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Diario del Bafici # 11

21 04 2006 - 22:12

El agente Pétissé, también llamado en estas páginas Blender’s Pride, se sacó finalmente la careta y resultó ser Rafael Filippelli, coordinador general (junto a Hernán Hevia) de la película más curiosa de la competencia argentina: A propósito de Buenos Aires, cuya característica más sorprendente es la de haber sido dirigida por once directores. Como ya ocurriera con otro film de profesores y alumnos de la Universidad del Cine —El amor (primera parte), producido por Mariano Llinás y que solo tenía cuatro directores— no se trata de capítulos individuales sino de la codirección del film en su integridad. Cómo lo hicieron, es difícil imaginárselo, allá ellos. La multitud de directores no es la única curiosidad que rodea al film. Debe ser el único caso de una película cuestionada desde el propio cuadernillo de programación (donde se la califica de arrogante) y del catálogo, donde se confiesa que A propósito de Buenos Aires horrorizó a varios programadores. La película está bien, es un intento ampliamente logrado de desafiar los clichés del cine argentino en lo que a locaciones y paisaje humano de la ciudad se refiere. Y también de demostrar que se puede huir del costumbrismo, el populismo y el folclore. La propuesta de la película consiste en mostrar, mediante una serie de viñetas y de esbozos de narración, una Buenos Aires atravesada por fantasmas: los de la Historia, los de la literatura, los de la música popular, una idea muy cercana a la que el propio Filippelli desarrolló en su serie de videos Buenos Aires 1, 2 y 3. Incluso, al principio y al final de la película, se incluye un recurso que ya aparecía en otro film de Filippelli, Una actriz: una joven hace playback de canciones de Tita Merello y Mercedes Simone (en el original se trataba de un playback de Libertad Lamarque).

Pero, además de sus evidentes logros (la fluidez, el humor, la intertextualidad) que la ubican entre lo mejor del último cine argentino, la película tiene algunos problemas, por lo menos a juicio de Q, que los discutió con Filippelli luego de la proyección y en presencia de la directora de arte de la película, Marina Califano. Piensa Q, en primer lugar, que la película se vio muy mal, al menos en la función de prensa. Rodada en video, ampliada a 35 mm gracias a un fondo especial de la Secretaría de Cultura de la Ciudad (en la época del Maligno y Burro Dr. López), el resultado en la pantalla grande fue pobre esta mañana. No se sabe si por la filmación, la ampliación o la proyección. No es un problema menor. Este Bafici sirvió para comprobar que las películas rodadas en video en la Argentina, ampliadas o no, se terminan viendo muy mal. En el resto de la jornada, F y Q tuvieron la oportunidad de ver films de Civeyrac y Jost que, aunque filmados en video, se veían muy bien. En el de Civeyrac, en particular, era imposible detectar el video original. Alguien debería preocuparse por este tema. O se encuentra una tecnología confiable o se vuelve al fílmico (aunque sea usando todo el presupuesto para comprar película, como ocurrió en Mundo Grúa, La libertad, Sábado, etc., antes de que todo empezara a lucir horrible en la pantalla). El estándar se ha degradado notablemente y, no es posible que una generación tan preocupada por la producción y la tecnología desatienda este rubro. Hacer películas que se ven feas es dar una enorme ventaja al cine comercial.

Hay un par de cuestiones más. Una es que en la película hay corrientes estéticas encontradas. Una que busca alejarse, mediante el artificio, del registro naturalista. Pero hay otra que vuelve a él, simplemente desplazando algunos motivos por otros. La película no muestra cartoneros, pero sí a un hombre llorando largamente en un locutorio. Y así como algunas historias tienen misterio y parten del extrañamiento, hay una entre la empleada de la inmobiliaria y un cliente que, además de ser una mala cita de Ultimo tango en París, se parece bastante a las historias de parejas televisivas. Un serio problema, dicho sea de paso, que ya tenía El amor (primera parte). Deformar el sonido para aligerar, mediante el humor, estas pesadeces no resuelve el problema. De hecho, lo que más parece amenazar la inteligencia y el riesgo de la película es una mirada de clase que se revela en tonos y acentos de un grupo social muy cerrado, e incluso en algunas voces que no pueden leer un texto sin trabarse. Tal vez, la FUC debería empezar a considerarse a sí misma como un problema estético a resolver y no solo como una solución. Y no es una excusa que haya once directores. A los efectos de un debate serio, el director es uno.

