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Diario del Mundial # 2.0

10 06 2006 - 05:56

Sábado 10 de junio. 9 hs.

Hoy me desperté temprano, inquieto porque todavía no está claro que vayan a pasar todos los partidos. La oficina del cable está cerrada hasta el lunes, así que en estos días se despejará la incógnita. En el pueblo, todo el mundo está desconcertado. Ayer, en la panadería se produjo una discusión donde alguien decía que los partidos de Argentina iban a ir codificados, lo que casi produce un motín cívico.

2. Hace frío en San Clemente. Se anuncian cinco grados. Salimos a caminar un rato por la playa porque Flavia sostiene que si no voy a pasarme los días sin ver la luz del sol.

3. Haciendo zapping entre los programas dedicados al mundial me sorprende su uniformidad. Insulsos reportajes a los jugadores argentinos, autobombo de los cronistas, bromas internas, discusiones remanidas. Es que hay que matar el tiempo: las horas de transmisión son largas. Muchos minutos se ocupan en entrevistar a gente que pasa, que está allí viendo el campeonato. Desde esa perspectiva, el Mundial parece una convención de nuevos ricos de todo el mundo, un lugar en el que converge gente que quiere demostrar su euforia porque ha logrado estar ahí. Esto incluye, de algún modo, a los periodistas argentinos y, sobre todo, a las empresas que los contratan y los fuerzan, por ejemplo, a transmitir a las cinco de la mañana de Alemania. Por supuesto, están los que fueron por la cerveza y les importa poco quien gane. Pero lo más raro es que para muchos, se requiera la bandera nacional para justificar estos desbordes y desgastes. Otra mancha del nacionalismo. Cuando la televisión muestra la gente en las noches alemanas, tengo la impresión de estar espiando una fiesta ajena. Es mucho más agradable estar en el living mirando todos los partidos. Siempre que los pasen, claro.

Esta nota es parte de la Cobertura Obsesiva de Alemania 2006, a cargo de Quintín.


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