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Diario del Bafici # 12

22 04 2006 - 22:20

El tiempo se detuvo para F y Q en el penúltimo día del festival. Al mediodía, cuando se anunciaban los premios y todo se aceleraba hacia el inminente final, hicieron una pausa. No vieron ninguna película, no hablaron con nadie nuevo (apenas una tertulia con los agentes habituales, que no tenían mayores cosas para comunicar), y tras una breve pasada por el Abasto cuando ya había concluido la conferencia de prensa, volvieron a su guarida. Q estaba particularmente inquieto. Como no había visto las películas ganadoras de la sección internacional ni de Fipresci, que resultaron dos documentales latinoamericanos, En el hoyo de Juan Rulfo y Los próximos pasados de Lorena Muñoz, no podía terminar de dar forma a una teoría que venía elucubrando. Estaba paralizado y nervioso. Y también lamentaba haberse apresurado al creer que La leyenda del tiempo de Iñaqui Lacuesta tendría un mejor papel a la hora del reparto de premios. El error había sido inducido por la jurado Mercedes Alvarez, que un par de días antes había comentado que la película mexicana, finalmente la ganadora, era correcta pero apenas “un documental para ganar en Sundance”, es decir, una pieza de cine demasiado convencional y empaquetada. A partir de ese comentario, y del hecho de que Alvarez confiaba en el bloque iberoamericano del jurado que integraba junto a Alvaro Buela y a Lucrecia Martel, Q dedujo que la película de Lacuesta tendría muchas chances. Al parecer el bloque resolvió para otro lado, aunque siempre dentro de la región. La leyenda del tiempo, adivinaba Q, era una película cuyo encanto y solidez le darían el triunfo, acaso disputado por Longing, la película alemana que finalmente se quedó con el segundo premio. Y tal vez por eso, por creer que el triunfo de la película española era inevitable, se apresuró a hablar más bien de sus limitaciones. Si (hipótesis a confirmar) Lacuesta hace un cine con más vuelo que las películas ganadoras, se comprobaría que los jurados, finalmente, habían puesto la discusión un paso más atrás. Porque La leyenda del tiempo, pensaba Q, era una película más actual que las otras. Tan actual que ya era vieja, pero resultó joven en comparación (o al menos eso es lo que confirmará la visión de las ganadoras faltantes). Q está arrepentido (el Oráculo Arrepentido, como acertadamente lo bautizó el Canalla Viejo) de haberla emprendido con la nueva generación hispánica, cuyo representante se fue con las manos vacías, probablemente de manera inmerecida. La leyenda del tiempo es una buena película, es mejor que la alemana, tiene más enjundia cinematográfica y más belleza. Lo que a Q lo atormentó toda la tarde fue no haber visto las películas que le permitieran convertir la hipótesis en certeza y confirmar que el festival estaba tomando el camino sin riesgos de lo académico.

Mañana, seguramente, se pondrán a prueba estas sospechas (a las 22.30 en el Atlas Santa Fe 2 se proyectará El Hoyo en una de las funciones sorpresa). Pero, mientras esto ocurría, Q apareció con otra des sus teorías estrafalarias. O mejor con dos. La primera provino de una lectura de la introducción y el primer capítulo de ¿Qué es un cineasta?, el libro de Jean-Claude Biette que publicó el festival.

Abandonando por un momento a Portabella como guía para leer lo que ocurría en el Bafici, Q encontró en Biette un instrumento muy útil para la interpretación. Dice Biette:

“Cada época trabaja sin saberlo en la formación de la lengua que le conviene, aquella que a todo buen público le gusta escuchar durante algún tiempo: ese tiempo no dura y se prepara por debajo el advenimiento de nuevas retóricas que tomarán el relevo de aquellas que se agotan, una vez que la realidad no se reconoce en ellas. La retórica es de alguna manera el reservorio de figuras recurrentes que produce en su uso esta lengua en la que creemos hablar con absoluta libertad hasta la caducidad de su vigencia.”

