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Diario del Bafici # 14

3 05 2006 - 16:09

Después de dos semanas demasiado intensas, F y Q colapsaron. El martes 25 de abril, dos días después de terminado el festival, volvieron al pago con el caballo cansado. La ruta parecía más solitaria, las estaciones de servicio más tristes, hasta las vacas lucían más melancólicas.

En el viaje se preguntaban si había valido la pena y se respondían que no, salvo por haber escrito este diario. Fue bueno descubrir a Portabella, ver algunas películas interesantes, reencontrar unos pocos amigos, enfrentarse con temidos fantasmas, actualizarse con el cine argentino (esto sólo para Q, F prefiere no correr riesgos). Pero aun este diario fue insuficiente para combatir un mal insidioso: cierta frialdad, cierto vacío, cierta inhumanidad, instalados en el corazón del evento. Acaso para siempre: el Bafici parece destinado al crecimiento y a la eternidad. Ese destino, recién ahora manifiesto, ha comenzado a transformarse en su principal problema. Este diario intentó, durante largas jornadas, alimentar la ilusión de que el Bafici era una criatura viviente, orgánica, incluso hospitalaria. La respuesta finalmente negativa a la pregunta original tiene que ver con la sospecha de que el espíritu de la burocracia es invencible y de que, a la larga, todo lo achata aunque parezca que todo lo emprolija. Es cierto que en trece días hubo películas y momentos donde la libertad parecía aflorar. Pero el clima de negocios, transacciones y silencios fue el dominante. Acaso no quepa esperar más de un festival. Del Bafici ni de ningún otro. La dificultad de F y Q, muy subjetiva y muy privada, es que alguna vez creyeron otra cosa.

Llegados a San Clemente se derrumbaron. Q se resfrió, tuvo fiebre, ni siquiera pudo pisar la playa hasta ahora. F estaba lúgubre y nerviosa. Los colores del otoño, el mar, las caminatas y las fotos templaron un poco su espíritu.

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Al tercer día F y Q recibieron la visita de Verónica Chen, la directora china que había participado en el Bafici con Agua, la película más placentera, más cinematográfica de la competencia internacional. También fue la única película argentina (o casi) que compitió por algo y no se llevó ningún premio. Chen también estaba agotada y un poco triste. Había hecho un gran esfuerzo, pero más que eso, había sostenido una ambición de cineasta mucho más nítida que la de sus colegas en la muestra. La actitud del jurado, pero también los elogios tibios, las críticas fáciles y la general hipocresía, la habían afectado. Chen se repondrá, seguramente, a golpes de karate o de tae kwondo. La china es una luchadora.


Verónica Chen

A la hora del balance, parece muy aburrido decidir si hubo demasiadas retrospectivas o si la competencia internacional podría haber tenido títulos más filosos, si los invitados podrían haber sido más interesantes, la programación más cuidadosa y la composición de los jurados más sensata. Parece también estéril reclamar un catálogo más riguroso en sus reseñas y un mayor calor a la hora de presentar el festival al público. Nadie puede dudar, por otra parte, de que cualquier aficionado al cine encontró mucho para ver en el Bafici, y al menos una buena dosis de films que no lo desilusionaron. Es más de lo que había antes de que existiera el festival y la calidad de la vida cultural en la ciudad ha mejorado por ello. Entrar en detalles sería molestar con tecnicismos.

Pero hay un tema cuyo tratamiento se impone a partir de lo ocurrido en los últimos días del festival. Todo el mundo sabía que el plantel de películas argentinas no era brillante. Sin embargo, el jurado de la competencia argentina decidió repartir premios como si se tratara de una fiesta en la escuela, incurriendo incluso en algunos toques surrealistas como destacar la adaptación de una novela no leída o el talento de once realizadores cuyo trabajo individual era imposible de verificar. A esta actitud paternalista se asoció en su balance del festival el crítico de Clarín Diego Lerer.

