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Diario del Mundial # 0.5

8 06 2006 - 14:04

Jueves 8 de junio

1. El otro día abrí el diario y me quedé perplejo. Horacio Elizondo, el árbitro argentino designado para el partido inaugural, declaraba: “Toda Argentina hará fuerza por mí.” Sabiendo que hay argentinos que no harán fuerza por el equipo, me cuesta creer que un réferi convoque tamaña adhesión. Es más, supongo que hay una buena cantidad de patriotas que no sabrían cómo se hace para alentar a un árbitro. Es evidente que algo anda mal con el fútbol, con la Argentina, con el Mundial, con Elizondo. Pero ya lo sabíamos.

2. Al rato escuché a Julio Grondona, presidente de la AFA, decir que la designación de Elizondo nos debería llenar de orgullo, que era como si un científico ganara un premio internacional o algo así. Dado que la Argentina es una potencia futbolística y que, por lo tanto, siempre habrá un árbitro argentino en los mundiales y que en este participan solo veintidós de sus colegas, lo de Elizondo no parece un mérito tan extraordinario. Pero este mundial es hiperbólico, también lo sabíamos. En realidad, ser un futbolista de elite es tanto o más meritorio que ser un científico destacado. Pero eso no se aplica a los árbitros. El nivel requerido para jugar la final del mundial es infinitamente superior al que se necesita para una Primera D. Sin embargo, un árbitro de la D podría dirigir bien en la final de un mundial.

3. ¿Qué requisitos debe tener un árbitro? Los obvios. Saber el reglamento, tener buen estado físico y rapidez mental para seguir el juego. Ayuda mucho ser seguro, equilibrado, tener temple y capacidad de concentración. Y un poco de experiencia. (Incluso he visto árbitros, y no sólo a mí mismo, que carecían de algunas o de todas esas virtudes). Pero lo que es seguro es que el trabajo no requiere de ninguna creatividad. De lo único que se trata es de acertar en los fallos. No es tan fácil, se dirá. Ser controlador aéreo también es difícil, pero los aviones no chocan. ¿Por qué, entonces, los árbitros se equivocan tanto y en cada mundial y en cada liga nacional se habla siempre de una crisis del arbitraje? Trataré de responder a la pregunta indirectamente.

4. Cuando yo ejercía de referí, me causaba un secreto orgullo que el reglamento tuviera una disposición que decía algo así como lo siguiente (cito de memoria, el librito lo dejé en Buenos Aires): “El partido deberá ser disputado con la menor cantidad de interrupciones posibles. Por lo tanto, el árbitro sancionará solo las infracciones intencionales. Si el árbitro pita faltas dudosas o insignificantes, enerva a los jugadores y priva del placer del juego a los espectadores.” Este sesgo “garantista” de las reglas, que toma en consideración el placer del juego y su continuidad, es la manera más razonable y eficaz de entender el referato. Indirectamente, además, pone de manifiesto que el árbitro no es un gendarme sino un individuo designado para ayudar a los jugadores y al público. En el potrero, el partido se interrumpe a cada rato para discutir y todo el mundo tiende a perder el tiempo y la paciencia. Un árbitro sirve para evitar esos inconvenientes y poco más. Su presencia no se relaciona con la autoridad, ni siquiera con la justicia. Gracias a que durante muchos años los referís ingleses hicieron de la permisividad su lema, la liga inglesa fue siempre la más vistosa del planeta. En ella he visto a los jugadores pegarse trompadas y que el juego continúe tras una advertencia, como en el rugby. En la Argentina, a principio de los ochenta (justo cuando yo hacía el curso), Ricardo Calabria fundó la famosa escuela del “siga, siga”. Calabria estaba un poco chiflado, pero logró que el arbitraje se asociara al vértigo de los jugadores. Fue una fiesta. La línea del “siga, siga” logró la hazaña de mejorar los partidos que los árbitros de la generación anterior adormecían con sus conciertos de silbato. Pero la iniciativa no prosperó. Aquellos réferis que preferían no sancionar como marcaba el reglamento fueron acusados de cobardes, “sacapartidos”, malos ciudadanos y corruptos (no exagero).

