Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







La plaza del sí

24 05 2006 - 11:56

Creo que el juicio que hay que emitir sobre este gobierno debe ser severo. No me refiero a un crítica condenatoria, sino a la necesidad de exigir ciertos cambios en el modo de gobernar. Hablemos primero de algunos aspectos positivos. Partamos del hecho de que en menos de tres años pasamos de la incertidumbre a una relativa pero real estabilidad en materia política. Sabemos quien nos gobierna, el poder ejecutivo es activo y manda, y aunque estos atributos no tienen calificación, sin aclarar si lo hace bien o mal o entrar en detalles conflictivos, el hecho es que lo peor que puede sucederle al país es no tener instituciones gubernamentales o carecer del un Estado que cumpla con las condiciones mínimas de seguridad. Desde diciembre del 2001 hasta la asunción de Kirchner en el 2003 la política fue de transición, ya que Duhalde se decía provisorio y cuando armó con sus allegados la operación “clamor” para quedarse, se produjo el asesinato de los dos piqueteros que lo dejaron encerrado en un callejón sin salida.

Con menos de la cuarta parte del electorado Kirchner construyó un espacio de poder propio que da una cierta tranquilidad política a un país sectorizado en intereses que no se conjugan en una estrategia común.

Aspectos positivos de este gobierno son la política social que entregó subsidios a una masa de gente desocupada que llegaba al 20% de la población económicamente activa y que desde 1995, después del primer cimbronazo de los mercados emergentes, había sido totalmente ignorada por el gobierno menemista; la negociación del default que ya iniciada por Lavagna y Nielsen durante el gobierno de Duhalde, obtuvo un saldo que pocos podían imaginar en una situación en la que no se veía salida y en la que el FMI aparecía con una fuerza extorsionadora invencible. Leviatán planetario que usaron personeros locales para crear atmósferas de pánico. Recordemos la presión que significaba para el último gobierno de la Alianza el riesgo país y los compromisos externos que terminaron con el ministerio de Machinea y luego con todo el gobierno de de la Rúa.

A favor de este gobierno contamos también la renovación de la Corte Suprema, una mejor recaudación fiscal, y un manejo de la economía que le permite un crecimiento fuerte estos últimos años.

Este manejo de la economía es el resultado de una serie de factores que no dependen tanto de la pericia de un presidente ni de los resultados obtenidos por la implementación de una elaborada estrategia. Una moneda devaluada, el congelamiento de los salarios del Estado que perdieron hasta un 40% de su poder adquisitivo, y un contexto internacional en el que los commodities, los alimentos y el petróleo tienen efectos en todos los mercados proveedores de materias primas con la suba de precios de la soja y el petróleo, al ritmo del crecimiento de la economía china, la india, y los desequilibrios que producen los conflictos del medio oriente, permiten el superávit fiscal y un excedente positivo de la balanza comercial.. Son varias las economías postergadas que mejoran sus finanzas públicas estos ultimos años debido al contexto internacional, desde Argelia al Perú, de Uruguay a Méjico, de Australia a Malasia. Regímenes distintos, puntos geográficos alejados, tienen el beneplácito de un comercio internacional que favorece a países proveedores de materias primas.

Creo que otro punto a favor de este gobierno es el modo en que maneja el tema de la protesta social. Primero tenemos que tomar en cuenta que un país en el que se han sucedido en los últimos años tres quiebres económicos, para empezar la hiperinflación de 1989, luego la crisis social de 1995 que origina una desocupación crónica, la confiscación de los ahorros y la ruptura de los contratos en el 2001, una sociedad que vivió el terrorismo de estado, el terrorismo paramilitar de organizaciones guerrilleras y el de las formaciones especiales, que vive secuestros de personas por organizaciones delictivas y mafiosas, que padeció la masacre de la AMIA y de la Embajada de Israel, el envío y sacrificio de cientos de soldados a Malvinas, una población que tiene en sus márgenes y hasta cerca de su centro niños y adolescentes que toman drogas baratas y duras que son la antesala de la autodestrucción y de una violencia que no tiene límites, y que frente a todos estos avatares dolorosos ha visto que ni la justicia ni la policía han dictado sentencias ni encontrado culpables, ni que la policía tiene planes de prevención que ahorren nuevas víctimas y, que por el contrario, es cómplice del delito, no podemos esperar que una sociedad que ya no confía en su clase política, que descree de la función delegativa del poder, que no tiene confianza en el poder judicial, no podemos evitar que manifieste su descontento y sus reinvindicaciones en la calle. La calle y la televisión han sido movilizadores de atención ciudadana a falta de un Estado confiable y una justicia práctica y eficiente.

