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El Bombero

13 04 2006 - 02:26

Ilustración: Miranda Raffo

Un bombero, morocho y morrudo, cumplía funciones “de seguridad”.

“Vos pasás, vos no, a ver permitime, por favor.”

Muchos jóvenes formales, informales, y de los otros, capaces de combinar el cuero con el algodón o llevar un morral rústico con camisa, se acercaban al Patio El Zorzal del Shopping Abasto.

—¿Acá venden entradas?, le preguntó un formal al vigilante de ocasión.

—No, creo que no. Pregúntale al pelado de camisa verde, que es de prensa.

—Sebas me pregunta que qué festival— le dijo un informal, burlón, a sus amigos, cortando la comunicación y distrayendo al bombero que tuvo que gritar “¡Señora, señora!”, cuando una mujer vieja como una bandera de ceremonias y con cara de paleta de colores, pasó por debajo de las cintas que formaban carriles Pacman, demostrando una elasticidad insospechada. “¡Si salí recién yo. Ya entré antes, ¿no ve?!”, le contestó ofendida, indicando su invitación.

El ejercicio de patovica no le impedía al bombero ser amable, simpático.

“Buenas noches señor, qué tal.”

“Cómo no, ya le averiguo.”

Era la justa antítesis de los guardias de seguridad, serios por el presunto poder, por el “Quiero ver la invitación”. El bombero admitía no tener mucha idea de nada, no poder distinguir entre los actores y los no actores.

—¿Hay muchos actores, gente conocida?

—Sí, hay muchos, gente que trabaja en cine, en teatro. ¿Ve a ese hombre canoso de traje azul?, es Pino Solanas, un director muy conocido.

—Recién estaba hablando con otra chica, dicen que son gente sin recursos, así, sin…

—¿Independientes?

—Algo así. Ahora yo te digo, lo único que sé es la orden que tengo de dejar pasar a los de prensa y a los invitados que creo que son del ambiente. Y vos, ¿en qué película trabajaste?

—Eh, ¿yo?, ¡en ninguna!

Seguía pasando gente bajo los criterios de admisión establecidos, circulando por ese camino que, a las ocho y media de la noche, ya era una fila del banco de Galicia, zigzagueante y de tramos muy largos.

El acto empezó a las nueve menos cuarto. No había una anticipación evidente, un “a ver qué van a decir de interesante” (ni antes ni durante su desarrollo). Telerman, el del minidiscurso más largo y de mayor densidad conceptual, volvió una vez más a destacar el hecho de que “Esta actividad es tan importante que ya se constituyó en una marca identitaria porteña”. El motivo de orgullo, y los 8 años, y lo demás (como el fenómeno cultural/turístico propiciado por el festival y las políticas culturales sostenidas que le dan marco). Mejor leer todo esto en bafici.gov.ar. A diez minutos del inicio, los gestores de Sofacama, con Ulises Rosell a la cabeza, culminaban el compromiso pidiendo más espacio (para el cine nacional) en la pantalla argentina.

Por suerte las formalidades de pésima acústica fueron breves, coincidían los estudiantes de comunicación de la U.B.A.. Eran muchísimos (sobre todo mujeres, como sucede en la carrera), y estaban en la entrada, hablando con el bombero, hermanados en una atmósfera de confianza de viaje en taxi, pegados a las vallas de tela negra ABASTO Buenos Aires (que delimitaban, en los laterales de la superficie, ese cuadrado que quintuplicaba el espacio concedido a los asientos y que era desproporcionado respecto al escenario mínimo, también negro y con el logo del festival), con anotador y birome, jugando al periodismo, perfilando una crónica para gráfica, con Marcelo Grosman seduciéndolos, hablando por celular, con la mano en el bolsillo de un pantalón de un traje impecable, canchero, acercándose más, más. El tipo se moría por decirles “Pregúntenme lo que quieran”, pero ellos no se animaron.

A las diez, cuando ya se habían desarmado las vallas, las chicas Clarín, promotoras simpatiquísimas, seguían en la repartija del “diario de las recomendaciones”. Un pibe de veinte años, despeinado, les preguntó qué era todo eso, festival de qué, si había teatro y si regalaban las entradas. Las chicas no pudieron más, sus risas poco a poco desencajaron tanto como un chiste que hace gracia sólo al que lo cuenta, y hasta por ahí nomás. Más tarde se dijeron: “¡Estaba fumando! ¿cierto que no se puede?”. De haber visto a los varios que lo hicieron, como Carlos Moreno, por ejemplo, hubieran caído como fichas de un dominó humano y carnoso.

Los momentos previos a la proyección de Sofacama iban del sosiego similar al de un feriado en Buenos Aires, con poco ruido, al nerviosismo de una entrega de diplomas en el colegio secundario. Noteros, muchos noteros, haciendo preguntas bobas del tipo qué expectativas se tienen, y los estudiantes (las estudiantes), inmersas en esa mixtura de celebrities locales, presa de un chochulismo irrefrenable. Debo confesar: yo estaba ahí como opositora. Decir que no le creo nada a Cecilia Roth, cuando actúa, casi me vale el destierro:

—No me gusta, no sé. No me parece ¡guau, qué actriz!

—¡Noooo!, cualquieeera. Yo quiero ir a decirle que la amo.

“A mí hablame de incendios, de líos, de desastres, pero de ésto…” dijo el bombero cuando la gente se dispersaba. Se sentiría mejor si supiera que, cuando a aquellas se les pasó un poco, le fueron a preguntar al “pelado de camisa verde”, como él lo había definido, si sabía cómo se llamaba el tipo que habló después de Ulises Rosell. “Ni idea, me mataste”. Media vuelta y la tarea organizativa me llama.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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