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Desayuno en el río

10 05 2006 - 11:14

Raffo confiesa haber cumplido sólo a medias su promesa de no leer más los diarios argentinos. Los espía via RSS y hace algo peor: se fija de dónde vienen los referrals (que nunca vienen de los diarios, claro, pero terminan ahí a menudo). La semana pasada encontró este comentario a raíz de la nota de Tomás Abraham sobre las papeleras:

En la Web se encuentran argentinos a favor y uruguayos en contra. Si estas fuesen LAS opiniones definitorias, entonces uno debería inclinarse hacia el no a las papeleras, porque mientras Benito tiene varios posts dedicados al tema, bien escritos, claros y hasta con argumentos interesantes en cada tanda de comments, la ¿notita? ¿intervención? de Tomás Abraham resulta patética en su afán anti-oficialista. Sólo expone una aburridísima sarta de lugares comunes “made in La Nación”, pero que parecen redactados por el último de los pasantes del diario. No sé como calificó como publicable para los estándares de TP.

Desayunando con Brener e Ivana, Raffo arriesga:

—Me parece excesivo, porque coincido con unas cuantas cosas de las que dice Abraham, y sobre todo porque nuestros standards son bien bajos. Pero algo es cierto: si lo de Abraham lo hubiera escrito Morales Solá, probablemente lo estaríamos puteando. Por otra parte, lo de Perantuono me resulta insostenible, con la gente simple y las causas nobles.

BRENER: Y claro, si lo hubiera escrito Morales Solá lo estaríamos puteando, porque interpretamos lo que se dice dependiendo de donde provenga. Y está bien, porque sabemos que lo que hace Morales Solá es operar, mientras que Abraham lo que intenta es pensar; no opera para nadie.

IVANA: A mi me interesa lo de Perantuono, en tanto no comparto para nada lo de Abraham. Puede ser ingenuo y pueril por momentos, pero no me molesta la ingenuidad. Creo que todo lo relacionado con la ecología es ingenuo porque parte del supuesto de que las cosas podrían mejorar o tal vez de que las cosas podrían dejar de empeorar.

BRENER: Yo no tengo duda de que lo más importante del asunto es una cuestión xenófoba, de una masa que piensa en términos de “ellos son insignificantes al lado nuestro”, “dependen de nosotros” y cosas por el estilo. Estoy seguro de que si se indaga en los mismos tipos que hacen los cortes, el pensamiento íntimo es “les vamos a demostrar que si queremos los hacemos mierda” o “les vamos a cagar la temporada de la costa” o “les cortamos el chorro”. Toda la vida estuvo esta cuestión contradictoria, de anhelar el “paraíso uruguayo” y al mismo tiempo despreciarlos. Una relación mucho menos clara que con los bolivianos o los paraguayos, entre otras cosas porque no hay chetaje que veranee en Bolivia o Paraguay. Pero más allá del chetaje: en Entre Ríos siempre hubo una valoración diferente de “lo uruguayo”. Yo cuando pasaba temporadas en Concepción del Uruguay tenía la sensación de que eso era más Uruguay que Argentina. Para todos los que andaban por ahí (empezando por mi abuelo), no había dudas de que un uruguayo era mejor que un porteño, de la hermandad separada por la ironía de la historia, los gauchos de Artigas y todas esas cuestiones. Los porteños serían los chetos que van en Buquebus y veranean en Punta, mientras que toda “la gente linda del litoral y alrededores” van por el puente y veranean en Piriápolis. Estoy pensando en voz alta. La cuestión sería entonces una mezcla entre lo xenófobo, que me parece que está más bien en la periferia del Entre Ríos oriental, y lo de los “entrerrianos del lado uruguayo” propiamente dichos, que me parece que están actuando más como un tipo despechado porque la novia que trajo el hermano a casa le parece una tilinga, o le parece demasiado, o le parece demasiado poco, pero que en última instancia lo que está detrás es la ruptura del pacto fraterno.

Hay una cuestión local, con sus propias motivaciones, y otra nacional que no tiene nada que ver con la otra. En la cuestión nacional entra el aspecto más xenófobo, en la cuestión local el aspecto más parental. Tradicionalmente, también está en Entre Ríos la tensión de interior vs. capital, de pensar (desde allá) “ustedes viven de lo que nosotros les aportamos”. Que de repente se invierta esta relación donde el centralismo es el demonio y los hermanos de la otra ribera son defendidos a muerte, y los locales entren en el empaquetamiento de la administración central, es muy extraño. Para mí, es inédito. Esos afiches que claman por “solidaridad con el pueblo de Entre Ríos” también me resultan muy extraños. Los tipos tienen para sí desde siempre que el centralismo les chupa la sangre, pero parecen realmente proclives a pensar que “esta vez será diferente”. Es como si el marchismo y los cortes fuera una tecnología que nos aúna, algo así como el “hacer la nuestra” del fútbol. ¿Cómo es que los entrerrianos entraron en la nacionalización del conflicto? Eso es lo que más me intriga. Llevándolo al terreno más Q (paranoia anti-K), para mí en los tipos hay un deslumbramiento por la gesta nacionalista, un comprar el modelo a ciegas, creer que de repente el gobierno central les va a solucionar el problema armando una “causa nacional”. Porque bien podrían haber encarado un camino de perfil más bajo, sin folklore épico.

