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Minitrue

26 04 2006 - 01:13

Se me ocurren pocos debates más agotados y estupidizados que el de la objetividad del periodismo, pero, aún así, cuando uno se encuentra seguiditos tres ejemplos de celebraciones de la subjetividad porque sirve de vale-todo y un cuarto que finalmente dice lo que uno hace tiempo venía intuyendo pero no podía poner en sujeto y predicado, y después de sentirse raro por pagar 7,50 dólares por media libra de dulce de membrillo (un postre popular convertido en delicatessen; les hago la cuenta: como 100 pesos el kilo), entonces uno vuelve a meterse en el debate, sin tener del todo claras sus propias ideas pero tratando de empujar la agujita del amperímetro para el lado de la sensatez.

Cuando yo estudiaba Comunicación en una universidad privada y conservadora, estaba de moda decir (en esa universidad y en todas las demás, públicas y privadas, progres y carcas) que la objetividad era imposible, que el periodista es un sujeto, y que entonces todo es siempre subjetivo bla bla bla, tantas pajas que me da pereza volver a escribirlas. Eran tiempos de furor posmoderno, en los que todo –desde la Constitución hasta el método científico— era considerado un género literario deconstruible y completamente separado de la realidad (o como quieran llamarla), porque el lenguaje, amigos queridos, es impermeable. A mí, que me habían machacado en mi colegio católico con que Santo Tomás era el único filósofo posible, este relativismo me parecía maravilloso: arcilla en mis manos, podía decir lo que quisiera. Si la verdad es imposible, entonces todo es posible.

En los últimos años, en medio de las varias reconciliaciones personales que me he permitido, está la reconciliación con la verdad.

Es por eso que me saca el festejo orondo de la subjetividad. Les pongo los tres ejemplos con los que me crucé en los últimos días y al final, como corolario o moraleja, una cita de Christopher Hitchens en la última página de su buenísimo libro sobre Orwell, que leí por primera vez la semana pasada, en un banquito de metal en la fea costanera de Jersey City, y que, supongo, usaré bastante en el futuro.

Empecemos por el metafórico Miguel Wiñazki, a quien nunca hay que tomar literalmente. Sus esotéricas columnas en Clarín son casi siempre estados de ánimo, intuiciones que Wiñazki tiene en su cuerpo y suelta con misterio y ambigüedad a propósito, en la página intitulada “Medios” de Clarín. (La abstracción de Wiñazki es en parte elegida, por su condición de filósofo, y en parte porque es imposible escribir sobre “Medios” en Clarín o en cualquier diario argentino y tener la mínima libertad para contar cosas del mundo más o menos real.)

La penúltima columna de Wiñazki se titula “¡Abajo la objetividad!”. Aunque al final Wiñazki hace un pedido por mejorar la discusión pública — “Esa es la revolución y la utopía: la conversación permanente”—, dedica varios párrafos a criticar el enunciado “Argentina venció a Croacia en la Copa Davis” (Por supuesto, Miguel, que la Copa Davis es un campeonato de reglas arbitrarias, pero eso lo sabe todo el mundo: los lectores dan por sobreentendido que un periodista no debe poner en entredicho la ley de la doble falta en cada nota.) Después, defenestra a la objetividad, a la que acusa de ser poco interesante, en oposición a la subjetividad, al “conflicto”, mucho más jugoso.

En eBlog, hace unos días, a Olga Wornat, que escribió un libro duro contra Menem y uno blando sobre Cristina Kirchner, le preguntaron por la diferencia de tratamientos y ella contesta:

No creo en la supuesta objetividad el periodismo. El periodismo es subjetivo y depende la mirada de cada uno. Me considero una librepensadora con derecho a tener de los personajes del poder, mi propio pensamiento y volcarlo de la manera mas honesta en mis reportajes o libros. Convengamos con seriedad, que Cristina no es Menem y menos aun, Marta Sahagún.

Tiene razón en casi todo, pero es esa cosa de “el periodismo es subjetivo y depende de la mirada de cada uno” lo que la delata. Sigo con una eminencia, el hombre que le da a todo este debate el peso ideológico y político que en realidad tiene y todos preferimos esconder. Verbitsky, hace dos días, en una entrevista en Noticias (no disponible online, gracias Nico):

En la Argentina no se distingue entre política y periodismo. Así ocurre desde el padre Castañeda, pasando por Sarmiento, Alberdi y, en este siglo, con Rodolfo Walsh y Claudio Escribano. El periodismo militante ha sido la regla en la Argentina desde los orígenes hasta la fecha. Hay periodistas que lo admiten con naturalidad y hay quienes pretenden disimularlo o enmascararlo de otra manera.

