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Diario del Bafici # 6

16 04 2006 - 21:23

Se suponía que el domingo era el día de Mekas. A las 6 la charla con Hoberman, a las 9 la película. Pero no fue, al menos para F y Q, para Mekas puede ser. Q cayó exhausto con un resfrío que lo mandó a la cama por un par de horas, antes de recuperarse abnegadamente para cumplir, en compañía de F, con este diario, (no como otros).

Un informe de nuestro agente, el corresponsal Jean-Luc Pétissé, nos indica que, al parecer, no nos perdimos nada, al menos en cuanto a la película se refiere. Agrega Pétissé que Mekas es un viejo borracho y autocomplaciente y que desde que dejó de filmar en 16 mm y se pasó al video cree que no es necesario reflexionar para hacer cine. Otro informe, esta vez de nuestra agente, la siempre despeinada, madame Gordette, nos indica que la película tiene un marcado tono mortuorio, lo que no la hace muy estimulante. A último momento, se reporta el agente Brener para decir todo lo contrario y anunciar que prepara un gran informe Mekas para los lectores de TP que aguardamos ansiosos. Ni F ni Q saben qué cara tiene Mekas salvo por las películas viejas.


El Agente Pétissé

El domingo era también el día de los franceses y no solo de Pétissé y Gordette. De los franceses de verdad. En especial de Monsieur Thomas Sonsino, Attaché Audiovisuel de l’Ambassade de France à Buenos Aires, en charge de mission pour toutes les affaires cinématographiques de l’Amérique du Sud sauf le Brésil. Sonsino, el gran Agregado Audiovisual francés, que tanto hizo por el cine argentino, francés, el Bafici y por F y Q, sigue preparando su despedida (la partida será en agosto), y esta noche organizó una fiesta oficial en uno de sus reductos preferidos. F y Q iban a romper su propósito de no concurrir a ninguna fiesta durante el Bafici (no es que los hayan invitado a muchas tampoco) para corresponder el honor de la invitación especialmente formulada. Pero la indisposición de Q y la pusilanimidad de F hicieron que ninguno se asomara por el gran evento de la noche. Desde aquí, igualmente, un gran abrazo y todo nuestro cariño y agradecimiento.


Thomas Sonsino


La Agente Gordette

Aunque el día festivalero terminó abruptamente, había empezado temprano para Q con una película argentina, El Amarillo de Sergio Mazza, de la competencia argentina. Filmada en video, con una proyección que no le hacía ningún favor, la película es una curiosidad interesante a pesar de sus limitaciones. La historia es mínima. Un hombre llega a un pueblo y se emplea por casa y comida en el prostíbulo del lugar, donde conoce a la cantante del boliche. No ocurre nada importante en ningún sentido, salvo que durante la noche el lugar se anima con la música de un conjunto del lugar y las canciones de la chica, la actriz Gabriela Moyano (una revelación). Todo transcurre en las afueras de La Paz, un pueblo de la costa del Paraná, en Entre Ríos, donde en 1911 nació y vivió sus primeros años el padre de Q. Lo notable de El Amarillo es que la película se encuentra con algo que el cine argentino omite sistemáticamente: un toque de autenticidad, de verdadero color local, de acentos y tonos que no son los de Palermo ni los del miserabilismo. Más aun, en el conjunto de payadores y chamameceros que la película rescata hay verdadero folclore, es decir, una música que proviene de la tradición oral y local y no del mainstream nativo y su difusión por los medios. A Q, que venía viendo el film con muchas dudas que compartía con su vecino de butaca Jorge Belaunzarán, le agarró un ataque de euforia en el momento de la música y se sintió en presencia de un momento muy especial del cine argentino. Lo curioso es que ese hallazgo musical de la película está contrarrestado, casi habría que decir saboteado desde adentro, por un momento en el medio del film en el que se acompaña una incursión al río de los protagonistas con la Canción del Jangadero en una versión discográfica de Liliana Herrero. Esta especie de videoclip tiene todos los defectos posibles. En particular, su cuidadoso arreglo en estudio rompe con la música cruda y cercana del resto de la película. No solo molesta la presencia de instrumentos que no están en la pantalla, sino que la pomposidad de la cantante y su engolamiento se ponen de manifiesto justamente por el contraste con la sencillez del resto del film. Para colmo, esa versión aparece también en El cielito de María Victoria Menis, otra película argentina que transcurre cerca del río y se lo usa de la misma manera, como separador musical, o sea muy mal. Pero en El cielito, una película falsa y calculada, no desentona tanto como aquí. (Curiosamente, ambos films transcurren en el Paraná Medio y no con el Alto Paraná como dice la canción.) De modo que esta fue la lección de música del día. Hablando después con el director y los intérpretes, gente muy simpática, le decían a Q que dado el magro presupuesto de la producción, difícilmente se logren pagar los derechos del Jangadero, por lo cual ese mal momento quedará afuera cuando la película se amplíe a 35 mm.


