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Fútbol radial

27 04 2006 - 15:41

Las tres radios que se especializan en la trasmisión y comentarios relacionados con el futbol son Rivadavia, Continental y La Red. Por supuesto que hay otras, pero más allá de que son las que escucho, también congregan a la mayor parte de la audiencia.

Son tres radios y tres mundos. Comenzaré por el más suculento, el más sabroso, me refiero a De una con Niembro. La concepción de la sociedad que tiene Fernando Niembro se basa en el realismo monetario. La sintetizo: el dinero manda. Lo tienen los poderosos, es decir el presidente de Boca, el gerenciador de la Blanquiceleste, el de River –club invadido por demasiados radicales– Grondona, los empresarios que ponen los avisos. Debajo del dinero no hay casi nada, aunque por supuesto subsisten los valores familiares, los amigos con quienes vamos a comer, un corazoncito peronista y Nueva Chicago.

Una concepción de clase media adaptada al mundo de los negocios. Si por uno de los azares que nos depara la diosa Fortuna, ocurre que los empresarios, los políticos y los dirigentes de futbol, se asocian en una trenza que llega hasta la presidencia de un peronista leal al general, llegamos al Nirvana.

Si, debido a accidentes de la historia, estos mundos tenen una cierta disociación, hay que pararse en la prioridad número 1: el dinero. Lo que significa una dirección muy clara en el mundo de los medios, es la que delinea, orienta y construye la figura del operador. Niembro es un excelente comunicador al servicio de operaciones comerciales y políticas en el mundo del futbol.

Una vez establecida la base cultural de su proyecto, el programa dispone una puesta en escena de alta eficiencia. Una barra, la barra de Niembro, un veterano rodeado de gente más joven, la distribución de personajes, la creación de una tipología de caracteres que van desde el idealista, al hombre del sentido común –protagonizado por el Flaco Rinaldi, el tío de los chicos– y la insistente capacidad para crear discusiones artificiales. Lo hizo Platón en sus diálogos socráticos, bien puede hacerlo Niembro. La sofística es el arte griego que permite el armado de falsas polémicas. El corifeo –el director del coro– regula los tiempos y se abre paso sin permiso para sellar los temas. Es el momento en que todos callan para que la voz y la voluntad del amo se haga realidad.

Las operaciones son variadas pero siguen una misma línea ideológica, la que mencionamos: el peronismo bursátil que puede cambiar de nombre, de Menem a Macri. Campaña por la vuelta o la permanencia del riojano Ramón Diaz, estrategia que exige ensuciar la imagen de Manuel Pellegrini en los tiempos en que dirigía a River. Tratarlo de chileno inútil, de poco relieve para River, sin personalidad, blando, hasta cobarde. Luego si los tiempos apremian con novedades inesperadas como las buenas campañas del Villarreal, ningunear el tema o despreciarlo diciendo que es un equipito. Si de la Sota es candidato a algo nacional o si disputa alguna gobernación con los radicales, encomiar el futbol cordobés y la eficiencia de sus directivos. Si corre peligro la inmortalidad de Maradona, hombre imprevisible pero buen socio para emprendimientos puntuales, insistir en que Messi es un pichoncito fugaz. Una vez que el Rey dice que el pibe es un genio, se cambia de idea.

Cuando la dirigencia de San Lorenzo, Miele o Savino, necesitan promoción, se inventa una primicia: Batistuta está por firmar para San Lorenzo. Se mantiene la falsa novedad un tiempo, y después se desmiente sin explicaciones. De todos modos no hace falta porque ya se está inventando otra noticia.

Todo esto se hace con gran dinámica, un buena dosis de melancolía, y un cinismo pachorriento. Nada se oculta, salvo lo esencial: que se miente.

Niembro dice que el futbol es un negocio, no sólo no lo oculta sino que usa esta verdad para embestir contra el lirismo de los pseudoamateuristas. Su staff ha aprendido el abc del marketing y no dice vamos a una tanda sino “ahora vendemos”, y así, con buena llegada a los vestuarios y condescendencia con los protagonistas, teje la red de uno de los espacios más importantes de la radiofonía deportiva. Dejo de lado sus programas de televisión, en los que a pesar de las diferencias con la radio, se mantiene el estilo comentario de café, con momentos de sana comicidad: Bambino, Beto y Mostaza, conforman un muy simpático trío del grotesco periodístico que permite el control de la situación. No hay lugar para inteligentes, la consigna exige elegir elencos que mantengan bajo el nivel de las discusiones, para que así veamos sobresalir sin apremios a Fernando.

Periodismo entretenido, abierto, no caza bobos salvo a los vocacionales del candor, a la vez que tradicional, una línea radial que nos evoca las discusiones de patio de la secundaria y la sensación de que mientras hablemos de futbol no se morirá el barrio ni nuestra infancia, lo más lindo de la vida.

El programa de Victor Hugo de radio Continental tiene el defecto de aburrir. Pero es confiable, no vende fruta podrida y no está al servicio de los capataces del negocio. Se presentan ellos también como una barra, con su líder, pero el libreto que siguen, a diferencia de los muchachos de Niembro, no se despliega en la discusión acalorada de café, sino, más bien, en el permanente acuerdo de señores reunidos en una confitería.

El consenso es el resultado de un diálogo –esa es la hermosa palabra con la que se adorna el tedio– en el que los participantes se complementan entre sí, se sostienen mutuamente, todos confluyen al delta representado por el jefe, suman su corrección ética para enfrentarse a los poderes que dominan el futbol y, único rasgo verdaderamente interesante y entretenido del programa, exhiben un sostenido esfuerzo por ofrecer la mejor prosa radial al servicio del deporte.