Reprimir aquello que actúa fuera de la ley es tarea del Estado, pero sabemos que en las manifestaciones públicas siempre hay elementos fuera de control y que en las mismas fuerzas de represión hay quienes pueden provocar víctimas innecesarias. Nadie quiere muertos, esto lo saben todos y en primera instancia el personal gubernamental que tiene la responsabilidad del orden público, de ahí que en la mayoría de los casos de protesta social es necesario negociar el espacio otorgado y aquel que se quiere resguardar para que el perjuicio de la ciudadanía sea el menor posible.

Existe de parte de cierta oposición un pedido de disciplina, se interpreta a esta sociedad en la que se protesta un descampado de un país piquetero, sin ley, ni autoridad, etc. Sin embargo se hace inevitable la flexibilidad en el control de la protesta, es indispensable, aunque también lo es la discriminación entre protestas que defienden un derecho, y otras que no hacen más que provocar la represión y forzar los límites en su afán de demoler todo lo que se pueda.

Por lo tanto hay ciertos aspectos que ubico del lado positivo de la actual gestión gubernamental que me hace sostener que para quienes no formen parte del oficialismo, la palabra y la posición “opositora” se equivoca de camino, ya que lo hay que buscar no es cómo oponerse sino como crear alternativas, que conserven lo bueno y mejoren lo malo.

Por eso hablaré de lo malo, de lo negativo, y hasta de lo peligroso.

[page]

Página 2

Parto de la siguiente pregunta: ¿sirve en nuestro país la forma de organización política que se define como democracia representativa, con su división de poderes, un sistema de delegación que permite el control de cada una de las instancias de gobierno, una forma de gobierno pensada por los filósofos políticos del siglo de las Luces europeo y que fue enriqueciëndose con las experiencias revolucionarias del nuevo mundo; desde la revoluciön norteamericana hasta la revolución de mayo; de Jefferson hasta Alberdi, la llamada tradición liberal, la que garantiza derechos individuales, los de la propiedad, la libertad de expresión y asociación, el respeto por las minorías, la libertad de culto, la de la expresión electoral cuidadana?

Esta es la pregunta porque su respuesta no es evidente ni es unánime. Cuando en apariencia existe unanimidad en autodefinirse democrático, bajo esta palabra podemos encontrar todo tipo de imágenes políticas, utopías variadas, y adversativos de la más amplia estirpe. El adversativo más conocido es el que dice que hay democracia si hay justicia, y cuando se pide justicia se habla de redistribución de la riqueza, de la vigencia de los derechos sociales, de una sociedad equitativa, y de una serie de condiciones que amplían la esfera legal y la de los derechos ciudadanos, que justifican que hasta que estas condiciones no se realicen, no hay democracia, y de este modo se traza un camino para justificar medios fuera de todo convenio y contrato, hasta la misma violencia, para que esta visión integral y total de la democracia advenga. La frivolidad de vastos sectores de nuestras capas medias les hizo coquetear con los secuestros de la década del setenta como con las bombas que mataban uniformados. Esta frivolidad que se maquilla con pátina progresista rápidamente puede lavarse y trastocarse en signo contrario cuando ve dañados sus intereses.

Hacer esta pregunta en una república que desde el voto universal y obligatorio de la ley Saénz Peña vivió hasta 1930 una democracia que se calificó de demagógica y tergiversadora de los verdaderos valores republicanos, que desde 1930 se convierte en la década infame y en la república del fraude, desde 1946 en un régimen autoritario y plebiscitario, en 1955 en el gobierno de la proscripción de las mayorías populares, hasta 1973 el de dictaduras militares, de 1973 hasta el 76 de la violencia generalizada llegando al mes de febrero de 1976 a más de cien asesinatos políticos, de 1976 hasta el 83 un régimen dictatorial que ha sido calificado de genocida no tanto por la cantidad de crímenes que cometió sino por su pretensión de borrar para siempre una cultura disidente y emancipadora a la que etiquetó sin distingos como subversión, luego de 1984 a 89, la democracia incipiente bajo tutela de fuerzas armadas que terminaron por condicionarla y prácticamente derrocarla. Sigo con la década del noventa que es signada por el avasallamiento de la función pública para fines privados y la corrupción sistémica, hasta lo que sucedió en el 2001 con el golpe de estado llamado popular que barre con la investidura presidencial.

