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Diario del Bafici # 4

14 04 2006 - 22:56

El viernes fue el día en el que Q se estresó y F se borró (de puro estresada). A la mañana, F se sintió mal, y decidió no concurrir a la primera película de la mañana. Después se siguió sintiendo mal y no concurrió a la segunda. Así fue como Q hizo el doblete Portabella sin compañía. Bueno, más o menos sin compañía porque a esta altura hay una pequeña banda Portabellista cada día más fanática. Y no es para menos: sin ningún lugar a dudas, la retrospectiva de Portabella es el mayor logro del programa del Bafici, y un hecho cultural singularmente importante. Antes de la segunda función del día, apareció el curador Marcelo Expósito, que además de una instructiva presentación confirmó que fuera de una exhibición en Barcelona, nunca hubo una muestra de Portabella en ninguna parte del mundo. Es muy raro que exista un cineasta genial del que el mundo tiene poca noticia o, al menos, no la tiene desde hace mucho tiempo, ya que es de esos directores que deberían figurar en todas las historias del cine.

Lo de hoy fue abrumador. Primero dos cortos, Acció Santos y Play-Back con el músico Carles Santos, autor de las bandas de sonido del director tocando el piano primero y dirigiendo un coro después, un coro de gente que canta parada en una especie de catacumba y va acelerando el ritmo. Filippelli dijo una frase célebre: “Es como los Straub pero gracioso.” Y luego dos largos: Vampir, acaso la película más clásica de Portabella, una absoluta obra maestra que parte de un Drácula dirigido por Jesús Franco y, con la excusa de una especie de making of, hace una versión muda y en blanco y negro de Drácula, en el que se mezcla la ficción y el documental, las escenas de vampirismo con aquellas en las que Christopher Lee se saca los colmillos o las actrices guiñan el ojo a cámara sin solución de continuidad. Vampir, que por supuesto remite a Nosferatu, a Welles (la claqueta de la película es la de El proceso) y a toda la historia del cine es una especie de operación inversa de la que hiciera Gus van Sant con Psicosis de Hitchcock, agregándoles color y destruyéndola. Portabella vampiriza al vampiro (la idea es de Luciano Monteagudo), sacándole el color, el cinemascope, el maquillaje y dejando la pura esencia del cine. Anuncio: todas las películas de Portabella vuelven a pasar y si usted se las pierde nunca ingresará al paraíso del cinéfilo. Y además es un tonto y se le caerá el pelo de todo del cuerpo.


Luciano Monteagudo

Si Vampir es el mejor making of de todos los tiempos, la segunda película, Informe general sobre algunas cuestiones de interés para una cuestión pública, es la mejor documental político de la historia. Filmada en 1976, un año después de la muerte de Franco y antes de las primeras elecciones en España, el film se propone como una presentación en sociedad de los políticos antifranquistas españoles (desde trotskistas hasta monárquicos), y de la discusión de los grandes temas de aquel momento con vistas al futuro del país en democracia: el desmantelamiento del régimen, las libertades civiles, la continuidad de la monarquía, el sistema económico, el ingreso en Europa, los sindicatos, las autonomías regionales. El film muestra algo que no se vio nunca: a los jefes políticos de un país discutiendo estos temas para la cámara, pero no con afán proselitista sino como revelación de la trastienda de lo que llevaría al pacto de la Moncloa un año más tarde. Para el espectador argentino es muy raro ver a los políticos discutiendo como estadistas, con el bien del país como objetivo común. Es muy raro de verdad. Portabella toma cada tema por separado y a cada uno le encuentra una puesta en escena diferente, que de paso da cuenta de la situación social de los participantes: en una oficina pequeñoburguesa Felipe González alecciona a sus colegas socialistas. En un hotel de lujo, Jordi Pujol explica la transición catalana. En un departamento proletario se reúnen los sindicalistas. Hay momentos cumbres como la reconstrucción de la recorrida del último fusilado del franquismo (antes de Shoah) y hasta un final de comedia con el conde de Barcelona que afirma que sus convicciones monárquicas nada tienen que ver con sus lazos familiares, que corta a un gran finale de Monserrat Caballé en la Opera. Alguien dijo que era como La hora de los hornos pero sin propaganda ni adoctrinamiento. Lo notable es lo clarividente que resulta la película como anticipo del futuro. Felipe González tiene clarísimo lo que va a ocurrir y sabe que ocupará el poder más temprano que tarde. Se lo ve joven, brillante, optimista. Se ve también que su clarividencia es táctica y que esa habilidad táctica será su límite como estadista. En la vereda de enfrente, Pujol ya es el gran líder nacionalista de Cataluña. Pero la gran revelación es Santiago Carrillo, el veterano líder comunista, al que Q tenía como un anquilosado estalinista. A la salida, se encontró coincidiendo con Beatriz Sarlo en un punto de lo más sorpresivo. A ambos, el discurso utópico de Carrillo que preveía que el conformismo socialdemócrata no sería nunca suficiente los había terminado emocionando porque, además, Carrillo demuestra prever que el pragmático PSOE terminará barriendo al resto de la izquierda española tal vez inútilmente. Q se da cuenta perfectamente de que es cosa de dinosaurios ponerse a hablar de estos temas, pero la película de Portabella es tan buena que les da vida y actualidad. Y ya saben, vean a Portabella porque si no tendrán pesadillas con Bill Douglas.


