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La Resistencia

21 04 2006 - 14:08

Como la semana pasada hubo problemas con el subte, hice el camino al trabajo por encima de la tierra. En un momento pasé por un colegio y vi un montón de chicos con mochilas-carrito entrando. Se me vino a la cabeza cómo hacíamos en mi escuela para llegar al aula después de los recreos. El método era así: inicialmente sonaba un primer timbre, más conocido como “el congelado”. En ese momento, debíamos quedarnos automáticamente paralizados, cualquiera fuese la cosa que estuviéramos haciendo. Después venía el segundo timbre, el “formo”. Ahí dejábamos la posición congelada e íbamos a la fila a formar. Y por último venía el tercer timbre, el “subo”. El “subo” indicaba que por fin podíamos proceder a ascender en fila a las aulas.

Yo siempre tenía cierto temor de que el “congelado” me agarrara en el baño. No sabía bien qué era lo que debía hacer: ¿tenía que interrumpir o podía terminar? Debo admitir que me agarró un par de veces ahí y que decidí terminar el trámite.

Una vez, mi mamá —que estaba en la escuela por algún asunto— presenció un “congelado-formo-subo” y quedó bastante impresionada. Le preguntó a la directora si eso era estrictamente necesario y la mujer le contestó que “era el procedimiento indicado por el ministerio”. Después de un tiempo, la fase “congelada” fue dada de baja y sólo quedaron dos timbres.

En el camino de vuelta a casa me crucé con Hugo Gambini. Estaba —igual que yo— en la estación Callao viendo si se había regularizado el servicio o no. Curiosamente, el encuentro me hizo acordar de más cosas de la época: por esos años él participaba en un programa político que se llamaba Interpelación; creo que iba por canal 11. A veces no entendía mucho lo que debatían esos señores (yo debía tener 9 ó 10 años) pero lo miraba porque mis padres lo miraban.

En aquél momento también daban “V” Invasión Extraterrestre. Eso sí que era lo máximo. En los recreos, con los chicos de mi grado jugábamos a “V”. Yo hacía siempre de Elizabeth, la niña intergaláctica. Cuando alguna otra me quería sacar el personaje, yo esgrimía que mi segundo nombre era Elizabeth y que eso me daba derechos inalienables sobre él. En realidad, yo aprovechaba un poco porque el que hacía de Kyle —mi novio en la ficción— era el que me gustaba en la realidad. Yo quería liberar al mundo de los lagartos y huir con mi Kyle —aunque él no se llamara así de segundo nombre—.

Tuvimos problemas casi desde el inicio. Primero, porque nadie quería hacer de malo, o sea de lagarto invasor; segundo porque usábamos las escuadras como armas y las maestras nos lo prohibieron porque nos podíamos sacar un ojo (las sujetábamos por el cateto menor y apuntábamos con el vértice del cateto mayor y la hipotenusa).

Yo estaba muy compenetrada con mi personaje. Incluso cuando volvía a casa quería que me tratasen como la niña intergaláctica. Por supuesto mi papá, mi mamá y mi hermana me sacaban friendo churros. Y, siempre que podían, no se perdían la oportunidad de gozarme: “Niña intergaláctica, poné la mesa”, “Niña intergaláctica, ordená tu pieza”, etc. Cosas como esas las sigo llevando a terapia aún hoy.

Con el tiempo, y a raíz de su hostilidad creciente hacia el juego, las maestras empezaron a ocupar el lugar de los lagartos. Nosotros tuvimos que volvernos extremadamente cautos con el uso de las armas. Caminábamos con la espalda pegadísima a las paredes y si una maestra nos pescaba, era el fin: teníamos que entregarla.

Era lo más excitante que había experimentado en la vida, pero más pronto que tarde muchos quisieron dejar de participar. Era bastante arriesgado, ya habíamos ligado varias malas notas. Entonces, cuando la moral del grupo decaía, yo arengaba:

—Somos de La Resistencia, tenemos una misión. ¿Vamos a dejar todo por unas malas notas?

—¡Es verdad! ¡Es verdad!— asentían mis subordinados, y todo seguía.

En un momento se nos hizo difícil en serio. Nos habían sacado tantas armas que ya casi no teníamos con qué defendernos. Había que idear algún plan o era nuestro fin. A Kyle se le ocurrió el mejor de todos: en el recreo largo, parte del grupo se quedaría en el patio vigilando a los lagartos y la otra parte iría grado por grado, afanando escuadras.

Sí, definitivamente yo amaba a Kyle Bates, ninguno era tan inteligente y valiente como él. Mi muchacho era todo un estratega.

Prácticamente en una semana se desató el escándalo en la escuela, las escuadras empezaron a desaparecer en escala masiva. Tuvimos que confesar en dónde las guardábamos. Usábamos una caja grandota que la señorita Eva tenía arriba del armario. Era nuestro arsenal, pero nos duró poco. Nos pusieron malas notas a todos esta vez, con una aclaración expresa que decía: “A partir de hoy queda prohibido que los alumnos jueguen a “V” Invasión Extraterrestre.” Lástima, la pasábamos tan bien… Era el año ’85 y a lo mejor a las maestras les pareció apropiado que jugáramos a otra cosa más naif. No las culpo. En absoluto.

En el verano de ese año (como en los veranos de todos los años de nuestras vidas) nos fuimos de vacaciones a Mar del Plata. Al lado de nuestra carpa paraba uno de los viejos que integraba el panel de Interpelación. Yo le dije que lo conocía de la tele y se sorprendió:

—¿Mirás programas políticos vos?
—Si
—¿Y qué más mirás?
— “V” Invasión Extraterrestre
—¿Y cuál te gusta más?
— (glup) No sé, los dos están bien…

Yo tenía ganas de decirle lo que decía siempre mi papá, que Interpelación estaba re garpado por el gobierno radical y esas cosas. Pero, bue… no se lo dije. Después de todo no tenía por qué andar diciéndole esas cosas a un periodista a los 9 años.

Hace poco me enteré de que Kyle es abogado (con Master en Leyes en USA) y que está trabajando en un estudio jurídico internacional re groso al que le cupo en suerte currar con la reestructuración de la deuda externa argentina y llevar los asuntos legales del caso. Muchos supuestos justicieros terminaron así en este país ¡pero mi Kyle! Qué desilusión…

Todavía recuerdo un chiste sobre la deuda externa que contó Alfonsín cuando vino Felipe González de visita. Felipe contó primero el suyo:

¿Cómo distinguen en el mundo a un pianista español de otro de otra nacionalidad? Respuesta: porque los otros acercan la banqueta al piano para tocar mientras que el español acerca el piano a la banqueta.

Risas del auditorio. Turno de Afonsín:

Va el presidente de Brasil y le pregunta a Dios: Dios ¿Se va a saldar algún día la deuda externa brasileña? Respuesta de Dios: Sí, pero no en tu mandato.

A continuación va el presidente de Chile y le pregunta a Dios: Dios ¿Se va a saldar algún día la deuda externa chilena? Respuesta de Dios: Sí, pero no en tu mandato.

A continuación voy yo mismo y le pregunto a Dios: Dios ¿Se va a saldar algún día la deuda externa argentina? Respuesta de Dios: Sí, pero no en Mi mandato.

Risas del auditorio.

Pero al final un día se saldó, la saldó Kirchner y ¡con las gestiones de Kyle! ¡de mi querido Kyle! Qué horror. ¿Cómo pudo pasar de La Resistencia a chorear con la deuda? Toda esa inteligencia desperdiciada…

Parece que no, pero los paros de subte te obligan a mirar la superficie.


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