Del lado uruguayo, imagino que también habrá elementos simétricos a estos, con sus propios chauvinismos, porque existe también un imaginario de la “opresión imperialista argentina”. No se trata de defenderlos, pero se puede hablar un poco más del lado de acá.

Por la manera en que el tema se instaló en la agenda, hay que pensar en todos los imaginarios puestos en juego, porque los de Gualeguaychú (que cuidan su quintita) son algunos, pero en la “causa nacional” que emergió, se pusieron en juego otras cosas que no tienen nada que ver con el paraíso casi perdido.

Pensando en todo esto me pongo a leer lo de Perantuono y veo:

“una convicción absoluta está instalada en el ánimo de los ciudadanos de Gualeguaychú”

¿UNA convicción? ¿Absoluta? ¿Y eso es para encomiar o para asustarse? Para mí es más bien algo de temer, pero para Perantuono parece algo buenísimo. A mi lo que está detrás y no me gusta es el neo-folklore de la causa popular movilizada, lo del cacerolismo como modelo. Con los pibes que hablan así, siento que me quieren vender algo de la épica que quedó instalada con el 2001. Una idea perversa de que “el pueblo reaccionó ante la crisis y empezó a construir una sociedad mejor”.

“Era un hombre afligido y simple que había trabajado todo el día, que aguardaba el paso de los autos tomando mate y empuñando un sol de noche”. No cuestiono la voluntad del Hombre Afligido, pero me inquieta la visión de Perantuono, de sencillez que de por sí legitima lo que él (Perantuono) quiera vender. Dice que “manejaba desde Buenos Aires, pero pese al cansancio…” como si fuera una odisea y no un trayecto de dos horas y media. Todo para darle un sentido de búsqueda, descubrimiento y revelación a un episodio en el cual no ahonda ni un cachito. Hay unas cuantas parecidas a esa:

Son todas expresiones de un golpebajismo increíble. Y detrás de eso veo un trasfondo de que hay que demostrar por la fuerza que la lucha popular es buena, que tiene que tener resultados buenos porque es buena y que “ahora sí” “somos un pueblo con conciencia” o “tenemos que seguir el ejemplo”.

IVANA: Sí, 100% de acuerdo con lo del golpebajismo y con lo de instalar la épica del cacerolazo. Pero desde mi lugar lo que yo no veo en la cuestión es que sea tan claro lo de la xenofobia y lo de hacer de esta causa una cuestión nacional o federal.

No tengo idea qué pensarán esas almas nobles de Gualeguaychú , pero desde acá (desde el centro) yo sólo puedo ver el tema en estos términos:

Fijáte que en esta secuencia no aparecen dos países. No debería ser relevante que la tierra sobre la que se pretende construír la planta quede en otro país, porque en definitiva se trata de lo mismo. Todo esto es romanticismo. Como decía antes, la ecología es romanticismo, pero, insisto (y con el repeluz que me da pegarme idológicamente a los manuchau que veranean en Polonio o en Valisas y que también se horrorizan con Botnia) prefiero ese romanticismo al progresismo o a la revolución industrial (asumo que a quienes veranean en Punta les parece que las papeleras son una excelente fuente de trabajo y qué joder). Mi reacción más íntuitiva es: si en Uruguay no hay fuentes de trabajo y los jóvenes emigran será porque tiene que ser así. Dejen todo cómo está, conserven (aquí me vuelvo decididamente anti-progresista), esperen y organicen un modelo de producción que no sea industrial. Después de todo, una tierra no contaminada va a rendir mucho más en términos de servicio que una contaminada.

En mi barrio, donde la altura máxima construible en algunas calles es 15 metros están como locos con la revolución inmobiliaria. Palermo se extiende. Ya salió una nota en Clarín diciendo que ahora Chacarita es Chacalermo… Todos los terrenos se venden y allí donde había una casita, viene un fulano llamado inversionista y te construye siete unidades en PH todo para arriba. Doce o trece o catorce metros para arriba. Si vivís al lado en una casita baja nunca más ves el sol. ¿Los vecinos de Chacarita y Villa Ortúzar nos organizamos para protestar en contra de ésto? No, para nada. A nadie se le ocurre. Nos jodemos y pensamos que nuestro pe hache va a valer cada vez más y que ya veremos cómo hacemos para mudarnos a Paternal donde todavía quedan algunos terrenos de 38 m de profundidad. Tendremos que tomar el colectivo en vez del subte, etc. Todo eso hasta que Paternal se convierta en Paternalermo, etc.

Para este escenario, (en el que no tenemos la variable dos países) también podrían plantearse dos posiciones bien claras. La posición romántica que añora la fisonomía del barrio, el sol sobre las terrazas y un sólo dueño para la tierra versus la posición productiva o progresista que promete trabajo para los obreros de la construcción, plusvalía para el constructor y siete familias en un sólo terreno de 8×18.

