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Diario del Bafici # 5

15 04 2006 - 22:31

F y Q llegan a la noche tarde y se disponen a recapitular el día, que terminó en una larga tertulia con Brodersen y Filippelli (whisky de por medio) después de una larga tertulia (café de por medio) con los antes nombrados más Brener, Panozzo, Alonso, Martínez Rivero, Bernárdez, Contardi, Monteagudo después de nuestro Portabella del día.

La jornada había empezado bajo malos auspicios. No tanto para F que se quedó durmiendo, como para Q que fue a ver la función de prensa de Glue, película de la competencia argentina de Alexis dos Santos. Como aperitivo se proyectó un cortometraje con declaraciones (anodinas y convencionales) de Enrique Bellande que, según parece, es parte de una serie de entrevistas a jóvenes cineastas locales que produjo la empresa de Román Lejtman. Q estaba alucinado. Hace algunos años, cuando dirigía el festival, lo vinieron a ver el propio Bellande, Rodrigo Moreno y Ariel Rotter en representación del PCI, una agrupación de realizadores del llamado nuevo cine argentino. Le propusieron que antes de cada función apareciera en la pantalla el logo del PCI. Q dijo que le parecía muy bien que la asociación se hiciera propaganda y apoyara, de paso, al festival y aunque él no manejaba el tema de los sponsors, calculaba que esa presencia institucional le costaría a los directores unos 100.000 pesos. La conversación terminó abruptamente. Es raro comprobar como, años más tarde, la propuesta se invierte y es la ciudad la que paga para promocionar a algunos cineastas. La entrevista a Bellande (no conocemos las otras) no tiene ningún interés artístico ni periodístico, es puro marketing. Y Román Lejtman no es precisamente un abanderado del cine independiente.


Panozzo y Filipelli

Glue resultó un fiasco. Peor, una película bastante deshonesta, en la que el argumento disimula hipócritamente los deseos de la cámara. Esta persigue los cuerpos de dos jóvenes adolescentes con inocultable homoerotismo. Pero la anunciada iniciación sexual del protagonista con su amigo se ve distraída por la aparición de una chica y por una serie de elipsis que diluyen los momentos íntimos en resoluciones ambiguas, como si el realizador apuntara a una película pasteurizada y para un público amplio. A tal punto llega la decisión de aligerarla que, hacia el final, se incluye una extemporánea reconciliación familiar, que pasa por un viaje en avioneta y un campamento a orillas de un lago. Es un film de explotación, una especie de Larry Clark pornosoft, sin siquiera la rebeldía de los personajes del americano frente a los mayores. Al llegar los títulos, Brener, que se aburría junto a Q, se sorprendió al ver un cartel que decía que los actores habían improvisado la película, como si, por ejemplo, la escena en la que los dos varones y la chica se besan y se acarician en un baño de hombres fuera una idea de ellos y no del director.

A la salida, Q se dio cuenta de que había perdido la campera. Pero con lo del celular de ayer el lector tuvo bastante de Mr Bean, así que no entraremos en detalles. Luego la recuperó.

La tarde trajo la última película de Portabella, Pont de Varsovia, filmada en 1989. En su película anterior, Informe general… el director expresaba su optimismo por la llegada de la democracia a la España posfranquista. Dentro de ese optimismo, jugaba un papel fundamental la presencia del arte como símbolo e impulso de libertad en el centro de la reflexión política. Trece años después, esa ilusión se ha desvanecido y Portabella comienza el film narrando la entrega de un premio literario donde se muestra que el arte se ha transformado definitivamente en mercancía en una sociedad frívola y aburguesada, en la que no hay diferencias entre los discursos del comercio, de la ciencia o de la política. Allí se produce un diálogo en el que el ganador del premio, ante una periodista que le pide que le resuma su novela en pocas palabras, le responde que si se tratara de cine podría hacerlo, pero dado que se trata se un libro, sólo se puede conocerlo leyéndolo. La novela en cuestión se llama Pont de Varsovia, pero cuando se pronuncia la frase antedicha, aparecen los títulos del film, como si Portabella dijera (y lo dice) que esta es una película que no se puede resumir, que ninguna síntesis puede sustituir la visión del film completo. Pero el director no se propone solamente hacer una película que supere la literatura, sino —literalmente— hacer la última película. Es un gesto único, aun más radical que las declaraciones de Godard sobre la muerte del cine. Portabella se propone no solo matar al cine sino enterrarlo. Y así, Pont de Varsovia va pasando de un momento asombroso a otro y conteniendo de algún modo todo lo que se ha filmado en la Historia. Se llega así a una pelea entre los dos personajes centrales, en la que uno le dice al otro que solo hay dos posibilidades para un escritor: jugársela o valerse de la literatura para ganar dinero. Esta dicotomía expresa el debate que plantea el Bafici: aunque el sistema cinematográfico mundial y el argentino en particular se organizan cada vez más para ocultarlo, es muy difícil disimular la evidencia de que los films de Jonas Mekas y Sofacama no pertenecen al mismo universo. Portabella lo dice haciendo su film más extravagante, más surrealista, más despectivo con las convenciones de la industria. Parece no haber continuación posible de Pont de Varsovia, salvo dejar de filmar. Un genio, eso es lo que es Portabella. La sala estaba, por primera vez, repleta.

Siguen llegando apelaciones en favor de Bill Douglas. Sobre todo desde España. En primer lugar, el representante diplomático de la cinefilia española en Buenos Aires, su excelencia el Viejo Canalla, comendador de la orden de la sordidez cinematográfica, presentó una propuesta formal. Luego fue el crítico Alvaro Arroba, que envió un ultimátum de guerra respaldado nada menos que por Víctor Erice, José Luis Guerín y Santos Zunzunegui, arguyendo que Bill Douglas fue el único inglés que entendió a Bresson. No pasarán, se plantó Q, sospechando a esta altura que estos gallegos son una pequeña mafia con agentes en todas partes. Por ejemplo, se pudo comprobar que el embajador en Buenos Aires ya tenía órdenes estrictas de defender a Douglas antes de empezar el Bafici. “Y no me hagan hablar”, se encontró pensando Q, como si ya no hubiera hablado demasiado.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 14
Diario del Bafici # 13
Diario del Bafici # 12
Diario del Bafici # 11.3
Diario del Bafici # 11.2
Diario del Bafici # 11
Diario del Bafici # 10
Diario del Bafici # 9
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