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Diario del Bafici # 8

18 04 2006 - 22:09

A la mañana, Q prefirió dejar pasar Los próximos pasados, el documental de Lorena Muñoz, para ir a ver media hora más tarde un programa de tres cortos de Sadie Benning, que a F le dan gran curiosidad desde que descubrió que era la hija de James Bennig. Sadie es más famosa que James y proviene del departamento lesbiano-experimental. Pero la función se suspendió y, de hecho, las copias no llegarán a esta edición del Bafici. F sigue esperando que alguien muestre la obra de Sadie Benning. En reemplazo, y casi como venganza contra una directora feminista, dieron I’m a Sex Addict, de Caveh Zahedi, sobre un tipo, el director y protagonista, que no solo tiene adicción a las prostitutas sino una mucho más grave: hablarle de eso a sus novias. Es una de las películas más obsesivas alrededor de la estupidez que Q vio en su vida. Se puso de un malhumor espantoso y cada vez que el público festejaba un chiste, peor se ponía. Otra prueba de que no se hacen más películas. I Am a Sex Addict es uno de esos nuevos objetos seudocinematográficos: el falso documental. Que acá encuentra su colmo, el falso documental sobre la compulsión a decir la verdad, pero a filmar cualquier cosa y, de paso, explotarse a sí mismo para hacer carrera en el cine. Una monstruosidad, que podría ser una gran crítica al sistema de pensamiento americano si no fuera porque el director deja muy claro que no hay otro sistema.

F, sabiamente, no entró a ver la del obsesivo y se fue a caminar por ahí y sacar fotos. Q salió antes, pero ya había visto suficiente como para no tener impulsos homicidas. Encima, F y Q habían quedado en reencontrarse para ver otra película de Jean-Claude Biette, Le champignon des Carpates, pero esta función también se suspendió y, para sustituir al sutil director francés, se programó Transamérica, una sobre transexuales yanquis. Esta vez Q no cayó en la trampa. Cuando F y Q rumiaban la bronca apareció Romina Sánchez quien nos adelantó algunas conclusiones de su encuesta al público del Bafici. Descubrió que la mayoría de sus entrevistados eran estudiantes de cine y a todos les gustaba las publicidades de Clarín con lo de los pulmones. Felicitaciones a los estudiantes de cine.


Q y Romina Sánchez

Al rato y ya con el ánimo por el piso F y Q, vieron pasar a José María Riba, programador de San Sebastián, muy preocupado por la hora del partido entre el Barcelona y el Milan. A pesar del apuro, el gallego-vasco-catalán que vive en París, tuvo tiempo para hacer dos muy buenos chistes o, mejor dicho, un chiste dividido en dos partes. Tampoco es que sea tan bueno el chiste pero sirvió en el momento. En realidad es un falso chiste, como un falso documental. Dice así: “Se van a proponer dos nuevos premios en el festival: el premio Remake y el premio Last Movie. El primero, es un montón de dinero para que el director queme su película y la haga de nuevo. El segundo es el doble de dinero del anterior y se otorga a cambio de que el director jure que no va a volver a filmar una película.” Riba pasó por demasiados festivales. En particular, dirigió la Semana de la Crítica de Cannes, donde para encontrar una buena película hay que revisar los archivos de los últimos cincuenta años. Pero que el gallego es simpático es simpático.