Yo creo que la posición romántica en definitiva es siempre mejor a largo plazo. No suena bien, suena a sacrificio y suena clasista, pero así en caliente es lo que pienso.

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BRENER: Si tienen tiempo les cuento algo, que no sé cuánto tendrá que ver, pero se me ocurre relacionado. Cuando yo me mudé a mi departamento actual, el edificio de al lado era de Alcon, una multinacional que pertenece (o pertenecía en ese momento) al grupo Nestlé, y produce medicamentos oftálmicos. Ese edificio estaba en proceso de reformas.

Más o menos al mes de mudarnos, nos damos cuenta de algo raro: todos los días, a las ocho de la mañana un motor se enciende y funciona sin detenerse hasta las siete de la tarde. Está pegado al aire y luz de nuestro comedor y hall de entrada. El artefacto es de tal magnitud que vibra toda la casa con ese ruido. No escuchamos lo que hablamos y sentimos la vibración en el esternón.

Inmediatamente vamos a hablar con alguien de la multinacional vecina. Ambiente de oficina, recepcionista que atiende con voz neutra y empieza a averiguar a quién nos tiene que derivar. Nos ponemos en contacto con el Ingeniero Bona, encargado de todo el proceso de reforma por el que atraviesa el laboratorio. Bona nos atiende cordialmente, nos dice que su empresa tiene como prioridad una política de buenos vecinos, nos muestra todas las obras que se están realizando y nos enteramos de que el mamotreto que hace el ruido insoportable es una bomba de refrigeración, grande como un elefante. El tipo, siempre cordial, nos dice que no tiene más remedio que poner esa máquina en ese lugar, al lado de nuestra ventana. Que por favor tengamos un poco de paciencia porque al aparato le falta un dispositivo silenciador que está a punto de ser instalado, que mientras tanto van a intentar restringir al máximo el horario de funcionamiento de esa máquina. No podemos detenerla, no podemos parar la producción, me dice con una sonrisa cuando yo sugiero que por qué no tienen paciencia ellos y esperan a no causar perjuicios para poner eso en marcha. Me lo dice como si él me estuviera planteando una cuestión humanitaria a mí. “Comprendan, por favor.” La idea era que el plan de inversiones que estaban realizando, muy importante, más o menos dependía de que el artefacto ese estuviera al lado de mi ventana y en ningún otro lugar. Con tanta guita de por medio, casi imposible que eso fuera a cambiar.

Nos volvimos a casa estupefactos. La restricción horaria significaba que la máquina empezaba a funcionar media hora más tarde y dejaba de funcionar una hora más temprano. Nos resultaba extraño que semejante planta de producción estuviera habilitada al lado de casa y sospechábamos que iniciar acciones legales sería un esfuerzo doloroso y frustrante, porque estábamos en plena revolución productiva: era principios de 1997. Los tipos de la multinacional debían tener abrochada al mango su impunidad. Mientras tanto, hablábamos con el resto de los consorcistas de nuestro edificio, que a pesar de no tener la máquina funcionando sobre sus respectivas ventanas, sentían vibrar sus casas igual que nosotros. Qué barbaridad, decían. La administradora nos daba contención, y decía que lo único viable era seguir conversando.

Pasaban los días y el silenciador no aparecía. Todos los días íbamos a reclamar, y ya habíamos establecido ese vínculo de naturalización de la situación que puede tener un preso que le pide fuego al oficial penitenciario. La cotidianeidad del mal. Más pasaba el tiempo, más paranoico me ponía: que los tipos estos debían ser intocables; que por más vías legales y civilizadas que yo intentara no se iba a resolver nuestro problema; que si intentaba un acto de sabotaje, por más justo que me pareciera, iba a terminar yendo en cana yo. Que al fin y al cabo no habría más remedio que vender el departamento que habíamos acabado de comprar, a la mitad de lo que nos había costado. Ya llevábamos más de un mes así.

Paralelamente a esto, yo venía desarrollando una fantasía. Si la multinacional era tan grande, debía poder encontrar los datos de la casa matriz y escribirles a ellos en términos legalistas. Algo como que no tenían idea del problema en que se estaba metiendo la corporación por culpa de la subsidiaria irresponsable de Buenos Aires. Que podían llegar a tener que enfrentar un juicio millonario si no advertían lo serio de la situación y tomaban cartas en el asunto. En esa época yo era un privilegiado al tener acceso a internet (dial up, en mi trabajo), y las búsquedas las hacía todavía con lycos o altavista. Ni en pedo había sitios web de cualquier empresa en ese entonces. De Alcon, por más vueltas que daba, no encontraba nada. Lo más aproximado que pude encontrar fue un aviso de reclutamiento de científicos, que hacía una oficina de recursos humanos de Alcon. Figuraba un email.

