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El Bar

8 04 2006 - 12:26

En uno de los dos minimercados de mi barrio cuyos dueños son chinos, aumentó el pan lactal. En “el chino” donde no sé si aumentaron el pan porque no fui, no paran de reproducir chinitos que aprenden a gatear en el mostrador de las cajeras, a balbucear con los clientes y a caminar entre las góndolas, freezers y cajones de cervezas.

Los chinitos tienen cara redonda, cachetes gordos y suaves y pelo lacio puntiagudo. A los nenes les dejan crecer una colita desde el hueco de la nuca, y a las nenas les llenan la cabeza de hebillitas. Tanto los chinitos como las chinitas siempre están muy abrigados. Se entretienen jugando con las bolsas de polietileno, mientras la cajera, que no es china, les sonríe, y la madre, otra vez embarazada se los lleva rápido para el fondo entre besos en la panza y olor a caca.

Tienen estructura de clan. Hay casi igual número de hombres y mujeres; hay chinos adolescentes argentinizados y chinas tímidas que ya dejaron de sacar cuentas con el ábaco. Siempre hay un chino más viejo que el resto, que es padre, tío y abuelo al mismo tiempo. Está siempre sucio, como si hubiera estado revolcado en un pelotero que en vez de pelotas contuviera fajos de pesos. Tiene cara de hombre malo, pero debe ser un hombre sencillo que se hace el boludo para que nadie lo moleste en su labor de cuidador del patrimonio chino. Suele esconderse detrás de un mueble de haya donde hace pilitas de billetes y una vez sujetados con banditas elásticas, los mete adentro de una bolsa, de esas con las que juegan sus nietos.

Los chinos se llevan bien con los policías que cuidan la entrada. Hasta les pusieron un escritorio donde guardan los elementos para preparar mate. Los chinos que no sé si aumentaron el pan lactal en un cinco por ciento, guardan bajo llave la línea de productos capilares Pantene, que es la más cara de todas las que tienen; y en una bodega símil madera exponen vinos de muchas marcas y muchos precios distintos, que están siempre más baratos que los del supermercado Coto. Supongo que en todos los barrios que tengan almacenes chinos (es decir, en todos los barrios) pasará algo parecido.
Se tratan mal, o quizá ésa sea la forma china que tienen de tratarse. Ejemplo: el chino dice algo en un tono severo y le señala a la china la puerta con la mano; la china toma esa dirección, pero antes de darle la espalda por completo, sube el tono de voz, lo mira fijo en alguna parte de la cara y le tira varios pakuas orales, con el crío en brazos.

En mi barrio los tomates vienen sin semillas y en verano los caciques de las casas tomadas (en donde deben vivir más decenas de personas, que en todos los nuevos edificios torres con expensas caras de una cuadra) andan descalzos y peludos.

En mi barrio no paseo. Por eso a veces me sorprendo ante negocios o casas que jamás había visto aunque hace años que estén ahí. Sin embargo, siempre que algo cambia (es decir, una librería muta en una dietética y luego en una fiambrería; o un negocio de limpieza en una casa de ropa y luego en un video club) lo percibo al toque.

Esta noche, la esquina derecha de Pasco y avenida Independencia tenía otra luz. Retiré la vista de las baldosas rotas y vi que “El Bar” ya no era “El Bar”, sino, un depósito de cal y muebles apilados. Me asusto, veo conversar a dos hombres sentados en el marco de la ventana abierta e interrumpo:

—Hola, disculpen, ¿qué pasó? Ustedes no son los mismos dueños que antes.

—No, nosotros somos los nuevos dueños.

—Ah… bienvenidos…

De repente veo luz en un lugar cuya premisa básica eran cuatro bombitas de 60 watts para la congregación de los feos. En “El bar” uno se volvía anónimo para los de afuera y un camarada para los de adentro. Pero los “nuevos dueños” reforzaron la antigua iluminación con luces de tubo blancas. Entonces descubro que atrás de la barra, lo que yo creía un empapelado, era un espejo que ahora se ve porque la nueva luminaria actuó sobre el espacio como el dentífrico sobre los anillos de plata guardados hace años. En las paredes altas donde antes estaban pegados con cinta scotch vencida, carteles con referencia a publicidades de los años ‘50 o afiches de tango, habían pintado franjas anchas y desprolijas verdes, azules, rojas y amarillas.

—¿Qué tienen pensado hacer? ¿Lo están remodelando?

—Sí.

—¿Van a conservar lo antiguo o piensan modernizarlo?

—Vamos a mezclar un poco las dos cosas.

—Ah, bueno… suerte.

Les deseé suerte. Y me fui. Se me hizo un nudo en la garganta y crucé Independencia con el hombrecito rojo titilando y cuando llegué a la vereda me di vuelta y vi que los nuevos dueños se habían quedado mirándome con extrañeza. Ojalá hayan notado en mi postura caída, mis deseos para con el porvenir del bar. Y casi cruzo para decirles lo que no les dije. Casi, pero no.