En una nota publicada el lunes 24 de abril Lerer, tras encontrarle méritos a cada una de las películas exhibidas, termina diciendo: “Lejos del ‘aburguesamiento’ que algunos ven, el cine argentino joven respira, sigue vivo, busca siempre y, las más de las veces, encuentra”. La frase parece una respuesta a estos cronistas, los primeros en hablar de aburguesamiento, aunque a esta altura no sean los únicos. Que el fantasma del aburguesamiento acosa a una parte del llamado nuevo cine —la que empezó a filmar hace casi una década— lo demuestran las películas (que sistemáticamente han descendido en riesgo y aumentado en presupuesto una vez filmada la ópera prima) pero también las actitudes. En el propio Bafici, las mesas redondas convocadas para discutir la situación sólo encontraron una generación de directores inarticulada, inclinada a promocionarse más que a exponerse y muy celosa de sus privilegios, incluidos los de clase. Lo peor de la crónica de Lerer, presidente de la Fipresci Argentina y uno de los vicepresidentes de la Fipresci Internacional, no es que disienta con un diagnóstico más que obvio, sino que incurre en una falacia intencionada. A nadie se le ocurriría acusar de burgueses (desde el punto de vista artístico, al menos) a los directores de El árbol, Porno, El amarillo o A propósito de Buenos Aires . La caracterización está dirigida a la generación precedente, joven pero definitivamente instalada en el sistema y que ya no compite en el festival. Lo que Lerer oculta al confundir ambas categorías es nada menos que la política del INCAA, que sólo otorga subsidios a los cineastas y productores de cierta experiencia y les ha cerrado sistemática y planificadamente las puertas a los nuevos. De allí surgen dos cines: el que recibe subsidios (y al que muchos jóvenes ya veteranos se han integrado) y el que está condenado al esfuerzo precario y sin respaldo. De entre estos últimos proyectos (salvo raras excepciones, como Los suicidas, que ya tiene un año de terminada) se eligen hoy las películas participantes del Bafici: son la primera B del cine argentino. La primera A tiene dinero estatal y, muchas veces, coproductores internacionales. La B no tiene plata para comprar película virgen y con el cuento del progreso filma en soportes de baja calidad y termina proyectando en malas condiciones. La política y los costos actuales hacen que sea muy difícil que una película pase de una categoría a la otra, es decir, de la precariedad al estreno en salas y la visibilidad internacional.

Todos saben que hoy es casi imposible que surjan primeras películas como Mundo Grúa, La libertad, Ana y los otros, Tan de repente, incluso La prisionera. (De hecho, ya no hay primeras películas que mostrar en el festival. Las dos que ganaron premios, por otra parte, corresponden a directores que vivewn en Europa). El aumento en los costos y el cambio en las reglamentaciones empujan a que las películas que se presentan a la selección del Bafici, aunque aspiren a recibir premios en dinero para su ampliación a 35mm, terminen siendo menores, a veces insignificantes: filmadas en soportes irregulares, mal ampliadas y mal proyectadas, desparejas, limitadas hasta en la duración, impersonales, muchas veces ejercicios de estilo, de producción e incluso de cátedra. (También hay avivadas internacionales como Glue, en los hechos una coproducción anglo-española). Desalentados por las condiciones de producción, los aspirantes a directores renuncian a proyectos ambiciosos y se limitan a buscar una manera sencilla y efectiva de llamar la atención sobre su talento (lo que en otras cinematografías se limita a los cortometrajes). Que después los jurados las premien como si se tratara de films completos y logrados (y que, como el el caso de Agua, ignoren los films completos y logrados) sólo habla de una práctica de condescendencia que hasta hace unos años era impensable en el Bafici, no por sus programadores, sino por el estado del cine argentino. La ausencia cada vez más marcada de films de ficción plena entre las películas seleccionadas no habla de un auge de los documentales en la Argentina—una idea claramente falsa pero muy útil para igualarlo todo— sino de estas circunstancias productivas. Por otro lado, volviendo al balance de Lerer, es cierto que las nuevas películas tienen algún mérito. Pero casi todas las películas los tienen. Y más allá de que elogiar a todo el mundo es injusto con aquellos que se destacan verdaderamente, hablar solo de las virtudes de las películas no es tarea de críticos, aunque para el cine argentino rijan reglas a tono con el patriotismo ambiente. La nota de Lerer parece destinada a quedar bien con el Bafici, con el INCAA, con los jurados, con cada uno de los directores que nombra y con la multitud a los que su argumento contribuye a dejar fuera de campo. Es decir, con todo el mundo. Son demasiados clientes como para añadir la verdad a la lista. Pero, además de la verdad, lo que cuenta aquí es que un análisis como el de Lerer sólo contribuyen a perpetuar una política cinematográfica injusta y corporativa. El INCAA de Coscia y Alvarez siempre pensó en el Bafici como el rincón de los chicos: un arenero que sirve de excusa para no democratizar la asignación de subsidios (“ya tienen el Bafici, por qué darles más”). Una vez más, festejar estos magros resultados contribuye a disimular la estructura que los produce.

A veces, dice Q, este diario cumple una función. F contesta que hay causas más importantes en las que gastar tamaña energía. La discusión se prolonga hasta altas horas.


FIN

Esta nota es parte de nuestra Cobertura del Bafici 2006.


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 13
Diario del Bafici # 12
Diario del Bafici # 11.3
Diario del Bafici # 11.2
Diario del Bafici # 11
Diario del Bafici # 10
Diario del Bafici # 9
Diario del Bafici # 8
Diario del Bafici # 7
Diario del Bafici # 6