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Hola Loco

28 04 2006 - 13:48

La lluvia cae sobre Huang Yan como un castigo desigual, sin proporción. El taizhou hua, el dialecto local, que es mandarín con un poco de acento sureño y sonidos finales más largos que en Shanghai o Beijing, es definitivamente espinoso y áspero e invade el espacio como si fuera parte de la misma tormenta. En la calle los huxing, carros de dos ruedas tirados por un hombre, se duplican en el asfalto o en los charcos en medio del barro. Me pregunto qué justifica la vida de estos hombres descalzos, los huxing ren, semi desnudos, un día como hoy: todo es agua y mugre, y no hay pasajeros ni paquetes ni nada que pueda ser llevado a cambio de unos pocos yuanes.

Nada sé acerca del origen, señas o motivaciones de Lu. Sólo sé que debo esperarlo, y esperar que me reconozca entre la multitud, cosa que no será difícil. Como muchos otros en este pueblo, Lu debe haber perdido a su familia en otro pueblo, mucho menor, en la Mongolia Interior, o el Xinjiang.


Ilustración: Verónica Flores

Doy algunas vueltas, ensayando algún gesto que logre aminorar la curiosidad que despierto en los locales. Después de un rato encuentro un rincón que, por alguna razón, espanta las miradas. Me siento en un borde, en algo que parece ser una ventana sin abertura, casi a ras del suelo. Soy el rey de la nada, y los chinos ya no me ven.

A pesar de la repelencia de mi rincón secreto, un chico se para a dos metros de mi lugar y me mira. Mira mi barba, creo, y los zapatos. Los zapatos con cordones son una rareza. No así en Shanghai, sino en estos rincones. Todos, por acá, usan mocasines o sandalias. La razón es tan simple como impensada: “es más fácil sacarselos”, me confesó Zhang Weiming la semana pasada, en un rincón parecido a este. Mientras recuerdo esto, llega el padre del chico mirón: “hen haokan de huzi a!”, dice tironeando del brazo del chinito. El tema era la barba.

Lu es más bajo que el promedio de los chinos, aunque igualmente minúsculo. Comparte con sus compatriotas la pasión por el escupitajo y la sonrisa fácil, regalada. Extrañamente, no fuma, y su único vicio parece ser lo que en Taizhou llaman baxi kafei, café Brasil. Baxi kafei es una bebida negra y terrible, amarga, que se sirve tibia, a base de café y otros granos que desconozco, tostados. Quemados. Soy incapaz de tomar baxi kafei, y Lu no pierde la oportunidad de invitarme.

Ni hao, Gu ren de a!—grita Lu a penas me ve, a cincuenta metros de distancia —Ni hao Gu ren de a! hao ma? yao he baxi kafei ma?

—Hola loco ¿qué hacés? —le digo

—Hola loco, hola loco —repite Lu.

Lo miro y me pregunto, otra vez, por el sentido de su vida. Parece que hoy voy a dedicarme a ser un asqueroso. Subimos a un huxing, pero un huxing algo más avanzado que el resto: con motor, techo y puertas. Todo montado sobre una moto, o algo así.

—Hola loco ¿cómo estás hola loco? —dice Lu mirando por la ventana de plástico.

El viaje hasta nuestro destino dura casi una hora, y cuesta menos de 10 yuanes, algo así como un dólar. Bajamos en una esquina concurrida, llena de joyerías y casas de venta de jade. Nos separamos: yo voy al hotel. Él va a esperarme en otra esquina, en una hora.

Me ducho, tomo un té y pienso en lo que tengo que hacer, en el trabajo y la fatiga, lavorare stanca digo sin hablar, y noto sin indignación que hay poco papel higiénico en el baño de mi habitación. Esta vez traje el violín. Sin sordina, porque en China la sordina se considera un absurdo. Me acuerdo de los zapatos y su lógica evidente. “¿Sordina? pero, ¿usted quiere que su violín suene menos?” dijo mi proveedor de cosas de música. Ya no argumento, claro. Trato de aprender algo, a pesar de lo difícil del gesto. Me lavo los dientes con la pasta sabor ginkgo que hay en el hotel, lo cual me recuerda a los pitufos. Pienso que los pitufos se lavan los dientes con algo así, y los pitufos a su vez me recuerdan las tardes en mi casa de Caballito después del colegio, el sánguche de salame con leche chocolatada. En la mesa de luz, al costado de la cama, hay un copetín de bambú y langostinos. Lo mejor es dejarlo para más tarde. Me siento en la cama, desnudo, y ensayo una explicación en chino para Lu del tema de los pitufos. Decido con justa razón que no hay motivo para hacer eso: tratar de explicarle una locura tal, que además no logro enunciar ni siquiera de manera aproximada en mandarín. El tema me preocupa. Me acuesto y decido que en un rato, cuando me encuentre con Lu, voy a pensar en los putos pitufos todo el tiempo. Una voz maldita me dice que si no le explico a Lu qué son los pitufos y por qué me acordé de ellos al lavarme los dientes, me van a pasar cosas terribles y horrorosas. Entre amenazas de muerte y rotura de cuerdas de violín, me duermo. Cuando me despierto veo que apenas pasaron diez minutos, pero tengo una intensa sensación de irrealidad y renovación. Por unos segundos tengo que pensar para convencerme de dónde estoy, qué estoy haciendo y a quién debo ver. Lu. Me visto en dos movimientos, y salgo a la calle. Son las tres de la tarde. Llovizna. Camino por Zhang Tian Lu y doblo a la izquierda. Doscientos metros más allá está Lu, sonriente, con su saco y su pantalón de jogging.