Pepe Riba

Así que, sin mucho que hacer pero de mejor humor, F y Q eligieron una película casi al azar, solo porque empezaba enseguida y porque conocían al director, Michael Almereyda, un tipo muy agradable y bastante chiflado que supo visitar el Bafici hace algunos años. El título, en cambio, no les decía nada, William Eggleston in the Real World. Con tanto falso documental supusieron que el tal William Eggleston era un personaje de ficción. Si serán brutos, el tipo es uno de los fotógrafos más célebres de los últimos cincuenta años. Ni bien entraron en la sala y se sentaron en sus butacas, advirtieron que habían elegido una película cool, dado que tanto Alan Pauls y Vivi Tellas como Juan Villegas y Celina Murga acaban de hacer su ingreso. Como no era solo para parejas, también estaba Pablo Udenio de Haciendo Cine pero sin Guerschuny. Le preguntamos a Pauls por qué habían elegido esa película y nos contestó que por recomendación del Aristocrático Di Tella. Luego les preguntamos a Villegas y Celina y dijeron que admiraban mucho al fotógrafo. F y Q pensaron que ser referían al que había hecho la dirección de fotografía del film, un amigo que habrían conocido en un festival. Solo se desasnaron cuando empezó la proyección. Es curioso como empieza la película: se ve un tipo medio viejo con otro más joven y unas cámaras en la mano caminar por la calle. La voz en off de Almereyda dice entonces algo así: “Por qué hablar en este momento y decir que el hombre que va ahí es el famoso fotógrafo William Eggleston, si la fotografía no dice nada. Para ser coherente, habría que mostrar y no hablar.” Allí se nota que nuestro amigo Almereyda sigue también la ley de Portabella: hagamos concesiones que así la película se mueve más rápido. Lo curioso es que si alquien no quiere hacer concesiones, es capaz de hacer películas que no se entienden nada y no ganó un dólar con el cine, ese es Almereyda. Pero la presión es demasiado grande y Almereyda no hizo una película muda sino una que explica y reportea. Una gran cosa, después de todo, porque si no F y Q seguirían sin saber quién es el famoso Eggleston. La película, finalmente, o la casi película, empaquetada como corresponde, no está mal y permite, justamente, conocer algo del mundo de este artista. Su vida, su obra, sus técnicas, sus opiniones, su afición por la música, su conservadurismo, su cultura sureña, su antiintelectualismo, su mujer un poco chiflada, su hijo obediente, sus extraordinarias fotos que hacen excepcionales los objetos más comunes. Inteligente, sensible, tesonero, Almereyda hizo bien su pequeño trabajo. En el medio de la película, Eggleston da una charla animada por un pelado vestido de negro (que no es Telerman). F y Q saltaron al unísono: “¡Bruce Wagner!”, exclamaron, para recordar enseguida que hasta hace poco no tenían idea de quién era Bruce Wagner, pero como el escritor, guionista y cineasta de Los Angeles fue compañero de Q en el jurado del Festival de la Ciudad de México, en febrero pasado, todavía se acordaban de esa cara inolvidable, de un tipo encantador y chifladísimo que siempre estaba en la habitación corrigiendo las pruebas de su nuevo libro que estaba por entrar a imprenta y haciéndose masajes. Antes de ir a México, Wagner había estado en la India de donde se había traído unos disfraces de gurú Maharashi, blancos y negros que impresionaban mucho a los locales. Como no encontramos una foto le pedimos que mande una y Wagner cumplió.


Bruce Wagner en la India

De modo que el 8vo. Bafici nos permitió mirar cuadros de Munch y fotografías de Eggleston, al que Almereyda definió de entrada como la antítesis del pintor noruego: “Si hay alguien que no responde a la imagen del artista atormentado, ese es Eggleston.” Y, efectivamente, el viejo transmite una especie de callada sabiduría de hombre de la tierra. Q dice que después de veinte años en San Clemente se va a volver como Eggleston. F no le cree, igual que ninguna de las personas que lo conocen.

A la noche, F y Q llevaron a cenar a Silvana Tucci coordinadora de la misteriosa delegación italiana. Silvana solía recibirnos en Roma cuando iban a buscar películas y era una anfitriona ejemplar. Para devolver un poco aquellas atenciones, la llevaron a comer pizza a El cuartito y tomar helados en Volta, para demostrar que las especialidades italianas sí se consiguen en Buenos Aires. Lo de la pizza no resultó aunque no fue totalmente descalificada pero, en cambio, el helado le resultó tan bueno como el mejor helado romano. Lo curioso es que en El cuartito, se encontraron con Villegas y Murga y que, al volver de Volta se cruzaron con un taxi que conducía a Pepe Riba, contento por la victoria del Barcelona y que gritó de ventanilla a ventanilla: “Oye tío, que esto es tan pequeño como Donostia.” Buenos Aires parecía San Clemente, casas más casas menos.

Para el miércoles resulta difícil encontrar algo para ver. Jim Hobberman recomienda el documental de Rulfo Jr., En el hoyo. Pero ya no lo dan más. El Chacho Frías, por su parte, recomienda a Sharunas Bartas y la primera de Jon Jost, que tiene un título largo. Y ya saben, si no ven las de Portabella, soñarán con Subiela. Falta poco.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 14
Diario del Bafici # 13
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