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Un Mundial de Boca

2 06 2006 - 15:48

Millones de argentinos esperamos en estos días que por fin llegue el día de Argentina-Costa de Marfil, pero hay un grupo demográfico aún más ansioso que todos los demás: los hinchas de Boca. Por primera vez en mucho tiempo, esta selección argentina será una selección a la que los hinchas de Boca podrán alentar con el cien por ciento de sus cojones-corazones, sin la molestia que les provocaba en casi todos los Mundiales el dato de que el aporte de Boca, en jugadores y en simbología, era ínfimo, siempre menor que el de River. Ahora será distinto: Riquelme será el cerebro, Tévez, la co-sensación junto a Messi, y Abbondanzieri y Palacio, los únicos aportes del fútbol de AFA. Muchos hinchas xeneizes, como si fueran el Partido Justicialista, quieren tomar la selección por asalto, sin prisioneros: como nunca antes, un triunfo de la selección en Alemania –una decorosa derrota en semifinales o cualquier resultado mejor— será también una victoria de la testosterona xeneize.

En Francia 98, el eje riverpleitístico-menemista estaba en su apogeo: River venía de ser campeón de América, tricampeón local y sus jugadores, que ganaban un millón de dólares al año, rechazaban ofertas de Europa. La selección estaba dirigida por Daniel Passarella; el Burrito Ortega vivía, sin saberlo, el punto más alto de su carrera; el PBI, después de la crisis del tequila, trotaba a niveles casi asiáticos; el desempleo bajaba. Faltaron diez minutos para que la ecuación se incrustara en el imaginario colectivo: Ortega cabeceó a Ven der Sar, Bergkamp metió un golazo y para todos los protagonistas del eje (River, Menem, Ortega) ya nada volvió a ser igual. Después del Mundial, el Boca de Bianchi ganó su primer título y el PBI se paró de golpe, iniciando el período de éxitos continentales más odiado por los hinchas de River y la recesión económica de tres años que explotaría en diciembre de 2001. Ni Menem ni Passarella pudieron reelegirse, y la posta del dominio de River en la cultura futbolística local la tomó, contra todo pronóstico, Boca, un equipo que había ganado dos de los últimos 30 torneos locales, uno con Maradona y otro con un muy poco claro empate en la última fecha contra San Martín de Tucumán.

Ahora, en cambio, mientras River lleva varios años confundido, sin poder armar un equipo confiable y con el departamento de inferiores notablemente disminuyendo su contribución, Boca se ha convertido, sorprendentemente, en un equipo modelo, con superávit, sueños de una cancha nueva, “políticas de Estado”: sale campeón a intervalos regulares, mantiene los planteles, La Bombonera llena de socios, compra pocos jugadores pero buenos, tiene estabilidad institucional y una vida cotidiana agradable, en la que los únicos sobresaltos son las vueltas olímpicas que cada vez se festejan menos.

¿Quiere decir esto que en el próximo Mundial habrá un nuevo eje que, como el de Francia 98, resuma el espíritu de la época? No. No hay eje posible cuando los nombres a mano son Kirchner, Macri y Riquelme.

Lo curioso es que la hegemonía de Boca no se produjo según el modelo nacionalista en boga ni según la hiper-conservadora lógica del fútbol vernáculo, sino, todo lo contrario, durante la presidencia de un hombre que puso énfasis en valores a los que la liturgia habitual llama “menemistas”, como la eficiencia y el planeamiento. Mauricio Macri, el enemigo favorito de la época, el espejo en el que el gobierno y sus admiradores eligen mirarse para ver qué es lo que ellos no son, ha construido, con armas capitalistas, una de las instituciones más exitosas de la Argentina reciente, y en épocas de relativa desconfianza hacia el capitalismo. Por alguna razón, en su carrera política Macri apenas ha podido contagiar ese modelo optimista y algo ingenuo a electores más allá de su voto cautivo.

Además de Copas Libertadores y victorias en superclásicos, Macri les está dando ahora, a los hinchas de Boca, una sensación de propiedad sobre la selección que nunca habían tenido. Quizás sea eso, la necesidad de los hinchas de Boca de mantener su control sobre la selección, lo que ha generado tanta polarización en los últimos meses alrededor del equipo de Pekerman, el más criticado en vísperas del Mundial desde el de Bilardo pre-México 1986. La polarización es evidente en el caso de Riquelme –el 95% de los de Boca lo defienden como a un apóstol; el 80% de los demás lo ataca como a un enviado del diablo—, aunque no en el de Tévez. Una de las mejores lecciones que dejó el partido contra Angola es que Argentina puede jugar bien aun cuando Riquelme esté jugando mal: quienes pedíamos, a falta de una estructura más sólida, entregarle el equipo a Riquelme, ahora podemos suavizar nuestra posición y dejar a Riquelme en la beca del enganche sabiendo que dos o más petisos pegados a las bandas van a poder hacer su propio juego sin que el diez carismático-melancólico hunda a todo el equipo en sus tardes depresivas.

Soledad Pastorutti, aquel ángel del tardomenemismo, tan argentina que sus intentos de globalización fracasaron casi a propósito con un malísimo disco crossover, “entonó las estrofas” del himno dos veces la semana pasada, ante sendas multitudes excitadas pintadas de celeste y blanco. Las emociones en el Monumental y en la Plaza de Mayo, con menos de un día de diferencia, parecieron, desde la distancia, escuchando algún Mp3 deprimente y leyendo las crónicas de prensa, bastante similares entre sí: similares también a la lava celeste y blanco que nos tiran encima la senadora Silvia Giusti –la que quiere obligar a las películas “nacionales” a tener ocho segundos de la bandera— o esta nueva versión del nacionalismo insólito empujada por la dupla Pergolini-Pigna. Esto siempre pasa un poco antes de los Mundiales: para muchos de nosotros es un muy convincente reemplazo de esa milagrosa alteración de la rutina cotidiana que esperamos siempre en nuestras vidas reales pero que casi nunca llega. El Mundial siempre llega; tarda un poco pero llega. Así que excitémonos, hagamos rodar una lágrima celeste por nuestro cachete izquierdo y una blanca por el derecho; emocionémonos con la improbable victoria de Angola contra Portugal, la venganza del oprimido contra el Imperio; pero hagámoslo como cuando nos dejamos emocionar en el cine o frente a la tele cuando un hijo finalmente logra el reconocimiento de su padre alcohólico, o cuando el chico y la chica finalmente consiguen unirse en un beso eterno bajo la lluvia. Es decir, permitámonos llorar pero olvidémonos rápido.


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