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Super-Kannes

20 05 2006 - 10:16

La Senadora Silvia Giusti quiere que todas las películas nacionales muestren la bandera argentina durante por lo menos ocho segundos. Listo. Ya está, me voy a dormir. En un ecosistema más o menos normal, no haría falta decir más que eso. Pero nuestra realidad es otra.

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Psychopathy is the only engine powerful
enough to light our imaginations, to drive
the arts, sciences and industries of the world.
J.G. Ballard
, “Super-Cannes”

Me enteré en Cannes via Noriega, chequeando mail desde el celular porque Apple sigue sin descubrir qué le pasa a mi Powerbook. Intuía (ansiaba) que se desatara un mini-escándalo. No digamos voces alzándose en oposición al proyecto de ley, pero por lo menos alguna pregunta incómoda, algún comentario incisivo. La oportunidad es inmejorable para hacerlo precisamente en Cannes, dada la presencia de una delegación argentina cuantitativamente importante.

El problema es que no hay nadie que pueda hacer esas preguntas. No es que no puedan, en realidad, pero hay que tener en cuenta una variable poco difundida: el viaje de cada periodista argentino en Cannes está pagado por el INCAA. Si el affaire Bernades demostró algo es que las inquietudes intelectuales de los cronistas especializados encuentran un claro límite en el paycheck y los privilegios obtenidos. “La lógica de las mafias hay que respetarla”, me dijo uno de ellos el año pasado, explicando la impunidad de la Brigada Iluminados. Igual uno no se resigna, porque sabe que, digamos, Luciano Monteagudo se sentiría mucho mejor, mucho más persona, si se decidiera a morder la mano que le da de comer durante dos minutos. OK, sí, después te echan, o te infligen andá a saber qué castigo. Pero si te gusta el cine te tiene que sonar mejor eso que la media-vida a la que estás condenado, la rutina de agachar la cabeza ante gente que no puede leer de corrido lo que escribís.

Intenté averiguar yo, pero fracasé, porque el miércoles era el único día en el que tenía cosas que hacer, el stand argentino todavía no se había instalado, y el jueves me fui. De vuelta en casa veo que Noriega sigue siendo no ya el único que dijo “fascista” (a favor o en contra) sino el único que dijo algo. Quería escribir sobre Cannes, pero no me sale. Es como si alguien me hubiera dicho: “hagas lo que hagas, no pienses en la bandera”. Imposible. Se me ocurre llamar a la Senadora por teléfono, y me entero de que se niega a hacer declaraciones públicas. Le vamos a mandar esto por mail, a ver si dice algo. También vamos a simplificar el lenguaje, así nos entiende. Pero antes quiero mencionar a Ballard, cuya novela Super-Cannes venía leyendo en el viaje. Ballard nos va a hacer el favor de introducir al inevitable invitado especial, los nazis.

“Lo que hizo Hitler al principio fue agitar todo tipo de características psicopáticas preexistentes en el pueblo alemán, ideas muy potentes que posiblemente son comunes a todos nosotros y que arrastramos desde la época en que tenía sentido tenerle miedo a cualquiera que no conocés, porque seguramente te iba a robar el ganado, matarte o violar a tu mujer.”

Cito esto a regañadientes porque siempre me incomoda la idea de que estas discusiones las gane el primero que menciona a los nazis. Tiendo a no acusar a nadie de nazi, incluso cuando me parecería apropiado. ¿Qué te van a responder? ¿SUPER-Nazi? Es ensuciar la cancha. Y en este caso tampoco me parece que haya elementos para comparar a la senadora Giusti con Goebbels. No a las personas. Pero hecha la salvedad de que no creemos que el gobierno esté planeando el exterminio físico de nadie, el resto de los métodos se comparan solos.

