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Diario del Bafici # 11.2

21 04 2006 - 23:06

Ayer a la tarde se recibió en la redacción de TP un e-mail de Iván Pinto, a propósito de Jon Jost. Transcribimos, a continuación, una parte:

“Lo de Jost pareciera ser, en primera instancia, un cine post 60; es decir, post “nuevas olas” y experimentaciones varias, pero, tomando, formalmente, elementos procedentes de ahí. De hecho, Jost podría estar en una línea genérica muy intermedia entre lo documental y el cine experimental abstracto. Pero más allá de esto, son otras cosas las que vamos asimilando. En el contraste de mucho del cine actual de tendencia “realista” asumiendo ese cotidiano como un cotidiano normalizado y, en muchas instancias, naturalizado, los filmes de Jost parecieran ir en búsqueda de un pliegue dentro de lo cotidiano. Sin ir más lejos, el hecho que no posea guión, que nos diga que “nunca sabe bien que va a decir” da cuenta de una aproximación, en primera instancia, material a los fenómenos. Y es aquí dónde me quedo: Jost pareciera estar obsesionado por el fenómenos físicos oculto detrás de los sucesos, por el fondo de una materialidad que se hace presente mediante la temporalidad. Rembrandt laughing, en ese sentido, pareciera ser una película bergsoniana en el carácter distinto de cada instancia y cada encuentro con la materia. Jost se esfuerza por encontrar esa materia y en hacernos presente su movilidad, llegando a momentos de pura abstracción (fadings, sobreimpresiones abstractas, planos detalles de objetos). Creo que Jost, así como el mejor Renoir, es un cineasta pictórico en sus preocupaciones, no tanto en el sentido clásico del término (imagino que cuando digo “pictórico” aparece una buena dirección de fotografía: no es la idea de fondo) si no en el sentido moderno del término: uno dónde espacio y tiempo se conjugan en materia, dónde la mirada va dando cuenta de estos elementos y deben intervenirse para desnaturalizarlos (es el totalitarismo del dispositivo óptico). Jost hace trazas en el tiempo-espacio, creando figuras abstractas, anómalas, de estructuras abiertas y dóciles, aperturas de plano, de forma y fondo. Toda una lógica interna de la sensación.”

Unas horas más tarde, F y Q (en parte motivados por el mail de Pinto) se dirigieron a ver la última película de Jost, La lunga ombra. El director presentó la película después de que un representante del festival anunciara que las palabras de Jost “iban a ayudar a ver el film con la cabeza un poco más abierta.” (¿?) Allí contó que la película había costado 50 dólares y confesó que era una especie de encargo de la actriz italiana Laura Betti que a los veinte era una bomba sexy y que ahora nadie la llamaba para trabajar y que, por lo tanto, estaba buscando un papel, así fuera en este pequeño film experimental. Jost es un tipo vehemente, demasiado en ocasiones (es famoso el escándalo a propósito de la custodia del hijo que tuvo con la realizadora portuguesa Teresa Villaverde) y puede decir cosas muy brutales. Pero es muy fino para filmar, incluso notablemente frío. Es un consumado artesano de la imagen, un realizador extremadamente competente, pero más un videasta o un artista plástico que un director de cine. La película de los 50 dólares vale mucho más que eso, pero Jost está más cerca de Farocki que de Godard, en el sentido de que sus asociaciones de ideas no son cinematográficamente fluidas y los planos no se comunican del todo entre sí. Lo que Pinto describe como estructuras abiertas son más bien conjuntos de ideas e imágenes que terminan, por ejemplo, en la explosión de las Torres Gemelas o en unos terroristas que decapitan un rehén en cámara. E incluso, a la hora de los títulos, aparece un llamamiento para llevar a Bush ante una corte internacional como criminal de guerra. ¿Qué tiene que ver esto con las tribulaciones de tres mujeres de las que se ocupa el resto del film? Esas brusquedades son el territorio del videoartista, del artista conceptual mucho menos que del cineasta, aunque las fronteras se sigan borrando día a día. A Jost le gusta la pintura y la utiliza siempre en sus films, pero a Renoir no se parece. Y habría que preguntarle a Pinto cuál es el “peor Renoir”. Estos académicos…

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 14
Diario del Bafici # 13
Diario del Bafici # 12
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