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Ideologización Repentina Contraataca

5 05 2006 - 11:49

En las largas controversias siempre existe la posibilidad de ir desviando el debate por caminos aledaños y olvidar, al poco tiempo de instalado el tema, la ruta central del conflicto. Ocurrió con la renuncia de Chacho Alvarez, cuando en lugar de abordar la incapacidad o la cobardía de un gobierno para cambiar una manera de hacer política en Argentina, la opinión pública se martirizó por el abandono de un vicepresidente impreciso y torturado. Ocurrió también durante el desagradable circo montado alrededor de Cromañón, cuando el ex jefe del actual afrancesado, en lugar de desabrocharse la corbata, mancharse los rulos y rescatar cadáveres, en lugar de decir que pagaría sus errores con su renuncia, decidió atacar a la oposición como si fuera víctima de una caza de brujas y no el responsable mayor de la noche que estalló la desidia argentina. Parte de ese desvío ocurre ahora con el conflicto por las fábricas uruguayas que se están asentando en el río Uruguay.

En abril de 2005 crucé el puente en auto cerca de las 2 de la madrugada. Un hombre de unos 40 años se acercó al coche para explicarme lo que ocurría. Era tarde, y yo manejaba desde Buenos Aires, pero pese al cansancio no recuerdo haber escuchado en su discurso ningún elemento que pudiera vincularse con el patrioterismo o el populismo, mucho menos con el oportunismo. Era un hombre afligido y simple que había trabajado todo el día, que aguardaba el paso de los autos tomando mate y empuñando un sol de noche. Decía que nadie los escuchaba, que las obras crecían, que el temor acechaba. Me dio unos volantes. Me dijo que iban a seguir.

Siguieron, eso está claro. Siguieron mucho más de lo que seguramente imaginaron. Pasó el verano y su lucha se convirtió en el “sabor del mes” para los medios. Tenía de todo: ecologismo, industrialización, inversiones benditas de las tierras del hielo, ricos que no podían veranear, camioneros que no podían transportar, dos países peleados. Empezó el barullo. La política, los opinólogos y los medios transformaron una discusión ecológica en una cuestión universal.

Los cortes se levantaron. Se volvieron a instalar. Se volvieron a levantar el lunes.

Tango una amiga que estuvo todo el fin de semana en el corte. Fue por trabajo, no por vocación de sucribir a causas patrióticas. Dice que hacía mucho tiempo que no se sentía sumergida en una atmósfera social semejante: una convicción absoluta está instalada en el ánimo de los ciudadanos de Gualeguaychú, la de que la vida en ese paraje bucólico donde a veces suena Tarragó Ros va a ser muy distinta cuando las enormes bocas de expendio de esos elefantes de la celulosa comiencen a escupir su moco. No hay, en el ánimo de ellos, voluntad de oponerse al futuro, no hay tampoco necedad, y mucho menos embanderamiento en la causa para escapar del tedio o de una vida sin matices. Hay, sí, una épica de la trascendencia, la idea de que la voluntad ciudadana puede torcer lo que parece un destino inapelable. ¿Tiene su reclamo un costado romántico que, como tal, puede ser aprovechado por un gobierno espasmódico y aventurero? Tal vez, pero qué culpa tienen esos tipos del país en el que viven. ¿Qué culpan tienen del Riachuelo o del mar argentino? ¿O de la ominosa contaminación de las decenas de plantas de celulosa de la Argentina? ¿O de que su gobernador sea igual de taimado y advenedizo que toda la clase política de un país que, huelga decirlo, tiene cosas que envidiarle a los uruguayos?

Pero esa discusión del país no debe servir para sortear el fino hilo del peligro: la de saber si esas plantas contaminarán o no el lugar. Hay ecologistas que han viajado a Finlandia y aseguran que las fábricas de Botnia han transformado para siempre el clima del lugar. Y hay rigurosos observadores que afirman que sólo un estudio podrá dar el veredicto.

Pero decir que las costas uruguayas son la panacea porque sus ciudadanos han sido mucho más cuidadosos con el hábitat es hablar con un ojo cerrado. ¿Más cuidadosos que quién? ¿Qué los que viven en San Rafael Mendoza y no tiran ni un papel en el suelo? ¿Que los que viven en Belgrano y dejan que sus perros decoren las rotas baldosas con lo que comieron? ¿Que los de Gualeguaychú, La Quiaca, la Boca? Son todos argentinos, ¿pero son todos lo mismo?

Hace poco, un experto capitán de un barco que ha cruzado el río de la Plata más de 50 veces me explicaba cómo, por acción del viento y por las diferente densidad que tiene el agua a un costado y a otro de ambas márgenes, a las costas argentinas suelen llegar sedimentos contaminantes que rara veces alcanzan las bellas arenas uruguayas. Como se ve, Amon también hace lo suyo.

Esa es una tentación irresistible de algunos lúcidos agitadores de conciencia: la de menospreciar una lucha porque tiene carácter popular, por provenir de una voluntad masiva. De inmediato suele asociársela con la manipulación, la melancolía o la corrupción. ¿Por qué carajo tiene que abordarse el tema con el razonamiento, capcioso y alambicado, de que si las papeleras estuvieran asentándose del lado argentino los ciudadanos de Gualeguaychú no dirían nada y Kirchner y De Vido brindarían con Chandon y bolsillos llenos por los bosques de Olivos? ¿Qué importancia tiene eso si eso no es lo que ocurre? ¿Eso hace menos valiosa la defensa de sus cuadras que hace la gente de Gualeguaychú? ¿Eso hace menos estadista a un presidente que instaló la Omertá en su gabinete? Aún cuando fuera verdad que Busti haya pedido una comisión escandalosa y, por eso, Botnia cruzó el charco, ¿eso debilita el pensamiento de un puñado de argentinos que están convencidos de que el aire, en diez años, va a ser peor para sus hijos?

Si es cierto que con viento a favor Uruguay está en vísperas de una revolución productiva y de una mutación cultural, también puede ser cierto que, con un poco de generosidad, Gualeguaychú esté a las puertas de una revolución productiva y de una mutación cultural mucho más importante: la de su estado de ánimo, la de demostrar que una causa noble vale la pena, por más que la quieran contaminar con el sarro de la confusión.


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Del mismo autor:
Vivir en el Limbo
Catenaccio
La Tentación de San Francisco de Sales