Yo estaba tan hinchado las pelotas, que al menos poner el problema por escrito me calmaba los nervios, o quizá me resultaba estimulante seguir desarrollando la fantasía de que yo, desde mi pc, luchaba contra las corporaciones. Sabiendo que los tipos esos no tendrían idea de (ni incumbencia en) lo que les estaba planteando, y después de escribir varias versiones de mi manifiesto, les mandé un mensaje breve, sin mucho detalle, diciendo apenas que estaba teniendo inconvenientes con la filial de Buenos Aires y no sabía con quien tratar el tema.

Un par de días después de haber escrito, recibo el mail de un gerente de acá. Un gerente de ventas, que con tono amistoso de quien ve un mundo de clientes potenciales, me pregunta muy amable qué se me ofrece.

Mi idea original era llegar a un Alcon de los de afuera y resultaba un poco frustrante caer otra vez en las garras de un comisario local, que seguramente estaría metido en la misma trenza que el ingeniero Bona. Perdido por perdido, escribí mi descarga más enérgica planteándole a este gerente que su empresa no tiene el menor respeto por los vecinos de su edificio, que la situación era insostenible y que las dilaciones para resolver el problema habían superado en mucho mi paciencia. No aceptaba más dilaciones ni otra respuesta que no fuera el final de ese ruido. Recuerdo que todavía en esa época me producía extrañamiento estar mandándole un mensaje por correo electrónico a un desconocido, que probablemente lo recibiera del otro lado de la medianera, a muy pocos metros de mi comedor.

En un par de horas tocaron el timbre de casa. Mi mujer atendió a una empleada del edificio de al lado que sostenía en una mano una copia de mi mensaje y estaba atónita. Miraba el mensaje y levantaba la vista una y otra vez. El mensaje decía claramente que yo no aceptaba una respuesta que no solucionara el problema, y la chica entonces no sabía qué decir, intentaba marcar el inicio de una frase, darle un tono y le salían monosílabos. Reconocía que lo que venía a decir no solucionaba nada, pero por primera vez traía un documento que era la orden de compra del silenciador. Explicaba que el fabricante había demorado la entrega y prometía una fecha concreta para solucionar el asunto, tres días después. No cambiaba mucho nada, pero en el aire había cierto clima de preocupación que antes no habíamos percibido.

La chica que había respondido a mi mensaje venía todos los días a pasarnos un informe de la situación. Veía cómo estaba nuestro ánimo y decía que se estaban estudiando otras alternativas. Antes de esto, solíamos encontrarnos por la calle con el Ingeniero Bona y cruzar saludos protocolares. Ahora nos daba vuelta la cara.

En la fecha prometida, los tipos pusieron el silenciador. El ruido se escuchaba igual que antes.

Dos días después, el ruido se había terminado por completo y veíamos desde la ventana al elefante ahí, dormido.

Al tercer día, la bomba de refrigeración había desaparecido de nuestra vista.

Nuestro último contacto con la chica que había manejado el asunto fue para agradecerle que todo se hubiera terminado. Nos atendió con actitud cómplice, como de abogado defensor que ganó el juicio.

Al ingeniero Bona no lo vimos nunca más. Sospecho que lo terminaron echando, aunque en ese caso no entendería por qué. O sí. Poco después de todo esto, y con el plan de inversiones que habían llevado a cabo a lo largo de dos años para agrandar la planta, y que parecía asegurar la línea de producción por mucho tiempo más, los Alcones dejaron ese edificio. Creo que mudaron todas sus dependencias a una planta gigante que tienen en la panamericana.

IVANA: Ah. bueno. Me estaba inquietando y la verdad que me alegré mucho de que tuviera un final feliz. Yo tuve algo similar aunque no tan mosntruoso con el aire acondicionado del vecino de arriba que también terminó bien. La sensación esa de que el vecino te está cagando o te está por cagar la vida es desesperante. Es como diría Raffo, el fin del mundo.

A esa sensación me refería yo cuando pensaba en los gualeguaychuistas. Me parece que protestar por la propia calidad de vida (no ya por mejorarla, sino por manternerla) es una lucha válida (sin entrar a decir honorable). A mí, particularmente, me suena mal ponerlo en términos anti-K o pro-K. Porque eso es como cuando sos un nene y tus padres te explican que se van a separar por tu bien o algo así. Tal vez esa no sea una buena metáfora.

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IVANA: Lo que quiero decir es que plantearlo en términos de Revolución Productiva para Uruguay o Apoyo o no Apoyo al gobierno nacional me parece injusto para con la gente que se va a tener que comer la planta esa empeorándoles significativamente la vida. Sería como si en el medio de tu conflicto con Alcon hubieran aparecido otras variables totalmente ajenas a tu salubridad pero no por eso menos importantes.

