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Diario del Bafici # 3

13 04 2006 - 19:37

Un día largo el jueves Santo. Y todavía no se termina. F y Q partieron tempraneros y a pie para el Abasto. Allí se encontraron con que, de las entradas que habían solicitado en la oficina de prensa, faltaban la de una función importante: la del dúo Kawase / Kossakovsky, aquellos bandoneonistas de Troilo. Además, solo se enteraron de esto cuando ya era demasiado tarde para comprar entradas, ya que empezaba la función de prensa de Reflections, del asistente de Hou Hsiao Hsien, en competencia. Diego Brodersen la definió después como un HHH sub 18. En realidad, es menos que eso: adolescentes lesbianas enfocadas con una cámara glamorosa, de magazine de modas (la chicas se dedican a algo así). La verdadera diferencia con HHH es, en realidad, que las películas del maestro están atravesadas secretamente por la Historia, sin la cual solo quedan momentos de fulgor estético a cargo de las actrices y el director de fotografía, como ocurre aquí. De todos modos, F y Q no se quedaron para comprobar su hipótesis. Empezaba la película de Pere Portabella, el gran descubrimiento de Q del miércoles, que ya parece hace un año.

Pere no defraudó. Primero un corto, Miró l’altre, donde se lo ve al mismísimo Joan enchastrar de negro un mural que él mismo había pintado en las calles de Barcelona. Suena una música burlona, una combinación de voces que se van haciendo cada vez más agudas e insoportables hasta el paroxismo de la destrucción pictórica y musical. Después vino el plato fuerte, Umbracle, película de 1972, con Christopher Lee de protagonista. Protagonista de una parte, en realidad. En las otras aparece un dirigente comunista explicando la transición de la censura en España del falangismo al Opus Dei, una danza de pollos muertos, fragmentos de cómicos americanos mudos (Chaplin, Keaton, Lloyd, Laurel y Hardy), un dúo de payasos en el teatro, una película franquista de un kitsch espectacular y alguna otra cosita. Ayer, mientras Q miraba Nocturno 29 se le ocurrió, de pronto, que esa película suntuosa (y ascética al mismo tiempo), que por su contenido no podría ser nunca proyectada en la España de su época, había sido dirigida por un millonario que había materializado así aquel famoso sueño de la película con recursos infinitos. Hay algo en el cine de Portabella, especialmente la resistencia al corte y a la síntesis que proviene de una especial calma que, en la literatura, puede ser un elemento de la psicología del escritor pero, en el cine, solo puede provenir del dinero. El pensamiento era acertado, según lo confirmó hoy Javier Porta Fouz, programador del Bafici, que además nos dio una noticia inesperada: Portabella está vivito y coleando y es multimillonario o mejor para él, hijo de multimillonario. Pero es necesario volver a Christopher Lee, que en Umbracle se pasea por las calles de una tenebrosa Barcelona (el actor de Drácula es una metáfora elocuente de las tinieblas franquistas) y practica el fetichismo, pero no solo eso: canta en alemán y en francés y recita El cuervo de Poe. La sospecha que uno tiene es que la colaboración entre Portabella y Lee es una masonería entre aristócratas. A F todo bien, pero le daba miedo que el conde sacara a relucir sus colmillos.


Umbracle.

Hablando de cosas siniestras, habría que volver a la campaña del Clarín que Brener describió en su crónica, la de los actores muertos y el eslogan del “cine hecho a pulmón”. Como tantas otros desatinos que los publicitarios cometen (no solo aquí) cuando tienen que referirse al cine, el engendro de mal gusto de Clarín encubre el rencor y el sentimiento de inferioridad que los publicitarios sienten ante ese medio, rencor que los lleva a matar y violar el cine cuando finalmente hacen películas, ya sean comerciales o largometrajes. Solo alguien que odia verdaderamente el cine independiente puede haber ideado esa campaña obscena, a la que Gustavo Noriega, en el site de El Amante, le augura merecidos chiflidos a partir del tercer día. Es hora de empezar con el repudio. Si faltaba alguna prueba de que esa gente está desequilibrada, se la encuentra en el hall del Abasto, donde se exhibe un frasco que contiene un pulmón. Sí, es verdad, un pulmón al lado de una pizarra con el eslogan.


La instalación de Clarín.

Eufóricos con Portabella pero preocupados porque no tenían entradas para Kawase/Kossakovsky, F y Q se encontraron con La Gringa, miembro canadiense del jurado argentino. La Gringa, crítica y políglota, habla castellano con acento germánico, como en una película doblada. Es un equivalente rumano del profesor Cousteau, tal vez parecida a la abuela de Brener o a Tomás Abraham (y no dejen de ver La muerte del Sr. Lazarescu). Al rato, se integraron el Agente Diplomático F001 y la Flor Lilácea.