Esa es la cancha que le gusta a Verbitsky: Walsh contra Escribano. El pueblo contra los oligarcas (eso sin contar las diferencias morales personales entre Walsh y Escribano). En un foro internacional, hace un tiempo, Verbitsky se preguntaba si para un país era mejor tener varios diarios no-truchos o tener a Página/12 y La Nación y que la gente elija. Parecía inclinarse (no puedo encontrar el link) por esta última opción, una sociedad con dos verdades exageradas, con diarios escondiendo datos a propósito, con sociedades en las que uno está obligado a leerse todos los diarios para tener una idea de qué está pasando.
Una última gragea, del año pasado, en el relanzamiento de Caras y Caretas, a cargo de María Seoane:

No creemos en la objetividad anglosajona, sino en la larga tradición pasional del periodismo latinoamericano.

Pasional. Anglosajona. La militancia. Cualquier periodista que hizo más de cinco notas sabe que cuando va a hacer una nota, la “realidad” –las cosas que uno ve, la gente con la que habla, los papeles que lee, las cuentas que hace– siempre matiza la tesis prefijada o, si uno tiene cierta humildad, a veces hasta cambia la tesis inicial. Eso no quiere decir que uno no descarte todos los flecos que no le gustan y escriba la pieza redondita que tenía en mente desde el principio. Los lectores no se enterarán de esta decisión, pero el periodista sabe que lo que está publicando es, en este caso, lo que quería publicar.
George Orwell fue antifascista y antiestalinista cuando muy pocas personas eran las dos cosas. Se declaraba socialista, de la izquierda democrática, y desde ahí defendía sus posiciones. También era bastante homofóbico y algo antisemita, dos herencias de su educación victoriana contra las que luchaba, pero casi siempre perdía. Cuando todos a su alrededor lo puteaban (los conservadores por anti-imperialista, pero al mismo tiempo lo buscaban por su anti-comunismo; los comunistas lo acusaban de burgués, de liberal, de democrático), Orwell se mantuvo fiel a sí mismo, que es la fidelidad más difícil y la más meritoria. Hitchens, un contrera, ex trosco y hoy más libertario que otra cosa, defensor de la guerra en Irak pero siempre incómodo para todo el mundo, tiene la teoría de que las ideologías de las personas no son importantes, de que lo importante son sus principios (para mí, se entiende mucho mejor a Walsh por sus principios que por su ideología: Operación Masacre es lo que es por su compromiso con la verdad, no por su militancia). Abre el epílogo de su librito sobre Orwell con este párrafo:

‘Objectivity’ though in practice as unattainable as infinity, is useful in the same way, at least as a fixed point of theoretical reference. A knowledge of one’s own subjectivity is necessary in order even to contemplate the ‘objective’. Term such as ‘neutral’, ‘detached’, let alone ‘fair-minded’, ‘disinterested’ or ‘even-handed’ do not all convey the same meaning; they are merely aestheticized forms of the same subjective aspiration.

Traduzco un poco, así rápido:

La objetividad, aun cuando en la práctica es tan inalcanzable como el infinito, es útil de la misma manera, como un punto fijo de referencia teórica. El conocimiento de la subjetividad propia es necesario incluso para contemplar ‘lo objetivo’. Términos como ‘neutral’, ‘separado’, y ni hablar de ‘bienintencionado’, ‘desinteresado’ o ‘imparcial’, no cargan el mismo significado; son meras variaciones estetizadas de la misma aspiración subjetiva.

Más bien que la objetividad es imposible, muchachos. Hasta los chicos de 14 años lo entienden. Pero en esto, lo mejor es hacer como si la objetividad fuera posible, como si la verdad fuera posible. Apuntar al punto fijo de Hitchens: no llegamos nunca, pero en el esfuerzo nos hacemos mejores.
Este “como si” se puede aplicar a otros campos, con la misma utilidad. De hecho, la vida misma no tiene sentido, pero somo mejores personas viviendo como si lo tuviera.

[Post-data: Este es el conmovedor último párrafo del libro de Hitchens sobre Orwell. No traduzco, que ya es tarde:

But what [Orwell] illustrates, by his commitment to language as the partner of truth, is that ‘views’ (la ideología) do not really count; that it matters not what you think, but how you think; and that politics are relatively unimportant, while principles have a way of enduring, as do the few irreductible individuals who maintain allegiance to them.

Irreductible siempre me suena a los galos de Astérix. Los principios, ah. Parece difícil, pero no es para tanto.]


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