Con todo, el viernes fue la primera vez que “vi” la cobertura de la noticia por la tele (Telefé Noticias) y es cierto que escuchar a los voceros improvisados daba risa. Una mina se puso a contar el cuento de la muerte de Papá Noel en las chimeneas de Botnia y al corte los conductores del noticiero con tono de padres protectores dijeron que querían aclararles a los chicos que seguramente estaban viendo Telefé que Papá Noel no estaba muerto. Después Telefé puso un informe sobre Botnia por dentro, que se yo. La verdad que las versiones de los hechos que salen por teve, incluso las que salen en los diarios son muy raras, están llenas de ideología, y a veces la ideología molesta. Yo creo en los reclamos egoístas. “Tal cosa me molesta a mí y a mi familia y por eso voy a romper las pelotas hasta el final”

Te digo, desde acá, puedo entibiarme y llegar a concluir cosas más parecidas a las de Tomás Abraham, pero pienso que si viviera ahí estaría semi desesperada tratando de hablar con “alguien de Finlandia”. (Y esto de que el capital sea Finlandés lo vuelve interesante también. Después de todo ahí en Escandinavia tienen estándares de vida muy altos, pero, aparentemente pueden tener esos stándares a costa de pequeños sacrificios que tienen lugar lejos, muy lejos.)

Claro que los reclamos antiglobalización, anti-imperialismo, anti-industrias per se son un bodrio. Obvio que dado el perfil de este gobierno a K le va a convenir ponerse a defender el medio ambiente, pero eso no debería ser relevante a la hora de decidir una posición personal. A mí la posición de K me importa un bledo. Si, eventualmente, coincide con la mía, lo veré como una cuestión epidérmica. Probablemente más atrás haya cuestiones distintas porque a mí me importa el rio, ponele, y a K le importa la reputación que le puede dar que le importe el río. Pero a mí no me parece central a la cuestión como lo pone Quintin.

Qué se yo. Yo tampoco tengo una conclusión.

BRENER: Es que hay demasiadas aristas en este asunto. Pero una clave importante es lo del reclamo individual, y tiene que ver tanto con las papeleras como con cualquier otro tema de los que entran patoteramente en la agenda. Ante un determinado conflicto, hay unos actores que se ven perjudicados y no confían en un reclamo institucional (porque presumen que no obtendrían respuesta o porque esa vía sería demasiado lenta o porque deberían contar con otros medios para emprender ese camino o incluso porque quieren destacarse probando otra cosa). Deciden tomar una vía alternativa para resolver el conflicto y emprenden acciones concretas, pero siempre, conscientemente o no, se involucra a otros actores.

Yo digo que cuando se suman actores que no están directamente implicados en el asunto, estos van por su propio beneficio, su renta particular. Ese ‘valor agregado’ espurio es lo que transforma las cosas, oculto bajo el paraguas de la solidaridad o las cuestiones de estado, movilizando sentimientos que no tienen nada que ver con el hecho objetivo de la discusión inicial.

La más común de estas acciones es el llamado a los medios. Esto yo lo viví en carne propia en la escuela, cuando el asunto ese de hace un año, ya fueran ratas o techos caídos. Escuchabas a los padres decir “es que llamando a los medios, las autoridades se ponen las pilas, las cosas salen adelante”. Pero además está la cuestión de la originalidad de las acciones. La del piqueterismo parece haberse puesto de moda a medida que se banalizaban o se institucionalizaban o entraban en decadencia los cortes de los piqueteros originales. Se corta la circulación a terceros no implicados directamente en el asunto (“pero esto nos incumbe a todos”) y ahí, dependiendo del plus de ganancia en juego, la cosa sigue o no. Unas acciones pueden ser pescado podrido para vender un par de días, una semana o un poco más, si se trata de los medios. El padre al que le mataron el hijo puede desde cobrar la nota (de esa manera se paga ese plus de mercancía) hasta organizar marchas e intentar meter leyes nuevas como Blumberg en su momento. También puede buscar justicia con perfil bajo y no aparecer en ninguna parte, no ceder a la tentación de dar notas. Blumberg no logra lo que logra porque es especial, sino porque hay otros, muchos, que están mordiendo otra cosa ahí.

Llevé la comparación al carajo, porque no es la misma situación emocional la de aquel al que le mataron el hijo que la de quien hace un reclamo ambiental, pero lo que pienso que tienen en común ambos casos es que un hecho más o menos azaroso despierta en muchos de los tipos que lo padecen una fantasía épica, de tener algo importante que ofrecerle al mundo, de ennoblecerse y hacerse grandes al emprender una gesta en la que convocarán a muchos otros. No me interesa hablar de los diez minutos de fama, sino de ese valor simbólico que el tipo está creando al emprender un determinado camino. Cuando a mí me pasó lo de Alcon, podría haber llamado a Crónica, por ejemplo. O haber intentado algo con alguna sociedad de fomento, o haber intentado organizar un boicot para que nadie le compre sus productos al laboratorio. No intento sugerir que yo seguí el mejor camino, ni que soy más piola que si hubiera hecho alguna de las otras cosas. Sí creo que no le agregué componentes periféricos al conflicto, no le agregué valor que les interesara morder a otros. ¿Eso de por sí garantiza un final feliz? No, porque hay muchísimas otras variables en juego. No sé cómo se puede luchar contra las rezonificaciones que permiten construir edificios ahí donde antes no se podía, lo cual garantizaba la luz de las terrazas de los vecinos de Chacarita. Quizá ahí la fantasía que se despierte sea la de obtener la rezonificación de la propia casa para venderla muy bien, pero sospecho que si no hay mucho valor en juego que se oponga al valor de la ganancia de los damnificadores, no habrá sabotaje a la hormigonera que acabe con el asunto.

