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Gangsta Salvatrucha

26 09 2004 - 07:20

Y entonces, en medio de la bazofia de todos los días, una mañana uno se levanta y abre The New York Times mientras se prepara el café y se acuerda de por qué todo eso era parte de un estimulante ritual.

Después de leer la nota de Ginger Thompson sobre los gangs en América Central y Estados Unidos quedan dos preguntas de orden completamente distinto. Una es de qué se trata todo ese mundo ahí afuera que ya no transcurre en un lugar preciso, que por cierto carece del glamour del global world, y que se ha convertido en el driving force de mucho de lo que después hablamos a diario.

La otra es porqué los diarios son tan malos y negligentes pudiendo ser mucho mejor.

“As gangs members move, the gang culture moves with them,” dice la Thompson para contar luego la historia de unas 200 mil personas que desde los ‘80 transhuman entre Estados Unidos y América Central subidos a una cultura blindada en la que Mara 18 y Mara Salvatrucha importan más que Bush o Fox. También cuenta la historia que no queremos leer en clave argentina, justo el día en que Solá descubre que la droga “perfora” el conurbano: el heroico relato de la llegada a la presidencia de Honduras de Ricardo Maduro, el dueño de una cadena de supermercados que llegó al poder con las consignas de mano durísima, apoyado en las credenciales que le dio el asesinato de su único hijo en un intento de secuestro. Spooooky.

En los últimos años leí unos cuantos papers de sociólogos y antropólogos y afines sobre los gangs. Y debo decir que muy poco de sus centenares de páginas con sus notas al pie y referencias y grants y preocupaciones por no arruinar sus bellas carreras, llega a mostrar algo de la violenta desilusión que te queda pegada a las manos tras leer la nota de Thompson, sin ningún sobretono académico, ningún mohín americano, ningún modo periodístico (nobleza obliga, buena parte de los hallazgos de la nota sí se montan sobre el cúmulo de investigación de las últmas décadas).

La nota sería perfecta si el Times usara sus interactive features para algo más que para poner la voz de la periodista leyendo su propia nota.

Los jóvenes de El Salvador, Honduras y Guatemala se fueron a Los Angeles y DC huyendo de sus guerras civiles. Volvieron casi americanizados para volver a irse, huyendo esta vez del desplome de sus economías. No por mucho tiempo, porque al rato volvieron a volver, presionados por las nuevas leyes migratorias de Estados Unidos. Lo que ha quedado de ese trajín es una geografía completamente indescifrable y multidimensional, cargada de un hypertext indescrifrable desde la política; una zona de combate absolutamente real, con muertos y trincheras y ejércitos y jefes, hecha de un archipiélago de comunidades urbanas cuya comunicación es tan intensa y variada como ininteligible. Eso sin contar las guerrillas de Abidjan, que se visten de gangs de L.A. para combatir un eternamente renacido colonialismo francés; ni al funk de Rio de Janeiro que le pone ritmo a la tasa más alta del mundo de chicos combatientes en el mundo y a la economía ilegal más robusta del MERCOSUR. Ah, si Alberto Fernández supiera lo que dijo cuando dijo que la cumbia villera “promovía” el delito.

En el desconcierto estatal, Estados Unidos, que describe a los gangs como “domestic terrorism”, ha llegado al punto de desalentar las políticas de mano dura en América Central—porque su inmediata consecuencia es un reflujo de los gangs hacia norteamérica. “Now, with the extraordinary measures by Central American Governments driving them away, the rampage has come full circle. The sheer force of illegal immigration has made the Mara Salvatruchas and the 18th Street two of the fastest-growing gangs in the United States.”

En cualquier caso, alguien va a tener que ponerse a trabajar en serio para hacer de nuevo los mapas y dejarse de joder con que la gente vive donde uno dice que la gente vive. Como me dijo mi amigo Maliq cuando le pregunté si esta foto era de Lagos, “who knows, particularly as lagos is a virus spreading everywhere.”


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