No es fácil buscar antecedentes en nuestra historia de una tradición republicana salvo para los que se remontan a la república patricia progresista de los tiempos conservadores de la década del 80 del siglo XIX. Sin embargo, a pesar del listado que puede hacerse de nuestra desdichas no estoy de acuerdo con estos sumarios supuestamente históricos para dar un diagnóstico de nuestro pasado y menos para aportar ideas para una transformación del presente. Por un lado porque no sirven como jamás han servido los brochazos gruesos de la historia que se restringen a una visión maniquea que divide según la escoba ideológica del curandero de turno.

Nada más fácil que hablar de nuestra historia como la de una crónica monótona en que pujan siempre los mismos adversarios con nombres cambiados como pueblo y oligarquía, populistas y republicanos, nacionalistas y liberales, y hasta diría, en varios casos, izquierdas y derechas. La mitad de los protagonistas de esta versión de la historia van a la bolsa de las víctimas y la otra mitad a la de los verdugos. Por eso las analogías se permiten ser totales y la historia la eterna repetición de lo mismo, ignorando lo más característico de los procesos históricos: el hecho de que jamás se repiten. La dimesión temporal no tiene un solo compás ni un único ejecutante, y el desafío que las circunstancias diagraman, permite por lo general pocas opciones y no todas las que la comodidad del historiador se permite en su apoltronada y recurrente visión.

Los matices, los dilemas y los obstáculos que presenta la historia de la política no sigue el guión de las ideologías postmortem que rescatan a sus aliados y ahogan a sus enemigos en los tratados de historia.

Pero por otro lado, más allá de las versiones maniqueas de la historia, la del buen Moreno y el malo de Rivadavia, el genocida Roca y el glorioso John William Cooke, la del inútil Martinez Estrada y el patriótico Jauretche, todas las disputas sobre los orígenes de un pensamiento que no traspasa la pobreza del diagrama binario, no podemos ignorar que la sociedad argentina fue protagonista de su historia, más allá de culpables e inocentes, de la diferente escala de responsabilidades, de pasividades y militancias, de supuestos pretextos de ignorancia a fidelidades convenientemente olvidadas.

Hablar siempre del poder es una facilidad astuta. En esta entelequia mayúscula siempre podemos encontrar la excusa de la sociedad, como si esta fuera la víctima amarrada de invasores crueles que nadie apoyó, nadie eligió ni vitoreó.

Perón con Isabel y López Rega, Galtieri, Menem, Onganía, llenaron plazas, dieron lugar a permanentes celebraciones, fueron encarnaciones de las más eufóricas ilusiones. Fueron los líderes a cargo de nuestra esperanzas.

Así que la sociedad argentina existe más allá de las diatribas sobre las maniobras de los personeros del poder, porque estos no sólo están en el gobierno: por lo general están fuera de él y ejercen un fuerte poder de extorsión.

La pregunta a la que me refería es si tiene sentido el pregón de un ideal republicano y si lo tiene el seguir con el tema que se llama el de la calidad institucional. Daré mis razones por las cuales creo que es absolutamente indispensable que no renunciemos a mejorar la representación política, a renovar la delegación política y a reforzar el elemento participativo de la ciudadanía.

El problema que plantea este gobierno es que nadie ejerce el control que hace sobre el uso de los fondos del pueblo. Y recalco las palabras “fondos del pueblo” y no “fondos públicos”, porque la palabra público nada le dice a la gente, porque tenemos la idea de un Estado que da la plata y no que la recoge del pueblo –la maquinita de fabricar billetes devaluados y aquel oro que se almacenaba en los pasillos del Banco Central facilitaron esta imagen–, que cuando las comunidades reciben hospitales, escuelas, caminos, cloacas, es el dinero del pueblo que un gobernante devuelve en obras, y ese dinero debe tener el control de los mismos aportantes, los que pagan IVA, ganancias, bienes personales, ingresos brutos, es decir toda la población en todas sus categorías. Este dinero no es del Estado, sino que éste es el mediador para que se traduzca en servicio y protección de la población. Por eso la gestión pública es tan importante, por eso el contralor del poder legislatvo, del defensor del pueblo, de las instancias de inspección al interior del ejecutivo, de las comisiones de los partidos políticos de oposición, del periodismo de investigación, de las asociaciones civiles y el interés ciudadano por lo que se hace con su dinero.