En la cuadra de Sarandí al 800, hace unos cuantos años habían empezado a construir una torre. Los tipos tuvieron problemas financieros y abandonaron la obra, que entonces se pobló de okupas. Muchas familias vivían ahí bajo las reglas de las casas tomadas en altura: una cosa bastante tenebrosa. Basta imaginarse a los que subían diez pisos por escalera llevando baldes de agua. Tenía su justicia que los tipos hubieran ocupado ese lugar abandonado, pero en determinado momento los constructores decidieron continuar la obra, y entonces hubo muchos de esos operativos de desalojo de los que salen en los diarios. Yo quería que los tipos resistieran, pero una amiga tenía su departamento justo enfrente de la torre, y le tocaba vivir en una cuadra bastante siniestra. Si uno pasa hoy por ahí, no ve ni rastros de toda esta historia. La torre se ve re monona, con florcitas y ladrillos a la vista. Para quien vive ahí, seguro que es mucho más agradable ver la torre que ver la torre tomada.

En el planteo de la justicia de los okupas entra la cuestión de la otra parte, porque uno imagina a los constructores de la torre como tipos despreciables, especuladores inmobiliarios, lobbystas que andan por los pasillos de la legislatura consiguiendo sus permisos de construcción, acumuladores de capital que son objetables por el hecho mismo de la acumulación y la absorción de plusvalía, que no puede sino ser ilegítima. Entonces parece justo cagarlos un poco e impedir el desalojo, porque los okupas estarían equilibrando un poco las cosas.

Supongamos por un momento que no están las multinacionales de por medio. Que el relato dice que “el pueblo uruguayo”, “por medio de cooperativas”, está instalando estas plantas que le permitirán fabricar muchos más libros que lleguen a toda la población, porque además cerrarían todo el ciclo de fabricación del papel y de la industria editorial. ¿Serían las mismas reacciones en general? No hablo de nuestras reacciones individuales, sino de las líneas argumentales que circulan por ahí. Dentro de los argumentos que yo escuché en contra, figuran los de que “a los uruguayos los engañan las multinacionales”, “les venden espejitos de colores”, “les prometen una cantidad de
puestos de trabajo que es mentira”, “les chupan la sangre”, “se contaminan ellos mismos”, todos argumentos en contra de una supuesta relación de vasallaje, en la cual “los uruguayos” parece que fueran tarados, o que fueran la costurerita que dio el mal paso. Si no existiera la figura del chupasangre ¿se verían las cosas de la misma manera?

Todo esto a raíz de dos cosas que dice Ivana en los cuales me quedé pensando: uno, que en el relato romántico no aparecen dos países. Sin las diferencias políticas (en el sentido de límites de países y de situaciones específicas de los habitantes en relación a esos países), el conflicto no podría ser el mismo. Sería quizá como cuando se armó lío en Esquel por la instalación de las minas de oro de Meridian, que contaminarían los lagos y los ríos (¿en qué estará eso?), manifestaciones ante las autoridades y en contra de las empresas. De este tipo de conflictos, con diferentes magnitudes en el rango que va desde problemas de vecinos (con el tema de industrias contaminantes hay a patadas en el conurbano) hasta problemas de gran magnitud como este de las pasteras, hay a montones. No intento justificar o minimizar uno de los problemas debido a la existencia de muchos otros parecidos; lo que me interesa es por qué uno se convierte en una causa nacional y el otro no. Y creo que se convierte en una causa nacional porque se movilizan sentimientos que si no son xenófobos, son de menosprecio. Se crea un espacio de lucha para que entren muchos más actores que lo necesario, y por motivos mucho más esotéricos que los motivos originales.

En este caso, los cortes son acciones para perjudicar (o para presionar) a un país (whatever se entienda por eso: las autoridades, pero también la población en general, como un elemento aleccionador). El conflicto ocurre cerca de Gualeguaychú, pero los cortes no se hacen exclusivamente en el puente de Gualeguaychú-Fray Bentos, sino también en el puente de Colón-Paysandú (más de 100 kilómetros al norte) y en el de Concordia-Salto (más de 200 kilómetros al norte).

Si no entraran en juego las entelequias de los países y los juegos de rivalidad (o de hermano mayor y hermano menor), no se justificaría esa lógica, porque (y acá viene el segundo elemento que yo objeto en lo que dice Ivana) no se trata de que los afectados están haciendo “lo posible” por evitar el asentamiento: están eligiendo una alternativa determinada entre muchas. Cuando ya está hecho, claro, parece que no había otra. Pero cuando yo me tiré el lance con el asunto de Alcon, la acción que emprendí parecía de ciencia ficción. Otra vez, lo pongo como ejemplo no por hacerme el canchero, sino porque antes de actuar de esa manera podía parecer (me parecía a mí) una pura fantasía sin sentido. Seguro que sonaba menos delirante la alternativa Crónica TV.

