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La Intimidad

12 06 2006 - 07:55

Disclaimer: En esta nota se dan más detalles acerca de Caché de lo que sería deseable para alguien que no vio la película de Haneke. Quienes la hayan visto (o no tengan la menor intención de hacerlo) pueden seguir leyendo tranquilos.

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Es un lugar común asegurar que esta época es la época de la vigilancia extrema, de la violación de los secretos del corazón y secretos profesionales, del espionaje industrial e intelectual, del espionaje genético, de la primicia, del amarillismo y del periodismo, de los brotes confesionales, de los arrepentidos, los adictos reconvertidos y los deprimidos curados, etcétera, etcétera, toda una industria impensable sin la mecánica de la fibra óptica que el sociólogo Richard Sennett acertó al caracterizar como tiranía de la intimidad. Es cierto también que para Sennett no contaba tanto la intimidad como el declive de la esfera pública en desmedro de la privada, en la privatización de lo público que redunda en una forma particular de la intimidad, una intimidad claustrofóbica, de la que es imposible huir. El norteamericano analiza menos la democratización de la vida privada que la privatización de la democracia, es decir, la operación de sustitución de la esfera pública por la escena privada. Se trata de una tiranía dietética, que seduce por los encantos de la individuación y la psicologización. Una tiranía mediática: el hombre público se define antes que por su ideología, por su carácter: Bush, el borracho, equivale a Clinton, el sexópata, Alfonsín y Menem, la vieja política, Kirchner y Carrió, la nueva política. Y sus consecuencias: la multiplicación de las audiencias y el tramado de los culebrones. Son efectos de superficie.

Esto viene a cuenta de una película reciente, del mundial de fútbol de Alemania y de las cadenas de mails de periodistas, jueces, funcionarios, ex funcionarios que se han hecho públicas estos días gracias a la intervención de policías retirados o en actividad (no importa si fungen o no como tales).

En “Caché (Escondido)”, la última película estrenada en la Argentina del austriaco Michael Haneke, la idea de intimidad es distinta a la de Sennett. Es cierto que la violación de la intimidad que sufre el personaje interpretado por Daniel Auteuil es una violación, pero también que su intimidad perforada ha contraído lazos con el anonimato, la tecnología y el extrañamiento, no tanto con los otros o no sólo con los otros sino fundamentalmente consigo mismo. Y es importante destacar este “consigo mismo” porque es una aporía. Porque ¿qué se quiere decir cuando se dice “consigo mismo”, qué se está más cerca de sí, o que se está menos alienado, más cerca del núcleo duro, núcleo duro de qué, y alienado respecto a qué?

El tipo es un burgués, próspero, parisino y más o menos culto, aparentemente aburrido de su mujer, su hijo, su trabajo y sus días, hasta que descubre que está siendo vigilado y filmado; alguien deja en la puerta de su casa unos videos que son la prueba, la muestra que alguien vigila: en los videos sólo se ve su casa de frente, los movimientos diarios, nada especial. Es un plano fijo sobre su casa a no más de cien metros. El tipo se pone nervioso, su esposa también, cuidan de su hijo más que de costumbre, suspenden cenas, están paranoicos, y tanto que cada vez hay más videos para ver. El tipo se pone a ver con cuidado, tratando de detectar algo: detecta una zona de la ciudad donde está seguro vive un viejo conocido; en su interior, está seguro que ese viejo conocido es el autor material de los videos. ¿Por qué? Es lo que le va a preguntar: ¿por qué? El otro dice que no tiene nada que ver, pero antes lo saluda, lo hace pasar, hace años que no lo ve, desde que eran chicos. El otro es el hijo de unos argelinos asesinados por los paramilitares de De Gaulle, que estuvo a punto de ser su hermano adoptivo, si no hubiera sido por los celos del francés crecido que tiene enfrente, y que presionó a sus padres, dispuestos a adoptarlo, para que no lo hicieran. Había perdido su rastro, había enterrado en su memoria todo aquello si no hubiera sido por los videos. Auteuil sospecha una venganza, no le cuenta nada a su mujer, o le cuenta pedazos, rastros perdidos; hay más videos, hay amenazas, no te metas en mi vida, vas a perder. ¿A perder qué? Ya perdió todo, un futuro, una educación, tiene un hijo que estudia, lo que él no pudo hacer, pero no tiene cámaras de video. La escena se repite, hasta que un día nuestro hombre recibe una llamada para visitar a su casi medio hermano. Molesto, va a verlo. El otro abre la puerta y sin decir agua va se corta el cogote, se suicida. Desesperado, huye, no quiere saber nada. Se tranquiliza, hasta que aparece otro video. Es el hijo del otro. Está claro. Pero el hijo del otro no es. ¿Quién es, entonces? El espejismo, el pasado: una intimidad menos claustrofóbica que fundacional, capaz de voltear todo. Esa cámara que vigila, ¿a quién vigila?, ¿es posible esconderse de quién vigila sin vigilar?
¿Es posible esconderse de la voracidad de los medios, que repitieron por todos lados las cadenas de mails donde figuras públicas suministraban datos de su intimidad, sin sospechar que estaban siendo escuchados, grabados, apuntados, extorsionados?

El nicho ecológico argentino contemporáneo está tan saturado de sospecha y paranoia, y tan alimentado de baratija progre y morbo que los hombres públicos fingen preocupación donde no existe, porque prefieren aparecer antes que no aparecer, aunque más no sea ventilando una intimidad trucha, falsa, la única que han conseguido o acaso la única que se le permite al hombre público contemporáneo.

La policía debería enterarse de que sus operaciones funcionan, y de que se han transformado en los agentes de prensa de esos hombres públicos que creen o imaginan despreciar. Es mucho pedir a un policía que entienda esto.

Pedestres como pocos, piensan que Alemania será durante el mes del mundial el país más vigilado del planeta. Será el país más vigilado del planeta, pero estará permitido cagar en los monumentos, ir de putas, comprar falopa, romperle la cabeza a un turco, robarse las toallas y los jabones de los hoteles, traerse el último modelo de celular, cambiar de sexo, hacerse romper el orto por un vigilante, y volver y decir que Argentina, vieja, es el mejor país del mundo.

Por mi parte, espero que Costa de Marfil y Holanda eliminen de ese campeonato al seleccionado argentino lo antes posible.


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