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Diario del Bafici # 0.75

11 04 2006 - 12:16

Dice Schmidt once cosas:

1- Seremos breves como la música del grillo. Quintín, uno de los creadores de la revista El Amante, ex director durante cuatro versiones del BAFICI (hasta el mail con problemas ortográficos que le envió Gustavo López para despedirlo), ex árbitro de fútbol, licenciado en matemáticas, columnista habitual de TP y del diario Perfil, está entusiasmado como si estuviera empezando a vivir. Su tono de escritura, sin las notas de resentimiento propias de un país hecho por napolitanos vengativos, es hasta ahora de lo mejor que le pasó a este Festival que apenas está empezando y, de mantenerse, una buena noticia y un ejemplo para los gestores culturales argentinos. Es el tono de un hombre de estado, aunque algo así suene exagerado y más digno de otra escala de la vida nacional. Cuando el ejemplo no viene de arriba, algunos buscamos donde podemos. Esto nos pone felices a todos los hacedores de TP.
 
2- El BAFICI es un festival donde la política está en casi todos lados. Por empezar, en El acorazado Potemkin, La película política por excelencia, que se proyectará en copia restaurada en el Teatro Colón. Este sería el acontecimiento periodístico del Festival. Suena lindo. Suena loperfidiano. “¿Y si proyectamos los Hijos de Fierro contra los paredones de la ESMA y después soltamos palomas blancas”. Hay mil así, muchachos. Los estudiantes de publicidad hacen ejercicios de esto. Y la publicidad, como el ajedrez y como decía Chandler, es una de las formas más grandes de desperdiciar la inteligencia.

3- La política está en todos lados. Tipo como el sol, viste. Sin embargo, la política está fuera de la reflexión promedio del Festival y de su puesta en escena. Si el grupo Cine Liberación había hecho un logo con una cámara que podía ser una ametralladora; el logo mental parido por la cruza entre asistentes y elite organizadora bien podría ser un signo sin peso, rayitas de colores, algo sin materialidad, ni sexo, ni lucha de clases. Es un dibujito más de un nene de la Escuela del Sol.

4- No se sabe si el Festival acompaña al mercado, lo opone o lo complementa. Diríamos lo complementa. ¿Pero lo complementa de modo alternativo, o alterativo? ¿Es otra cosa o es una cosa incubada esperando su ansiada existencia oficial en las ligas mayores del capitalismo? Tiene todo el aspecto de lo segundo. Los intelectuales puestos a organizar el Bafici son, reducidamente dicho, pero no dicho sin seguridad, implementadores de una fiesta de diez días, matchmakers de la preindustria.

5- Buenos Aires, la ciudad jurídicamente organizada, prepara la distracción con una sabiduría que pocos privados podrían. Una trampa es que el BAFICI —éste y posiblemente todos los anteriores— es legitimado por la intervención estatal en un sobreentendido y malentendido secreto, mediante el cual cabe suponer que el estado cada tanto organiza un Operativo Dorrego, milicos y montoneros adolescentes haciendo casas para los inundados de Saladillo. Pero cada tanto es casi nunca. Es tanta la fe en que hay una reparación posible y esperable por parte del estado, todavía en la Argentina, que eso debe explicar que aún tanta gente vote, mucho más allá de la obligatoriedad.

6- Lo obligatorio es aquello que hay que hacer o que quiero hacer, o que necesito hacer o que no puedo dejar de hacer. En las familias del corredor norte, en aquellas donde el hijo artista almuerza con el hijo abogado, el BAFICI es algo obligatorio, la cita anual. La puesta al día, el ya está que subraya la posición de clase, de estrato. Las elites dirigentes del Festival bien podrían complicarles las cosas. Como en una terapia de esas que no son para entrenarte el ego puramente o como esos profes que no quieren que te claves en el centro de la curva de Gauss sino que la rompas, que seas el mejor que puedas ser.

7- Algo más del orden de la desesperación de la que hablábamos hace un año y que nos provoca el BAFICI es todo lo que se podría hacer con esa masa de pibes que corren de sala en sala batiendo récords. Son malentendidos secretos y personales y políticos. Uno quisiera que para ellos la cámara o sus anteojos se vuelvan armas, las armas que puedan para buscar y alcanzar la justicia social, la de Evita, la de Lenín o la de Yrigoyen, casi las tres nos conforman bastante, en comparación con lo que hay.

8- Entonces, cualquier movimiento ghettificante irrita sobremanera. La programación cultural son unos cursos que se hacen en Holanda todos los años, y tienen que ver con la conservación de lo existente y la propagación de lo nuevo que no suponga riesgos. Se promueve la invención, llegar a la gente, incorporarlos, como los psicopedagogos de los colegios privados.

9- Digamos que el grupo de tipos más hijos de puta del planeta se juntan para una reunión del G9 de los turros. Dicen “conservemos la tasa de rentabilidad en el catorce anual, donde esto no sea posible, hagámoslo posible”. Luego dedican dos minutos al caso argentino. Y diez segundos al BAFICI. Dicen “cien mil consumidores jóvenes argentinos van al bafici”. ¿El Bafici se hace o se cancela? Se hace, suponemos. Luego dicen: ¿manipulamos lo que se ve? Dicen no, no hace falta. Sienten seguridad en que, como están las cosas, no haría ninguna falta. ¿Por qué no les haría falta manipular la programación?

10- Me dicen que en España Cecilia Roth tiene mucho éxito, porque a los gallegos les calienta mucho escucharla decir “boludo” o “follar” con y. Qué calienta a quién y cómo es bastante cambiante, arbitrario y aleatorio. Acá la Roth calienta porque es importante en España y porque es como sinvergüenza y descarada, perdiendo la ternura siempre. El octavo Bafici abre con la película de Ulises Rosel, Sofá Cama, donde Roth tiene el papel principal. Roth sería como la tía joven de todos los pibes que van, vienen, al Bafici, la hermana joven de mamá, una tía que fuma porro y que se podría cojer a un cinéfilo de 23 años que está en la cola comprando entradas, y a la novia también, a los dos juntos. Y es esa su independencia. Es independiente de lo que opine el cura del barrio o el rabino, en su defecto o en su caso, del ángulo de apertura de sus piernas. La película que abre, con la estrella que abre, es la foto del festival, no la única pero la única que importa para los excluidos del BAFICI que lo miran por tevé. Es el BAFICI hablándole a la comunidad que leerá “Roth abre la muestra”. La de Fito, la de la tele, la de follar. Y que no leerá mucho más y no se tentará con mucho más. El resto es materia para los baficihabientes.
 
11- En el día 1, somos agradecidos baficihabientes. Diez días de gente linda, con grillas en las manos eligiendo y subrayando y jactándose. Es un terreno juvenil, adolescente en general. Gente que se inicia en la vida de los adultos, de la mano amable del cine y su gesta exhibidora y sus sobreentendidos de belleza y prosperidad.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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