La proclama del 2001 de que se vayan todos trasmitía el reclamo de que no se quería que los gobernantes, en nombre de una política favorable por circunstancias coyunturales (como fue la de 1991 al 1995, o la del 2003 hasta ahora), nos haga cerrar los ojos al accionar del personal gubernamental de turno. Los movimientos políticos toman por asalto el estado, colocan a parientes y amigos, manejan fondos para comprar voluntades, centralizan el uso de las cajas, presionan con el manejo arbitrario de la coparticipación a las provincias e intendencias, a los medios de difusión para lograr los favores convenientes a sus intereses privados y políticos, y con esta falta de control juntan el dinero que permite la consolidación de una nueva plutocracia que se instala en la sociedad argentina por mucho tiempo a costa del trabajo social.

Este gobierno aplasta toda posibilidad de control, reúne el dinero del pueblo en poquísimas manos y permite el uso discrecional del mismo. Se preocupa por tener todos los medios disponibles para operaciones de prensa, por tener la capacidad de chantajear, y así puede con el tiempo cerrarle la boca a muchos.

Lo que se llama calidad institucional no es una entelequia agradable para ONG´s o para lucirse con su prédica en congresos prestigiosos, sino un necesidad prioritaria para que la práctica política esté en nuevas manos, aquellas que hagan de la gestión pública un servicio para la nación y su gente, que hagan de la función pública un lugar respetado, para que algún día exista confianza de la sociedad en sus dirigentes, y también en sus vecinos. Vivimos una sociedad en la que nadie cree en nadie y en que lo más importante es el poder. En donde no distinguimos más el poder hacer del poder dominar, en la que nos mofamos de la ley y de las reglas, en la que hemos tirado la toalla que permite la idiosincracia del sálvese quien pueda.

Todos hablan de educación, creo que es necesario hacerlo. Pero me gustaría ampliar el concepto. La educación no se restringe a la situación de las instituciones escolares. No hay dudas de que la escolaridad en todos sus niveles determina en gran medida las opciones que pueden tener en su vida laboral los ciudadanos, y que además permite el despertar de vocaciones. Pero la educación hoy en día circula por otros caminos. Mas allá de los medios de comunicación como la televisión, y de las redes de información digitalizada, que sin duda han cambiado el quehacer de las nuevas generaciones, ya sea para distraerse o para formarse, también la política es una vía de formación de conciencia ciudadana, de concepción del mundo y de la vida, y de valores éticos. Lo hace por medio del ejemplo. Los representantes del pueblo tienen una gran responsabilidad educativa. Si la acción de los políticos se inscribe en un mundo de mentiras, trampas, extorsiones y falsedades, la reacción natural es que si no se hace lo mismo que nos señalan terminaremos aplastados por ingenuos. La apatía de la que se habla de parte de las nuevas generaciones hacia la política y los políticos es una sana actitud porque no hace más que develar su rechazo hacia un mundo en el que no creen, que no les da nada y que está poblado por personajes mediocres y codiciosos.

Por eso es tan urgente plantear el problema de la formación de nuevos dirigentes. Pero aquel que los formará deberá mostrar no sólo la comprensión de los problemas sino su entereza moral y su compromiso con la creación de nuevas realidades.

