días, desde que se murieron seis personas en un taller textil ilegal.

En resumen: hay una modalidad de trabajo en la cual se importan bolivianos para trabajar en talleres textiles a razón de 18 horas por día, donde la relación baños/personas es de 1/60 y la relación camas/personas es de 1/3, con lo cual se fabrican pantalones en estas unidades productivas en condiciones de hacinamiento y sin cumplir normas de higiene, ni laborales en general, ni mucho menos de migraciones.

Desde el principio se recalca en todas las noticias, más o menos en cada frase, la condición de bolivianos de aquellos que murieron y de todos los que trabajan como esclavos en los talleres ilegales del Bajo Flores. Dando a entender, por parte del gobierno, que se trata de personas tan humanas como el resto, y que se preocupan por ellos de la misma manera que si no fueran bolivianos; y por parte de los medios, que el hecho de ser bolivianos podría hacer que no se le preste demasiada atención al asunto.

(Antes de que me olvide: cuando se habla de crecimiento económico hay que contar a los bolivianos que trabajan así. Se están produciendo bienes que influyen en la economía, con personas que en los papeles no existen.)

Como son tantas las normas que se violan, los funcionarios que proceden a inspeccionar no saben por dónde empezar. Pero además, muchos de los esclavos quieren conservar sus condiciones de trabajo y entonces “el problema se complejiza”, “no es tan sencillo”, “hay muchos actores y costados”, “no es fácil encontrar a los dueños de los talleres”. Es cierto, hay muchos actores y costados, pero estás hablando de esclavitud. Y cuando se habla de esclavitud hay un esclavista. Alguien es el locatario de la casa, alguien compra la tela, alguien arregla las máquinas y alguien le paga al que las arregla, y también alguien coloca los pantalones en calle Avellaneda o en La Salada, y seguro que también deposita la plata en el banco.

“Lo que vi supera cualquier inspección rutinaria de protección al trabajo; esto ya es un problema de derechos humanos”

dijo una funcionaria que inspeccionaba un local en el que vivían 60 personas. La expresión suena curiosa, porque más que manifestar asombro, parece transferir responsabilidades a otra dependencia burocrática. Algo como cuando en la escuela municipal se rompe un caño y entonces la directora dice: hay que llamar a Infraestructura. Sospecho que cuando algo se cataloga como correspondiente a Derechos Humanos, probablemente termine siendo tema de una conferencia, o de un documental, o de un estudio realizado por alguna ONG, pero jamás resuelto. Suponiendo que las condiciones sanitarias fueran aceptables ¿los talleres-dormitorios (con jornadas de 18 horas de trabajo diarias) dejarían de ser esclavizantes?

“Aunque les explicamos que estábamos para ayudarlos, hablaban entre ellos sin que pudiésemos entenderles, lloraban”

dice otro inspector, que se asume así más deshumanizante que los esclavistas: si no podés entenderles (cosa que sí logran los patrones) y los hacés llorar, difícil que ellos entiendan que los estás ayudando. A mí, que lo leo, me cuesta creer en esa ayuda.

Entrando en mayores especificidades a la hora de resolver, la ministra de Derechos Humanos y Desarrollo Social, Gabriela Cerruti, dijo ayer que el gobierno ofreció un abanico de alternativas para que nadie se quede sin techo. Que en la noche misma del incendio, algunas de las familias que vivían ahí aceptaron un subsidio de 400 pesos para optar por un alojamiento de emergencia. Puesto así, parece que se les diera esa plata mensualmente, durante un tiempo, aunque todo suena extraño: es un montón de plata para cobrarla todos los meses como subsidio, sobre todo si sos boliviano indocumentado. En una nota posterior, la ministra se ocupa de aclarar, en negrita, que el subsidio de 400 pesos es por única vez, de manera que queda claro cuál es el tipo de solución otorgada: una coima para tomárselas de ahí, facilitando la clausura.

El titular en Clarín de ayer juega con la dualidad en torno a la certeza de fondo:

Clausuras y marchas por el trabajo esclavo

Las clausuras (en contra) y las marchas (a favor) de lo que el tono general del diario sugiere como indiscutible: el trabajo es esclavo, las clausuras son una medida apropiada y civilizada para combatirlo, y los manifestantes (bolivianos) son tan brutos que casi se merecen la esclavitud, aunque no vamos a ser nosotros los partícipes de semejante ignominia. Algo me hace sospechar que ni las clausuras terminarán con el trabajo esclavo, ni los bolivianos que reclaman por sus fuentes de trabajo son tan salames.

Un par de días después de los seis muertos, aparecieron unos afiches del gobierno de la ciudad, instando a denunciar a los talleres ilegales, con los colores distintivos negro y naranja que le dan visos de institucionalidad y planificación al asunto:

Combatir las MAFIAS es nuestra responsabilidad

Y uno se imagina que un objetivo más modesto, menos declamatorio, sería un poco más creíble. Tanta historia en todo el mundo con las diferentes mafias que nunca son erradicadas, sino que apenas cambian de dirigencias o de objetivos, que al fin y al cabo el propósito suena tan maximalista como el de hacer la revolución. Pero el slogan principal es:

El trabajo esclavo MATA

Y ya empezamos con las frases al estilo de “los mató la corrupción”. ¿Es en esos términos la discusión? Los que están a favor del trabajo esclavo (los que hacen usufructo, pero también muchos de los propios esclavos) podrían decir por su parte que el trabajo esclavo da vida. Lo que más bien parece sugerir el mensaje es “Vamos a ocuparnos de este tema mientras los muertos estén frescos. Después, todo volverá a la normalidad”. A mi me gustaría que el trabajo esclavo figure en la agenda no solamente cuando mata, que es en circunstancias excepcionales como esta, sino en su devenir continuo, cotidiano. Al fin y al cabo, se supone que está prohibido desde hace unos doscientos años.


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