Una pena. Ese bar tiene más de cien años, dicen que ahí tocó Gardel. Olía a humedad frita, pero en mi barrio todo huele mal. En los baños siempre había papel higiénico y si se había acabado, el de la barra lo resolvía rápido yendo a lo del chino de al lado, el del pan lactal aumentado.

El mozo que atendía era uno de los dueños y siempre usaba el mismo estilo de remera de cuello redondo de color azul policía. La figura que formaba su pierna apoyada sobre el caño de una de las sillas altas de la barra cuando ordenaba el submarino caliente que le había pedido, era mi barrio. Atendía bien a todos. Al que tomaba una consumición mínima y ocupaba una mesa toda la tarde, y a los que almorzaban solos en la barra mirando la imagen de la virgen que tenían pegada al lado del reloj. El cortado doble era como cinco pocillos del café palermitano y además de justo (ni mucha leche ni mucho café) costaba 2, 50 pesos.

OK, yo no iba hace tiempo, porque lo había cambiado por el Bar de Cao que (re)abrió hace pocos meses en la misma esquina, a dos cuadras. Éste es uno de los 52 bares notables de la ciudad cuyo dueño también es dueño de Bar El Federal (que queda en San Telmo) y Café Margot (de Boedo). Sí, me dejé conquistar por los terroncitos de azúcar que te sirven con el café y por los espejos mohecidos en donde me miro cuando me siento al lado de la ventana y me aburro de estudiar.

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En San Cristóbal está el colegio Nuestra Señora del Huerto, el colegio de monjas donde la hija de la portera de mi otra casa practicaba patín y en donde la actriz Celeste Cid no terminó la secundaria. Esta última, que ahora vive en Palermo, es un ejemplo a seguir para las chicas que descreemos del repunte del barrio.

Si algo le quedaba a San Cristóbal, era ese folclore hecho de bares viejos y auténticos, a los que todavía no los había cooptado la onda tourist. Pero los agarró la ola evolution. En la esquina de mi casa, hace no más de tres años, estaba el mítico Bar El estudiante, hoy convertido en una pinturería con rejas verde flúo. Aún quedan las chapitas incrustadas en el asfalto.

A tres cuadras, llegando a la avenida Entre Ríos, por Independencia, estaba El vómito, así le decían a lo que hoy es una gomería tan sucia y deprimente como aquél. A media cuadra de ése había otro, hoy convertido en carnicería. ¿Cuántos conté? 1, 2, 3, 4, 5 en menos de seis cuadras.

Entonces me cruzo con un vecino que cuida la puerta del restaurante japonés de mi cuadra (paradójicamente re-top y exclusivo) donde suele ir a cenar Norma Aleandro de mal humor.

—¿¡Vio lo que están haciendo con el bar de la esquina!? ¿Qué pasó? ¿Cuándo lo vendieron?

—Parece que el nuevo dueño se ofreció a comprarlo y ellos le contraofertaron y el tipo aceptó y el viernes fue el último día.

—¿Pero usted vio cómo lo pintaron?

—No, cuando pasé esta mañana todavía no habían hecho nada. Parece que a los otros dueños les convenía, pero sí es un poco triste, yo iba ahí siempre, me conocía a todos, uno sabía la rutina de los otros, a qué hora caían, en fin.

—¿Cuánto tiempo tuvieron el bar los antiguos dueños?

—Y, diez años.

—Ah bueno, no era tanto– dije pensando en que yo había pasado siete años de mi vida encerrada en una institución jugando en el mismo patio, rayándome las rodillas sobre las mismas baldosas, escuchando las mismas campanadas para formar después del recreo.

—¡Sí, cómo que no! Yo conocía hasta a los hijos de esa gente.

—¿Y ahora, a qué bar van a ir?

—Hoy fuimos a La Gata, pero no nos gustó. Vemos si abren mañana.

Mi papá había almorzado sorrentinos en La Gata y estaba descompuesto. Yo me sentía defraudada por los antiguos dueños que me habían dicho con orgullo, que ése era el único bar (visitable) del barrio que quedaba y que no tenían que ser “notables” para conservarse.

Hubo un año en el que me la pasé haciendo notas sobre museos, centros culturales y entrevistando a archivistas, bibliotecarios y restauradores. Ellos hablaban de patrimonio, historia, memoria, conservación y tradición. Y yo, que estaba de su lado, me y les preguntaba por qué y para qué destinar esfuerzos en recuperar afiches de cine de películas que ya nadie iba a poder ver (porque se echaron a perder las cintas) o armar exposiciones con los juguetes de los años ´30, con los que nadie iba a jugar jamás. Ellos me respondían con hermosos palabreríos que concluían en “porque sí”. Dudaba, pero me parecía una labor no sólo sensata sino también necesaria. Desde ese año ya no junto cosas en mi casa que sé que puedo encontrar en otro lado. Y le saco fotos a todo.


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