Mario Levin

A la tarde, F y Q se encontraron en el centro de Buenos Aires, en un mediodía de Pascua y sin taxis. La segunda película del día para Q y la primera para F fue Edvard Munch, la biografía del pintor noruego realizada por Peter Watkins. Otra vez en la incómoda sala de la Alianza Francesa (sobre todo para un film de tres horas), los cronistas se encontraron con el director Mario Levin. Levin declaró que estaba harto de películas para y de adolescentes, y que cuando elegía una película del Bafici se fijaba que el realizador tuviera unos cuantos años y alguna experiencia en la vida. Así fue como acertó, según él, con la película serbia Despertar de entre los muertos de Milos Radivojevic nacido en 1939. Después, le pareció que 1961 era una fecha de nacimiento aceptable para su sistema y probó con Los invisibles del francés Thierry Jousse. Resultó que era demasiado joven y el film pareció una auténtica gansada, juicio que comparten varios de nuestros agentes. En ese momento, Levin venía de ver la película de Rossellini sobre Santo Tomás, que le pareció extraordinaria, aunque comentó que la copia en video estaba bastante virada.

Edvard Munch se filmó en 1973 con actores no profesionales que representan, sin hablar casi nunca, las circunstancias de la vida del artista. Watkins trabaja con tres o cuatro series de planos cortos (en ambos sentidos, la duración y la distancia de la cámara), enormemente elaborados y montados con asombrosa fluidez. Las escenas corresponden a la infancia, con su carga de enfermedad y muerte en el seno familiar; a los ambientes bohemios y poblados de artistas que Munch frecuentó, sobre todo, en Berlín; a las circunstancias sociales de la vida en Noruega a fines del siglo XIX y a sus desafortunados amores cargados de celos y frustraciones. La vida de Munch, esto queda claro después de ver el film, fue sumamente desdichada, un genio incomprendido que se precipita paulatinamente en la locura. El trabajo de orfebre de Watkins es admirable, pero acaso demasiado cartesiano: nada parece quedar afuera de esta obsesiva reconstrucción y todo aparece debidamente explicado, demasiado explicado tal vez, sobre todo con los traumas de infancia como causa, al menos parcial, de la posterior locura. De todos modos, el proyecto de Watkins, tan cercano en su perspectiva didáctica al de las obras para televisión de Rossellini, otro plato fuerte del Bafici, hacen recordar que el cine es una herramienta de conocimiento formidable. F y Q nunca olvidarán la vida y obra del pobre Munch.

No fue un mal día después de todo, sobre todo si es verdad que lo de Mekas era tan flojo como dicen nuestros agente Pétissé y Gordette. Para terminar, se comunica que hubo apelación de sobrenombres. El Lobo Feroz pidió llamarse, de ahora en más, Caperucita Roja; el Viejo Canalla, el Canalla Viejo y el Maligno Doctor López, el Burro y Maligno Doctor López.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 14
Diario del Bafici # 13
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