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UCR: a la izquierda de júpiter y a la derecha de la luna.

26 09 2004 - 10:56

Se sabe que la práctica política es un ejercicio teatral. Hay escenarios, actores, guiones establecidos y lenguajes aprendidos para la ocasión. Desde hace mucho tiempo, la política radical es representada por los mismos actores. Lo que ha venido cambiando con el tiempo son los roles de cada uno y la calidad de la obra que representan.

En un marco intimista y endogámico —el salón del primer piso del Comité Capital de la UCR— se reunieron los convencionales radicales. Afuera del salon y en la gradas superiores se juntaban los militantes. No tantos como en otras épocas, pero no tan pocos como muchos suponen.

Esta vez el guión decía que el enfrentamiento se daría del siguiente modo: por un lado la “izquierda socialdemocrata” de Alfonsín, Storani y Moreau, apoyando a Changui Cáceres; por otro un rejunte de dirigentes del interior del país (donde militan aquellos que pueden exibir mayor representación electoral) encolumnados detrás de otro santafesino, Adolfo Stubrin. Dicho de otro modo, la disputa era entre quienes carecen de representación electoral objetiva pero ingeniosamente disfrazan de simbólico lo virtual, y aquellos cuyo peso territorial sólo proyecta municipalismo político.

El marco ideal para que los radicales nos encontráramos con viejos amigos a hablar de política, mientras las barras insultan a los oradores y los operadores justifican la utilidad de sus vidas bien remuneradas “convenciendo” convencionales de todo el país sobre para qué lado jugar. Otra práctica de los operadores consiste en pagar una o dos noches de hotel a más de 300 personas, asegurando de este modo la cohesión de la propia tropa.

Las barras tienen su encanto. Ahí siempre ganó Renovación y Cambio. Moreau, Fredi, Changui y Coti —siempren fueron los mejores organizadores de barras de militantes que desde la canción fubolera aportaran una dosis de belleza al debate político. En esta ocasión la militancia muy raleada de los seguidores de Moreau y del emblemático Comité de Caballito (Formosa 114, la ultima aldea gala de Alfonsix) eran un efectivo actor de reparto. Quedó claro en la cancha que si los chacareros se juntan con Lopez Murphy tendrán que romper con el gran líder de la Democracia, que no es Duhalde sino Alfonsix.

En medio de un clima tan de rosca como de fiesta militante, Terragno arengaba arremetiendo contra el Gobierno de Kirchner. Reconocía a Lavagna y señalaba que K está “a la derecha de Duhalde”. Mientras, el Gordo Berardo entregaba datos de las encuestas a boca de urna.

Changui Cáceres es un personaje notable. Una mole imponente de cabeza gigante, mantiene sin embargo su gran capacidad como orador. Se hizo un silencio instantáneo en la sala cuando Cáceres se paró para mocionar por el voto nominal secreto. Habló de ideas, de reconstruir desde lo ideológico y llamó a combatir a los Beliz de adentro y fuera del partido. Sin embargo, Changui no pudo hacer prosperar su postura. Luego de tres horas de votación se impuso el sistema nominal público. Ese resultado fue indicador de que se perdería en la votación siguiente, y Cáceres retiró su candidatura. Ahí comenzó el gran momento.

Los perdedores se propusieron ganar el último acto: aplastar en la batalla simbólica. Hicieron bajar a la barra, que inundó el espacio de los convencionales, justo al lado de donde estaba sentado Adolfo Stubrin. Cáceres pidió la palabra y llamó a la unidad partidaria detrás de las banderas progresistas de la UCR. Moreau arremetió contra Carrió y Lopez Murphy, y reinvindicó a Alfonsin por enésima vez, encendiendo un clima de clásico caliente. La barra, dueña total de la escena, insultaba sin parar a un cada vez mas nervioso Stubrin.

Se reparó entonces en que el acuerdo tan meticulosamente trabajado por los opositores a Alfonsin, no cumplía con la cuota femenina. Quién sino la Sra Lubertina Goméz Miranda levantó del asiento sus casi 90 años, pidiendo la palabra para pedir que se respetara el cupo.

”¡Putos! ¡Putos!”, gritaba la barra.

Jesus Rodriguez agarró a Adolfo Stubrin de las solapas y lo llevó hasta el proscenio, empujándolo a dar su discurso inagural. El pobre hombre habló bajo una catarata de insultos — chicos que desconocían por completo la historia de Stubrin lo acusaban a los gritos de ser el peor de los gorilas. Incapaz de soportar la humillación, Stubrin olvidó su discurso y procedió a responder en modo individual, gritando:

— ¡Pero vos no entendés nada!

Un pibe rubio, subido a los hombros de otro, siguió puteandolo en colores, con firmeza y constancia.

Ahí fue cuando Jesús y Leopoldo casi se cagan a trompadas.

La desconcentración fue en paz. Las barras se fueron dispersando, los operadores dieron por terminado su trabajo. Los amigos nos fuimos a cenar y a tratar de adivinar que será de todo esto.


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