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Ceremonias de iniciación

13 04 2006 - 00:58

I. El acto

Es extraño llegar al patio central del Abasto y verlo cercado con las cintas y postes cromados que se usan para marcar las colas en los bancos. Ordenadores de filas, llaman a estos artilugios los fabricantes. Hay un gran adentro delimitado por estas cintas, rodeado por el afuera de lo que queda más allá, pero el espacio no parece distinto. Hay personas de uno y otro lado. La demarcación parece sugerir que es mejor ser incluído que excluído, pero a los que están adentro se los ve apretados. Como si hubiera una gigantesca casita de cristal que los albergara, parece hacer más calor ahí dentro. Pero es el mismo espacio. Quizá este evento (me refiero al acto de inauguración) ponga de manifiesto, con un límite concreto, la naturaleza contradictoria del mismo patio, tan intangible en su condición de sitio exclusivo e inclusivo al mismo tiempo. Los guardias de seguridad que están en torno ejercen la disuasión para que uno no intente traspasar las cintas, sin embargo.

–La entrada es por el otro lado –dice el primer guardia que encuentro.

Con la sensación de asistir a la salvaguarda de algo inexistente, tengo que cruzar todo el patio para acceder al lugar que está al alcance de la mano, detrás del guardia.

Hay que hacer cola para entrar al Gran Corral. La cola es tan imprecisa como el beneficio de la inclusión. Dado que en el interior hay unas pocas sillas ocupadas quién sabe cuánto tiempo ha, permanecer parado fuera o dentro del cuadrilátero para asistir a un acto que consistirá en algunos discursos que se escucharán en derredor, no parece revestir una diferencia muy sustancial. Hago sin embargo la cola, preguntándome a qué vendrá todo esto. Alguien controla en el hueco de entrada al cuadrilátero que los que entramos portemos invitación, y la sensación repentina es la de estar muchos adultos, ahí, jugando a la fiesta.

Aún llegando tarde, la espera no perdona. Recorro el cuadrilátero entre cámaras y corrillos a las 20:35, cuando no hay novedades y el inicio programado era a las 20. Y no es tan significativa la espera, a no ser por un detalle: el acto, incluyendo presentaciones y discursos durará no más de quince minutos. Cierta dinámica pomposa de los actos, sin embargo, cubrirá los huecos de manera que lo que podría hacerse llevadero, informal y livianito, termine ocupándote dos horas de tu vida, cubiertas en su mayor parte por tiempos muertos. Enseguida explico por qué.

El director del festival entra y dice esto es prácticamente una formalidad porque el festival ya está inaugurado desde hoy al mediodía, y yo recuerdo la sensación que hubo una vez en casa, cuando papá cumplía 50 y mamá contrató un animador para la fiesta. El tipo, que era pelado, con barba candado y ojos de aplomo, entró diciendo con voz de animador señoras y señores, tengo que anunciarles que esto es un asalto, y te aseguro que durante dos segundos y medio se le frunció el culo a más de un invitado. Pero eso fue en los ochenta, todavía no se habían inventado las olas de inseguridad, y mamá zafó en ese entonces de algún proceso legal que hoy podría iniciarle un invitado receloso con motivo de disgusto agravado.

Dos cosas más dijo el director: una, que le habían advertido que el segundo festival es el más difícil y que él no lo creía por lo dificultoso que le resultó el primero, pero que tuvo que darle la razón a quien le advirtió: este festival fue mucho más difícil de organizar que el anterior, aunque no sabría explicar por qué, y espera que el resultado, que está a la vista, valga la pena, y acá la evocación va hacia mi tía María, la idische mame profesional de la familia (aunque nunca fue madre). Cada vez que te regalaba algo, decía ojalá que te guste, porque me costó un montón de dinehrro (tenía acento rumano). Si la cosa sale bien, se debe al empeño y a la inversión, puro mérito. Y si la cosa sale mal sos una víctima, sufriste tanto que no pudiste controlar, se te fue de las manos, fuiste bueno pero la vida es dura, qué le vamos a hacer.

La tercera y última cosa que dijo el director, fue una referencia al ciclo de Rosellini, y acá utilizó una fórmula que era lo que mejor había estudiado, y que se puede transcribir en forma de estrofa:

Un material didáctico
producido para la televisión pública
con una actitud política
frente al hecho cinematográfico.