“Debemos insistir en que todos los organismos educativos deben cumplir con esta responsabilidad ante la comunidad. La prensa, el teatro y el cine, son todas expresiones orgánicas de la educación popular” (Hitler, en un discurso de 1933)

“De esa manera se refuerza la identidad cultural de un pueblo que requiere de la producción de sus propias imágenes, más cuando, como en la Argentina, la rica tradición cinematográfica está enraizada en la historia misma de la Nación.” (Giusti, proyecto de ley)

“Incrementamos en esta campaña el uso formal de la bandera, pero además sería particularmente efectivo que la bandera dominara las calles. Por eso distribuimos miles de banderas a niños y adultos, que hicieron uso de ellas en los días previos a la elección.” (Helmut von Wilucki, reporte interno de propaganda nazi, 1932)

“Creo también en la formalidad de estos actos, en donde se da tratamiento a nuestros símbolos patrios. Porque la bandera no es un trapo que se retira y se lleva sin formalidades, esto forma parte del respeto que muchos decimos querer recuperar” (Giusti, repartiendo banderas en un colegio)

Suena todo muy parecido. Demasiado parecido teniendo en cuenta no ya las atrocidades que separan uno y otro discurso, sino simplemente el tiempo que pasó entre ambos. Pero sé que esto no demuestra nada, más que insensibilidad histórica por parte del oficialismo. Podría argumentarse que las similitudes de estilo son irrelevantes, un indicador tan poco peligroso como compartir con Hitler la predilección por el chocolate. A quién no le gusta el chocolate.

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Dentro de la redacción de TP, donde por suerte todavía podemos convivir sin ponernos de acuerdo en nada –y sin que yo imparta la orden de que en cada nota aparezca una referencia al Nene de la Papa–, Schmidt sostiene la línea del chocolate ofreciendo ejemplos atendibles:

“La verdad es que me parece irrelevante”, dice Esteban. “Otro ladrillo del mismo armado discursivo nacionalista que tiene este gobierno y que tienen todos los gobiernos de sudamérica y que también tiene estados unidos y varios países más del mundo. Como los guardapolvos blancos de Yrigoyen, o el viejo servicio militar puede que sirva para unir a los argentinos, mezclarnos todos, los blancos y los negros, los católicos y los judíos, los ricos y los pobres y saber que hay un valor principal, la patria, por la que llegado el caso hay que deponer ambiciones de clase o de minoría. Si funciona, tendremos un país mejor y si no, uno más paranoico. En cuanto a las películas, me parece que efectivamente le pone un condicionamiento extra a la obra. Yo no votaría esa ley pero no rompería el bloque si todos se empecinan en votarla. No es GRAVE, pero sí es una boludez importante.”

Lo de Schmidt sólo funciona si uno le asigna al concepto de Patria una jerarquía máxima y absoluta, si uno cree que el mundo se termina ahí. Pero aunque el mundo sigue más allá de las fronteras que arbitrariamente delimitan la entidad que él llama Patria, debo conceder que las leyes del Senado Argentino no rigen sobre el resto del planeta. Como ya hicimos otras veces, asumamos el mejor escenario posible. Supongamos que la Senadora Giusti quiere “unir a los argentinos”. Veamos cómo piensa hacerlo.

No es fácil, porque el párrafo central de su fundamentación no se entiende:

La idea fundamental de este proyecto apunta a que, si el Estado está dispuesto a respaldar la industria cinematográfica mediante diferentes medidas con fin de fomentar no sólo a la industria del cine que comprende también a una variedad importante de actividades (actores, productores, directores, sonidistas, asistentes, electricistas y transportistas, entre otros) sino también intereses estatales como la cultura nacional.

