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Un dibujito animado de los viejos

15 05 2006 - 20:15

Los días pasan de a uno. Para cada persona es igual. Es el tiempo consensuado: un día va desde que nos levantamos hasta que nos acostamos y su noche es desapercibida cuando se duerme bien, problemática y amenazante cuando no nos asegura un buen descanso.

A este mismo tiempo le podemos atribuir unidades o descomponerlo en bloques. Lo fragmentamos de un modo casi único, a pesar de la partición en común. Aunque sea martes, un día laborable con horarios segmentados para las prácticas comunes, hilando fino nunca estamos igual en un momento que se supone similar.

El segmento codificado como día y hora en común coexiste con la situación que se compone en singular: un tiempo subjetivo de la experiencia que se produce en paralelo a la fragmentación de referencia como repetición.

Por más rutinaria que sea la organización de la existencia, siempre se abre a la inmanencia de la producción de la experiencia.

De cualquier forma es verdad que en menor o mayor grado, las personas buscan establecer una constancia unificadora y previsible dividiendo en eventos gruesos la partición de la diaria y la de la semana. Es esta una representación que podemos resumir en la desazón común del domingo al atardecer: resiste desde la infancia más allá de que, por ejemplo, cada vez hay menos gente que trabaja a partir del lunes.

Los días hábiles eran los días que el Estado definía como aptos para operar con él y con el dinero cuando el capitalismo era como un dibujito animado de los viejos. El fin de semana se consagró al descanso porque así lo hizo Dios. La fiaca y la familia inundan estos días “discapacitados”.

¿Se habrá aburrido EL en el séptimo día?, ¿se habrá podido relajar?.

Sabemos también que la partición del día y de la semana se pueden proyectar al año laboral y las vacaciones.

No quisiera ceder a la tarea descripiva de los hábitos ni de los sacrificios o esclavitudes que dispone el neocapitalismo, no es de lo que quiero hablar.

Hasta que uno no llega a aquélla, una significativa edad, este sistema de partición en fragmentos de la cotidianeidad, no sufre más que los avatares propios de la clase o el campo social al que se pertenece.

La llamada “vocación” fue en gran parte, un proyecto que disfrazado de contenidos, problematizaba la rutina; tanto la del proletariado obrero como la organización de la existencia en el conservadurismo de los acomodados.

Hacer –o llegar a hacer- “lo que quiero” es claramente el resultado de un proyecto de administración del tiempo. Es el tiempo que lleva el sello de la reivindicación de la autonomía singular de la existencia. Se lucha por la producción de la singularidad para habitar el tiempo dentro de una segmentación consensuada de la temporalidad: a través de la “verdad” de una realización personal que es la representación de una identidad, se pretende vivir la existencia personal como propia. Se trata de una formación de compromiso –un síntoma- que transa con la trascendencia de quién soy y seré para evitar la temida discontinuidad de la experiencia.

El presente puede sin embargo, abrirse a una multiplicidad que considere al mismo tiempo lo finito de nuestra existencia y lo actual de un evento peculiar que no remite a un principio ni a un final, sino que está en su producción.

En otras palabras podemos saber quiénes solemos ser: el producto de una historia que nos define y nos hace responsables de elegirla como identidad, pero no por eso podremos rehusar a la decisión que implica una renuncia de todo lo que se nos representa como “Nuestra Identidad Histórica”. La decisión es el riesgo de la jugada sin amparo ni precedentes (sin curriculum): al decir de Nietzche, cuando debemos tirar los dados siempre los arrojaremos en el tapete de un presente único.

“Aquella edad” a la que me refería es tanto la crisis de la mitad de la vida como la amenaza del climaterio. La carga de los malos tragos de la duración de la vida o la revelación velada de que ya no se puede creer en la potencia múltiple de la voluntad: el cuerpo que nos distancia de los jugadores de Primera que creíamos por siempre congéneres, la flaccidez sutil de esa parte de los brazos que cuelgan alegremente para los nietos.

Es también el instante cuando se siente que los hijos ya son personas reales y uno empieza a preguntarse qué hizo con su tiempo. ¿Lo hice bien, lo hice mal?… pero lo que más importa es que lo infinito y lo continuo tambalean seriamente.

La muerte y la imposibilidad son los modos más comunes de figurarse el fracaso.

La melancolía es en gran parte carencia de talento.

El aburrimiento en sus distintas formas –drogas, countries, tele, amantes con fecha fija- son el producto de seguir pensando el tiempo como lo que le pasa a nuestro cuerpo. Creemos que el tiempo y nosotros somos siempre eso que siempre estará allí.
Frente a la evidencia de lo que ya no es permanente, sin un Dios o un Estado que sean el destino de nuestra proyección de lo permanente, los sujetos vivos han debido valerse de invenciones que mantengan el tiempo como exterior, como ajeno. Nos hemos procurado nuevos productos para sobrellevar la incertidumbre.

Por un lado la patologización de la existencia cuyo ejemplo es la depresión.

A través del aburrimiento como articulación hemos consagrado un nuevo producto cultural: la creatividad. Pero tan rápido sucede todo que ya presenciamos su inutilidad.

La creatividad y su superlativo el artista han dejado de ser inventores de universos aparalelos, como decía Gilles, para ser ahora los apenas disimulados traficantes elegantes del producto de las exenciones impositivas de los reyes del mercado.

El placer del consumo mostró que no tiene nada que ver con la alegría.

La virtud está muy lejos de la moral y de las cosas sanas.
El destrozo y la violencia son la expresión de los que no pueden pertenecer, o se rebelan sin destino: es la misma frivolidad.

El glamour sin embargo existe.

Sufrir es el precio que pagamos para amar, me lo dijo Amis.
La paciencia, la pelea amorosa, el desconcierto de un padre van durando y un día hay un instante de calma.


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