Curiosamente, el resultado es inverso al esperado: es una de las peores. Frases redundantes, almibaradas, cortesías de parroquia, todo lo engolado, cursi, de adjetivación saturada, un ejercicio de la lengua con ambiciones doctorales, que hacen del comentario de futbol una ascésis de oratoria.
La antiguas clases de declamación y elocuencia deben haber sido exigencias de las escuelas de locución de otras épocas. Podríamos pensar entonces que nos trasladamos a otros tiempos, a la década del cincuenta, y soñamos o viajamos en una nueva barca melancólica de las que nos ofrece la radio. Pero es posible que no sea así. Ni Panzeri, n Ardigó, ni Fioravanti, ni Veiga, oficiaban de letrados.

En Continental, el más sobrio en este aspecto es Victor Hugo, quien presumiblemente se permite cierta parquedad que no permite a sus colegas y subordinados.

Cada uno con su estilo. Román es el mejor alumno, el Turco Wehbe aporta su tonada cordobesa olvidándose el humor de la docta, y, si bien los cuentos cordobeses son bastante hartantes, un cordobés no chistoso es más pesado que un cordobés chistoso.

No hace falta aclarar, espero, que mi mejor amigo es cordobés. Termino con unas palabras sobre Apo, no muchas. Es el condensador del tedio ya que le inyecta sentimentalismo, lecturas obvias y, fundamentalmente, mucha pesadez. A pesar de esto, consigue uno de los mejores logros del programa, con su sketch de profesor malvado que aplaza a sus aplicados alumnos.

La línea política del programa es antigrondoniana y antitelevisiva. La alianza de Grondona y la televisión es para Victor Hugo la debacle del futbol argentino. Desde mi punto de vista, sucede lo contrario. El futbol hoy no es sólo un deporte barrial, ni siquiera nacional, sino mundial. Vemos de todo y a casi todos. Factura miles de millones de dólares, no decenas ni cientos sino miles. Los campeonatos son locales, provinciales, regionales, nacionales, continentales, intercontinentales, olímpicos, mundiales. Compiten profesionales en los mundiales sub 23, sub 20, sub 17 ( no hablo del futbol de mujeres porque eso no es futbol) .

El sueño del pibe de Cambaceres es progresivo, jugar en primera, ir a un club grande, luego a Europa, ser Messi o Tévez. Lo que significa fama y dinero.

El cronista que va a una escuela de periodismo sueña con su diploma en la mano, ser una estrella de televisión y ganar buen dinero. Los técnicos lo mismo, y los relatores también. Todo esto no lo financian los socios del club, que ya casi no aportan ni existen, sino las marcas mundiales que se muestran en las pantallas, en los paneles de las canchas, en las camisetas, en los avisos que publicitan los mismos comentaristas y, próximamente, en las tarjetas amarillas y rojas de los árbitros.

Igual nos gusta el futbol: no sabemos quien puede ganar, siempre hay sorpresas, y la belleza del juego no se pierde. Pasa lo mismo con la industria del espectáculo. El hecho de que sea un negocio no nos impide ir a cine ni comprar cidís de música.

No por eso somos monos con pochoclo ni alienados de tribuna. Aún podemos discriminar y denunciar los aspectos espúrios de ese mundo como de otros sin necesidad de bañarnos en agua bendita.

Basta ver las tribunas vacías, los vestuarios descascarados, las monedas que apenas cobran cientos de jugadores, para darnos cuenta del estado del futbol fuera del circuito comercial. De ahí que no se entienda bien la crítica permanente que desde el programa hacen a la televisión, que le den tanta importancia a la demora de diez minutos que a veces se da en el comienzo de los partidos por razones de trasmisión, en suma, la minucia repetida y un endeble desenmascaramiento de la política en el deporte.

Respecto de Grondona, es un patrón de estancia más en la distribución de poderes en la Argentina, quien gracias a las transferencias al exterior de nuestros jugadores, la prioridad dada a la selección argentina, la suerte de que Maradona sea argentino y su posición de dirigente en la FIFA, hace que el futbol argentino sea bien valorado en el mundo.

Buenos jugadores hemos tenido siempre, consideración internacional, desde principios de los ochenta.

Creo que a la barra de Victor Hugo no les gusta mucho el futbol, preferirían conducir y trabajar en otros programas, de música clásica, de historia de la literatura, de análisis político, etc.

Termino con radio Rivadavia. Ellos sí son la tradición, aún cuando se hayan asociado con ESPN. Conducido por Enrique Sacco, son la simplicidad. Herederos de la vieja Oral Deportiva, llevada a su cúspide por el Gordo Muñoz, tienen el estilo informativo. Escucharlos es como leer la arqueológica revista Alumni. Vuelcan todos los días una catarata de datos, sólo hacen comentarios aclaratorios para que el dato sea más ancho, sus observaciones son mayormente neutras, no critican a nadie, no defienden a nadie, son claros, precisos, no tienen humor ni se les ocurre tenerlo o extrañarlo.

Los tres programas hacen de la radio una presencia amigable. Nos recuerdan otros tiempos, refuerzan una identidad que no queremos perder, ayudan a que sigamos siendo infantiles. Después de todo, el asunto gira alrededor de la pelota, y nos sosiegan del trajín de una sociedad agitada.


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