5. Finalmente llegó Javier Castrilli, que se convirtió en el árbitro argentino más famoso de todos los tiempos mediante la genialidad (quien dijo que los árbitros no son creativos) de inventar un personaje (juro que lo inventó, fui su juez de línea en primera D y no era así) que convertía la sanción de nimiedades en una utopía justiciera y progresista. Fue el precursor del “que se vayan todos”, un árbitro del pueblo, dispuesto a enderezar las cosas, lo que le valió su pasaje a funcionario de seguridad de varios gobiernos (Me temo que llegará más lejos.) Parte del secreto del éxito de Castrilli reside en el hecho de que los periodistas deportivos (al menos los nacionales) suelen ser progres pero, en la cancha, les gusta la represión. No sé por qué, pero es así. Lo manifiestan en cada emisión. “Fue un evidente penal no sancionado… Este árbitro (voz de directora de escuela enojada) … Se olvidó las tarjetas… Ya debería haber expulsado a tres…” No sé qué les pasa, pero siempre están a favor de la penalidad. Normalmente, sufro mucho con ese rencor represivo. Pero no tiene arreglo. A mí me ocurre lo contrario. Cuando expulsan arbitrariamente a un jugador me enfurezco. Y cuando inventan un penal, me da vergüenza ajena. Porque no ver una falta es mucho más lógico que hacer aparecer una donde no la hubo: el último es un error de una magnitud mucho mayor. Pero para los periodistas no. Ante esos penales fantasmas, que dejan dudas después de ser mostrados desde ocho ángulos diferentes, insisten en la interpretación más severa. Los jugadores, por su parte, encuentran una ventaja en los árbitros que inventan penales o diezman a los equipos con expulsiones. Es una excelente coartada para la pasividad, para no arriesgarse a definir los partidos y esperar que el árbitro sea quien lo haga por ellos. Y, luego, el referí resulta un excelente chivo expiatorio. En la derrota, todos pueden quejarse del árbitro.

6. Es que solo con la interpretación original del reglamento (lo de las faltas dudosas e insignificantes) se puede orientar el arbitraje hacia una mejoría, desdramatizarlo y aceptar implícitamente que algunas faltas no sean sancionadas, pero hacer todo lo posible para que no se inventen otras. Sería bueno asegurarse de que sea imposible que el réferi decida el resultado con un penal sacado de la galera, que no vio nadie. Que no haya quince tarjetas por partido, que en televisión no se repita cada infracción tres veces. Ahora, cada falta trae una polémica y las cámaras viven mostrando lo menos interesante del juego. Confrontados por medio de la televisión con sus errores reales o supuestos, los árbitros pierden jerarquía y confianza frente a un tribunal multitudinario que les exige la máxima precisión represiva. Porque lo paradójico es que, en la mayoría de los casos dudosos, la televisión no es tampoco concluyente. Y el arbitraje está en crisis porque el sistema aloja a los árbitros en el error permanente. Siempre les faltará sancionar algo.

7. Lamentablemente, la FIFA le dio la razón a Castrilli, que supo interpretar el aire de los tiempos. Como buena institución corporativa, FIFA (cuyos negocios explotaron justo en esa época) se siente incómoda con todo lo que hable de placer y tiende a controlarlo todo, aunque estén proliferando los escándalos por soborno (si se acepta que se piten insignificancias, es más fácil arreglar partidos). Hace un rato sufrí un golpe muy duro. Fui a la página web de la FIFA y descubrí que la frase que tanto me gustaba, que me demostraba que la tarea de un referí era trabajar por la libertad y el goce ajenos, ha desaparecido de las reglas de juego. Estas no dicen más que ante la duda hay que abstenerse. Casi me pongo a llorar. La intencionalidad (antes requisito de cada sanción) ha desaparecido también como tal. No es que diga que se debe pitar todo, debe haber “temeridad, imprudencia o fuerza excesiva”. Pero está mucho menos claro y se suprime el paraguas de la tolerancia. Los árbitros tienen cada vez menos derecho a interpretar y a perdonar, deben parecerse cada vez más a soldados, policías, robots. Los transmisores para comunicarse con los jueces de línea recién inaugurados les dan incluso ese aspecto. Cualquiera que haya dirigido un partido sabe que no es imprescindible hablar con los líneas. Y es probable, además, que el chisme haga perder comodidad y sonido ambiente. Pero toda corporación debe simular que la tecnología protege a sus miembros del error.

