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Idle Memories

26 09 2004 - 14:08

Image based on Neu York, el extraordinario trabajo de Melissa Gould.



“Fuck the up-town brothers; they never want to pass the ball, they don’t play defense, they take five steps on every lay-up, and then they want to turn around blame and everything on the white man. Slavery ended one hundred and thirty-seven years ago, move the fuck on!”
Monty, en 25th Hour, de Spike Lee (2003)

Conversar sobre las chances de contar la infancia de Hitler puede ser interesante, pero de alguna manera, Feinmann y su cerebro de pasa de uva lo transforman en una discusión estéril. ¿A quién se le ocurre que hay algo que no se pueda contar sólo porque su relato es perjudicial para la Historia?

Justo unos días antes de que Feinmann y el nazismo emergieran por acá, me encontré con esto, un domingo de esos en los que uno no sabe qué leer.

“Trying to change the subject, I asked Hitler: ‘How did you spend Christmas Eve?’ There was sadness in his voice: ‘I had my chauffeur drive me around aimlessly, along highways and through villages, until I became tired.’ I looked at him, amazed. ‘I do that every Christmas Eve.’ After a pause: ‘I have no family and I am lonely.’

‘Why don’t you get married?’

‘Because it would be irresponsible for me to bind a woman in marriage. What would she get from me? She would have to be alone most of the time. My love belongs wholly and only to my nation -and if I had children, what would become of them if fate should turn against me? I would then not have a single friend left, and my children would be bound to suffer humiliation and perhaps die of starvation.’ His words were bitter and seemed agitated. Becoming calmer, he went on, ‘I have tried to express my gratitude wherever I can, for gratitude is a virtue insufficiently valued. I have people at my side who helped me in my bad years. I will remain true to them, even if they do not always have the abilities demanded by their positions.’ He then have me a searching look and said quite abruptly, ‘And what about you, what are your plans?’”

Leni Riefenstahl hace una descripción más o menos humana de cualquier estadista tímido que trata de asumir una posición seductora ante una mujer hermosa. Riefenstahl (que en otra parte del libro cuenta: “I experienced the pleasure of a film-maker who gives cinematic shape to actual events without falsifying them”) no lo hace a Hitler más humano que lo que es, o fue. Mas bien muestra cómo algo tan indescifrable, intenso y destructivo como el nazismo emergió de seres humanos que vivieron como todos nosotros, en medio de la banalidad de una conversación casual con una mujer.

Sería una impostura volver hasta Hannah Arendt para enterarnos, otra vez, de que lo más ominoso de lo ominoso del nazismo es su carácter eminentemente común. ¿So what, Feinmann? Nada de eso me acerca más al nazismo que el hecho de que todos caminamos con los pies y respiramos. Como dice Raff, “Tal vez pensar en un Hitler ‘humano’ (whatever the fuck that means), en Hitler Bebé, pueda ser peligroso.” Pero bienvenido ese peligro, si la alternativa es renunciar a la aventura de pensar aunque sea un poquito, convertir a la humanidad en Víctima, y a las Víctimas en just another brick in the wall.

Lo que me llama la atención es cómo el Balido Kantiano de la Setentidad Permanente (© Raff 2004) hace un poderoso esfuerzo por torcer aquello que dice enderezar: la memoria. Es difícil saber adónde terminará el actual rissorgimento de los derechos humanos en la Argentina, pero sí hay en el presente algunas manifestaciones de sus futuros problemas, y que se anclan precisamente en el esfuerzo deliberado de Feinmann de deshumanizar a los malos pero, sobre todo, en su poco sutil intento por deshumanizar también a sus víctimas.

La contracara de Monty en la de Spike Lee es Lautaro Murúa en la de Lita Stantic, y su rezongo: “Las víctimas quieren olvidar” que resucitó en aquella nota de Raffo. Aquel lamento ha mutado en una variedad de símbolos de la memoria, ya sea en su versión utilitarista de dudosa constatación (“olvidar nos lleva a repetir los errores” o “recordar nos permite no repetirlos”); en su versión banderola (“la memoria de lo que pasó está en la esencia de lo que hacemos”); o en su versión de fajina (la memoria de lo que hacíamos cuando hacíamos lo que sí había que hacer, no como ahora).

Feinmann y sus ovejas suponen a la memoria como un acto de imposición colectiva, el símbolo que catalizará en millones el (su) sentido del horror. No deja de ser sorprendente que sea justo con los desaparecidos y la desaparición de sus cuerpos que se intente hacer el mausoleo de embalsamados al que el poder recurre on and off para recordar su existencia. Después de ver pasar a millones con sentida indiferencia ante su cuerpo en eterna putrefacción, Lenin, Mao y Ho Chi Min se ríen desde sus cajones.

Para quienes se han aferrado a esta idea, el verdadero, insoportable peligro está en la operación de dejar algo definitivamente atrás para poder recordarlo, la cura del dolor que te enfrenta ante la realidad de que todo ha sido, en el fondo, humano, demasiado humano.

Peor aun, el peligro es que ido el pasado a donde va, la vacuidad del presente, la impotencia del Estado, la vaguedad de los propósitos más nobles quedan mayormente al desnudo. Y Feinmann, cuyo pensamiento es miedoso, no quiere ver al rey en bolas.

En el New York Times de hace dos domingos, Walter Kirn termina su nota sobre la manipulación del recuerdo de September 11:

“”Some emotions, some memories, some pictures are just too combustible to to walk around with, especially when certain people are waiting to toss a match into my soul. That’s why I’ve begun to bury that awful morning in a spot that only I can locate, under layers and layers of pop ephemera. I’ll dig up those images if and when I choose to, but not before then. The passage of time has made them truly mine—mine to bring out and mine to set aside.”

Un poco de memoria es también levantarse contra el insoportable dedo organizador que establece quién sufrió y quién no, qué debe hacer cada uno y cuál es el extenso poder de veto de quienes han accedido al sacro salón reservado para las Víctimas. Hace unos cinco años escribí una nota en Clarín (que ahora no encuentro) diciendo que Charly García no sólo tenía que tirar muñecos al río desde un helicóptero, sino que tenía que dejar de darle bola a los que en nombre de su posición se han apropiado de ese espacio en el que se cruzan las miles de decisiones individuales como las de Kirn, de reflotar u ocultar sus recuerdos cuando le venga en ganas. Charly hizo como que le hizo caso a Bonafini, pero no.

A resultas de lo cual no encuentro mejor descripción de la memoria y sus meandros que “España en Marcha”, aquel poema de Gabriel Celaya “cantado” por Paco Ibañez, con el que crecí sin saber muy bien qué decía, y al que me encontré cantando a toda voz una tarde de sol, yendo en bicicleta sin manos por East Broadway, un sueño que terminó contra la puerta del camión de UPS con el que vine a dar de frente a la altura de Prince.

“Nosotros somos quien somos.
¡Basta de historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.
No vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle!, que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

No reniego de mi origen,
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.

Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.

Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.

Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.

No quiero justificarte
como haría un leguleyo.
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.

España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo. .”


  1. Mariano Siskind    Sep 29, 08:10 AM    #
  2. Fernando Pérez    Sep 30, 02:31 PM    #

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