[page]

Página 3

Son muchos los dilemas falsos y artificiales que se han creado y que distraen nuestras energías de los verdaderos problemas. Uno de ellos es el de mercado o Estado, iniciativa privada o pública, inversiones empresarias privadas o estatales. El problema no es tanto de donde vienen los fondos, ni siquiera quien los gerencia, sino quien y cómo controla. Volvemos a la cuestión del principio. En nuestro país opinamos de acuerdo a nuestra experiencia. Y ésta nos dice que el Estado cuando fue un activo agente económico, sembró la corrupción, malgastó el dinero del pueblo, se apropió del mismo y enriqueció a una clase corporativa que reúne a empresarios, dirigentes gremiales, funcionarios y políticos. Por otro lado, la década del noventa nos enseña que las corporaciones privadas que se hicieron cargo de las empresas públicas no respetaron las cláusulas de los contratos, no invirtieron lo suficiente, y lucraron en demasía. Nuevamente nos encontramos con que las opciones están cerradas porque ya no confiamos en las instituciones.

La protesta social, si bien es cierto que expresa la lucha por el cambio y la no aceptación de la situación presente, no por eso permite un progreso en el bienestar, seguridad y libertad de la población. La agitación, la denuncia y la movilización emergen después de situaciones de hecho, y la respuesta que se consigue puede no pasar de promesas bajo presión. La sociedad y su dirigencia deben diagramar una organización que prevenga daños en los bienes y las personas. Además, la existencia de grupos que sostienen que esta sociedad capitalista y dependiente no tiene posibilidades de real cambio si no se remueve su sistema de propiedad del capital, convierten la protesta no en un reclamo para que se resuelva un problema sino en un paso más en la escalada hacia la demolición de la estructura general, lo que significa un estado de crisis permanente que genera violencia y desgobierno total.

La experiencia histórica ha mostrado en nuestro país y en el mundo que el ideal de la revolución culmina en la realidad de un aparato totalitario y policial o en una sociedad desmembrada a merced de grupos que poseen dinero y armas para administrar el terror.

Me llamó la atención en una reciente lectura, un libro de Marcos Novaro sobre el período 1976-1983, bajo la dirección de nuestro mejor historiador, Tulio Halperín Donghi, en donde se señala que en la década del setenta, la sociedad argentina estaba despotilizada. Me pareció no leer bien, ya que es un lugar común sostener que justamente aquella fue la época en que el pueblo en su conjunto agitaba banderas políticas, cuestionaba las bases de la sociedad, enarbolaba las más variadas utopías, y las vanguardias ideologizadas confiaban en la creación de un nuevo mundo en donde reinara la justicia de clase.

Extraña afirmación que reorienta nuestro pensamiento acerca de qué es la política, y la falta de la misma, si la aparente hiperpolítica no es más que la carencia de formación e información política que pueden culminar en la militarización generalizada, en el terrorismo de estado, y la violencia de las formaciones especiales.

La politización por supuesto que no es la de la generación escalonada de reinvindicaciones de máxima y la de la falsa opción del todo o nada o de la conquista del poder. Pero para que esto no suceda, es necesario abrir la discusión sobre los problemas que nos son comunes. La dificultad que se presenta para que esta discusión sea enriquecedora y permita encontrar vías de solución, avance y consolidación de nuevas realidades es que, a pesar de la avalancha de informaciones diarias en los medios masivos de comunicación, el mismo estallido informativo provoca un ruido tal, que ni nos damos cuenta de la desinformación en la que se encuentra el ciudadano común.

Es como si los periodistas se manejaran con trascendidos, rumores de pasillo, encuentros casuales de ascensor, almuerzos clandestinos, accesos privilegiados a fuentes de información siempre reservadas, para luego retroceder con desmentidas, aclaraciones, y dar por terminada la información cuando se la sepulta con otra primicia de corto plazo.

Lo que nos trasmiten los medios masivos de comunicación son efectos emocionales, catarquicos, descargas sentimentales, sermones moralizadores, que son el fruto de una bien aceitada máquina de impotencia disimulada con un estado de agitación maníaco depresiva. De la euforia a la depresión, el sistema de trasmisión de actualidades no constituye una posibilidad de conocimiento sino un mecanismo compulsivo semejante al que padece cualquier adicto.

La falta de información se debe en gran medida a la forma en que actúa el actual gobierno, que se niega a participar en los canales informativos de llegada masiva a la población. No dan conferencias de prensa, tampoco entrevistas, ninguno de ellos participa en los debates televisivos, no confrontan posiciones, no suman informaciones, no aclaran las dudas. Se limitan a atacar a los medios que los critican, entregar datos tendendiosos a los que se les someten, y dejarnos sin respuesta ante hechos consumados.