Una actitud que, me parece, anima a este festival, dijo. Lógico, si hay sospechas (bien fundadas) de que el festival es cada vez más elitista, sentás precedente, fijás una posición en el discurso, declamás actitudes de Rosellini como propias, y mandás a los que no tengan plata al Rojas, a ver el ciclo con actitud política. Pero la elección de las películas (las que son de Rosellini y las que no) y de qué manera y dónde se las muestra también conlleva una actitud política, que seguro es diferente de la de Rosellini en su momento. Parece una aclaración obvia, pero de tan obvia quizá pase desapercibida: organizar una muestra de obras atravesadas por una actitud política suele ser la encarnación de una actitud política diferente, a menudo opuesta de la original.

Es el turno del jefe de gobierno recientemente asumido, que habla del Bafici como “una de las marcas identitarias más fuertes que tiene la ciudad de buenos aires”, que “si bien nadie es la patria ni nadie es la ciudad, el bafici es la ciudad de buenos aires”. Telerman no solamente usa trajes claros de hombros anchos, sino que además tiene siempre la cabeza un poco hundida entre los hombros. Cuando se conjuga ese gesto levemente encorvado con el de juntar las manos para dirigirse a una audiencia, uno se imagina que sería el villano perfecto. Está por definir al Bafici como metáfora de la ciudad:

Las propias características que tiene el bafici son una metáfora clara y precisa de lo que es, de lo que aspira a ser la Ciudad de Buenos Aires. Curiosa, que se mueve entre la innovación y la tradición, que escucha otros lenguajes, que escucha otras historias y las entiende, las busca, las disfruta, disfruta con lo otro, con lo que no es como uno, sabe que en esa diferencia existe la riqueza, que en esa diferencia está el aprendizaje y además, simultáneamente con eso, muestra orgullosamente lo propio:

Diez películas argentinas en competencia. Decenas que serán mostradas durante el festival, que nos hablan de eso de una ciudad que tiene muchísimas marcas para referirse a ellas como propias, pero que tiene en el bafici algo que la pinta como es: bella, diversa, brava, innovadora, para muchos, para pocos, y que encuentra en la diferencia su razón de ser.

El discurso de las diferencias en boca de Telerman me produce escalofríos. La enumeración como elementos dispares de para muchos y para pocos parece confundir diferencia cultural, diversidad, con diferencia de posibilidades de acceso a los medios de subsistencia, o ética con estética, como si la diferencia entre comer un choripán en un carrito de costanera sur o comer en la Parolacchia del Mare fuera simplemente una cuestión de gustos, de esa diversidad tan bien entendida, como si la elección de una u otra opción fuera intercambiable libremente. Guarda con el regodeo en las diferencias.

No se dijo más nada en el acto, salvo cuando lo presentaron a Ulises Rosell, que subió para desear que nos divirtiéramos con su película Sofá Cama, elegida como apertura del festival. Y a la salida del Gran Corral encontré la utilidad de tantos ordenadores de filas: a los que habíamos estado adentro y salíamos, nos repartían las entradas para la función inaugural. Apuesto a que aún sin demarcaciones, no hubieran sido menos las entradas que los interesados.

De a poco, sin mucho ruido, abandonamos el simulacro de hacer como si fuéramos invitados a un recinto que es pura demarcación.

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II. La apertura

Recibo la entrada de cine al salir del acto, me dirijo puntillosamente a la sala en cuestión y me dispongo a ver la película. En ese momento me doy cuenta de que son las nueve y la función está programada para las diez.

Las posibilidades no son muchas (sacando que uno desista y se vaya, pero eso es empezar derrotado): salir a consumir o quedarse sentado. Elijo quedarme (que ni siquiera tengo hambre) a hacer un inventario de actividades presenciadas. Comer nachos parece ser la principal, y percibo al mismo tiempo cierto comportamiento recurrente: los chicos que vienen con su bandeja de nachos se sientan, y al sentarse producen una nube de nachos que se elevan por encima de sus cabezas y vuelven a aterrizar, casi todos nuevamente en la bandeja correspondiente. Ahí, al ver tantas caídas bruscas, relaciono el vuelo de los nachos con mis asentaderas (a esta altura ya cambié tres veces de asiento) para llegar a una conclusión: los asientos del Hoyts ya no están como hace ocho años. Quizá no se note demasiado, pero ojo que la decadencia de los cines empieza por los asientos sin mantenimiento adecuado. Se me ocurrió pensar ¿qué vendrá después de los complejos tipo Hoyts o Village?