Durante la discusión, Filippelli sostuvo que la película se arriesga en un territorio de búsqueda estética y temática que el cine argentino suele rehuir y que el ya aburguesado nuevo cine sigue evitando. Por lo tanto, siempre según Filippelli, A propósito de Buenos Aires merece una consideración aparte, más allá de sus posibles defectos. Q le da la razón pero señala que si algo contribuyó al aburguesamiento citado es una crítica que se hizo cada vez más complaciente en los últimos años y es hora de que los críticos tomen distancia, aun de las obras que les resulten más afines personal, estética e ideológicamente. La discusión culminó con la llegada de tres de la directoras. Un testimonio gráfico prueba que Pétissé es el sultán de la FUC.


Solarz, Califano, Libster, Picasso y Pétissé.

Hubo otra función de prensa a la mañana, la de La leyenda del tiempo de Isaki Lacuesta, una película dividida en dos partes, una documental y otra de ficción que giran alrededor del mítico cantante flamenco Camarón de la Isla (“¿Quién?”, dice F). En la primera parte, el protagonista es un chico que podría ser alguna vez el sucesor del ídolo muerto hace unos quince años. En la segunda, se trata de una japonesa que peregrina a los pagos del Camarón para aprender a cantar. La película es luminosa, agradable, inteligente, feliz como pocas. Los dos personajes son increíblemente carismáticos y no hay duda de que La leyenda del tiempo se va a llevar algún premio del jurado, en el que está Mercedes Alvarez, ganadora del año pasado con El cielo gira, una película de la misma escuela cinematográfica. Sin embargo, se puede hacer un reparo común a ambos films: son muy poco profundos en más de un sentido. Lo que ambos cuentan es esperable, trivial en algún sentido. Y el estilo sereno, tan placentero de las dos películas y sus personajes entrañables se acercan peligrosamente a la descripción de una realidad reconciliada, sin aristas ni contradicciones. De algún modo, son demasiado bonitas, demasiado transparentes. Y que Erice con sus bulas y sus seguidores (incluyendo a nuestros amigos de Letras de Cine) nos perdonen.

A la tarde, F y Q emprendieron una gira por los directores en foco que tuvo tres paradas. Biette, Civeyrac y Jost. La película de Biette fue la postergada Le champignon des Carpathes. Q se durmió durante toda la primera mitad y se despertó para encontrar una F totalmente desconcertada a la que acompañó en ese mismo estado hasta el final del film. Biette filmaba lindo, y escribía muy bien (compren, roben o consigan el libro del festival Qué es un cineasta), pero el hongo de los Cárpatos es una figurita muy difícil. ¿Quiénes son estos personajes que quieren representar Hamlet en la época de Chernobyl? Nunca lo sabremos. A la salida de Biette en estado de absoluta confusión, tuvieron una reunión secreta con el agente JB.


El hongo de los Cárpatos

La segunda parada fue en A travers la forêt de Jean-Paul Civeyrac, una película de una hora de duración compuesta de diez capítulos en diez planos secuencia. Los planos son virtuosos, las actrices bellas, la imagen impecable. Y la cursilería, demoledora. Especie de manifiesto New Age, con mediums, espíritus, apariciones y superpoderes, el aspecto fantástico y, si se quiere, humorístico (no se sabe si voluntario o no) choca contra la solemnidad que le confiere, justamente, la gramática del film. Es una película relamida, untuosa, infantil, vulgar. A la salida, Santiago Palavecino, hombre fino si los hay, estaba un poco avergonzado de lo que había visto. Le daba cosa (luego aparecería también el tío Koza, crítico y cineclubista cordobés). Alguna vez F y Q habían visto otra película de Civeyrac que les pareció algo pegajosa pero no tanto como esta. Al parecer, el hombre se va reblandeciendo. Dice Caperucita Roja en el catálogo: “Sus personajes son su otra familia, los únicos que comprenden que para representar el amor es indispensable que confluyan el lado animal y el lado espiritual, juntos, todo el tiempo.” No hay duda, la cursilería es contagiosa.

Sobre Jost se hablará dentro de un rato. A la salida, apareció nuevamente el superagente MA que ya no tiene nada para recomendar. Todo el mundo coincide con Lazarescu. Es una película enorme. No se la pierda y gane una internación en un hospital rumano, acaso lo atienda la doctora Aslán.


Palavecino y el Tío Koza


El superagente MA

A esta hora deben haber concluido las deliberaciones de los jurados. Nada se sabe en la redacción de TP. Los agentes destacados al efecto no se han reportado. La incógnita seguirá hasta mañana (no es que nos importe demasiado). Falta poco. Incluso es posible que F y Q lleguen hasta el final de esta locura.


El agente JB

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 14
Diario del Bafici # 13
Diario del Bafici # 12
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