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Coma K

27 04 2006 - 15:40

La ley de donante presunto entró en vigencia a principios de este mes, en el mayor de los silencios. Silencio no sólo de los medios masivos de comunicación sino, además, silencio del gobierno, que no olvida difundir sus programas de desarrollo social, la política de divulgación de la memoria oficial respecto de la dictadura, y sin embargo omite dar a difusión la aprobación de esta ley en el mes de enero del 2006, así como el modo en que deben proceder quienes no deseen ser considerados donantes.

Detrás de ese silencio puede haber cualquier cosa, pero más allá de él me gustaría referirme a la violencia que implica esta ley. Violencia en el sentido de avasallamiento, de intromisión que vulnera la autonomía de las personas.

En primer lugar, a través de esta ley se produce una apropiación estatal de los cuerpos de los individuos. Nuestro cuerpo ya no nos pertenece. Le pertenece al estado, que puede disponer de él, a menos que nos molestemos en recordarle que sigue siendo propiedad privada y no pública. El consentimiento presunto ignora la postura que cada uno puede tener al respecto, presumiéndola en un solo sentido. Cabe tener en cuenta que si es consentimiento no puede ser presunto, y si es presunto no es consentimiento.

En segundo término, la ley de consentimiento presunto presupone que los sujetos conciben al propio cuerpo como una posesión, la cual tendría el carácter de una maquinaria compuesta por piezas que pueden intercambiarse o reponerse por otras provenientes de otras máquinas cuando se descomponen. Ignora, —cosa extraña en el país del psicoanálisis— otras miradas sobre la vinculación cuerpo-sujeto, tal como la que encontramos en esta teoría, donde el cuerpo, lejos de quedar reducido a un conjunto de órganos y funciones, es un cuerpo atravesado por el deseo, por la palabra, es decir, cargado de una dimensión simbólica. Cuerpo y organismo, para la teoría freudiana no son lo mismo. El organismo es aquello que es mero soporte de procesos biológicos, mientras que el cuerpo es la biología investida de un modo particular por cada sujeto en función de su psiquismo y su biografía. El hombre, desde esta perspectiva, no posee el cuerpo, es su cuerpo, éste hace a su misma identidad. Desde este marco, no es posible reducir el cuerpo a un conjunto de piezas que se sacan y se ponen. Quizá haya quienes puedan percibir y vincularse con su cuerpo al modo en que se nos propone en esta ley, pero tal vez haya quienes lo hagan desde una modalidad mas cercana a aquella de la que nos habla la teoría psicoanalítica. La ley de donante presunto simplemente ignora a estos últimos.

En tercer lugar, los mensajes imperativos que promueven la libre decisión de la donación de órganos, mediante un discurso altruista, que habla del progreso y el bienestar para todos, dividen a la sociedad en buenos y malos, solidarios y egoístas. Quien no quiera ser donante entrará en la categoría de los avaros. ¿Quién podría en este contexto animarse a levantar la mano para afirmar públicamente su negativa a donar?

En cuarto término, se ignora que según el ultimo censo nacional, nuestro país tiene un millón de analfabetos y cuatro millones de personas que no pueden comprender un texto, lo que imposibilita presumir que la comprensión de esta cuestión será fácil por su falta de accesibilidad a la información pública, agravada por la circunstancia de que más de la mitad de la población se sitúa bajo la línea de pobreza, motivo por el que tampoco podrá deducirse entonces que su silencio significa asentir con la propuesta.

Por último, ¿Sabemos con certeza si no funciona hoy por hoy alguna forma de comercio de órganos? ¿Por que no pensar que lo imposible, lo que parece una película de terror pueda volverse real? El punto es que si no funciona ya alguna forma de comercio de órganos, esta ley bien podría habilitarlo. Los pobres, los marginales, los indocumentados, siempre han sido un buen blanco para las peores cosas.

Aclaro que hablo de “alguna forma de comercio de órganos”. No necesariamente ha ser una secreta organización que secuestre gente por las calles de los barrios pobres para matarlos y vender sus órganos. Las calles bien pueden ser reemplazadas por lugares como las instituciones de internacion psiquiátrica, donde muchos pacientes no tienen familiar alguno que pueda reclamar por su suerte, y donde además es posible acceder a información médica a través de las historias clínicas; e incluso las cárceles y hasta los hospitales pueden ser espacios donde sea posible acelerar la muerte, o no hacer todo lo necesario para evitarla.


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