No hay circulación informativa accesible sobre ninguno de los problemas nacionales, ni sobre nuestra realidad ambiental, ni sobre los responsables de la plata tirada que el Banco Mundial entregó para limpiar el Riachuelo, ni sobre la actuación del gobierno respecto de la instalación de las papeleras que no brotaron sorpresivamente hoy, ni sobre los fondos fiduciarios, ni sobre el permanente conflicto con el personal de las líneas aéreas, ni sobre el problema de la carne, ni sobre la obra educativa y menos sobre la responsabilidad de los que permitieron que la reformas del 93 arruinaran lo que quedaba en pié del sistema educativo anteriormente establecido. Todo se remite a acusaciones, denuncias y contra denuncias, operaciones de prensa, silencios pactados.

Al problema de la confianza en nuestros dirigentes, se agrega la situación estructural de nuestro país, tan rico en recursos naturales y tan pobre en el desarrollo de sus fuerzas productivas. Las fuerzas productivas se constituyen con el ensamble de tecnología, capital y recursos humanos. Esta tres instancias comprometen todos los aspectos que se suman para el desarrollo social y económico del país. Educación, inversiones, seguridad jurídica, relaciones internacionales. Hoy no tenemos prioridades en el campo de la formación de científicos y técnicos. Las facultades de ingeniería están vacías y los físicos se van del país. Seguimos con presupuestos universitarios canalizados a facultades de derecho, economía o sociales y con mínimo apoyo a los investigadores en disciplinas que deberían ser prioritarias. No tenemos una política internacional, ni un sistema de alianzas que sea parte de una estrategia que seleccione objetivos. Somos los primeros en la protesta y la denuncia y los últimos en la construcción conjunta. No se ha diseñado más que un eje aventurero Chávez-Kirchner que ni siquiera es tal y que embrolla toda la situación latinoamericana. Tal como parecería que lo quiere el presidente venezolano, en aguas borrascosas y turbias, ganancias de pescadores. Sembrar la discordia parecer ser por el momento su mejor resultado.

No vendrán inversiones a nuestro país, será el destino menos buscado en toda la región, mientras la demagogia antiempresaria sea el caballito de batalla del discurso presidencial. Es cierto que los que se beneficiaron con la devaluación están satisfechos, pero el techo del crecimiento ya asoma, y el desarrollo de fuerzas productivas necesita mayor competitividad e inversiones para que el parque tecnólogico no se vuelva obsoleto y el suministro de energía insuficiente.

Lo que se llamaba carestía de la vida, el aumento de precio de los alimentos también se debe a la insuficiencia de oferta. Apenas sube la demanda de carne vacuna, que medida en términos temporales es menor que hace treinta años, suben los precios y no hay sustitutos más económicos para el consumidor. Es absurdo pensar que en un país en el que más de la mitad de su población vive por debajo de lo que se llama línea de pobreza o indigencia, se la acuse de comer demasiado, y se solucione el tema perdiendo mercados de exportación.

Se dice que no hay política ganadera, pero no habrá política de ningún tipo si no se planifica para al menos un mediano plazo, un término de diez o veinte años en lugar de gestos ampulosos apurados por los tiempos políticos y electorales.

Hay mucho por hacer, pero se necesita la conjunción de las fuerzas sociales y de los dirigentes políticos. Son fundamentales los políticos que pueden mostrar resultados positivos en alguna gestión de la que fueron responsables. Necesitamos menos denuncia y más alternativas de acción. Dan poco a la sociedad quienes acusan a los que están en el poder y no tienen ni los equipos ni las ideas para hacerse cargo de la gestión pública en medio de una sociedad fragmentada, dividida en sectores en pugna, y con pedidos urgentes de mejoras distributivas.

Es una tarea muy complicada, sólo apta para dirigentes formados en la gestión operativa, con ideales democráticos y coraje para decidir.

[ Disertación para la apertura del Congreso Anual de la Federación Agraria ]


————————————

Del mismo autor:
Diccionario político argentino #5
Diccionario político argentino #5
Diccionario político argentino #4
Diccionario político argentino #3
Diccionario político argentino #2
Diccionario político argentino #1
D'Elía-Blumberg
Mariano y el Monseñor
Socialismo hoy y acá
Medio oriente y periodismo (IV)