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La Tentación de San Francisco de Sales

12 05 2006 - 18:04

Uno es objeto de compra-venta, de intercambio, de caricia fácil. Se emociona con una corbata, una entrada para Nordelta o un estreno de medio pelo donde puede practicar su deporte favorito: el periodismo sanguchero, la charla berreta, el cinismo inconducente. Me gusta hablar de vinos, como si fuera sommelier, pero no sé agarrar la copa. Llevo una vida de Chandon con sueldo de cerveza Santa Fe.

Me encanta que los famosos me saluden, me llamen por el nombre. Que los políticos me tiren un off, me guiñen un ojo y me demuestren una afinidad tan impostada como ingenua. Un off a cambio de impunidad. Una primicia, una charla de quincho, a cambio de hacer caja sin ojos escrutadores.

La elite (conductores, editores de diarios y revistas, operadores) se pavonea cuando es invitada a los meetings de las embajadas. Muchos de ellos no saben distinguir entre jacobinos y girondinos, entre Bonaparte y Napoleón III, pero por nada del mundo se pierden celebrar un nuevo aniversario de la Revolución Francesa en la Embajada. Lo mismo el cocktail de fin de año de Repsol, un must del periodismo abc1. O el brindis del 4 de julio con el embajador norteamericano de turno.

Pero son los regalos los que se han institucionalizado como una variable. Desde la proliferación, como hongos, de las agencias de prensa, y desde la nueva noción de las empresas de que llevarse bien con los medios y acariciar el bolsillo de los periodistas es el salvoconducto más eficaz para conseguir un objetivo, las distintas secciones de los diarios y revistas, los estudios de tevé y de radio, comenzaron a atiborrarse de “atenciones especiales”, eufemismo que sirve para encubrir un suave chantaje en forma de regalo que los cronistas reciben de las agencias de marketing. La ecuación es demoledora: un par de medias a cambio de una mención, una foto por cinco cenas, dos días en un crucero por una nota. Algún sobre por la nada. Es mejor eso –la nada, el silencio, la ausencia– a una investigación o una pregunta molesta.

En ocasiones, estos guardianes de la pluma o el micrófono, que han tenido la fortuna de ocupar un resorte descabelladamente esencial en la maquinaria de las democracias modernas, consiguen que esas empresas que comienzan a relacionarse con ellos con leves escarceos, se conviertan, en poco tiempo, en anunciantes de sus programas. Un canal, PyE, sirve como escenario para que estos muchachos anaorgásmicos puedan reunir, con un Potus y un Escritorio de por medio (de allí, supongo, su nombre), a estas interesadas empresas que siempre apoyan el periodismo independiente en su lucha incesante por un mundo más justo. Después, invitan al piso a un encuestador, a un diputado, un podólogo o un divulgador de la historia –lo mismo da– y arman 30 minutos de nada.

En el caso del periodismo periférico, no jerárquico, los regalos sirven para vestirnos un poco mejor. Los eventos, en cambio, para mirarle el culo a una promotora, beber gratis, comer algún saladito y escapar de la deleznable realidad de la redacción, el lugar con mayor radioactividad por metro cuadrado del mundo (sobrevuelan, sobre todo, partículas de envidia, inquina y cinismo, mechadas con algunas de estupidez y tedio). En el caso de las ligas mayores, la relación roza el delito. Y es tan desfachatada y torpe, tan espuria y cortoplacista, que no es exagerado afirmar que, en no mucho tiempo, esa relación tal vez genere una explosión, un big bang que nos vuele a todos por el aire.

Pero tal vez lo más sórdido de esta realidad tan baja es que el gobierno se siente con autoridad moral para señalarle a la prensa sus errores del pasado y sus distracciones del presente. Esa debilidad de la prensa, esa abdicación ante el altar del negociado, no hace más que cocinar un caldo exquisito para K, quien ataca desde el púlpito, no da notas y edita la realidad a su manera. Y encima le ordena a sus ministros que ni siquiera hablen en off con los periodistas.

Lo que resulta insólito es que esté tan naturalizada la prebenda, ya sea una invitación a esquiar, un cinturón de cuero, un teléfono celular o 10 mil pesos por mes al final del bloque. Pareciera formar parte indivisible del paisaje laboral.

Esa concupiscencia, esa relación deforme entre el protagonista y el intermediario no hace más que redundar en un deterioro cada vez más profundo de la profesión. A algunos podrá parecerle un terreno irrecuperable, una batalla perdida y bizantina, pero luego de leer las declaraciones de Mattie Lolavar, la ex socia del consultor político Dick Morris y ex asesora de Fernando de Santibañes, en el diario La Nación , donde asegura que fue contratada por el gobierno de Fernando de la Rúa para operar contra Menem en algunos de los medios más importantes del país, no es utópico pensar que el periodismo deba someterse a una revisión de su actuación en los últimos años, o generar una figura –un tribunal, compuesto por gente idónea– que sirva de contralor. (Tomás Abraham propondría uruguayos. Tal vez no es mala idea.)

Basta repasar las tapas de los diarios previas al derrumbe financiero del 2001 para recordar que, desde hace tiempo, las tapas parecen reflejar una realidad paralela, insólita. En aquel entonces yo cursaba el Master de periodismo de Clarín. Recuerdo como, con frases como “temor republicano” y “cuidado de las instituciones”, se sostenía que demasiada verdad podía ser peligrosa. O intolerable. No había que atizar la hoguera del descalabro.

Está claro que no decir la verdad no mejoró la situación. Por lo demás, sería interesante saber si los fondos de los hombres fuertes del periodismo argentino, los jinetes de la moral y del honor, quedaron atrapados o no en el corralito.


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