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Piazzolla y Anticipación

18 04 2006 - 06:43

Al comienzo, mucho antes de lo pactado, daba la sensación de estar asistiendo a un universo literario, ecléctico, indescifrable. Por aquí, el director Albert Wiederspiel, al tiempo que dialogaba con algunos coterráneos, mecía un coche de bebé sin bebé, en el que se apretujaban un bolso de jean con apliques de ositos y un maletín negro de cuero flexible. Por allá, y más acá del Meeting Point del Abasto, muchos franceses parloteaban, y entremezclados con ellos, había ingleses, alemanes y holandeses. En los baches podía oírse Piazzolla remixado.

Casi a las nueve de la noche, durante lo que fue efectivamente el comienzo de la entrega de los premios B.A.L. (Buenos Aires Lab), y después de haber definido al BAFICI como un festival que se alimenta de películas difíciles de producir, (y de declarar que, en un círculo perfecto, la necesidad de films de ese tipo obliga al festival a producirlas o ayudar a producirlas), Fernando Martín Peña se encargó de justificar el desarrollo de la competencia en cuestión.

“Por un lado están los premios en efectivo, pero también entendemos que tiene que haber algo más y ese algo más es bastante más que algo. Es el…el BAL”.

Entonces, parado (como lo estuvo en todo momento) y bastante apurado, le cedió el micrófono a Violeta Bava, coordinadora de esa serie de actividades que buscan financiación foránea (o la realización de coproducciones, como lo más cercano a la “articulación” o el intercambio) para proyectos latinoamericanos ¿independientes?

Perdón por la demora. Sobre todo teniendo en cuenta que se trata de una entrega de premios y la tensión que ésto genera”, se disculpó la también coordinadora del evento. Violeta Bava, además de súper delgada, es tan técnica en su modo de hablar que uno se la imagina diciendo packaging en lugar de envase. Unos minutos más tarde, cuando agradeció el apoyo francés, los galos grandotes (el jurado), casi tiran las Eco de los Andes por gesticular con las manos intentando dibujar un “¡No hay de qué, por nada!”. Es que el escritorio negro (como el escenario negro y el reducto blanco) era muy chico.

La veintena de sillas plásticas, curvas, aerodinámicas, no se ocupó del todo en ese poco más de media hora que duró el acto. Los cineastas argentinos novatos preferían perderse entre los extranjeros y acodarse en las barandas de madera, para pispear qué pasaba en el Patio El Zorzal. Una gran distancia los separaba del jurado, una barrera sólida pero invisible que les obstruía el paso, por el centro y por los costados. Cada cual (inclusive el jurado) estaba en la suya. Si hasta pasó inadvertido el blooper de una cronista rubia y culona que cayó sentada de una de esas sillas extrañas.

De manera unanima (unanima, repitió uno de los franceses) la elegimos desde la perspectiva artística por la originalidad de la propuesta narrativa (Pausa). Y también por la convergencia de edición entre la productora y el realizador”. En fin, los 5.000 Euros (tal vez no haya sido el premio más importante en términos monetarios, pero sí al que se le dedicó más tiempo y mayores fundamentaciones ) fueron para el proyecto Agua y sal del argentino Alejo Taube. Saludo, fotito y “La delegación francesa pide disculpas, se tiene que retirar”.

Lo que no se entiende es adónde tenían que irse, porque minutos después charlaban en el descanso de las escaleras que dan al patio: faltaban un par de copas y estaban de cóctel. El resto de los premios, las categorías Kodak y Estudios Ñandú, por ejemplo, fueron decididos siguiendo los mismos parámetros. Siempre se destacó la originalidad, ya sea para combinar el humor con el drama, para retratar la marginalidad o para “Contar con el glamour del cine”. Cuando parecía que se iba a esgrimir otra razón, aparecía toda posible sinonimia: creatividad, novedad.

¿Pero de qué tensión hablaba Violeta? Los jóvenes, a esa altura ya desparramados por el suelo, no mostraban sorpresa, enojo o desconcierto. Claro: estaban sólo los ganadores que actuaban como quien espió la carta de otro jugador. Luego de la entrega ensayaban poses victoriosas (con sus hinchadas), parecidas a las del Alfonsín del ’83.

Al final Peña anunció, esta vez sin tautologías, que hablaría la ministra de cultura. Cuando Fajre, sus labios rojos, su melena a lo Kodama con ondas, intentaba explicar que el B.A.L. “Es un semillero”, todos se levantaron y se fueron, y ésta tuvo que debatirse con la reaparición del Piazzolla.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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