En este caso, cortar los puentes limítrofes no guarda ninguna relación concreta y directa con las empresas. Si en los piquetes tradicionales la idea original era (o pretendía ser) concientizar, acá sería tratar de impedir la acción de una multinacional concientizando al gobierno de otro país a través de interrumpirles el paso a personas que son a su vez concientizadas e impedidas de aportar recursos al otro país: todo bastante complicado como para comprender que es una acción en contra de los contaminantes, y sin ningún sentido si no está la cuestión nacionalista de por medio. Si el puente Pueyrredón se corta en homenaje a Kosteki y Santillán, es impensable que se corte para aleccionar desde la Capital al intendente de Avellaneda porque tiene empresas contaminantes. No sería mala idea, pero no se podría sostener ni diez minutos. A lo que sostiene (o sostuvo) los cortes en Gualeguaychú, Colón y Concordia me refiero yo, que no es “la bravura y la firmeza del pueblo entrerriano”, sino ese plus de valor, tan grande que da para convertir el asunto en una causa nacional.

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BRENER: Con respecto a lo que sugerí antes de pasar de un conflicto puntual que necesita resolverse a que los actores protagonistas se crean que el asunto les otorga una misión que va mucho más allá, encontré esto en un diario de Gualeguaychú:

EL LADO OSCURO DE LA GLOBALIZACIÓN
Papeleras, ¿con quién es la pulseada?

Haciendo caso omiso al conflicto social, Botnia sigue adelante con la construcción de la pastera en Fray Bentos

El conflicto con el Uruguay, por la instalación de dos pasteras en Fray Bentos, entraña un equívoco. No debiera perderse de vista que detrás se juegan negocios globalizados. Es “una cuestión de guita”, se sinceró el ministro uruguayo José Mujica. La paradoja del proceso es que al adversario global se lo enfrenta con las armas que ofrece la propia globalización.
Por Marcelo Lorenzo

Al patalear contra las pasteras Gualeguaychú no sólo jaqueó al gobierno uruguayo de Tabaré Vázquez. Algo que, si se mira en el conjunto, puede tener escasa relevancia.

A decir verdad, y acaso sin quererlo, la movida de Gualeguaychú sacude en realidad a intereses económicos mundiales. Y pone al descubierto la impotencia de los Estados nacionales de la región frente a los mismos. Las declaraciones del ministro uruguayo de Ganadería, José Mujica, realizadas al diario Perfil (7/5/06), no dejan dudas. Para el ex tupamaro, el problema de las papeleras es apenas “una cuestión de guita”.

El famoso “Pepe” Mujica ya ni quiere simular (algo que debiera aprender el progresismo argentino que lo idolatra). Convertido a la izquierda cínica, el “Pepe”, al preguntársele si Uruguay iba a seguir con las papeleras, se despachó con esto:

“¡Uruguay va a seguir! ¿Qué alternativa tiene? Es una cuestión de guita. Somos conejos de un juego de intereses”.

¿Qué quiso decir el funcionario uruguayo? Lo que todo el mundo sospecha pero nadie se atreve a decir: que la soberanía de los Estados, al menos de esta región, es un mito. Que hay un interés supranacional económico indoblegable.

Pues bien, a confesión de parte relevo de pruebas. (Aunque estaríamos agradecidos si lo hubiesen reconocido antes. Para no pelearnos con el pueblo uruguayo. Al menos hubiéramos podido desactivar el nacionalismo estúpido rampante).

Quienes suscriben la teoría del capitalismo ingenuo subestiman la capacidad de las trasnacionales para marcar la cancha. Pero los datos parecen incontrastables. ¿Qué puede hacer Uruguay, como se ataja Mujica, frente al poder inversor forestal?

El país oriental produce anualmente 13.600 millones de dólares (PBI). Es una cifra insignificante frente a los números de las grandes corporaciones. Por ejemplo: la firma sueco finlandesa Stora- Enso, la mayor productora de papel del mundo, que proyecta instalarse en Durazno (R.O.U.), facturó en 2004 la suma de 15.000 millones de dólares, más que el PBI del Uruguay (según Miguel Arregui, publicado en El Observador de Montevideo). Por otra parte, se sabe que la inversión de Ence y Botnia juntas, 1.800 millones de dólares, representa el 9% de lo que produce Uruguay. Se trata de un porcentaje impresionante para un país pequeño y subdesarrollado.

Es como si en Argentina se anunciara una inversión de 17.000 millones de dólares. De hecho el gobierno de Kirchner anunció con bombos y platillos no hace mucho la llegada de 20.000 millones de dólares desde China en 10 años, y el país se conmocionó (A propósito, ¿en qué quedó esta promesa de inversión?).