El Abasto desde el Abasto.

A la salida, Q estaba tan eufórico y excitado que protagonizó una serie de bloopers vergonzosos, dignos de Mr Bean. Todo empezó cuando revisó su portafolio y se dio cuenta de que había perdido el celular. Recordando que el celular había sonado cuando estaba en el cine y lo sacó para apagarlo (eso le ocurre en cada función), lo dejó a Brener esperando y volvió corriendo a la sala. Allí, durante 15 minutos, y ayudado por 3 empleados, buscó infructuosamente el teléfono. Al volver resignado y tocando el portafolio se dio cuenta de que el teléfono estaba allí, pero inaccesible, como cuando el forro está descosido. Empezó entonces a buscar el agujero y, como no lo lograba, le pidió ayuda a Brener que tras un instante de inspección se dio cuenta de que el teléfono estaba en un compartimiento al que se accedía abriendo un cierre que Q nunca había visto. Apareció entonces Schmidt y propuso ir al patio de comidas a grabar un podcast con Brener y Q. Pero en eso llegó Sergio Criscolo, ex periodista devenido cineasta tras una estadía en Barcelona (tiene una película en el festival, El exterior) y le dijo a Brener que tenía una entrada para ver Longing. Q y S perdieron entonces a Brener y se dirigieron hacia las mesas del Abasto previa adquisición de parte de Q de un menjunje japonés o chino feo y quemado. Al llegar a la mesa, Q se dio cuenta de que había perdido el celular y esta vez no quedaba ningún compartimiento secreto por revisar. Corrió entonces hacia el lugar del anterior hallazgo y, gran noticia, había sido rescatado por las chicas de la sala de prensa en la baranda que queda enfrente de la oficina. F sugiere que, de ahora en adelante, Q se cuelgue el celular como un cencerro junto con los anteojos, la billetera y las llaves. Y que luego se interne en un psiquiátrico.

F y Q se encontraron un rato más tarde en la puerta de la Alianza Francesa para ver dos cortos y un mediometraje de Peter Watkins. La sala de la Alianza no puede ser más incómoda: calurosa, sin espacio para las piernas y butacas difíciles. Al rato de empezar el primer corto, un alegato antibélico con la Primera Guerra como fondo, F decidió que había cumplido sus diez minutos de cine del día y no resistió el tema ni el lugar. Se mandó a mudar y no volvió a aparecer por el resto de la jornada (y después dice que Q está chiflado). Q se quedó para el segundo corto, un alegato contra la invasión soviética a Hungría y para el tercero, un alegato contra la guerra atómica, el famoso The War Game, donde se simula que una guerra termonuclear ha afectado a Inglaterra y se dramatizan sus consecuencias. Watkins es recomendado por gente confiable, pero Q decidió que no quería ver una sola película británica más en la que se imaginara que un ejército de maquilladores y utileros se dedican a hacer que la cara y la ropa de los personajes estén sucios. Los cortos de Watkins son elocuentes pero tan manipuladores como los de Michael Moore y tan machacones, a pesar de que defienden una causa noble.

A la salida, Q se encontró con el dúo santafecino más mentado, Raúl Beceyro y Marilyn Contardi y se fueron a tomar un café. Allí tuvieron una áspera discusión. Beceyro le dijo a Q: “¿A quién se le ocurre vivir en San Clemente?” y Q respondió: “Y a quién se le ocurre vivir en Colastiné Norte?” Después de prometerse recíprocamente que se invitarían al siempre prometido y siempre postergado asado, se pusieron de acuerdo hablando un rato mal de Kirchner y de los intelectuales obsecuentes que disimulan sus tropelías. Contardi y Beceyro tampoco se entusiasmaron demasiado con lo de Watkins que sí satisfizo a la nutrida concurrencia.


Beceyro y Contardi

Para terminar el día, otra película de la sección “Latinos malditos” curada por el Lobo Feroz y de la cual se siente muy orgulloso. La de Sganzerla le da motivos para tal sentimiento. Recodo de purgatorio es otra cosa. Más precisamente, esta cosa: un hombre joven llega a un hotel munido de un tocadiscos, un disco de Marlene Dietrich y tres frascos de somníferos. Escucha las canciones mientras ingiere las pastillas y se va quedando dormido. Así sueña que llegan a la habitación el rector del seminario en el que estudió para cura, la madre, el padre, su maestro de escuela, su instructor en el ejército y otros personajes. Todos lo violan usando distintos agujeros y variantes. El joven despierta en un hospital y cuando su esposa se retira aparece el cura del sueño con las mismas intenciones. El actor es el realizador, José Estrada, por entonces estudiante de una escuela de cine mexicana que produjo la película en 1975. Una audacia notable. La película está muy bien filmada, es una aguda crítica a la burguesía mexicana y un regodeo con sus códigos, algo muy parecido a lo que Carlos Reygadas haría 30 años después en Japón y Batalla en el cielo. La película es acaso el ejercicio de estudiante más notable del continente pero no deja de ser una estudiantina.

Mañana, cuando Q terminó el día se dio cuenta de que su sistema metabólico necesita una película posterior a 2005. Así que, para mañana, propone Glue y Lucy para complementar el último Portabella, Pont de Varsovia que se anuncia como su film más controvertido. Y ahora un merecido descanso.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 14
Diario del Bafici # 13
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