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El Amateur

22 04 2006 - 14:19

El amateur, lo que se dice amateur, ese espectador común y corriente que sabe algo de cine (poco) y que va a ver películas como podría ir al zoológico o a comer (y que en realidad considera el ir al cine como un paseo), no estuvo por el Abasto, tampoco se lo vio por los Atlas. Ni hablar del MALBA. El amateur empleado de comercio o docente primario a lo mejor ni se enteró del BAFICI.

Si el público de este festival fuese harina, las pelotitas atrapadas en la superficie del tamiz serían las concurrencias obvias, las obligadas, de la gente relacionada con la industria del cine o con actividades relativas al cada vez más amplio campo de la comunicación (actores, artistas, estudiantes de comunicación o de cine y ¡periodistas!). Lo que quedaría, una harina limpita para una preparación sin grumos, sería un conglomerado de amateurs de alta formación: odontólogos, abogados, sociólogos, y mucho amateur novel. Pero los símiles nunca son perfectos, y los elementos de éste, en el Abasto, en los Atlas, en todo el BAFICI, fueron muchas pelototas en un tamiz rebalsante; el resto, harina exigua que, sin embargo, intentamos clasificar.

Así, encontramos a los que dicen “entender de cine” y justifican de ese modo que sus visitas al festival sean esporádicas: para eludir todas las decepciones posibles. Son de los que les cuesta reconocer que a veces, por más cálculo que se haga para saltar el charco, se termina con la botamanga embarrada igual: siempre hay un I am a sex addict para un cinéfilo. Dentro de los que saben también están los maratónicos, los que tienen una gula tal que son capaces de comerse entre ocho y diez horas por día hasta quedarse panza arriba, cinturón desabrochado mediante, y respirar con dificultad. Como le pasó a una joven socióloga chilena que admitió con cierto sonrojo que “He visto cuatro películas por día, hasta cinco o seis, y he descubierto que es terrible. Así que ahora, dos o tres ya nomás”. Bueno, y están los testarudos, los que no desisten porque “Esto es una vez al año”.

Otra categoría es la de los inducidos, que no comprenden bien por qué van al BAFICI, pero van igual, confiados, porque tienen a mano a un conocido sabihondo que los inicia en esto de las producciones independientes. Una estudiante argentina de traductorado público de la UBA, 19 años y cara de nena, dijo “Vengo con una amiga que es re-cinéfila, que me está introduciendo un poco. Vimos un par de películas en el festival anterior”. Parece que la regla es “A menor conocimiento, mayor acompañamiento”, ya que los inducidos (por su calidad de tales) no suelen ir solos, y si pueden entregarse a la sala en la compañía de varios presumidos, esporádicos o maratónicos, mucho mejor. O no, porque a los entendidos les encanta ser artífices del debut ajeno y ésto hace que disfruten todavía más al poder pavonearse y que su complemento sea casi un ignorante en la materia. Cuando llegó la amiga de aquella chica, después de un hola empezó a confundirla: que Rossellini ésto, que Watkins lo otro, que los cortos, que la reprogramación.

Más allá del festival, todos dicen ir al cine el resto del año —no es que porque está el BAFICI ven películas y después, nada. Dicen que van seguido. Una gran mayoría es ecléctica; elige desde cine de autor hasta comedia romántica. La elección se fundamenta en “Las innumerables facultades expresivas que tiene el cine, en especial su poder experimental, esa virtud de contar cualquier historia”, como dijo una joven abogada mexicana, que agregó que “No así los cuadros, las esculturas”.

¿Por qué eligen cine “independiente”? Un médico chileno, cuarentón de ojos verdes, aprovechó para despotricar contra Holywood y sus aprendices. “Estoy cansado de ver películas de persecuciones, héroes y gente perfecta y no me refiero sólo a las norteamericanas, sino también a su influencia aquí”. Hay algo en ese argumento, además de trillado, contradictorio. Por ejemplo, muchos fueron los entrevistados que, amparados en ese discurso antiimperialista desgastado, dijeron estar de acuerdo, algunas preguntas después, con el apoyo financiero del Primer Mundo a la producción cinematográfica latinoamericana (si bien no tenían conocimiento acerca de ese tipo de proyectos paralelos al festival, como fue el caso del BAL, que trata de eso precisamente). Entonces, criticamos por un lado al “cine yanqui” y a cierta narrativa cinematográfica dependiente y por otro “Yo no tenía idea, pero siempre que los países desarrollados tiren plata pa’ acá me parece excelente”.

Sí sabían que se realizaban otras actividades, como charlas y mesas redondas, pero no fueron, “Ni me interesa ir” dijo un estudiante argentino de medicina. Sólo uno, un psicólogo mexicano de 26 años, afirmó entusiasta que “El BAFICI en ese sentido es algo más que un festival, ayer tocó una banda.”

La experiencia, en lo que va del BAFICI y que ya está concluyendo, fue para todos muy satisfactoria. La respuesta a la pregunta ineludible del por qué concurren al festival apunta a la diversidad de la oferta, al poder, por ejemplo, ver cine del Medio Oriente, con sus tiempos y sus distensiones e “Historias de amor hermosas como la de María y Juan (no se conocen y simpatizan), pese al sonido, ¿viste?, el problema que tienen las argentinas con el sonido”. Aunque la propuesta de 400 películas se alegó en muchas oportunidades como un factor contraproducente, que hace que el público no sepa qué elegir, se desoriente. Además de la accesibilidad del valor de las entradas (lo primero que dijeron fue que son muy baratas), los criterios manejados para elegir una película y perderse otra, optar por un film sabiendo que se dispone de tiempo para ver solamente uno o entrar de día y salir de noche del cine, son pocos. Soslayando gustos personales y géneros predilectos, aparecen en muchos casos los motivos especulativos, el “Elijo esta película porque dura poco” (sobre todo en el caso de los que entienden menos entre “los que entienden”) o por el peso de los antecedentes, porque “Vi una de este director y estuvo buena.”

También se fijan en los títulos (“Veo qué me llama el título, comparo, qué se yo, Commune con A side B side seaside y lo que pueda imaginarme me lleva a ver la película”, afirmó señalando la grilla un estudiante de trabajo social, de rastas negras), en las reseñas, pero en nada que salga de lo habitualmente considerado. La razón diferencial, singular, es que en el BAFICI se proyectan películas que fuera de éste no se podrían apreciar. Por eso “Si sé que las voy a poder ver en otro lado o supiera que las van a estrenar, no las veo, como las de Kiarostami que las van a dar en el Rojas”, siguió el muchacho de 23 años.

Después comentó que, respecto a las películas en competencia, Un ratito más de Carlos Bravo, docente de comunicación de la UBA, no se exhibió en el BAFICI porque no cumplía con los requisitos del festival.

—¿Y cuáles son los requisitos del BAFICI?

—Y…(se rió como diciendo ¡qué loco!) hay gente que dice que para el BAFICI las películas tienen que ser raras y que no se entiendan.

Es verdad. Ese imaginario existe, y está bastaste arraigado. ¿Será por eso que la comparación culinaria es inverosímil o ridícula? Será por eso, quizás, que la gente de Capital y alguna que otra del Conurbano, y los extranjeros de paseo por Buenos Aires, que asisten al BAFICI, se pierden entre los especialistas y los que viven del cine, solitarios, descifrando la grilla, discernibles únicamente por la carencia de La Credencial, que cuelga del cuello de otros como un celular.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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