Por lo demás, también es sabido que estos mega-emprendimientos son apalancados por el sistema financiero internacional. No es casual que el Banco Mundial sea quien esté detrás del financiamiento. Sólo desde este contexto mundial se entiende el Acuerdo de Protección de Inversiones que Uruguay firmó con Finlandia. Un convenio que consagra, sin atenuantes, una suerte de estatuto del coloniaje, toda vez que el inversor se coloca en un plano superior al del Estado uruguayo.

Ahora bien, si es cierto, como creen algunos, que no hay ningún orden por encima de la economía, que el mercado dicta su ley en Occidente y éste a su vez hegemoniza el globo, ¿no resulta ingenuo creer que el tribunal de La Haya, apéndice del ordenamiento global, fallará contra Botnia y Ence?.

La sospecha existe y tiene asidero. Como sea, está claro que los
gualeguaychuenses han hecho un aprendizaje rápido de globalización. Más bien una lección práctica de cómo funcionan los mercados globales. Y el poder de veto que tienen sobre la realidad.

¿Pero entonces la globalización es mala? En realidad esa palabra, muy de moda desde hace un tiempo, describe una realidad tan general que no dice nada. Los procesos históricos son complejos y dinámicos, como toda realidad humana colectiva, e irreductibles a toda etiquetación. Por tanto, no es correcto demonizarlos per se. Eso sería el equivalente a instalar un pensamiento único de nuevo signo. Además, no debiera pasarse por alto el hecho de que la resistencia de Gualeguaychú es hija también de la globalización.

¿Cómo es eso? Es que la conciencia ecológica que dispara la reacción ciudadana local es producto de la era de la información, un fenómeno típico de la sociedad globalizada. De hecho, algunos autores sugieren que la única globalización real es la del conocimiento, potenciada por la revolución tecnológica en el mundo de la comunicación. No sabríamos nada del desastre ecológico ligado a la industria pastera, ni la sensibilidad hacia el medio ambiente sería tal en la sociedad civil, de no ser porque ése es un rasgo de la aldea global, de neto cuño mediático. Tal parece, por tanto, que Gualeguaychú enfrenta a las fuerzas del mercado global con las herramientas que le da la misma globalización.

IVANA: Bueno, la verdad que ambas objeciones de Brener están muy bien argumentadas. Sin embargo me parece que ambas son externas al conflicto original.

La primera (la de que sí hay dos países y eso hace la diferencia) y la segunda (la forma elegida para la protesta).

Probablemente la forma del reclamo sería diferente (o inexistente) si en lugar de una multinacional se tratara de una cooperativa. Seguro que los reclamantes que salen en la tele dirían otras cosas, o serían menos o no se identificarían con una épica de Piquetes.

Y acá tengo una contradicción o una duda: acercarme al conflicto a través de las noticias me pone invariablemente en modo cínico o en modo indiferente y el gesto que me aparece es ¡Haaaambre!

Pero si no me dejo tocar por la tele y pienso sola, digo, ¡Qué desastre! Ojalá gane “la gente” o “el pueblo” o “los vecinos”.

La primera vez que recuerdo haber hablado de esto fue en una plaza con uno de los padres del jardín. Ellos se iban a Brasil y estábamos comentando el tema de los puentes cortados, etc. Y yo recuerdo haber dicho (el padre asintió conmigo) “Qué al pedo este corte, como si fueran a cambiar las cosas. Mirá si van a dejar de llevar a cabo semejante proyecto-negociado por una protesta vecinal” Eehhhhh. Acá podría entonces entrar la objeción tuya, Brener, de que la nacionalización (el hecho de que hay dos países) sí es relevante. Para K es una oportunidad hermosa. Imaginate si vos sos vecino de Gualeguaychú, sos un argentino a punto de ser asesinado por un veneno extranjero y de repente, por el camino, viene papi con los abrazos abiertos y te dice: Tranquilo, hijo yo estoy contigo y te voy a defender. ¿Acaso no es eso lo que todos los hijos queremos? ¿No es ese tipo de intervención pública la que pedimos los vecinos cuando los intereses privados amenazan con taparnos el sol de la terraza? Es, a priori, una manera de ver las cosas bastante infantil la mía. Vuelvo a la metáfora de la familia en la que los padres dicen que lo mejor es separarse. Y si te ponés a pensar la demagogia es infantilizante.

En una reunión el domingo escuché una conversación en donde alguien le decía a dos españoles que comentaban el fenómeno político: “a una le da cosa decirlo porque nadie quiere ser oficialista, pero lo cierto es que pareciera que con este gobierno hay un poco más de aire” Yo me iba a meter por el hábito de discutir, no estaba segura de lo que iba a decir pero el tono era de pregunta, era un ¿te parece? ¿más aire comparado con qué? y antes de que pudiera decir nada salió el tema de las papeleras y la española se puso a mencionar policías custodiando un Mcdonald’s. Hoy ya estoy mejor, pero el domingo tenía dos llagas en la lengua que me hacían doler cuando masticaba, tragaba y hablaba, así que me quedé escuchando y no entré en la conversación, pero si lo hubiera hecho seguramente hubieran aparecido todas estas cosas que acabamos de discutir y con las que no terminamos de llegar a ninguna conclusión.


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