El tiempo pasa más despacio que nunca en esta espera, y a esto me refería cuando hablaba de perder dos horas de vida aún cuando el acto se restrinje a su mínima expresión. Se alternan los carteles estáticos en la pantalla, con la sala en penumbras. Creo que todos nos dormimos un rato, y los nachos se elevan y caen al ritmo de los ronquidos.

Vamos a ver por primera vez la presentación del festival, cuchicheamos casi todos con un poco de ansiedad. ¿Cómo serán las imágenes que se repitan una y otra vez al comienzo de cada función? Cuando la oscuridad nos despierte de la siesta, lo sabremos.

Arrancamos con propagandas que son casi todas de empresas de “la industria”, pero el boom son un par de cortos realizados por Clarín. En el momento pasa todo demasiado rápido como para procesarlo, pero a esta altura ya los vi algunas veces.

Cada corto dura cinco segundos, lo suficiente para mostrar un plano y un par de voces en off.

Suena un teléfono mientras vemos un rancho por fuera

– ¡No atiendas,eh!
– No pasa nada

Una explosión hace volar el rancho por los aires. Los títulos del corto dicen:

Elenco
Alejo García
Mario Costales

En memoria de
Alejo García
Mario Costales

Y al final el slogan

Clarín te invita a ver un cine hecho a pulmón.

Yo tengo la esperanza de que la irrupción de Clarín en el auspicio del festival no sea una metáfora de nada. Muchos pibes se ríen. Uno que está atrás comenta con otro:

– Lo mejor es la música

Hay luego otro corto igual con un camión que embiste a otro, y el impacto es tan fuerte (y el verdadero corto institucional del Bafici tan débil) que por un momento no se sabe bien cuál es el aviso institucional.

Nos disponemos entonces a ver Sofá Cama, película argentina que abre el festival. Ulises Rosell se quedó a cenar en el patio de comidas, pero me enteré de esto después.

Por algún mecanismo que Schmidt declara inconsciente, en su primer texto de cobertura de este festival anticipó la historia de la película, sólo que atribuyéndole a Cecilia Roth el papel equivocado. Una mamá separada, que es Cecilia, tiene tres hijos, se dedica a hacer artesanías y es una boluda. Como se dedica a hacer artesanías, habla mucho de la energía, está siempre despistada, dice que el cuerpo se organiza para encontrar lo que uno perdió y repite cosas como “es la vida misma”. Los hijos son: un nene inocente, un adolescente que es un boludo y está caliente (se le dice que está “en la edad del pavo”) y otro adolescente que parece estar de vuelta, aunque no se sabe de qué. Completa el cuadro María Fernanda Callejón, que hace de mina que está para cojérsela, se hizo amiga de Cecilia no se sabe cómo, se separó de su novio tampoco se sabe cómo, y está viviendo de prestado en la casa de la familia que –sospecho– hace de familia disfuncional. El pibe del medio, que hace su papel de adolescente como si fuera un hijo de Eduardo Blanco, se esfuerza todo el tiempo por quedar como un boludo, porque los adolescentes son boludos. Como parte de su estado hormonal, fantasea con acostarse con la amiga de mamá, pero mamá además de boluda es castradora y la amiga tampoco parece darle pelota al nene. Pero al final la amiga se va a vivir a otro lado, el nene la visita y lo logra, no se sabe si por una cuestión de perseverancia, de liberación de la figura materna o de conmiseración por parte de la amiga de mamá. Parece más bien esto último: una especie de yiranta que se apiada de un chico regalándole un polvo, porque total no te cuesta nada, dale, un poquito solamente.

A la salida encontré a algún cineasta dispuesto a rescatar lo que la película tuviera de valioso, y entonces pienso una vez más en lo fácil que es destrozar una película sin saber todo el trabajo que costó hacerla. Más tarde escucharé en la fila de atrás de otra función a un par de críticos echar pestes de esta película: que no hay ninguna historia, que los personajes son entelequias, que los estereotipos. Tanto las defensas como los ataques que escucho son bastante aburridos, pero no tengo dudas de que, como presentación del festival, Sofá cama te deja bien triste, sin muchas cosas que decir, ni que pensar, sin ganas de reirte ni de llorar ni de saltar ni de cantar, sino apenas de ver si afuera se consigue una bocanada de aire.

Caigo en la cuenta, sin embargo, de que la película cuenta (de manera banal) una ceremonia de iniciación. Otra más, en la misma noche, y también de favor.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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