Falta un pedazo ahí. ¿A qué apunta la “idea fundamental de este proyecto”? No se sabe. Coincido con Noriega en que vale la pena leer el proyecto de ley completo, preferentemente en voz alta, y me resisto a citar acá la gran cantidad de inconsistencias que cualquier lector de TP sabrá observar fácilmente sin mi ayuda. Me limito a reproducir mi párrafo preferido, en el cual la Senadora imagina los efectos prácticos de su ley:

Creemos que el centro de la cuestión es acercar a la gente a los símbolos patrios con la doble finalidad de reforzar la noción de identidad argentina y de darle a la misma una especie de sello de calidad. El espectador argentino nota en la película un símbolo que le pertenece y se siente parte importante de la construcción de la cinta cinematográfica; mientras que el espectador extranjero advierte también una especie de sello propio e inconfundible que tendrá en cuenta al elegir su próxima película.

El escenario es improbable incluso dentro de la lógica del oficialismo. Difícilmente el espectador argentino se sienta parte importante de algo por observar los efectos de una reglamentación tan obligatoria como el uso de un parquímetro. Y cuesta entender a qué se refiere cuando menciona las elecciones futuras del espectador extranjero. ¿La bandera también tiene que estar en los trailers? ¿En los afiches? ¿Cómo advertir el sello “propio e inconfundible” antes de entrar a verlo? ¿O Giusti se refiere a la experiencia inicial, y quiere impedir que el público extranjero confunda Nueve Reinas con una película China o, dios nos libre, Uruguaya?

El proyecto es un disparate, pero esto no lo hace menos viable, por lo menos en la evaluación que hacen tanto las instituciones que lo respaldan como el grupo de directores locales que se reunió la semana pasada a discutir distintas maneras posibles de cumplir con esta ley en el caso de que se promulgue. No me parece que haya que condenar esta actitud; la única lealtad que deberíamos exigir a los cineastas es la que cada uno de ellos tenga con el cine. Yo no tengo problema en ver películas con bandera incluída, si son buenas. Después de todo, Rossellini hizo unas cuantas películas para el fascismo y ahí está, en el panteón que obtuvo por méritos más relevantes. Pero como la ley todavía no se promulgó, todavía estamos a tiempo de ofrecer por lo menos un par de argumentos sólidos en su contra. Invitamos a los legisladores de cualquier signo político a hacer uso de ellos libremente.

Uno: la peligrosa imprecisión acerca de las formas aceptables de representación de la bandera. El proyecto de ley parece muy preciso en este aspecto (ocho segundos, etc.) pero demuestra en los hechos la imposibilidad de legislar específicamente acerca del contenido de una obra de arte. Asumimos que la representación de la bandera no cumpliría con los requisitos de la ley si aparece tirada en el piso con un chimpancé haciéndole caca encima. Pero esta certeza sólo se aplica a casos extremos. ¿Sería aceptable tirada en el piso con chimpancé que no hace caca? ¿Y tirada en el piso sin chimpancé? ¿Cómo podría esta ley ponerse en práctica sin la existencia de un organismo que fiscalice cada uno de los casos? ¿Qué posibilidades hay de que ese organismo no se transforme en una entidad censora? En lo personal, intuyo que la censura es precisamente lo que el proyecto de ley persigue, y se me ocurre una manera de constatarlo.

Dos: Todas las necesidades de la Senadora Giusti podrían ser satisfechas con una simple placa mostrando la bandera (8 segundos, si querés) antes de cada película. ¿Por qué hace falta que la bandera esté inserta compulsivamente en el cuerpo de la obra, como elemento inherente a cada una de las historias? ¿Qué necesidad hay? La respuesta a esta pregunta debería echar luz sobre las intenciones del oficialismo. Mi apuesta es: sometimiento y censura. Pero en una de esas me sorprenden con algo nuevo. O tal vez debamos, lamentablemente, volver a mencionar a los nazis. “La bandera ayudaba a convertir escenas dramáticas en mitos nacionales y a presentar a personajes históricos como figuras sobrehumanas que moldeaban su destino”, escribe Hilmar Hoffmann en El triunfo de la propaganda. No es improbable que la Senadora suscriba a este análisis, aunque tal vez no a su tono crítico, en la serie de películas históricas que sin duda imagina.


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