—Hola loco.

A partir de ahora Lu comenzará todas sus oraciones con “hola loco”. Me siento demasiado cansado como para aclarar la cuestión. Además tengo que estar alerta: los pitufos pueden aparecer en cualquier momento. Mejor moderar el diálogo, y contemplar. Caminamos hacia el este, hacia la Huang Shan, una montaña menor, no más alta que un edificio de diez pisos, llena de tumbas. Los chinos entierran a la gente en las laderas de montañas como ésta: ni muy alta ni muy lejana.

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Yao qu Tai Ming shi ma? —pregunta Lu si quiero visitar un templo. Tai Ming, “Gran Brillo”. Tal es el nombre del templo.

Yao —digo que quiero.

Lu es Lu Ming, amigo de Li Xian Sheng, quien a su vez es el cuidador de la casa Huang Pu en Shanghai, y organizador de las tertulias de fumar. Lu Ming es un supuesto proveedor de tabaco, de un tabaco que según cuentan en Shanghai los fumadores de Huang Pu, es el mejor tabaco imaginable, adicionado con yerbas y yuyos locales según una receta mítica y seguramente apócrifa, básicamente porque los chinos no saben nada de fumar. Más aun: estoy seguro de que ese tabaco fantástico es una basura. Pero nada de eso importa. Tengo un rato antes de que llegue la hora de volver al hotel para atender otras cuestiones. Antes, voy a recoger un paquete de tabaco para llevar a Shanghai, y según avanzan los hechos, voy visitar el templo del Gran Brillo.

Nos paramos en una esquina. Lu me señala la vereda de enfrente. Solo veo algunas casas vencidas por la lluvia y el musgo, negras, dobladas como si fueran de papel.

—Tai Ming Shi —dice Lu

Busco el templo, pero sólo veo las ventanas negras y el vapor de los fideos. Pongo cara de imbécil, que es la cara que tengo cuando no encuentro un templo a veinte metros.

—¡Hola loco! Tai Min shi a…—Lu señala el techo.

Sobre las casas, en medio de la manzana, se ve un gigantesco techo de bambú amarillo y tejas negras, con la típica curvatura de los techos Ming: parecen un trapo colgando se una soga. Algo difusos por la niebla, la tarde y la lluvia, los techos de bambú amarillo se multiplican en una sucesión notable. Ocho, nueve pabellones. El templo está oculto dentro de la manzana, detrás de las fachadas de estas casas disueltas. Cruzamos la calle y entramos a un pasillo negro y húmedo. A lo largo de diez o quince metros, el olor a incienso pasa de imperceptible a muy intenso.

—Mao Zedong!

Lu me muestra un cuadro gigante, de cinco metros de altura, de Mao Zedong. El templo ya no es un templo. O, mejor dicho, es un templo “maoista”. En el pabellón principal, donde suele encontrarse un Buda lleno de ofrendas de frutas y flores, hay un anticuario comunista. Un tipo sentado en una silla de mimbre mira una telenovela en un televisor mínimo. Reconozco la telenovela porque en Shanghai la he visto alguna vez. El ocupante del templo vende cuadros del Gran Conductor, ejemplares en chino, inglés y español del Libro Rojo, prendedores de porcelana con imágenes de Mao en la montaña, frente al mar o ante las multitudes, y algunas chucherías que seguro formaban parte del tempo.

De repente oigo un celular. Llaman a Lu. El celular de Lu está cantando. No hace ring, ni tampoco pi pi pi. El celular de Lu tiene una canción de King África como ring tone.

“Y salta, y salta, salta salta salta”

Lu me mira. Debo tener una cara imposible y sin forma. Imposible, como King África en un otrora templo budista ahora mercado de la propaganda maoísta ajada y roída en medio de una manzana cualquiera de Huang Yan.

“Y salta, y salta, salta salta salta”

Pienso en los pitufos. Me atacan Gárgamel, Asrael y Papá Pitufo. Yo subestimo a esta gente. Pienso, como un castigo: yo subestimo a esta gente y ahora voy a tener que dar una explicación y no sé cómo decir ginko ni dentífrico en chino.

“Saltando sin pararrr…”

Lu atiende, habla. Me mira, me muestra sus dientes y señalando un cuadro grita:

—¡Hola loco, Mao Zedong !


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Del mismo autor:
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La Tercera Línea
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Precalentamiento: El título.