Esta última, tuvo que soportar a Q despotricando contra el BAL y su responsable, la Bruja de Orange, por haber convertido lo que era un proyecto para financiar películas realmente independientes y de bajo presupuesto en un mercado persa abierto a cualquier tipo de proyectos comerciales y seudo artísticos. A pesar de eso, en un gesto que la honra, la Flor Lilácea llamó a Virginia Petrozzino, productora general del festival, y le contó de nuestras dificultades con las entradas. Unos minutos más tarde, Petrozzino se acercó a la mesa luciendo una amplia sonrisa y munida de la credencial de color mágico, la que permite entrar a todas partes (ver diario 1) de la cual hizo entrega a F y Q. El histórico momento quedó registrado para la posteridad. No hay felicidad comparable para un festivalero, en cualquier parte del planeta, que tener carta blanca, en este caso negra.

Pavoneándose con su recientemente adquirida varita mágica, F y Q la blandieron frente al primer control en las escaleras del Hoyts. El efecto se desvaneció allí. “No pueden pasar”, les dijeron así nomás. Se generó una discusión sobre las propiedades del famoso objeto: que si servía, que si no servía, que la productora general, que hay mucha gente. En fin, pasaron, pero ya no como semidioses y por culpa de la demora se tuvieron que sentar en la última fila.

Si algo faltaba para confirmar el carácter multitudinario del Bafici, es que se agotaron las dos funciones de El acorazado Potemkin en el Colón. Pero también que para ver a Kawase/Kossakovsky, hubiera gente sentada en las escaleras. La función tan esperada resultó bastante decepcionante, aunque impecablemente elegida como pareja. Naomi Kawase, en Shadow, filma a un hombre que filma a una mujer mientras le comunica que es su padre y que está a punto de morir. Kossakovsky filma a Svyato, su hijo, enfrentándose por primera vez con un espejo. El dispositivo es misterioso en ambos casos, dramático el primero; juguetón, el segundo. Pero ambos tienen un problema. El primero hace dudar sobre la legitimidad de esa segunda cámara; en cuanto al segundo, F apela a sus apolillados conocimientos de pedagogía y lo califica de experimento piagetiano. Q, en cambio, le ve un no sé qué de trucho. Sin embargo, ambas películas son la mar de elegantes.

F cantó basta por hoy pero el Infatigable Q se dirigió a la sala contigua donde daban My Ain Folk de Bill Douglas, un director escocés ampliamente recomendado por Jorge García, Alejandro Ricagno y Mercedes Alvarez, ganadora del 7mo. Bafici con El cielo gira, a su vez influida (la recomendación en este caso) por José Luis Guerín. Sin embargo, algo le empezó a oler a quemado a Q cuando un papanatas británico, al que nadie presentó, introdujo la película. El pelado, que aparentemente fue el productor de la película en 1973, se dedicó a decir que el tal Douglas era un tipo difícil (quiso decir un loco de mierda) y a darse corte con que si no fuera por él, Douglas nunca hubiera terminado el film. Q se preguntó después si era bueno que la crisis durante el rodaje que el pelado describió se hubiera resuelto favorablemente, ya que My Ain Folk es de esas películas que parecen hechas para asustar a los chicos: “si no se portan bien los mandamos a vivir con la familia que se muestra en la pantalla”. La familia consta de una serie de personajes espantosos, feos, sucios y malos que torturan a los niños y viven en la sordidez más truculenta. Solo la enorme solemnidad del cine británico impide que tanto el director como los espectadores adviertan que están frente a un dispositivo cómico porque los excesos son feroces y a ellos hay que agregarles el esteticismo, el hieratismo y la composición obsesiva y rebuscada de cada cuadro. Sí, es cierto: lo de Douglas es original y cuidado, pero el cine debería haber dado un paso posterior a Dickens. Alquien justificó la película diciendo que se trataba de la autobiografía de Douglas. ¿Y?


Un lector de Sin Aliento.

Luego de escrita la crónica, el Infatigable Q partirá hacia el Abasto para ver O bandido da luz vermelha de Rogério Sganzerla. Y mañana habrá una sesión gigante de Portabella: a las 10.15 función de prensa con dos cortos más Vampir y a las 12.30, Informe general sobre algunas cuestiones de interés para una proyección pública, que dura tres horas. Y luego, el debut con Peter Watkins, al que Luciano Monteagudo viene siguiendo y del que recomienda muy enfáticamente Culloden y Punishment Park.

¿Sobrevivirá Q? ¿Se podrá reparar la varita mágica? Las respuestas a estos y otros interrogantes en la próxima edición. Y un comentario final: no hay opción más alienada que la vida en la burbuja del Bafici. Pero la otra alternativa es la realidad.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 14
Diario del Bafici # 13
Diario del Bafici # 12
Diario del Bafici # 11.3
Diario del Bafici # 11.2
Diario del Bafici # 11
Diario del Bafici # 10
Diario del Bafici # 9
Diario del Bafici # 8
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