A Q le resultó evidente que la época que había llegado y la retórica que le correspondía era la del film de Lacuesta, aunque esta, a su vez, ya empezaba a quedar desactualizada. Y la época del film de Lacuesta se podría llamar (esta es la segunda teoría descabellada): “La era de los japoneses”. Efectivamente, la japonesa que en La leyenda del tiempo encarna el multiculturalismo y una moderna forma de inocencia (la mezcla de curiosidad, ingenuidad y sinceridad) se asocia en la pantalla con planos límpidos y frontales, relaciones nobles, y una comunicativa austeridad. Los japoneses, ciertos japoneses (no Kitano ni Miike ni Ozu), desde el cliché más común del turista con la cámara a la de los que recorren el mundo movidos por la fascinación hacia lo diferente y vienen a bailar el tango a la Argentina o, ya en el cine, los que quieren cantar como Camarón de la Isla (La leyenda del tiempo), brindar ayuda humanitaria (Bashing), comprar un modelo raro de automóvil (Godess of 1967) encarnan una idea del mundo contemporáneo de la cual Jarmusch (permanente faro del pop universal) fue uno de los primeros en registrar (Mistery Train). Incluso, Lost in Translation, película clave de la sensibilidad ultracontemporánea, sólo cobra sentido pleno por el contraste entre la locación y sus protagonistas. El japonés viajero (y también la copia, el duplicado, la imitación, tan asociados con lo japonés y con la moda del falso doc) están en el aire de los tiempos. Tanto que llegó a la última película de Perrone, un faro cultural a su manera. Una de las películas claves del 8vo. Bafici fue la japonesa Linda Linda Linda, también pop, también ingenua, también límpidamente filmada (es notable la secreta afinidad estética con los films de Perrone y Lacuesta), como para venir a demostrar que esa japonesidad deliberadamente naif fue lo que marcó el sesgo moderno e internacionalista de esta edición del festival que, sin embargo y en buena medida como consecuencia de los premios, será más recordada por celebrar retóricas previas y más regionalistas.

Pero Biette enseña otra cosa en esas primeras páginas, dedicadas a distinguir su definición de cineasta de categorías a su juicio menos interesantes: realizador, metteur en scène y autor. Tras explicar por qué Huston y De Sica no fueron verdaderos cineastas como no lo son hoy Ken Loach ni Woody Allen y, en cambio, sí pertenecen a ese género Murnau, Walsh o Godard, Biette dice de pronto:

“Es cineasta aquel o aquella que, sabiendo que su fuerza no es lo mismo para todo, le da un lugar real al inconsciente en el corazón de su trabajo, que consiste en pensar, con la mayor precisión posible, los detalles implicados para darle forma, sabiendo que, como no se trata de acomodar hábilmente seres y cosas sino de ponerlos en relación en forma orgánica, el film terminado no es —ni más ni menos— que un lugar de tránsito generosamente abierto entre el cine y el mundo.”

Es desde esa definición, que separa la habilidad (cualquiera sea su grado) de una fuerza artística menos definible y más incontrolable, que se puede mirar críticamente la película de Lacuesta y todas las formas de creación tan signadas por el control. Y si en un festival tan caracterizado (especialmente en su sección competitiva) por lo prolijo y lo correcto (con calidades diversas), una película se diferencia del resto por su inconsciente a flor de piel, esta no es otra que Agua de Verónica Chen. Las imperfecciones del film, tan fáciles de detectar, son el mejor ejemplo de que la fuerza de un cineasta “no es la misma para todo”. Pero lo que importa de verdad en una película es lo que tiene de verdadero, de imprevisible, de cercano a un mundo cuyo material no es el celuloide. Sostener lo contrario, lleva a formas más o menos evidentes de la resignación.

Pasada la medianoche, el agente JB se reporta con el anuncio de los premios del público: Glue y En el hoyo, en las categorías película argentina y extranjera. Ambos coinciden con los premios de los jurados oficiales: siempre una mala señal (aunque suele ser de buen tono alabar la sofisticación del público, una elección populista dice bastante sobre la composición de un jurado). Otra señal preocupante es que de un total de 21 premios y menciones de los distintos jurados, 18 fueron para películas latinoamericanas. Nadie diría que el cine de la región progresó tanto, pero estamos en la era de Kirchner, de Chávez, de los hermanos latinoamericanos, y es como si el Bafici fuera La Habana, Guadalajara o Toulouse.

Una decisión no muy bien recibida por los que no ganaron nada (16 películas sobre 18) fue la del jurado internacional de dar, a sugerencia del festival, solo dos premios en lugar de cinco más menciones. Pero la perlita de la premiación estuvo a cargo del jurado argentino, que otorgó una mención a Juan Villegas “por la adaptación, guión y dirección de _Los Suicidas_”. Dado que el jurado correspondiente estuvo compuesto por una mexicana, un inglés, un americano, una holandesa, una canadiense, un chileno y un chino, y aceptando que el chileno (Fuguet) es un escritor que conoce la literatura argentina, es interesante preguntarse cuántos otros miembros del jurado leyeron la novela de Di Benedetto como para poder juzgar la calidad de la adaptación.

Mañana volverá el cine. Será el día de Rulfo y de Muñoz, pero también de dos documentales, el español El taxista ful y el chino Before Born, que vienen con muy buenas referencias. Y también la despedida con HHH que F se perdió y Q quiere volver a ver. El lunes los encontará agotados, no hay duda.

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 14
Diario del Bafici # 13
Diario del Bafici # 11.3
Diario del Bafici # 11.2
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