Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Hombres y Gusanos

17 04 2006 - 12:50

Llegamos temprano, como habían pedido los hombres de la boletería. Mirábamos cómo entraban los demás, con esa falta de ansiedad que logran los violines. En el escenario aparecieron dos hombres y una mujer que, ya sin música y sin luz en la sala, dio gracias al Colón, en nombre del Instituto Goethe, por aportar un lugar suntuoso para una obra extraordinaria. Y le pasó el micrófono al hombre de barba a su lado, Fernando Martín Peña:

—Primero les pido disculpas a aquellos que esperaban al otro Fernando Peña.

Alguien se rió, pero fue más la gente que tosía. Más tarde, durante la proyección de la película, hubo dos momentos de disputa acústica entre la tos, la risa y la orquesta. Uno, durante un primer plano del cura del Acorazado, el viejo que dice “Oh señor haz que los rebeldes recuperen la sensatez”. Momento de sonidos graves, dramáticos, que no le ganaron al jajajá de la parodia. Sospechamos que esa cara en la pantalla, con su barba y su pelo blanco volando al viento, tenía algo de publicidad de acondicionador. Era la risa de lo ridículo, tras la cual la tos recuperaría su privilegio de único sonido humano durante una película muda. La segunda instancia de risa llegó después de un aaaghm de asco acompañando a la imagen de carne podrida y con gusanos; el botsch que desencadena la rebelión de los marineros. Esta risa fue menos espontánea, resultado de la contradicción entre la imagen y el intertítulo –en una pantalla rectangular arriba de la principal– que decía: “Esto no son gusanos”, contradicción que la orquesta subrayó con un golpe y que el público festejó como un gag.

Peña había presentado a Enno Patalas, “un historiador, una especie de detective que restauró muchas películas”, vestido con un saco negro y un pañuelo rojo como la bandera que los rebeldes izan al final del tercer acto. La mujer tradujo la historia que Patalas contó en alemán:

—La empresa soviética que produjo el film lo vendió en 1926 a Prometeus, una empresa prosoviética en Berlín. Esta empresa realizó cambios en el negativo del film, pero igual fue prohibida. Prometeus le encargó a Edmund Meisel hacer una partitura para la película, quien trabajó conjuntamente con Eisenstein. Tanto la opinión del público como de la crítica coincidió en que la partitura contribuyó al enorme éxito de la película en Alemania. Pero la partitura era para la copia alemana, no para la versión original. Nosotros tratamos de reconstruir fielmente la copia de Eisenstein con los intertítulos originales en ruso. Pusimos una cita original de Trotsky, que fue censurada en 1930 y sustituida por una de Lenin. [Risa de alguien.] Cuando tuvimos la copia original intentamos amoldar la partitura.

Y después de los aplausos post muchas gracias, Peña aclaró que el film era la mitad del espectáculo, que la otra mitad era la orquesta. El Maestro se paró, saludó, recibió los aplausos que le tocaban a él.

Acorazado Potemkin. Quedan entradas para los días jueves 13 y viernes 14. Sólo de pie y para escuchar”, decía un cartelito en la boletería la tarde del jueves. El público igual esperó cuarenta minutos –y sin violines— en la cola donde uno podía llegar a pagar más barato por la falta de medio espectáculo (la visual), carencia que no era ninguna joda para los teóricos del cine soviético que en sus manifiestos escribían sobre el contrapunto de la imagen y la música como fundamental para provocar al espectador, para movilizarlo con fines políticos. El Colón igual se puso a vender las entradas ciegas para un espectáculo que, más allá de todo manifiesto, era la proyección de una película. Sabemos que se vendieron todas las entradas sólo de pie pero las sólo para escuchar no las compró nadie: los asientos detrás de las cortinitas de los palcos, enfrentados uno con otro como en un tren, y con espejos dorados como las palabras suntuoso y magnífico, estaban vacíos.

Cuando los racimos de luces todavía estaban encendidos en el teatro, repetidos como las sillas tapizadas en bordeaux –repetición que sólo ahí no contradice lo exclusivo–, un chico de pulóver negro le preguntó a un señor canoso y de lentes:

—¿En qué hablan? ¿Es subtitulada?

Faltaba un rato para que Patalas hablara de intertítulos. El señor canoso le respondió “no sé” y eso puede explicar algo acerca de los asientos vacíos detrás de los palcos: los pobres que no estuvieran al tanto de que, en su momento, Eisenstein y otros cineastas soviéticos rechazaban el incipiente cine sonoro, habrán pensado que encima de escuchar sólo la orquesta y verse sus propias caras en el espejo, tendrían que aguantar una hora y media de voces hablando en ruso.

Terminó la película, la gente aplaudió y dijo cosas doradas, incluso bravo; los zapatos y las zapatillas bajaron por las calles de mármol que terminan en la cale Libertad. Alguien dijo conciencia de clase. Alguien dijo nos vamos en el 59. Una mujer dijo: “¿viste que lo único que tenía color era la bandera?”, sorprendida como los colores pálidos del Colón frente a los flashes. Su amiga la miró como si hubiera visto la gargantilla de Maria Callas atrás de una vitrina en la entrada pero no supiera la hora: la revelación de que a veces el arte no sirve para nada. Se fue satisfecha, porque a pesar de todo, de lo estrictly prohibited in the theatre que, según el locutor, estaba realizar cualquier tipo de grabación, ella había conseguido varias fotos de la gente aplaudiendo de pie, sólo de pie.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


————————————

Del mismo autor:
Espías