8. Para colmo, se anuncia alegremente que en este campeonato habrá más tarjetas y más penales. Espero que no sea así, aunque parece casi una orden a los árbitros, como si fueran inspectores de tránsito obligados a hacer boletas. ¿Quién quiere más amonestaciones, más expulsiones que diezman a los equipos? Quién quiere penales, si los que se sancionan son ya falsos. Un buen ejemplo de todo esto es el supuesto penal con que Alemania le ganó la final a Argentina en el 90. Los dos equipos eran tan mediocres que no se pudieron sacar ventajas y tuvo que ser el árbitro el encargado de decidir el partido con un penal de los que no deberían cobrarse.

9. Volviendo a Elizondo, parece en algún sentido, el prototipo del árbitro moderno. Angel Sanchez, el réferi argentino que dirigió en el mundial pasado, era un tipo de barrio, no daba el look de la corporación. Pero Elizondo parece un hombre de la empresa. Aunque se dice de izquierda y es un poeta aficionado, su apariencia es la de un militar y su actitud frente al referato es sumamente autoritaria. Llama la atención por su rigidez facial y gestual. El otro día declaró que hubo un momento de su carrera en el que era irresoluto en el área, que no se animaba a cobrar los penales. Pero luego hizo terapia y el psicólogo le devolvió la confianza para que pudiera volver a sancionarlos (el relato parece una autocrítica estalinista). Si los árbitros se midieran por el talento de acertar con los fallos, Elizondo no estaría entre los primeros. Pero su presencia y su actitud son las ideales para FIFA. Un periodista, advirtiéndolo bajo una presión acaso exagerada, le preguntó si disfrutaba dirigiendo. Elizondo contestó que sí, que disfrutaba de cumplir con los objetivos que se fijaba en cada partido. Una respuesta ciertamente bizarra. ¿Qué objetivos podrían ser los de un árbitro que varíen de un partido al otro? ¿Cobrar dos penales y cincuenta tiros libres? ¿Sacar diez tarjetas? Lo que Elizondo no dijo es que el objetivo de los árbitros del mundial es quedar bien con la FIFA, impresionar a los veedores. A diferencia de los jugadores, que pueden jugar bien o mal pero no pueden engañar a nadie, los árbitros tienen un segundo para especular sobre lo que cobran en función de lo que va a hacerlos quedar mejor. Ese es su pequeño secreto. Y por eso, porque saben que pueden simular, se ponen muy nerviosos. Dirigir un partido inaugural, más allá de la enorme audiencia, es sencillo. Los jugadores también están en observación y se comportan correctamente, lo último que quieren es tener problemas con el árbitro. Alemania –Costa Rica, en particular, parece un partido muy fácil. Pero Elizondo tiene miedo de meter la pata y por eso parece necesitar la ayuda del pueblo argentino. No la necesita. A pesar de todo, todavía se puede salir y dirigir. Por ahora, con transmisor y todo, sigue siendo casi como un partido de fútbol.

10. Las fotos de escenas de San Clemente, lugar desde el que se cubre Alemania 06 para este diario, son de Flavia de la Fuente.

Esta nota es parte de la Cobertura Obsesiva de Alemania 2006, a cargo de Quintín.


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